Para un conductor mexicano de transporte público la palabra “atajo” significa encontrar la manera de hacer más largo el trayecto entre dos puntos. Si a eso le sumamos el caótico tránsito estático de la gran área metropolitana de la capital mexicana, tenemos como resultado perder horas de tu vida inútilmente, si no llevas un libro. Aunque lo lleves, ir a bordo de esas apestosidades carcachientas -muchas de ellas armadas con pedacería chatarrera, monstruos de Frankenstein con ruedas- significa escuchar la insulsa estupidez de las estaciones de radio, en la mañana o en la tarde, locutores compiten entre ellos para ver quién demuestra ser más imbécil. Igual te toca un conductor que va escuchando reggaeton al máximo volumen, manchando tu mente con idiotas rimas salpicadas de referencias POP obtenidas de la seudocultura de la televisión. Y de repente sube al vehículo un payaso, el choferpor respeto al acto, baja el volumen de la radio. La nueva moda de mendigar es pintarse la cara y contar chistes tan idiotas como las mentes de los locutores de radio. Sube el payaso obeso, sucio y con el zipper del pantalón a medio abrir (no sé si esto último es parte de su acto, o simplemente un descuido… quizá sólo sea un rasgo de la pobreza y de lo viejo de sus pantalones). Cuenta sus chistes (ya he visto varios payasos y los dos chistes que todos cuentan es el de la “familia acomodada” y el de que en su familia “todos comen a la carta”… siempre se ríen de su desgracia). Los pasajeros hacen pausa de su tedio y dibujan una tenue sonrisa, más imperceptible que la de Monalisa, y le dan dinero por pena. El payaso baja del microbús contando la calderilla reunida y se va con su carga de insulso humor a otro vehículo. Así pasan los días, así se va mi vida, presenciando semejantes horrores en la corte de los miserables. Miserable de mí, que paso a formar parte de la corte mentada. Al final vuelvo a sentir que no dije nada.
Posts etiquetados ‘ciudad de México’

De Chabacano a General Anaya
abril 16, 2012Línea Cuatro Caminos-Tasqueña ¿o será Tasqueña-Cuatro Caminos?, no importa en realidad el orden, pues los productos ya están alterados y en el tren metropolitano, familiarmente conocido como metro, toda verdad depende de la dirección en que se viaje y no de cómo se ven las cosas a través de los cristales rayados por los vándalos de mal vodevil.
El metro es un tren repleto de deseos ahogados por la realidad. Sus ensardinados vagones viajan llenos de personas con destinos diversos a los que tienen que llegar en una hora determinada; muchas de esas personas van con un retardo que les impedirá cumplir con su puntual propósito y que las hará merecedoras de, al menos, una llamada de atención. Esta historia en particular sucedió en la línea que va de Chabacano al General Anaya.
ELLA se encontraba de pie, con la mirada perdida más allá del horizonte delimitado por la ventana, y su mente estancada en un pasado reciente: “Aarón! Mi horóscopo me advirtió que debo tener cuidado con mis relaciones sentimentales…”, pensaba ELLA suspirando desde lo más profundo de su ser, “…Aarón, que hermosa velada! ¿estás pensando en mí, como yo estoy pensando en ti?“
En ese preciso momento, Aarón estaba muy lejos de allí, sentado en un sanitario sin sanidad, defecando la opulenta, pero nada sustanciosa, cena consumida en la romántica velada de la noche anterior, mientras ojeaba una revista de papel cuché con lindas chicas perfectas, retocadas por manos profesionales (en todos los sentidos del verbo ‘retocar’). ¿Pero quién demonios sabe con exactitud en qué estaba entonces pensando el famoso Aarón?
“¿Cómo era esa canción?…”, se preguntaba ELLA cuando las puertas del vagón se cerraban ante la nariz de un confundido pseudosocialista -con la actualidad de cuatro décadas anteriores-, que ‘por causas de fuerza mayor’ se dirigía a una entrevista de trabajo en una detestable empresa capitalista, vestido con saco y corbatita, haciendo su máximo esfuerzo por parecer un ‘yuppie’ próspero dispuesto a enfrentar positivamente cualquier crisis (ahora se les llama ‘oportunidades’) en un país de tercer mundo con espejismos del primero, aprendiendo a flotar en una economía naufragante. Sí, él también llegará tarde a su destino, pero ELLA sólo se pregunta ahora: “¿Cómo era esa canción?”…
Si me hubieras querido/Si estarías junto a mí./Quizás no estuviera yo perdido,/Quizás sería feliz.
ELLA, sin notarlo, comenzó a susurrar el tema pop de moda, gramaticalmente incorrecto, pero al fin entendible. Un melancólico maniquí calvo presenció a lo lejos parte de la efímera escena de memoria musical desde lo alto de un hospital abandonado cuando el tren pasaba por allí enfrente. Dentro del vagón, dos individuos curiosos miraron fijamente la extraña mímica de la mujer, mientras un viejo se concentraba con lascivia en los glúteos aglutinados por una falda de tela barata que ELLA, una de esas secretarias que prefieren ser llamadas asistentes, aplasta rutinariamente contra el asiento de una silla durante un promedio de ocho horas diarias.
“¡Ahhh, y me la dedicó!”, continuaba ELLA dentro de sus ensueños, rememorando el lugar donde cenó con Aarón, sin percatarse del canto que emiten las puertas del tren cada vez que se van a cerrar.
ELLA de seguro era hermosa para algunos ojos, pues la belleza es tan relativa como el estado de ánimo, o como la verdad. Su única duda estética consistía en: ¿qué tan hermosa era para los ojos de Aarón?
“¿En verdad me amará? Si veo primero un carro rojo, quiere decir que me ama; si veo un carro amarillo quiere decir que no”, se dijo y fue entonces cuando comenzó a prestar algo de atención a lo que ocurría a su alrededor, específicamente a los múltiples automóviles que desfilaban de manera paralela al tren en el que viajaba.
Lo primero que vio después de decir esas palabras fue un auto color rosa.
“El color rosa es un variante ligera del rojo; entonces significa que no me quiere lo suficiente o quizás que no está seguro de sus sentimientos hacia mí. ¿Y qué tal si significa que sólo está jugando conmigo y que sólo desea utilizarme? ¡Debe ser igual que todos los *!%&¨*s hombres! De seguro me va a hacer lo mismo que ese *!%&¨* Luis, méndigo *!%&¨*, yo que le entregué a ese infeliz lo mejor de mí y mira cómo me dejó, pobrecito de ese &@**+ Luis si se atreve a buscarme, lo voy a tratar como se merece. Aarón debe ser igual. Todos los *!%&¨*s son iguales”.
Sus ojos comenzaron a exhibir su furia interna, los dos individuos curiosos volvieron a fijarse en ELLA y comenzaron a tener una idea de lo que atormentaba a la mujer; por supuesto el vejete seguía concentrado en los glúteos de la Asistente del Jefe de Compras y no se percató de ningún cambio de humor, sólo de una ligera tensión en las flácidas posaderas admiradas. El tren llegó a la estación del General Anaya. El vejete vio desaparecer por la puerta del vagón sus esperanzas de comprobar furtivamente lo gelatinoso de ese trasero, cuando ELLA descendía del vagón acompañada de un pensamiento punzante:
“*!%&¦ Aarón infeliz, hay de ti si te atreves a llamarme a la oficina…”
Los dos curiosos permanecieron en el tren, cada uno riendo para sus adentros. Uno de ellos cambió el rumbo de sus pensamientos y se preguntó si sería prudente llamar al rato, por teléfono, a una de sus tres novias, la Lola, sólo para saludarla.

Búmeran
abril 10, 2012Viernes, exactamente a las 8:45 pm. No es una noche estrellada, y tampoco hay árboles. Es una noche en una esquina de la ciudad, allí donde se encuentra ubicada una lujosa tienda de regalos; en una banca de carcomida pintura está sentado un joven llamado Bruno, sobándose la pierna derecha. Es un espectáculo extraño mirarlo en pleno siglo XXI con sus 25 años de edad y vestido como si estuviese viviendo el clímax de la moda de la década de 1970. Bruno mira su reloj y entonces su paciencia termina. Está claro que su amigo Abraham, de 26 años, quien a pesar de su nombre no cuenta siquiera con una gota judía en sus venas, acaba de rebasar los 20 minutos de tolerancia que Bruno le otorga a la espera de cualquier persona para que el retraso de ésta sea razonable. Por eso, Bruno se pone de pie y comienza a alejarse por el lado izquierdo de la acera, cojeando de la pierna derecha. Durante su retirada, es sorprendido por un avioncito de papel que pasa volando muy cerca de su cabeza. Antonio, un niño “de la calle”, corre a recoger su avioncito una vez que éste aterriza y se dispone a volarlo de nueva cuenta.
El pequeño Antonio encuentra una especial fascinación en jugar con aviones de papel cada que termina sus ‘jornadas laborales’ (las cuales consisten en la venta de chicles que, acomodados en una caja multicolor, su tía – una mujer que a pesar de hacerse llamar así carece de lazos familiares con Antonio – le entrega todas la mañanas). Antonio es el niño más feliz en muchos kilómetros a la redonda cuando juega con sus aviones; entonces olvida las violentas escenas que tiene que presenciar casi a diario. Escenas que llevan como protagonistas principales a su tía y al hombre en turno con quien ella vive (hombres que invariablemente serán tan borrachos como su propia tía); escenas que comienzan generalmente con gritos y terminan en golpes. Antonio sólo es feliz cuando juega con sus aviones, claro que esta felicidad se la debe en gran parte a Lorena, la atractiva señorita que trabaja como contadora en una de las oficinas ubicadas en el edificio que está a un costado del hospital, enfrente de la esquina donde Antonio vende sus chicles; pues fue precisamente Lorena quien, con una paciencia piadosa y una destreza contagiosa, enseñó a Antonio la técnica correcta para elaborar los mejores aviones de papel.
Si miramos al edificio donde trabaja Lorena, alcanzaremos a notar que casi todas sus ventanas muestran interiores a oscuras; pues como es sabido, la mayoría de los obreros de cuello blanco creen en la leyenda que dice que los viernes, al caer la noche, todas las oficinas son visitadas por espectros malignos capaces de llevarse al infierno a todo aquel incauto que encuentren laborando a esas horas.
Observando detenidamente el edificio descubriremos que hay todavía una ventana cuyo interior está iluminado, y es precisamente la de Lorena. El interior de la oficina, que aún huele un poco a una reconocida marca juvenil de fina fragancia masculina, está decorado en un estilo colonial mexicano que contrasta un poco con la música de fondo, en este momento se trata de George Michael cantando a dúo con Mary J. Blige el tema “As”. Los que laboran allí están ya cansados de escuchar a George Michael todos los días y a todas horas, desde hace unos meses, pero qué se le va a hacer; si el jefe así lo dispone, así tiene que ser, pues le gusta y es el jefe.
Lorena se encuentra absorta en sus cuentas y sumamente preocupada, pues no pudo confesarle toda la verdad a su jefe, quien acaba de despedirse de ella hace apenas unos segundos. Lorena trata ahora de elaborar una especie de guión convincente para decirle el próximo lunes la causa de un considerable faltante en las ganancias de la semana que acaba de terminar. En verdad reza por que su jefe tome en cuenta que ella es una madre soltera que tiene que ver ante todo por su hija y que una situación desesperada, como la enfermedad de su pequeña, debe ser considerada como atenuante ante la culpa por las acciones que cometió (específicamente: haber tomado en secreto de la compañía una suma que para este viernes había esperado reponer sin que nadie lo hubiese notado. Pero las cosas casi nunca resultan de la manera en que se planearon y Lorena no pudo reponer nada para hoy). Una vez que Lorena haya confesado todo el lunes, le prometerá a su jefe la reposición de la cantidad tan pronto y le sea posible. Ahora sólo ruega que su jefe, el licenciado Goicochea, que tanto gusta últimamente de George Michael, sea clemente con ella. Existe una luz de esperanza para Lorena, pues el licenciado, al despedirse hace unos instantes de ella, estaba radiante de una alegría que casi podía considerarse euforia. “¡Ojalá que la alegría le dure hasta la próxima semana!”, suspiró Lorena.
Cuando el licenciado llegó hasta el escritorio de Lorena para anunciarle, con una voz musical y cantarina, que deseaba los totales de la semana a primera hora el próximo lunes y despedirse deseándole un buen fin de semana; en la mente de él todavía sonaba la angelical voz de Mariana. ¡Ahh Mariana!, esa jovencita de 23 años capaz de devolverle a Goicochea todas esas energías que él creía perdidas tras tantos años de matrimonio con una mujer que ahora sólo le inspiraba tedio. ¡Qué bien sonaban las promesas para esa noche que le había hecho su Mariana, con su virginal boquita tan sensual, a través del teléfono privado de Goicochea!, y ¡con qué facilidad logró el adúltero maduro – inmediatamente después de escuchar las eróticas promesas – convencer a su mujer de que tenía otra cena de negocios con un cliente extranjero al que se veía obligado de enseñarle la vida nocturna de la ciudad! “Puede que llegue más tarde de lo acostumbrado querida”, dijo Goicochea al despedirse de su mujer al teléfono con un besito sonoro y rutinario, mientras se rociaba el rostro con la fina loción juvenil con la que pretendía agradar esa noche a Mariana, escuchando aún el eco de la voz de su amante resonando en su mente.
Tras hacer una candente promesa telefónica de pasión futura a su maduro amante, Mariana colgó el auricular y procedió a golpear tan cariñosa como coquetamente, a manera de juguetón reproche tardío, la mollera de Juan. Juan estaba desnudo en el lecho de Mariana; y durante la conversación telefónica de ésta con el tal Goicochea, Juan se divirtió haciendo cosquillas en el bien formado cuerpo de Mariana. La joven de 23 años sale de la cama y va rumbo a la regadera pensando en qué le va a contestar a Juan tras la pregunta que éste acaba de formularle. Ella ama a Juan, un joven aventurero con más que demasiadas energías sexuales, pero Goicochea es algo más seguro y, sobre todo, redituable para ella. Por más que Juan la quiera, éste no podrá jamás regalarle algo ni remotamente comparado con los obsequios de su maduro licenciado. Cómo desearía Mariana que Juan no hubiese vuelto a ponerla en el umbral de la decisión definitiva. “Lo siento”, piensa Mariana, “pero si debo escoger entre Juanito y el viejito, terminaré optando por el viejito, por lo menos durante unos meses más”.
Mariana entra a la regadera (cantando una de las canciones de su cantante favorito: “One More Try”, de George Michael) y en ese instante se cumple una de las leyes universales más invariables que puedan existir: su teléfono suena. A Juan le enerva la prohibición de contestar el aparato cuando está de visita en el lujoso departamento de Mariana; por eso, para calmar sus nervios, se levanta de la cama y traslada su completa desnudez hacia la ocupada regadera. El teléfono continúa sonando y, en medio de las altas muestras de afinidad sexual que ocurren en la regadera, Mariana toma la decisión de mandar al Diablo al licenciado Goicochea y quedarse con Juan a partir de esta misma noche.
“Mugre Mariana, sé que estás allí. Contesta por favor…”, dice la distraída Gabriela, joven de 25 años, sosteniendo el auricular de su sofisticado teléfono y mirando la hora en su bello reloj de oro, “¿porqué de entre todas mis amigas a escoger, me tuvo que tocar ser la madrina de bocadillos para la boda de mañana junto con esta inconsciente de Mariana? La muy idiota siempre se anda comprometiendo a todo y cuando se le necesita… ni rastro de la infeliz”. Y con un nerviosismo in crescendo, Gabriela se sigue preguntando mientras espera a que Mariana se digne a contestar la llamada: “¿De qué tamaño debo comprar la bandeja? Mariana dijo que la bandeja tenía que ser grande, pero quién demonios sabe cuántas clases de bandejas grandes existen. Mi nana seguro sabría de qué tamaño debe ser la bandeja, ¡Ay porqué se tuvo que morir mi nana! Aunque…, pensándolo bien, les voy a demostrar a todos que yo sí puedo hacer algo por mí misma. Voy a ir solita a comprar la bandeja. ¡Ay, y si no me voy ahora mismo, no llego al cine a la función del cuarto para las nueve! No creo que Johnny me vuelva a perdonar otra llegada tarde al cine. Ahorita me voy de volada a comprar la charola grande y de allí me lanzo al cine… Joseeeeé ¿estás listo?”, grita Gabriela llamando a su chofer y colgando el auricular.
José SIEMPRE está listo. Es por eso que él se considera uno de los mejores choferes de la sobrepoblada ciudad (algo no muy difícil de lograr si se toma en cuenta que hay mucho más pobres que ricos en esta metrópolis y por ende muy pocos choferes), y por qué no, hasta del mundo (aquí puede que José cometa el pecado de la exageración). A pesar de su reciente distracción, José está listo para llevar velozmente a la hijita de su patrón a cualquier sitio que ella le pida. Es más, José ya ni repara en los constantes regresos a casa por algo que la descuidada Gabriela olvida. José suele tener una broma personal con respecto a la eterna distracción de su patrona, dice que no se sorprendería que Gabriela hubiese olvidado la virginidad en vez de perderla. Y hablando de gente descuidada, José se ha enterado hace unos momentos, por medio de una llamada de su tía Candelaria, acerca del accidente recién sufrido por su primo Nepomuceno. “¡Cómo es posible que un carpintero tan experimentado como Nepomuceno perdiera su mano por una distracción tan idiota!”, piensa José mientras echa a andar el automóvil y Gabriela lo aborda presurosa, “‘Ora voy a tenerme que hacer cargo de la tía Candelaria, pues es mi responsabilidad. Mi padre (Don Justo) siempre veló por Candelaria y su hijo. Desde que ella enviudó y hasta que mi padre falleció. Pos ni modo, hay que apechugar. Ora me toca la responsabilidad a mí. Cuidar a la candelaria con todo y su Nepu”. A las tres calles de distancia, Gabriela pide a José que regrese a la casa, porque se le olvidó la tarjeta de crédito junto al teléfono. José vira el carro y no puede dejar de pensar en la desgracia de Nepomuceno.
Nepomuceno perdió su mano izquierda en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quién iba a pensar que el voltear a ver a esa súper güera de la telenovela de las 8:00 le fuera a costar tan caro? Todo por culpa de ese chamaco tarugo que trabaja como ayudante, siempre empeñado en ver esas cosas en la tele del taller. Ni modo, ya lo decía Pedro el quince uñas: “con la sierra eléctrica haz lo mismo que con tu mujer: no les quites el ojo ni tantito porque sino terminas como yo. Solo y dependiendo de una sola mano“. Nepomuceno aún no está casado, pero a partir de hoy va a ser manco, tan quince uñas como su amigo Pedro. Por fortuna la ambulancia de la cruz roja ha llegado rápido y transporta velozmente a Nepomuceno al hospital.
Una anciana pierde el control de su gran automóvil blanco debido a la ambulancia de la cruz roja que la rebasa presurosa por el lado derecho. La anciana termina invadiendo bruscamente los otros dos carriles de la pista golpeando un viejo Ford azul. La ambulancia no se detiene, sino que acelera con rumbo al hospital, hay que evitar cualquier riesgo extra al hombre manco que transporta.
Abraham baja de su auto azul y siente una gran frustración. El Ford Mustang era su mayor orgullo existencial. Se puede decir sin mentir que Abraham (quien por cierto no tenía ni una gota de sangre judía en su organismo, a pesar de su nombre) trabajaba básicamente para mantener su bello Ford. Era un auto que los coleccionistas envidiaban, y al modesto Abraham, como a cualquiera de nosotros, le gusta ser envidiado, aunque fuera sólo por su auto. Por eso ahora Abraham maldice a la ambulancia que se aleja presurosa (pues es la responsable del percance) y, a pesar de sus esfuerzos, no se puede contener y comienza a gritarle a la pobre anciana (cuyo auto blanco salió peor librado del percance que el fuerte Ford), quien enmudecida por completo sólo tiembla como gelatina de pasas. Con su violenta actitud, Abraham se ha ganado la antipatía de los curiosos y de seguro le será también odioso al agente de policía que hace su arribo al lugar de los hechos. Ahora es imposible que Abraham llegue a la cita que tenía con su amigo Bruno.
“Mire nomás a ese patán”, dice Roberto al conductor del taxi que lo conduce al hospital, justo cuando el vehículo pasa a un lado de un accidente automovilístico entre una bello Ford clásico y un moderno carro blanco, “gritándole así a una pobre anciana… si no tuviera prisa me bajaría a romperle la cara a ese miserable bruto… Señor por favor acelere que se me hace tarde…”El taxista obedece imprimiéndole la máxima velocidad posible a su taxi (que por cierto estaba decorado con peluche en el techo, una cara de payaso triste – hecha de plástico – incrustada en la antena del radio, y foquitos que se encendían y apagaban intermitentemente al ritmo de las cumbias que tocaba la estación que el conductor llevaba sintonizada).
La prisa de Roberto por llegar al hospital lo antes posible se debe a que allí está Rosa, su esposa, esperándolo para que juntos vean las primeras imágenes de su hijo. ¿O será hija? ¡Qué emoción para Roberto, poder ver por primera vez a ese ser que él y su mujer traerán al mundo en unos meses más y que posiblemente significará la permanencia de ellos después de que mueran! La vida de Roberto cambió desde el instante que su mujer confirmó su embarazo. Va pensando que el taxi no va lo suficientemente rápido. “De tener yo patas de pulga”, se imagina Roberto, “llegaría al hospital de dos saltos…” El taxi llega por fin a la esquina de la calle en donde se encuentra el hospital y estacionándose afuera de una lujosa tienda de regalos, atrás de un gran automóvil último modelo custodiado por un chofer con cara de abstracción nacida de la preocupación, el taxista le dice a Roberto: “la calle es sentido contrario y este carro que está aquí estacionado no me permite avanzar hasta el hospital, ¿quiere que le dé la vuelta a la cuadra para que lo deje en las puertas del hospital?…”. “No, no. Olvídelo, aquí me bajo”, respondiendo tal cosa Roberto baja presuroso del taxi y tras pagar al conductor inicia una desbocada carrera por la acera.
Roberto no se fija bien por dónde va y choca con una joven que lleva cargando una gran bandeja plateada. La joven grita y la charola, tras el impacto inicial, sale disparada hasta llegar a golpear secamente la rodilla derecha de un individuo de unos 25 años que estaba parado en esa esquina, cerca de una banca de pintura carcomida. Roberto expresa una breve disculpa y reemprende su carrera. Un chofer que estaba esperando en el interior de un auto último modelo se apresura a ayudar a la joven. La joven se pone a observar la bandeja y tras asegurarse de que no le pasó nada (gracias a que la caída de ésta fue aminorada por la rodilla del hombre que está allí sentado en la banca doliéndose de este encuentro) mira su reloj y dice: “¡Ay José mire qué hora es, Johnny me va a suicidar! ¡Vámonos ya, vámonos ya! ¡Lléveme a los multicinemas pero pronto!” Ambos abordan el auto último modelo que está allí estacionado y, tal como el Llanero Solitario, desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. El joven de 25 años también consulta su propio reloj.
Roberto cruza la calle y, justo en la entrada del edificio vecino al hospital, vuelve a estar a punto de chocar con alguien. En esta ocasión la persona con quien casi choca Roberto es un elegante hombre maduro, rebosante de felicidad, que despide un fuerte aroma a fina fragancia juvenil y que va tarareando una canción de George Michael. Roberto se disculpa con el sonriente caballero que piensa para sí: “Debe ser otro enamorado en pos de su querida”. Roberto corre hasta entrar al hospital y, sin esperar al elevador, utiliza las escaleras hasta llegar al sexto piso. Allí entra al consultorio del doctor Arriaga y junto con su esposa Rosa presencia las primeras imágenes de su hija. Es viernes y son exactamente las 8:45 pm, en la calle hay un niño feliz llamado Antonio que juega con su avioncito de papel.

Sentimientos asentados
abril 1, 2012Los de mi clase aparecimos en este mundo hace no mucho tiempo; esto lo podrás comprobar porque de nosotros no existe ni la menor referencia en ningún libro sagrado. Por esta razón, soy para muchos un objeto profano. Aunque, para hablarte con la mayor sinceridad, esto me tiene sin cuidado.
Los que son como yo, solemos permanecer responsablemente en nuestro puesto, recordando que nuestro deber y razón de ser consisten en sostener y soportar a diversas personas; durante todos los días y así hasta el fin de nuestra utilitaria existencia. ¡Qué variedad de seres solían entrar en contacto conmigo durante una simple jornada!
Por ejemplo, poco antes de comenzar a comentarte mi situación actual, tuve sobre mí a una ligera y bien formada joven. Ella era representante sobresaliente de esa exclusiva categoría de mujeres a las que una minifalda les queda a la perfección (y créeme que no exagero). Además, la falta de medias en las piernas de esta menuda mujer, era una bendición y no una carencia. Era una joven, frágil como las promesas que se dicen en un arrebato de pasión; y todo su cuerpo se movía de tal manera que me hizo creer que el Paraíso es una realidad. Su aroma era de una indescriptible suavidad invitante… ¡Con que delicadeza permaneció este poema escultórico de carne y hueso sobre mí! ¡Cómo deseaba que jamás me abandonara! Pero, lamentablemente, la diosa Fortuna es tan redonda como inconstante, y la felicidad en este mundo es tan efímera como el agradecimiento. Sin aviso alguno, sin la más leve señal que me previniera el fin del encanto, la deliciosa tersura de esas suaves piernas y el vivificante calor de ese cuerpo se despegaron de mí.
El abrupto despertar de ese ensueño materializado me provocó un aturdimiento tan poderoso que no pude prepararme para la violencia que aconteció a continuación: un gordo sucio y apestoso arrojó su voluminoso trasero sobre mí. Aquel era un gran trasero, sin duda alguna, y su grandeza era directamente proporcional a su hedor y flaccidez. En ese momento recordé que el infierno también existe. La infame carencia de pudor del dueño de ese trasero hizo que no me sorprendiera que su oscuro e innoble guardia perezoso dejara escapar a un silencioso y pestilente prófugo volátil de las voluminosas entrañas del pesado barbaján. Tras la airosa muestra de cinismo del gordo, agradecí a la madre naturaleza (o a quien quiera que yo tuviese que agradecer mi existencia) el no haberme proporcionado la necesidad de ingerir alimento alguno y, por ende, de no expeler ningún tipo de sustancia estomacal tras la asquerosidad del obeso. Mi gran duda, durante el encuentro que sostuve con el impúdico individuo, era tratar de averiguar qué motivaba a ese hombre el frotar grosera y arrítmicamente sus partes privadas contra mi humilde entidad. Quizás algún día, tras profundas meditaciones, hubiese yo podido llegar a obtener la respuesta a tal enigma.
Es grato comprobar que, de la misma manera en que la felicidad es efímera, las desgracias no son eternas. Así por fin, el tipo con sobrepeso, al igual que la liviana doncella antes mencionada, se alejó de mí.
La soledad en que me encontré entonces no se prolongó tanto como yo hubiese querido. Apenas tres pasos había dado el del impúdico trasero, cuando un mequetrefe insolente se aposentó sobre mí. Este rapaz jovenzuelo resultó ser la materialización de mis peores pesadillas. Se trataba, sin duda, de un joven inadaptado, clásico ejemplo del perdedor existencial (de esos que recurren a los actos vandálicos para poder demostrarse –y tratar de demostrar a los demás- que son ‘algo’ en la vida). El imberbe desgraciado (en todos sentidos de la palabra) sacó una afiladísima navaja de su bolsillo, con una maestría que sólo proporciona la práctica constante, y la clavó con todas sus fuerzas en mi costado, rasgando en canal horizontal todo lo ancho de mi físico. El mocoso huyó prontamente tras su fechoría, quedando impune su crimen.
Yo, mientras tanto, fui presa de la impotencia y, como si de un breve resumen se tratara, vi pasar ante mí toda mi vida. Durante esa visión comprobé que había soportado y sentido todo lo posible en mi pasado: mujeres decentes y mujeres disipadas, unas pasadas de maduras, otras pesadas inmaduras; hombres humildes, varones soberbios, algunos débiles y otros fuertes; gays respetuosos y gays que exigen el respeto de sus derechos atropellando los derechos de los demás; los estremecimientos culpables de alguna mujer adúltera en pos de su amante; el ‘renacer’ espiritual de alguien que se entretenía leyendo los Salmos; el contenido estomacal de un pequeño infante que se sintió víctima del mareo; el sabor de la paleta de una niña; la gris personalidad de un hombre derrotado que llegó hasta mí arrastrando sus pies y con su mirada tan clavada en el suelo como la de un coleccionista de gusanos; el adolescente que se estremecía ante sus lujuriosas fantasías; el indolente que nunca se dirige a un lugar preciso; el joven cuyos ensueños le mostraban un horizonte de grandeza (que con los años resultará inalcanzable); el gigoló que se engaña a sí mismo dando diversos sentidos a la palabra amor; la rubia platinada que coqueteaba infructuosamente al galán introvertido; el anciano que no podía hacer otra cosa más que temblar; el libidinoso morboso que encontraba placer ante el menor roce con cualquier mujer; la secretaria de sudorosas manos que pensaba cómo poder desembarazarse del producto de los acosos de su jefe; la indígena que utilizaba un pedazo de botella rota para cortar los hilos de sus artesanías; el caballero que sacrificó sus buenos modales por un momento de merecido reposo; la mujer morena cuyas manos olían a cloro; el borracho que sin pensarlo dos veces vació el contenido de su desesperada vejiga en mí; el individuo adinerado que por una pesada broma del destino se vio obligado a utilizarme y los múltiples solitarios cuya única compañía es la televisión.
Sólo menciono a estos personajes porque son los que el tiempo me permite y los que puedo compartir contigo; pero ¡fueron tantos los hombres, mujeres y niños que entraron en contacto conmigo! Con todo lo dicho, en estos momentos de agonía, he llegado a convencerme de que mi vida fue en verdad muy rica y que, como cualquier otra existencia, algún día tenía que llegar a su fin. Lo triste es haber llegado a este momento siendo víctima de un vándalo…
Aunque…, vivir en un país en vías de desarrollo, me hace pensar que… AÚN TENGO UNA ESPERANZA. Sí, mi dueño puede remendarme y colocar parches de vinilo en mi superficie cortada, no importa que éstos no sean del mismo color que el resto de mi cubierta. Qué importa ser de dos o más colores mientras se conserve la existencia. Sí, ¡un buen parche será mi salvación! Una vez que mi dueño me repare, seguiré siendo lo que siempre he sido (con una ligera alteración por supuesto): un útil asiento remendado en un destartalado camión de transporte público.
Tan real como la variedad monótona de seres humanos.

La Lucha que Algunas Personas Sostienen con el maligno. III y última
marzo 16, 2012Parte III
De la casa de la piadosa mujer
Dos días después del exorcismo, el padre Francisco fue a visitar a Dolores al hospital. En ese sitio, trató de consolar a la pobre mujer intentando no mirar directamente hacia el morado y deformado rostro de ella (espectáculo por demás patético, sin mencionar los ojos inyectados de sangre y su brazo izquierdo enyesado) y procurando olvidar la macabra relación que tenía el nombre de esta mujer con sus vivencias actuales.
Dolores aún temblaba de miedo ante la más ligera mención a su esposo; esto sin importar que la habían convencido de que, por el momento, su marido se hallaba tras las rejas y ya nada podía hacerle él desde allí.
“Los primeros golpes fueron por el Bacardí”, rompía a llorar Dolores tratando de detallar su experiencia, “después me golpeó más feo por lo del patio… pero al entrar a la recámara…Ahhhh”, reinició Dolores los sollozos.
Tras hacer hasta lo imposible por reconfortar a la pobre mujer golpeada, el padre Francisco decidió ir a visitar a la ignorante responsable intelectual de la tragedia.
“Arca de la alianza, Bzz, Bzz, Bzz”, se encontraba diciendo Doña Lope cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta de su pequeña vivienda. Al abrirla se encontró cara a cara con el padre Francisco, quién sin esperar a que la anciana dijera ni media palabra entró a la casita y comenzó a responsabilizar a la anciana de todos los sucesos desencadenados tras la quema del viejo y bendito cuadro.
“¡Estás en un error Francisco! Lo que hice fue lo correcto, el diablo estaba en ese cuadro”, le gritó ofendida la vieja.
“¡Gaudencia estás loca!”, respondió el sacerdote mientras sus miradas furibundas pasaban del rostro de la anciana a las mesas, repisas y paredes, en donde entre tanta figura sacra y lámpara votiva no existían espacios libres mayores a un centímetro cuadrado. La atención del sacerdote siempre terminaba siendo atraída misteriosamente por las dos representaciones idénticas, hechas en madera tallada y que medían unos 50 cms. de altura cada una, de la Virgen de las Soluciones Milagrosas que se encontraban sobre la mesa del pequeño comedor.
“Tú la traes en mi contra Francisco”, decía la mujer temblando de ira al sacerdote, “primero me quitaste el catecismo de los niños…”
“Te los quité porque les golpeabas Gaudencia”, la interrumpió Francisco.
“Pues porque la Biblia santísima dice que la letra con sangre entra Francisco”.
“Eso no es lo importante ahora mujer, lo que quiero es que dejes de andarte con tus estupideces de vieja beata de una vez por todas”.
“¡Qué caramba contigo Francisco! Mira que hablarme así a mí, que tanto he hecho por la Santa Iglesia… lo que pasa es que el Diablo te poseyó, eres Mefistófeles y vienes a vengarte porque te saqué de la casa de Dolores”, y mientas gritaba, la anciana agarró la veladora más grande que encontró a su alcance (que por cierto tenía grabada la imagen de San Felipe Mártir) y la arrojó a la cabeza del sacerdote.
“¡Condenada vieja!”, gritó Francisco sumamente molesto y, tras esquivar el proyectil bendito, se lanzó en pos de la anciana que, como rata gorda en momento de naufragio, corrió hacia el comedor de su casa.
“¡AUXILIO! El diablo ha entrado en mi casa, ¡Santa Catalina de Parma [que por cierto es la santa patrona de los que son acusados injustamente] te ordeno que lo saques!, ¡AUXILIO!”, gritaba la mujer mostrando una agilidad que nadie le hubiese atribuido, pero que potencialmente estaba en ese pequeño cuerpo esperando una buena carga de adrenalina para ser liberada.
Gaudencia corría alrededor de la mesa del comedor y arrojaba al suelo todo lo que se encontraba a su paso con el fin de entorpecer el paso de su perseguidor. Así volaron carteles, estampitas, milagritos y rosarios. Imágenes y veladoras que tenían la figura de más santos que aquellos oficialmente registrados en el martirologio. Entre esas imágenes podemos mencionar: la Muerte Santa, el Niño Pinolo, el Padre Con, la Madre Sin, el Arcángel Tino y del Indio Pedro Lorenzo. La anciana corría y gritaba con desesperación:
“¡AUXILIO!, ¡San Tancredo de Pádua [santo patrono de los que son perseguidos en su propia casa, cuyo equivalente hindú es Pravanavna, dios de los que estando en su casa son perseguidos] sálvame de este salvaje!, ¡San Gonzalo Zurcidor [santo patrono de lo que son perseguidos en su propia casa y que corren en o con rumbo al comedor. Su equivalente hindú es Mahavirishni, dios de los que de manera afligida corren en o con rumbo a la parte de la casa-habitación donde se acostumbran consumir los alimentos] líbrame de este loco!”
La persecución fue por un instante seguida por la mirada de un retrato tridimensional y movible (de esos que abren y cierran los ojos dependiendo del sitio en el que el espectador se encuentre) del rostro de un hombre moreno, flaco y barbudo que simulaba ser Cristo crucificado.
“Ay Virgencita del Continente, haz que Armando Ramiro me quiera”, decía la TV encendida en el cuarto de Doña Lope, donde estaba sintonizado un canal que transmitía Telenovelas las 24 horas del día y que en ese momento presentaba una emotiva escena de la afamada historia titulada “María Sarita de los Sueños, favorita de la virgen”.
El clérigo y la anciana corrían y corrían, tan concentrados estaban en su persecución que ninguno se percató del momento en que, debido quizá a tanto movimiento, las cortinas de la sala comenzaron a arder, dando lugar al nacimiento de grandes llamas que velozmente consumieron toda la casa, y que de manera progresiva fueron acorralando a la perseguida y a su perseguidor en la recámara.
Afuera, en la calle, una multitud de curiosos fue haciéndose paulatinamente mayor. De esa multitud, y por extraño que pueda parecer, hubo alguien que dejó de admirar el infernal espectáculo y fue a llamar a los bomberos.
Parte IV.
De lo que se debe escribir para que el autor tenga paz interior.
Hoy el sacerdote Francisco se encuentra internado en el mismo hospital que Dolores. El día que sea dado de alta, el padre Francisco saldrá acompañado de cicatrices que le recordarán el resto de sus días la ardiente experiencia que vivió con Doña Lope en una pequeña y humilde casa. El viejo Justiniano sigue en el templo, contando su vida a quien se deja atrapar. El oficinista barrigudo murió el mes pasado de un ataque al corazón. Dolores vive en su casa con su marido (quién salió pronto de la cárcel) y, como mujer cristiana que acepta su cruz, vive sin emitir ningún tipo de queja sobre su actual, violenta y adulterada situación.
Por último, aunque el tamalero sigue vendiendo sus productos afuera de las oficinas y cada año sale de vacaciones con su numerosa familia a Acapulco, él ya no tiene a quién saludar por las mañanas durante su camino hacia las mentadas oficinas, pues Doña Lope se encuentra sosteniendo jugosas e inacabables conversaciones, con ángeles y demonios por igual, no en el purgatorio, sino en un manicomio de la populosa ciudad que la vio nacer. Así es como terminan las luchas que algunas personas sostienen con el Maligno.

La Lucha que Algunas Personas Sostienen con el maligno. II
marzo 9, 2012Parte II.
De la lucha de la piadosa mujer en contra del Maligno.
“Santa Rosa Purísima…” decía Doña Lope salpicando de agua bendita todo lo que podía a su paso, ya en el interior de la casa de Dolores.
“Ruega por nosotros…”, respondía llorando a todo pulmón la afligida Dolores –parecía que le hacía cierto honor a su nombre- siguiendo de cerca a la vieja.
“Santa Teresita descalza de Bogotá te imploro que junto con la Virgen de las Culpas Remotas Sin Mácula y con Santa Catarina Bicolor de la Sagrada Hondonada, bendigan esta casa con el poder que me dan…”, continuaba la anciana.
De esta manera, ambas mujeres bendecían cada habitación por la que pasaban: la entrada, la cocina y la pequeña sala (incluyendo el televisor). Este monótono proceso fue detenido de inmediato cuando, al llegar a la recámara principal, Doña Lope palideció y se detuvo llena de terror al descubrir un gran cuadro que colgaba de una de las descarapeladas paredes del cuarto.
“¡Allí! ¡Allí! ¡Allí está Satanás!”, gritó de repente la anciana abriendo desmesuradamente sus siempre expresivos ojos y señalando con su trémula mano el cuadro, “¡Allí está el enemigo!”.
“¡Pero si es una imagen del Santo Niño de la Santa Paz en Beatífica Quietud!”, exclamó sorprendida Dolores mirando el gran cuadro de marco dorado.
En efecto, el cuadro era la reproducción casi perfecta de una de las múltiples presentaciones de un Niño Dios. No se trataba del Santo Niño de la Paz, ni del Santo Niño Pacífico, ni del Santo Niño del Amor Tranquilo, ni mucho menos del Niño Santo de la Quietud; el cuadro en cuestión era una inmejorable imagen antigua del Santo Niño de la Santa Paz en Beatífica Quietud con todo dulce mirada, pequeña capa morada, báculo dorado y boina negra.
“¡Tenemos que quemar ese cuadro maldito!”, ordenó la anciana con una autoridad mayor a la de Benito Mussolini.
“Pero Doña Lope, ese cuadro está bendito; además es una antigüedad de la familia de mi esposo; se lo han pasado de padres a hijos y de estos a sus hijos, y así desde su tatarabuelo. ¡Doña Lope este cuadro es lo que más quiere mi marid…”
“¡Con un carajo mujer! Yo te digo que ahí está el diablo”, interrumpió la anciana con ojos llameantes, y temblando de rabia, en tanto arrojaba chorros de agua bendita a Dolores, “o ¿es que Satanás te está convenciendo con sus mentiras? Vadre reto Satanás, Vadre reto”.
“No, No, No, Doña Lope, no se enoje. No me moje por favor. ‘Orita quemamos el cuadro, ‘orita lo quemamos”, y mientras esto decía, la afligida víctima de adulterio descolgó el gran cuadro de la pared y lo sacó al patio de la casa.
“Es el mismísimo Mefistófeles, enemigo del Señor y Señor de los Infiernos”, gritaba Doña Lope sin dejar de arrojar lo poco que quedaba de agua bendita al cuadro y otorgando a Mefistófeles el máximo rango infernal. “¡Virgen del Arroyo de las Santas Penurias te ordeno que mandes a éste al infierno al que pertenece, Santa Torre de la Sabiduría dame el poder de vencer a Satanás, Santísimo… Bzz, Bzz, Bzz…”.
Doña Lope pareció caer en un trance religioso al comenzar sus oraciones, que sólo interrumpió cuando le pidió una botella de alcohol a Dolores.
Lo primero que encontró la atribulada Dolores fue una botella adulterada de Bacardí blanco, apreciada propiedad de su violento marido. Entregó la botella a la anciana, quien dando órdenes al cielo, arrojó el contenido etílico sobre el cuadro y trató de encenderlo con un fósforo.
La escuálida llama fue efímera y no sirvió de gran cosa, pues con toda el agua bendita allí regada, era difícil que prendiera un buen fuego.
“¡El enemigo se niega a irse!”, gritó la anciana a punto de desgarrar sus pulmones, “no te quedes ahí parada mujer, ¡trae gasolina o algo!, antes de que nos gane el maldito”.
Dolores era ahora una completa autómata esclavizada, obediente únicamente a los mandatos de la santa vieja. Como de milagro, Dolores encontró en ese mismo patio un bote con gasolina, a un lado de una botella de refresco de toronja que en realidad contenía cloro.
Doña Lope vació el bote de gasolina y encendió el charco que se formó. Una inmensa llama anaranjada, llena de calor, se elevó unos cuantos metros arriba de las cabezas de las mujeres, consumiendo en su totalidad el techo de plástico que protegía de las inclemencias del tiempo al oxidado tanque de gas.
“¡AAAHHHHH! Nos quiere mataaaar”, gritó aterrada Doña Lope, “¡AAAHHHHH!”
Dolores, iluminada repentinamente por la Providencia, arrojó al fuego la tierra de todas las macetas que allí tenía, después corrió hacia donde había una manguera, abrió la llave del agua y con dificultad apagó el incendio.
Del techo de plástico sólo quedaron piezas carbonizadas y una gran mancha negra en la pared. Negro y enlodado había quedado también el tanque de gas. Del cuadro que representaba al Santo Niño de la Santa Paz en Beatífica Quietud, sólo quedaron cenizas y trozos ahumados de vidrio.
“Se ha ido mujer”, dijo la vieja sin aliento, de inmediato tomó sus pertenencias y abandonó la casa de Dolores con un andar majestuoso.
“¡Gracias Doña Lope! ¡Gracias!”, dijo Dolores medio extenuada y medio emocionada al ver alejarse la enjuta figura de la anciana.
Fin de la Parte II

Alto (el payaso de la luz roja)
diciembre 2, 2011Luz roja. Pie en el pedal del freno. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre casi calvo, el poco cabello que le queda revuelto de forma desagradable, pelo que parece quemado, mal oxigenado, Marilyn Monroe después de haber saltado del Hindenburg en llamas (fuego y no montada en un cuadrúpedo andino). El tipo tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente, en su boca un cigarrillo pirata que huele a neumático quemado. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un punto negro, del grosor de la punta de un dedo, en el centro de cada círculo. Parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa humeante cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.
El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es la Torre de Pisa arqueada, el arco de la derrota. Pasos cortos, cabeza gacha, la mirada que emana odio siempre viendo al frente. Es un frío día de diciembre, su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.
Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’, o lo que le permite su poca destreza en este negocio. Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos.
Esporádicamente aspira su cigarro, quizá para darle al acto un “factor de peligro”. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida, tácita torcida, entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A tres segundos de que la luz roja ceda el paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.
Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.

Antros
noviembre 26, 2011A la que conocí en un bar, todo a media luz, bebimos seis tequilas, palabras en alud, cuando desperté y la vi a mi lado, incluso pensé que me la habían cambiado.
A la que conocí en la disco, dijo que quería todo conmigo, aunque no me gusta bailar, en toda la noche no paramos de girar, a la mañana siguiente amanecí mareado, sentí que caminamos mucho sin llegar a ningún lado.
A la del restaurante, la creí buena persona, con su cara linda y su bolsa oscura, me dejó pagar la cuenta y me benefició con la duda, de ella no tengo queja pues resultó ser muy franca, por eso cuando me dejó regresé a las vacas flacas.
A la que conocí en el café le regalé 13 cigarros, cuando salimos de ahí, teníamos los ojos ahumados, con tanta tos no hicimos demasiado y entonces decidí dejar de buscar en los antros.

Zapatos sucios
octubre 28, 2011Si alguna vez miras mi zapatos, descubrirás que no suelen estar boleados (manera de decir en México que los zapatos están limpios y lustrosos). Este detalle, lejos de significar descuido u holgazanería(eso se nota en otros aspectos de mi persona y propiedades, pero no en mis zapatos), es muestra patente de una fobia: la fobia a los boleadores (personas dedicadas a limpiar el calzado).
Quisiera decir que dicha aversión se debe a que detesto la posición humillantemente ‘inferior’ que adoptan los boleros al desempeñar su trabajo (aclaro que ningún trabajo, como tal, es humillantes ni inferior en lo absoluto); pero espero no desilusionarte al confesar que mi fobia no tiene raíces humanistas. Ahora verás cómo se originó…
Fue hace ya muchos años, cuando yo tendría alrededor de siete u ocho de edad, y solía quedarme a dormir los fines de semana en casa de unas tías solteronas (eternamente enamoradas de esa vieja estrella de cine mexicano, galán cantante de reancheras en películas de blanco y negro, llamado Pedro Infante, lo cual en sí puede explicar otra de mis fobias, que no trataré hoy aquí).
No era sólo yo quien pernoctaba los fines de semana con ellas, sino también unos primos, no recuerdo qué tan numerosos éramos, más de ocho sin duda, sólo tengo memoria de la promiscuidad porcina en la que compartíamos las camas. También recuerdo el idiotismo de las tías solteronas, el cual me temo que haya sido contagioso, o bien que se trate de esas maldiciones genéticas que van dentro de nuestras personas.
El caso es que, como parte de la rutina, cada domingo, muy temprano, alguien tocaba a la puerta del departamento de mis tías. Se trataba de un hombre jorobado y sin una pierna, de arrugada piel curtida por la mugre y el sol (en ese orden), su boca estaba eternamente cubierta por bufanda deshilachada y sucia, usaba un viejo sombrero de paja, tan roto como el corazón de un desilusionado, y vestía un traje deslucido y brillante (con ese brillo que sólo se consigue con el desgaste constante y el uso perpetuo). El hombre apoyaba su cojera en una muleta, en cuyo soporte había cientos de bandas elásticas y unas cuantas bolsas de plástico.
El extraño personaje, cargaba siempre su caja de bolero, y puntual llegaba a limpiar los zapatos de todos los primos. Ignoro por qué mis tías nos despertaban para calzarnos e ir personalmente a que limpiaran nuestros zapatos en vez de dejarnos dormir y entregarle las prendas sin dueño al bolero cojo. De haber sido así, no tendría yo esta fobia que me tiene hoy escribiendo, pero ya mencioné que mis tías no se caracterizaban precisamente por una inteligencia ya no digamos superior, sino normal.
Así, sin bañarnos y a medio despertar, bostezando y quitando las lagañas de nuestros aún inocentes ojos, los primos hacíamos fila afuera del departamento, esperando a que llegara nuestro turno para la boleada de nuestros zapatos.
El ritual era poner el pie sobre la caja, y el anciano se agachaba, haciendo aún más visible su joroba, para comenzar su labor untando el zapato con grasa (o bola) –con esa grasa marca ‘el oso’ cuyo aroma aún me revuelve las entrañas y que me remite al viejo bolero y a las oficinas burocráticas de la Ciudad de México-, después lo cepillaba y luego le pasaba un trapo para acabar de darle brillo.
Una de esas ocasiones, me golpeó el pie con sus dedos índice y medio. Yo abstraído, como de costumbre, observando la inmensidad de su joroba y lo grasoso de sus canos cabellos llenos de copos de caspa (los cuales daban a sus hombros un aspecto de Señor Invierno), no empecé a notar lo que sucedía sino hasta como por el cuarto golpe a mi pie, y entonces le puse rostro de extrañeza (“¿Qué le pasa a éste?”, me preguntaba “¿querrá tocar música con mi pié?”).
El anciano, quien dudo que conociera algún idioma, comenzaba a bufar. Y esto lo aseguro, porque en ese entonces yo no estaba tan sordo como lo estoy actualmente. “HREFGGERHHHMMRFFF”, me decía el viejo a través de su bufanda. Yo seguía con mi rostro de niño atónito, sólo que ahora con el ceño fruncido.
“HREFGGERHHHMMRFFF”, repetía el viejo, ahora con un enfado mayor al que siempre traía. Yo seguía estupefacto, sólo que ahora sin el ceño fruncido, sino con el asombro nervioso pintado en mi cara. “HREFGGERHHHMMRFFF”, volvía a decir el viejo manoteando y clavando su dura mirada en mis intrigados ojos. Gruñó hasta que quizás pensó que yo era igual de idiota que mis tías y, con violenta desesperación, bajó mi pie de su caja para colocar el otro. Tratando de guardar el equilibrio tras brutal movimiento, intenté sostenerme en la vieja muleta, que estaba recargada en la pared junto a mí. Yo no caí, pero la muleta sí fue a dar estrepitosamente al suelo.
“FFFRMMHHHREGGFERH”, maldijo el anciano y se apresuró a terminar su labor conmigo.
Para entonces yo lo miraba molesto, como si se tratara de un energúmeno al que todo le parece mal y que no tiene la capacidad de expresarse. Al terminar la limpieza de mi calzado, yo me alejé de allí experimentando un resentimiento infantil ante el absurdo de los adultos (resentimiento que a la fecha, no me ha abandonado, aunque de repente suelo actuar como verdadero adulto).
Esa fue la última vez que el anciano boleó mis zapatos. No creo que en ese momento me haya propuesto que jamás me volverían a bolear los zapatos, ya fueran ancianos refunfuñones o jóvenes con periódicos que en sus páginas muestran exuberantes mujeres semidesnudas, pero lo que sí decidí es que a partir del fin de la semana siguiente a tal acontecimiento, yo comencé a ir a la casa de mis tías siempre con zapatos tenis.

Casi la capitulación
octubre 22, 2011Bajo la luna llena, cuando la ciudad parece muerta, ella baila un vals con un extraño. A lo lejos corre un perro, en busca de su sustento, y ella sigue bailando con el hombre equivocado. Todo es quietud a esas horas y no hay ningún testigo; al final del viejo vals él le pide lo mismo que otros tantos le pedirían a una mujer tan hermosa. Ella con todo decoro se niega, mientras se sonroja. Él es paciente y sabe que aún tiene mucho tiempo por delante. La abraza con fuerza e intenta robarle un beso; ella se inquieta y, nerviosa, le empieza a seguir el juego. Aún faltan horas para que salga el sol, pero de algún lugar grita una gruesa voz: “¡Déjala cabrón!” Y el ensueño se rompe para esa noche, bajo la luna llena, cuando la ciudad parece muerta.








