Posts etiquetados ‘realidad’

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Una mañana en la vida de un “moderno” empleado

mayo 27, 2012

De repente fue despertar.

Sonó la alarma del reloj como ha sonado siempre, sólo que ahora costaba más trabajo levantarse. Noches de insomnio debido a pensamientos recurrentes, preocupaciones laborales y existenciales, salud y conflictos en la oficina.

Jornadas de trabajo de casi doce horas, sin ser velador o vigilante, simplemente un obrero de cuello blanco, aunque ahora, con la informalidad de la falsa igualdad entre la gente, son obreros de camiseta de marca.

Años y años y todo bajo dominio. Horarios fijos, a veces horas extras pero sólo de vez en cuando. Ahora las jornadas extendidas, el trabajo que te persigue hasta cuando estás descansando o cagando, es lo común, es el diario. Los ‘gadgets’ que te encadenan, te los vendieron haciéndote pensar en la comodidad de estar siempre alerta. Pobre pendejo, esclavo gustoso. Al carajo olvido se fueron las leyes y los recuerdos de los mártires que dieron su vida por leyes que protegían a los empelados. No falta mucho para que la mano de obra sean de nuevo los niños explotados.

Es cosa de todos los días, de todos lados. Los tercermundistas micos del amo imperial, creen que lo que sale en las películas es primer mundo. Que dar la existencia en el trabajo es vivir. Olvidaron que el trabajo es el medio, no el fin. Que estar siempre preocupado, estresado es ser un éxito en la vida. Que todo se hace para tragarse un jodido café en el Starbucks. Eso es el éxito.

No es un manifiesto lo que busco, simplemente trato de plasmar en palabras el abrupto despertar a una realidad. Es como si un arcángel de flamígera espada te expulsara del Paraiso. Ahora eres como los demás, Luzbel caido, el hombre del bombín de Magritte, el Mr. Jones de Dylan. Tocas a las Puertas del Cielo pero no te abren, y no tardarás en olvidar la dirección de San Pedro.

Abriste los ojos, ¿qué pasó? ¿te carcomió la ambición? ¿O será que estés pagando todos los años de buenaventura y por fin eres como los demás? ¿Es este agotamiento, cáncer de preocupaciones y temores el Pan nuestro de Todos los días? Jodida la vida, cuando no hay tiempo para detenerse y oler las rosas.

¡Que cosas!

Despertar y volver a engranarse sin aceite en la gran maquinaria, o morir. El miedo que tenemos de perder la cobija nos obliga a continuar… ¿y si se nos quitara el temor? No, al parecer ya todos viven temiendo y miando.

Despertar y a trabajar, no hay tiempo para pensar. A seguir lo que dictan los imbéciles gurús del neoliberalismo. Trabajar, trabajar, ahora la tecnologíea es maravillosa, todos estamos interconectados en jornadas de 24/7 los 365. ¿Dónde está la maravilla de esa mierda explotadora? Que se los crea su reputa madre, tanto estrés, tanta preocupación, tan mala alimentación sólo conduce a enfermedades cardiovasculares y a males del estómago. No son pocos los que por todo esto sufren sufren infartos antes de los 40.

Despertar y a trabajar. Olvida lo que dije y de nuevo lánzate a la vorágine de la locura macroeconómica. Y Forbres no cambiará mucho su lista. Ya no hay listos, simple bola de borregos encandilados marchando insomnes al matadero, creyendo que estoo es el futuro, el bien que la tecnología ha dejado. Y unos cuantos son los que se benefician de la sangre de tantos, tantísimos.

Deja de pensar, abre tu correo electrónico institucional y ponte los grilletes de la jornada, que tu alma se la has vendido a Satanás sin darte cuenta.

Y todo se olvida con el tsunami de preocupaciones diarias.

El moderno empleado se parece mucho al de finales del siglo XIX, con la única diferencia de que el actual cuenta con Internet.

Cosas de la vida.

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Los amantes equivocados

abril 20, 2012

Ella era el horario de oficina, él era la eternidad. A pesar de sus purezas cristalinas, no tenían nada de que hablar.

Ella siempre tenía prisa, él nunca iba a ningún lado. No me preguntes cómo ni cuándo, pero sé que terminaron juntos.

Ella soñaba contando, él contaba sus sueños.  Como siempre, la rutina terminó haciendo trizas el velo del misterio.

Ella ganaba mucho dinero, él gastaba más de la cuenta. Para ejercer presión sobre él, ella lo obligó a pagar la renta.

Ella trataba de cuidar su organismo, él empezó a perder el sentido.

Ella se fue con alguien con un futuro sólido, él se quedó durmiendo muy solo.

Ahora sabemos que el amor engaña, y nos hace alabar cosas extrañas. Poco es claro cuando estamos enamorados, y a veces es muy tarde cuando queremos rectificarlo.

Ella murió de úlcera y de cáncer, él murió de frío y de hambre. Nadie sabe en dónde están sepultados, pero todos los conocen como los amantes equivocados.

Amantes equivocados

Amantes equivocados

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Ciclo

Cuando las cosas se acaban

De amor escuché una triste historia

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Sentimientos asentados

abril 1, 2012

Los de mi clase aparecimos en este mundo hace no mucho tiempo; esto lo podrás comprobar porque de nosotros no existe ni la menor referencia en ningún libro sagrado. Por esta razón, soy para muchos un objeto profano. Aunque, para hablarte con la mayor sinceridad, esto me tiene sin cuidado.

Los que son como yo, solemos permanecer responsablemente en nuestro puesto, recordando que nuestro deber y razón de ser consisten en sostener y soportar a diversas personas; durante todos los días y así hasta el fin de nuestra utilitaria existencia. ¡Qué variedad de seres solían entrar en contacto conmigo durante una simple jornada!

Por ejemplo, poco antes de comenzar a comentarte mi situación actual, tuve sobre mí a una ligera y bien formada joven. Ella era representante sobresaliente de esa exclusiva categoría de mujeres a las que una minifalda les queda a la perfección (y créeme que no exagero). Además, la falta de medias en las piernas de esta menuda mujer, era una bendición y no una carencia. Era una joven, frágil como las promesas que se dicen en un arrebato de pasión; y todo su cuerpo se movía de tal manera que me hizo creer que el Paraíso es una realidad. Su aroma era de una indescriptible suavidad invitante… ¡Con que delicadeza permaneció este poema escultórico de carne y hueso sobre mí! ¡Cómo deseaba que jamás me abandonara! Pero, lamentablemente, la diosa Fortuna es tan redonda como inconstante, y la felicidad en este mundo es tan efímera como el agradecimiento. Sin aviso alguno, sin la más leve señal que me previniera el fin del encanto, la deliciosa tersura de esas suaves piernas y el vivificante calor de ese cuerpo se despegaron de mí.

El abrupto despertar de ese ensueño materializado me provocó un aturdimiento tan poderoso que no pude prepararme para la violencia que aconteció a continuación: un gordo sucio y apestoso arrojó su voluminoso trasero sobre mí. Aquel era un gran trasero, sin duda alguna, y su grandeza era directamente proporcional a su hedor y flaccidez. En ese momento recordé que el infierno también existe. La infame carencia de pudor del dueño de ese trasero hizo que no me sorprendiera que su oscuro e innoble guardia perezoso dejara escapar a un silencioso y pestilente prófugo volátil de las voluminosas entrañas del pesado barbaján. Tras la airosa muestra de cinismo del gordo, agradecí a la madre naturaleza (o a quien quiera que yo tuviese que agradecer mi existencia) el no haberme proporcionado la necesidad de ingerir alimento alguno y, por ende, de no expeler ningún tipo de sustancia estomacal tras la asquerosidad del obeso. Mi gran duda, durante el encuentro que sostuve con el impúdico individuo, era tratar de averiguar qué motivaba a ese hombre el frotar grosera y arrítmicamente sus partes privadas contra mi humilde entidad. Quizás algún día, tras profundas meditaciones, hubiese yo podido llegar a obtener la respuesta a tal enigma.

Es grato comprobar que, de la misma manera en que la felicidad es efímera, las desgracias no son eternas. Así por fin, el tipo con sobrepeso, al igual que la liviana doncella antes mencionada, se alejó de mí.

La soledad en que me encontré entonces no se prolongó tanto como yo hubiese querido. Apenas tres pasos había dado el del impúdico trasero, cuando un mequetrefe insolente se aposentó sobre mí. Este rapaz jovenzuelo resultó ser la materialización de mis peores pesadillas. Se trataba, sin duda, de un joven inadaptado, clásico ejemplo del perdedor existencial (de esos que recurren a los actos vandálicos para poder demostrarse –y tratar de demostrar a los demás- que son ‘algo’ en la vida). El imberbe desgraciado (en todos sentidos de la palabra) sacó una afiladísima navaja de su bolsillo, con una maestría que sólo proporciona la práctica constante, y la clavó con todas sus fuerzas en mi costado, rasgando en canal horizontal todo lo ancho de mi físico. El mocoso huyó prontamente tras su fechoría, quedando impune su crimen.

Yo, mientras tanto, fui presa de la impotencia y, como si de un breve resumen se tratara, vi pasar ante mí toda mi vida. Durante esa visión comprobé que había soportado y sentido todo lo posible en mi pasado: mujeres decentes y mujeres disipadas, unas pasadas de maduras, otras pesadas inmaduras; hombres humildes, varones soberbios, algunos débiles y otros fuertes; gays respetuosos y gays que exigen el respeto de sus derechos atropellando los derechos de los demás; los estremecimientos culpables de alguna mujer adúltera en pos de su amante; el ‘renacer’ espiritual de alguien que se entretenía leyendo los Salmos; el contenido estomacal de un pequeño infante que se sintió víctima del mareo; el sabor de la paleta de una niña; la gris personalidad de un hombre derrotado que llegó hasta mí arrastrando sus pies y con su mirada tan clavada en el suelo como la de un coleccionista de gusanos; el adolescente que se estremecía ante sus lujuriosas fantasías; el indolente que nunca se dirige a un lugar preciso; el joven cuyos ensueños le mostraban un horizonte de grandeza (que con los años resultará inalcanzable); el gigoló que se engaña a sí mismo dando diversos sentidos a la palabra amor; la rubia platinada que coqueteaba infructuosamente al galán introvertido; el anciano que no podía hacer otra cosa más que temblar; el libidinoso morboso que encontraba placer ante el menor roce con cualquier mujer; la secretaria de sudorosas manos que pensaba cómo poder desembarazarse del producto de los acosos de su jefe; la indígena que utilizaba un pedazo de botella rota para cortar los hilos de sus artesanías; el caballero que sacrificó sus buenos modales por un momento de merecido reposo; la mujer morena cuyas manos olían a cloro; el borracho que sin pensarlo dos veces vació el contenido de su desesperada vejiga en mí; el individuo adinerado que por una pesada broma del destino se vio obligado a utilizarme y los múltiples solitarios cuya única compañía es la televisión.

Sólo menciono a estos personajes porque son los que el tiempo me permite y los que puedo compartir contigo; pero ¡fueron tantos los hombres, mujeres y niños que entraron en contacto conmigo! Con todo lo dicho, en estos momentos de agonía, he llegado a convencerme de que mi vida fue en verdad muy rica y que, como cualquier otra existencia, algún día tenía que llegar a su fin. Lo triste es haber llegado a este momento siendo víctima de un vándalo…

Aunque…, vivir en un país en vías de desarrollo, me hace pensar que… AÚN TENGO UNA ESPERANZA. Sí, mi dueño puede remendarme y colocar parches de vinilo en mi superficie cortada, no importa que éstos no sean del mismo color que el resto de mi cubierta. Qué importa ser de dos o más colores mientras se conserve la existencia. Sí, ¡un buen parche será mi salvación! Una vez que mi dueño me repare, seguiré siendo lo que siempre he sido (con una ligera alteración por supuesto): un útil asiento remendado en un destartalado camión de transporte público.

Tan real como la variedad monótona de seres humanos.

Transporte público (entonces como ahora)

Transporte público (entonces como ahora)

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Antros

noviembre 26, 2011

A la que conocí en un bar, todo a media luz, bebimos seis tequilas, palabras en alud, cuando desperté y la vi a mi lado, incluso pensé que me la habían cambiado.

A la que conocí en la disco, dijo que quería todo conmigo, aunque no me gusta bailar, en toda la noche no paramos de girar, a la mañana siguiente amanecí mareado, sentí que caminamos mucho sin llegar a ningún lado.

A la del restaurante, la creí buena persona, con su cara linda y su bolsa oscura, me dejó pagar la cuenta y me benefició con la duda, de ella no tengo queja pues resultó ser muy franca, por eso cuando me dejó regresé a las vacas flacas.

A la que conocí en el café le regalé 13 cigarros, cuando salimos de ahí, teníamos los ojos ahumados, con tanta tos no hicimos demasiado y entonces decidí dejar de buscar en los antros.

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Recuérdame

noviembre 20, 2011

No me olvides, porque yo sí me acuerdo de ti, aunque mi memoria sea mala.
No me olvides porque no me gusta que me dejen hablando solo, cuando lo que quería era hablar con alguien.
No me dejes esperando afuera, que hace frío y la lluvia es casi tan testaruda como yo.
No me olvides por favor, al menos mientras tengas el don de recordar.
Si no me recuerdan, no existo, a pesar de que respire; si no me piensan no soy, aunque digan que sea libre.
No me olvides por favor, porque se siente muy feo ser un recuerdo deslavado.
No me olvides, porque yo sí te recuerdo, y debemos hacer que este mundo sea un poco más equilibrado.

Olvido

Olvido

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Las ruinas de la sorpresa

noviembre 12, 2011

Princesa
La princesa fatalidad expresaba elegantemente sus insultos tornasolados. No decía malas palabras, sólo pulcros malos deseos. Muy al contrario de la jauría de perras, para quienes el lenguaje vulgar y carretonero era la única forma de expresión.
Solitario, en medio de la multitud, más frío que la lápida del que cayó de la gracia popular, decidí escribir lo que cabalgaba por mi mente, sólo para pasar el tiempo.
El Don Juan decadente sacaba del hueco en su cabeza los datos que con tanto esfuerzo había memorizado, sin analizarlos, para presumirlos a la primera oportunidad, deslumbrando a ignorantes y siendo ignorado por los indolentes.
La muñeca plástica de cabeza inflada sonreía de la manera mecánica que le enseñaron en la escuela de modelos.
El legislador sin ley no sabía qué dictar, sintiéndose como un déspota sin autoridad.
Los grises mal nacidos escondieron la llave de la persona que era el eje de sus envidias, ella tenía lo que ellos ni se atrevían a soñar para sí.
Todos puntuales salen a comer, pero siempre tardan más de la cuenta en regresar a trabajar.
No sé cuánto soportaré, escribiendo, cuando tengo que convivir con esta gente la mayor parte de las horas en que estoy despierto. Vigilia que trata de escapar hacia lejanas tierras, sin embargo para ir allá en realidad debo estar aquí. La maldición del bendito dinero.
Rutina absoluta, carente de sorpresas, todo comienza a la misma hora y a la hora de siempre termina, para al día siguiente volver a empezar.
¿Habrá sido la farsa igual antes de que la historia comenzase a ser registrada y contada? Horas de 60 minutos, jornadas de más de 10 horas.
Princesas, perras y juanes, legisladores, muñecas y demás. Agazapada tras el asombro y la novedad iniciales siempre está la costumbre.
Quisiera correr pero me da miedo vivir sin techo, además lo malo puede ponerse peor.
Mejor me quedo matando el tiempo en las ruinas de la sorpresa.

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De aquí a la eternidad

noviembre 9, 2011

Nadie sale vivo de aquí

Nadie sale vivo de aquí


Me estoy muriendo desde que nací. En algún lugar me creí la idea de que igual este es un lugar pasajero, o la sala de espera a la eternidad, o la prueba que decide para dónde va uno a parar después del supuesto final. El punto es que siempre me he sentido fuera de lugar. Ahora que ha pasado tanto tiempo, que llevo 11 años más allá de lo que pensé que sería mi límite, he tenido ocio suficiente para seguir pensando, lo que antes era impensable: ¿Y si después de esto, tampoco me hallo en lo que sea el más allá? Ojalá todo terminara cuando sale de este mundo por la puerta que sea (mutis por la derecha, salida de emergencia, trampa para la ropa sucia, o agujero de ratón), pero parece que no. Mientras unos dicen que si te portas bien puedes llegar a la eternidad para contemplar la Gracia del Señor (me cuesta pensar que un chiste pueda durar tanto tiempo) otros se empeñan en decir que es un constante volver a empezar (en niveles diversós, según tus acciones, o sea que en mi próxima vida puedo ser un perro de millonaria excéntrica, o un gusano en un cultivo de mezcal). Ninguna de esas opciones me atrae, ni siquiera un poco. Quisiera el Nirvana, la nada, la fuga completa y la desaparición total. No más YO en ningún plano. Pero por definición, si ese estado es un premio, por lo logrado en esta vida, seguro ya no me lo gané. Quisiera poder enfocarme al estar aquí y ahora, sacando lo más provechoso del asunto, pero me resulta tan difícil. Si vivir es fácil, a mis 44 no le he encontrado muy bien el modo. Ni modo. Vivir es el relleno con el que tenemos que embutir ese hueco que hay entre el nacimiento y el estreno de nuestra tumba. Seguiré buscando si hay algo más.

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Despacio que voy de prisa

octubre 21, 2011

Wild Bill Hickok, famoso pistolero del viejo Oeste (¿o aquél?) tenía 39 años cuando murió. Era un hombre viejo para su época, y sinceramente creo que viejo para cualquier época. Supongo que Bill estaba cansado de vivir, de ser retado por cualquier pelmazo que tuviera un incipiente bigote y una bravuconería juvenil que quiere tragarse el mundo de un bocado. Creo que Wild Bill estaba de algún modo deseando la muerte, por eso aceptó sentarse de espaldas a la puerta (cosa que por costumbre jamás hacía) ese agosto de 1876.
En mi caminata matutina por el parque citadino pensé en eso cuando de frente a mí vi trotar a una especie de momia animada. El tipo tendría unos 70 y pico de años, bien vividos, o quizá tendría 52 muy desgastados, ya no se sabe; soy malo para calcular edades (y realmente querida me importa un bledo). El hombre trotaba con dificultad. El esfuerzo se reflejaba en su rostro de tortuga con lentes de grueso caparazón. Calvo en la mayor parte de su cráneo, con dos o tres pelos canosos cerca de las orejas, el viejom resoplaba como elefante moribundo atascado en un cráter de la luna (ajáaaa, no he ido a la luna, pero seguro así suena un paquidermo en tal situación). El hombre no podía mover bien los brazos, que llevaba doblados y con los codos pegados a sus costados. PUFF PUFF expelía y no tenía ni fuerzas para levantar la vista del suelo. Vestía una camiseta de algodón -ropa interior superior- y unos shorts negros, calcetas largas y oscuras que le llegaban casi a la rodilla, y zapatos deportivos oscuros; parecía el uniforme de alguna selección europea de futbol (no recuerdo si Alemania o Inglaterra).
PUF PUF PUFando el hombre, se siguió de largo, trotando, y yo continué en dirección contraria, pendejeando.
Y me dejó pensando. ¿Por qué esforzarse en trotar, si pierde tanto el porte y la compostura? ¿Por qué no mejor caminar, con elegancia y sin andar dejando el desgastado trasero por el camino? Supongo que eso le sería más estético para su edad, pero si supiera de estética estaría yo trabajando en Herpe’s Bazaar. La gente cree que correr es más saludable que caminar. Yo lo dudo. Correr significa más desgaste, termina jodiendo el corazón, o de menos las rodillas. Pero seguro me dirán que estoy equivocado. Puede ser, pero mi temor medieval no me lo quita nadie. Mi teoría es que igual mueren, a edades similares, los fumadores empedernidos que los deportistas de alto rendimiento. Aunque seguro se mueren antes los atletas de alto rendimiento que además son fumadores empedernidos.
Lo principal, ¿cuál es la prisa? ¿Qué caso tiene correr? Roma ha seguido ahí, e incluso hay más caminos para llegar a ella. No por correr se vive más (en cualquier sentido que se quiera tomar la frase). Está bien, mejor me silencio y respeto a los que encuentran placer corriendo. Pensé en que debería yo sentarme de espaldas a la puerta en algún Saloon, aunque ya tengo más de 39 años.

Al final de mi trayecto me volví a encontrar al viejo pufante, esta vez él iba caminando, no por elegancia, sino porque de plano ya apenas podía con su alma. En sus ojos noté el agotamiento, pero también la satisfacción de haber cumplido con su rutina del día, sudando y exigiendo ese extra a esa ruina que lleva por cuerpo. No pain no gain (masoquismo excelso). Y pensé que aunque no comparto su mentalidad, sí debo respetarla y admirar el valor que tiene para sacarla adelante. En fin, si sigo yendo a ese lugar a caminar, seguro me lo encontraré hasta que uno de los dos deje este valle de lágrimas, igual soy yo el que parte primero de aquí.

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Orgullo

octubre 12, 2011

“Toc, toc”. Sonido de algo metálico contra metal. No oprimieron el botón del timbre, no jalaron la cuerda de una campana que suena gracias a su sano badajo. Simplemente alguien, encontrando la manera más segura de llamar la atención, golpeaba el buzón de la entrada con algo metálico, para que otro alguien saliera de la casa (léase ‘yo’, por ser la única persona presente en el hogar).

Al abrir la puerta me encuentro con un pordiosero en el penúltimo nivel de la miseria. El hombre no era más viejo que yo, no le faltaba ninguna parte de su cuerpo, vestía harapos, una gorra raída en su cabeza desgreñada y despedía un ‘aroma’ mezcla de suciedad añeja y agua de riñón concentrada, con un fijador que seguro envidiaría cualquier casa de finas frafancias de Francia.

El tipo, de piel curtida por el sol y con barbas de Robinsón Crusoe, me dice con una voz débil, apenas un susurro, en un tono sumiso, lastimero, cantarín y que inspira piedad: “¿no tiene agüita o comidita que me regale?”

Confieso carecer de un buen corazón, la piedad se me ha deslavado con el paso de los años, si es que alguna vez la tuve, por lo tanto ignoro qué fue lo que me pasó. Igual la culpa la tiene el inclemente sol del mediodía, o quizá el recordar que el agua no se le debe negar a nadie… el punto es que le respondo que me espere un momento, cierro la puerta y busco una botella de agua de litro y medio, de las que bebo yo, nueva y sellada para dársela al pobre hombre.

Con la botella en la mano voy a emular al buen samaritano, de manera modesta y mucho menos bíblica que la historia original. Salgo y le entrego la botella al pordiosero, quien sentado con comodidad en la acera la recibe y de inmediato me dice, con la misma voz y el mismo tono con el que me pidió el agua momentos antes: “¿No tiene dinerito o algo que me regale?”

“No, lo lamento, no tengo dinero”, le digo como quisiera responderle a la Secretaría de Hacienda cada que me obliga a pagar los ridículos impuestos que jamás veo reflejados en mi país, y preguntándome por qué en vez de algo no me pidió alguito.

El pordiosero, transformando su carácter, con una voz estentórea y potente, pero conservando su apariencia arruinada, en un tono de máximo emperador del mundo antiguo (igual es la reencarnación de Alejandro, o de Augusto) me dice con el mayor desdén que he presenciado en años: “¡Ah!, pues toma tu agua”, y me devuelve la botella.

Empapado de orgullo, el Luis XIV de la miseria, se pone de pie, recoge sus pertenencias y se retira con la frente en alto, paso majestuoso y sin mirar atrás.

Yo me quedo asombrado, pensando que maravilloso que aún existan seres tan seguros de sí y con la convicción de que si piden agua, la gente tiene la obligación de regalarles oro. Sintiéndome un insecto kafkiano, simplemente regreso a mi casa con mi botella de agua para reflexionar sobre la lección.

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Alcohol (sobriedad)

marzo 7, 2010

Noches de alturas, cerca de la estrella más alejada y brillante, viva en apariencia. Amanecer en el fondo del Gran Cañón, disparado a la realidad con sentimientos de culpa y persecución. Tinieblas a pesar del sol. Más de uno puede ser un espía o un vigilante. Las acciones recientes, inconscientes y olvidadas; pero en el fondo están allí reclamado o burlando, no falta quien las haga recordar. Falsa puerta de salida, dolorosa la caída. Ese truco ya no es efectivo para darle el esquinazo a la rutina, al peso de los días, al sinsentido obligado. Sueños de fuga que en realidad son pesadillas. Temor a la noche, terror al día. Los amigos se van yendo, poco a poco, o uno se aparta de ellos; el tiempo sólo sirve para alejarse de los demás y acercando el final. No hay muchas opciones al parecer: el autoengaño, las flores del mal o pisar el acelerador; sólo dos si ya comiste del fruto prohibido del jardín de Dios. Ninguna conviene realmente. Hasta la siguiente mentira, de boleto ficticio y velo ante los ojos, para pagar las facturas a la mañana siguiente.

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