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De Chabacano a General Anaya

abril 16, 2012

Línea Cuatro Caminos-Tasqueña ¿o será Tasqueña-Cuatro Caminos?, no importa en realidad el orden, pues los productos ya están alterados y en el tren metropolitano, familiarmente conocido como metro, toda verdad depende de la dirección en que se viaje y no de cómo se ven las cosas a través de los cristales rayados por los vándalos de mal vodevil.

El metro es un tren repleto de deseos ahogados por la realidad. Sus ensardinados vagones viajan llenos de personas con destinos diversos a los que tienen que llegar en una hora determinada; muchas de esas personas van con un retardo que les impedirá cumplir con su puntual propósito y que las hará merecedoras de, al menos, una llamada de atención. Esta historia en particular sucedió en la línea que va de Chabacano al General Anaya.

ELLA se encontraba de pie, con la mirada perdida más allá del horizonte delimitado por la ventana, y su mente estancada en un pasado reciente: “Aarón! Mi horóscopo me advirtió que debo tener cuidado con mis relaciones sentimentales…”, pensaba ELLA suspirando desde lo más profundo de su ser, “…Aarón, que hermosa velada! ¿estás pensando en mí, como yo estoy pensando en ti?

En ese preciso momento, Aarón estaba muy lejos de allí, sentado en un sanitario sin sanidad, defecando la opulenta, pero nada sustanciosa, cena consumida en la romántica velada de la noche anterior, mientras ojeaba una revista de papel cuché con lindas chicas perfectas, retocadas por manos profesionales (en todos los sentidos del verbo ‘retocar’). ¿Pero quién demonios sabe con exactitud en qué estaba entonces pensando el famoso Aarón?

“¿Cómo era esa canción?…”, se preguntaba ELLA cuando las puertas del vagón se cerraban ante la nariz de un confundido pseudosocialista -con la actualidad de cuatro décadas anteriores-, que ‘por causas de fuerza mayor’ se dirigía a una entrevista de trabajo en una detestable empresa capitalista, vestido con saco y corbatita, haciendo su máximo esfuerzo por parecer un ‘yuppie’ próspero dispuesto a enfrentar positivamente cualquier crisis (ahora se les llama ‘oportunidades’) en un país de tercer mundo con espejismos del primero, aprendiendo a flotar en una economía naufragante. Sí, él también llegará tarde a su destino, pero ELLA sólo se pregunta ahora: “¿Cómo era esa canción?”…

Si me hubieras querido/Si estarías junto a mí./Quizás no estuviera yo perdido,/Quizás sería feliz.

ELLA, sin notarlo, comenzó a susurrar el tema pop de moda, gramaticalmente incorrecto, pero al fin entendible. Un melancólico maniquí calvo presenció a lo lejos parte de la efímera escena de memoria musical desde lo alto de un hospital abandonado cuando el tren pasaba por allí enfrente. Dentro del vagón, dos individuos curiosos miraron fijamente la extraña mímica de la mujer, mientras un viejo se concentraba con lascivia en los glúteos aglutinados por una falda de tela barata que ELLA, una de esas secretarias que prefieren ser llamadas asistentes, aplasta rutinariamente contra el asiento de una silla durante un promedio de ocho horas diarias.

“¡Ahhh, y me la dedicó!”, continuaba ELLA dentro de sus ensueños, rememorando el lugar donde cenó con Aarón, sin percatarse del canto que emiten las puertas del tren cada vez que se van a cerrar.

ELLA de seguro era hermosa para algunos ojos, pues la belleza es tan relativa como el estado de ánimo, o como la verdad. Su única duda estética consistía en: ¿qué tan hermosa era para los ojos de Aarón?

“¿En verdad me amará? Si veo primero un carro rojo, quiere decir que me ama; si veo un carro amarillo quiere decir que no”, se dijo y fue entonces cuando comenzó a prestar algo de atención a lo que ocurría a su alrededor, específicamente a los múltiples automóviles que desfilaban de manera paralela al tren en el que viajaba.

Lo primero que vio después de decir esas palabras fue un auto color rosa.

“El color rosa es un variante ligera del rojo; entonces significa que no me quiere lo suficiente o quizás que no está seguro de sus sentimientos hacia mí. ¿Y qué tal si significa que sólo está jugando conmigo y que sólo desea utilizarme? ¡Debe ser igual que todos los *!%&¨*s hombres! De seguro me va a hacer lo mismo que ese *!%&¨* Luis, méndigo *!%&¨*, yo que le entregué a ese infeliz lo mejor de mí y mira cómo me dejó, pobrecito de ese &@**+ Luis si se atreve a buscarme, lo voy a tratar como se merece. Aarón debe ser igual. Todos los *!%&¨*s son iguales”.

general anaya

general anaya

Sus ojos comenzaron a exhibir su furia interna, los dos individuos curiosos volvieron a fijarse en ELLA y comenzaron a tener una idea de lo que atormentaba a la mujer; por supuesto el vejete seguía concentrado en los glúteos de la Asistente del Jefe de Compras y no se percató de ningún cambio de humor, sólo de una ligera tensión en las flácidas posaderas admiradas. El tren llegó a la estación del General Anaya. El vejete vio desaparecer por la puerta del vagón sus esperanzas de comprobar furtivamente lo gelatinoso de ese trasero, cuando ELLA descendía del vagón acompañada de un pensamiento punzante:

“*!%&¦ Aarón infeliz, hay de ti si te atreves a llamarme a la oficina…”

Los dos curiosos permanecieron en el tren, cada uno riendo para sus adentros. Uno de ellos cambió el rumbo de sus pensamientos y se preguntó si sería prudente llamar al rato, por teléfono, a una de sus tres novias, la Lola, sólo para saludarla.

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Búmeran

abril 10, 2012

Viernes, exactamente a las 8:45 pm. No es una noche estrellada, y tampoco hay árboles. Es una noche en una esquina de la ciudad, allí donde se encuentra ubicada una lujosa tienda de regalos; en una banca de carcomida pintura está sentado un joven llamado Bruno, sobándose la pierna derecha. Es un espectáculo extraño mirarlo en pleno siglo XXI con sus 25 años de edad y vestido como si estuviese viviendo el clímax de la moda de la década de 1970. Bruno mira su reloj y entonces su paciencia termina. Está claro que su amigo Abraham, de 26 años, quien a pesar de su nombre no cuenta siquiera con una gota judía en sus venas, acaba de rebasar los 20 minutos de tolerancia que Bruno le otorga a la espera de cualquier persona para que el retraso de ésta sea razonable. Por eso, Bruno se pone de pie y comienza a alejarse por el lado izquierdo de la acera, cojeando de la pierna derecha. Durante su retirada, es sorprendido por un avioncito de papel que pasa volando muy cerca de su cabeza. Antonio, un niño “de la calle”, corre a recoger su avioncito una vez que éste aterriza y se dispone a volarlo de nueva cuenta.

El pequeño Antonio encuentra una especial fascinación en jugar con aviones de papel cada que termina sus ‘jornadas laborales’ (las cuales consisten en la venta de chicles que, acomodados en una caja multicolor, su tía – una mujer que a pesar de hacerse llamar así carece de lazos familiares con Antonio – le entrega todas la mañanas). Antonio es el niño más feliz en muchos kilómetros a la redonda cuando juega con sus aviones; entonces olvida las violentas escenas que tiene que presenciar casi a diario. Escenas que llevan como protagonistas principales a su tía y al hombre en turno con quien ella vive (hombres que invariablemente serán tan borrachos como su propia tía); escenas que comienzan generalmente con gritos y terminan en golpes. Antonio sólo es feliz cuando juega con sus aviones, claro que esta felicidad se la debe en gran parte a Lorena, la atractiva señorita que trabaja como contadora en una de las oficinas ubicadas en el edificio que está a un costado del hospital, enfrente de la esquina donde Antonio vende sus chicles; pues fue precisamente Lorena quien, con una paciencia piadosa y una destreza contagiosa, enseñó a Antonio la técnica correcta para elaborar los mejores aviones de papel.

Si miramos al edificio donde trabaja Lorena, alcanzaremos a notar que casi todas sus ventanas muestran interiores a oscuras; pues como es sabido, la mayoría de los obreros de cuello blanco creen en la leyenda que dice que los viernes, al caer la noche, todas las oficinas son visitadas por espectros malignos capaces de llevarse al infierno a todo aquel incauto que encuentren laborando a esas horas.

Observando detenidamente el edificio descubriremos que hay todavía una ventana cuyo interior está iluminado, y es precisamente la de Lorena. El interior de la oficina, que aún huele un poco a una reconocida marca juvenil de fina fragancia masculina, está decorado en un estilo colonial mexicano que contrasta un poco con la música de fondo, en este momento se trata de George Michael cantando a dúo con Mary J. Blige el tema “As”. Los que laboran allí están ya cansados de escuchar a George Michael todos los días y a todas horas, desde hace unos meses, pero qué se le va a hacer; si el jefe así lo dispone, así tiene que ser, pues le gusta y es el jefe.

Lorena se encuentra absorta en sus cuentas y sumamente preocupada, pues no pudo confesarle toda la verdad a su jefe, quien acaba de despedirse de ella hace apenas unos segundos. Lorena trata ahora de elaborar una especie de guión convincente para decirle el próximo lunes la causa de un considerable faltante en las ganancias de la semana que acaba de terminar. En verdad reza por que su jefe tome en cuenta que ella es una madre soltera que tiene que ver ante todo por su hija y que una situación desesperada, como la enfermedad de su pequeña, debe ser considerada como atenuante ante la culpa por las acciones que cometió (específicamente: haber tomado en secreto de la compañía una suma que para este viernes había esperado reponer sin que nadie lo hubiese notado. Pero las cosas casi nunca resultan de la manera en que se planearon y Lorena no pudo reponer nada para hoy). Una vez que Lorena haya confesado todo el lunes, le prometerá a su jefe la reposición de la cantidad tan pronto y le sea posible. Ahora sólo ruega que su jefe, el licenciado Goicochea, que tanto gusta últimamente de George Michael, sea clemente con ella. Existe una luz de esperanza para Lorena, pues el licenciado, al despedirse hace unos instantes de ella, estaba radiante de una alegría que casi podía considerarse euforia. “¡Ojalá que la alegría le dure hasta la próxima semana!”, suspiró Lorena.

Cuando el licenciado llegó hasta el escritorio de Lorena para anunciarle, con una voz musical y cantarina, que deseaba los totales de la semana a primera hora el próximo lunes y despedirse deseándole un buen fin de semana; en la mente de él todavía sonaba la angelical voz de Mariana. ¡Ahh Mariana!, esa jovencita de 23 años capaz de devolverle a Goicochea todas esas energías que él creía perdidas tras tantos años de matrimonio con una mujer que ahora sólo le inspiraba tedio. ¡Qué bien sonaban las promesas para esa noche que le había hecho su Mariana, con su virginal boquita tan sensual, a través del teléfono privado de Goicochea!, y ¡con qué facilidad logró el adúltero maduro – inmediatamente después de escuchar las eróticas promesas – convencer a su mujer de que tenía otra cena de negocios con un cliente extranjero al que se veía obligado de enseñarle la vida nocturna de la ciudad! “Puede que llegue más tarde de lo acostumbrado querida”, dijo Goicochea al despedirse de su mujer al teléfono con un besito sonoro y rutinario, mientras se rociaba el rostro con la fina loción juvenil con la que pretendía agradar esa noche a Mariana, escuchando aún el eco de la voz de su amante resonando en su mente.

Tras hacer una candente promesa telefónica de pasión futura a su maduro amante, Mariana colgó el auricular y procedió a golpear tan cariñosa como coquetamente, a manera de juguetón reproche tardío, la mollera de Juan. Juan estaba desnudo en el lecho de Mariana; y durante la conversación telefónica de ésta con el tal Goicochea, Juan se divirtió haciendo cosquillas en el bien formado cuerpo de Mariana. La joven de 23 años sale de la cama y va rumbo a la regadera pensando en qué le va a contestar a Juan tras la pregunta que éste acaba de formularle. Ella ama a Juan, un joven aventurero con más que demasiadas energías sexuales, pero Goicochea es algo más seguro y, sobre todo, redituable para ella. Por más que Juan la quiera, éste no podrá jamás regalarle algo ni remotamente comparado con los obsequios de su maduro licenciado. Cómo desearía Mariana que Juan no hubiese vuelto a ponerla en el umbral de la decisión definitiva. “Lo siento”, piensa Mariana, “pero si debo escoger entre Juanito y el viejito, terminaré optando por el viejito, por lo menos durante unos meses más”.

Mariana entra a la regadera (cantando una de las canciones de su cantante favorito: “One More Try”, de George Michael) y en ese instante se cumple una de las leyes universales más invariables que puedan existir: su teléfono suena. A Juan le enerva la prohibición de contestar el aparato cuando está de visita en el lujoso departamento de Mariana; por eso, para calmar sus nervios, se levanta de la cama y traslada su completa desnudez hacia la ocupada regadera. El teléfono continúa sonando y, en medio de las altas muestras de afinidad sexual que ocurren en la regadera, Mariana toma la decisión de mandar al Diablo al licenciado Goicochea y quedarse con Juan a partir de esta misma noche.

“Mugre Mariana, sé que estás allí. Contesta por favor…”, dice la distraída Gabriela, joven de 25 años, sosteniendo el auricular de su sofisticado teléfono y mirando la hora en su bello reloj de oro, “¿porqué de entre todas mis amigas a escoger, me tuvo que tocar ser la madrina de bocadillos para la boda de mañana junto con esta inconsciente de Mariana? La muy idiota siempre se anda comprometiendo a todo y cuando se le necesita… ni rastro de la infeliz”. Y con un nerviosismo in crescendo, Gabriela se sigue preguntando mientras espera a que Mariana se digne a contestar la llamada: “¿De qué tamaño debo comprar la bandeja? Mariana dijo que la bandeja tenía que ser grande, pero quién demonios sabe cuántas clases de bandejas grandes existen. Mi nana seguro sabría de qué tamaño debe ser la bandeja, ¡Ay porqué se tuvo que morir mi nana! Aunque…, pensándolo bien, les voy a demostrar a todos que yo sí puedo hacer algo por mí misma. Voy a ir solita a comprar la bandeja. ¡Ay, y si no me voy ahora mismo, no llego al cine a la función del cuarto para las nueve! No creo que Johnny me vuelva a perdonar otra llegada tarde al cine. Ahorita me voy de volada a comprar la charola grande y de allí me lanzo al cine… Joseeeeé ¿estás listo?”, grita Gabriela llamando a su chofer y colgando el auricular.

José SIEMPRE está listo. Es por eso que él se considera uno de los mejores choferes de la sobrepoblada ciudad (algo no muy difícil de lograr si se toma en cuenta que hay mucho más pobres que ricos en esta metrópolis y por ende muy pocos choferes), y por qué no, hasta del mundo (aquí puede que José cometa el pecado de la exageración). A pesar de su reciente distracción, José está listo para llevar velozmente a la hijita de su patrón a cualquier sitio que ella le pida. Es más, José ya ni repara en los constantes regresos a casa por algo que la descuidada Gabriela olvida. José suele tener una broma personal con respecto a la eterna distracción de su patrona, dice que no se sorprendería que Gabriela hubiese olvidado la virginidad en vez de perderla. Y hablando de gente descuidada, José se ha enterado hace unos momentos, por medio de una llamada de su tía Candelaria, acerca del accidente recién sufrido por su primo Nepomuceno. “¡Cómo es posible que un carpintero tan experimentado como Nepomuceno perdiera su mano por una distracción tan idiota!”, piensa José mientras echa a andar el automóvil y Gabriela lo aborda presurosa, “‘Ora voy a tenerme que hacer cargo de la tía Candelaria, pues es mi responsabilidad. Mi padre (Don Justo) siempre veló por Candelaria y su hijo. Desde que ella enviudó y hasta que mi padre falleció. Pos ni modo, hay que apechugar. Ora me toca la responsabilidad a mí. Cuidar a la candelaria con todo y su Nepu”. A las tres calles de distancia, Gabriela pide a José que regrese a la casa, porque se le olvidó la tarjeta de crédito junto al teléfono. José vira el carro y no puede dejar de pensar en la desgracia de Nepomuceno.

Nepomuceno perdió su mano izquierda en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quién iba a pensar que el voltear a ver a esa súper güera de la telenovela de las 8:00 le fuera a costar tan caro? Todo por culpa de ese chamaco tarugo que trabaja como ayudante, siempre empeñado en ver esas cosas en la tele del taller. Ni modo, ya lo decía Pedro el quince uñas: “con la sierra eléctrica haz lo mismo que con tu mujer: no les quites el ojo ni tantito porque sino terminas como yo. Solo y dependiendo de una sola mano“. Nepomuceno aún no está casado, pero a partir de hoy va a ser manco, tan quince uñas como su amigo Pedro. Por fortuna la ambulancia de la cruz roja ha llegado rápido y transporta velozmente a Nepomuceno al hospital.

Una anciana pierde el control de su gran automóvil blanco debido a la ambulancia de la cruz roja que la rebasa presurosa por el lado derecho. La anciana termina invadiendo bruscamente los otros dos carriles de la pista golpeando un viejo Ford azul. La ambulancia no se detiene, sino que acelera con rumbo al hospital, hay que evitar cualquier riesgo extra al hombre manco que transporta.

Abraham baja de su auto azul y siente una gran frustración. El Ford Mustang era su mayor orgullo existencial. Se puede decir sin mentir que Abraham (quien por cierto no tenía ni una gota de sangre judía en su organismo, a pesar de su nombre) trabajaba básicamente para mantener su bello Ford. Era un auto que los coleccionistas envidiaban, y al modesto Abraham, como a cualquiera de nosotros, le gusta ser envidiado, aunque fuera sólo por su auto. Por eso ahora Abraham maldice a la ambulancia que se aleja presurosa (pues es la responsable del percance) y, a pesar de sus esfuerzos, no se puede contener y comienza a gritarle a la pobre anciana (cuyo auto blanco salió peor librado del percance que el fuerte Ford), quien enmudecida por completo sólo tiembla como gelatina de pasas. Con su violenta actitud, Abraham se ha ganado la antipatía de los curiosos y de seguro le será también odioso al agente de policía que hace su arribo al lugar de los hechos. Ahora es imposible que Abraham llegue a la cita que tenía con su amigo Bruno.

“Mire nomás a ese patán”, dice Roberto al conductor del taxi que lo conduce al hospital, justo cuando el vehículo pasa a un lado de un accidente automovilístico entre una bello Ford clásico y un moderno carro blanco, “gritándole así a una pobre anciana… si no tuviera prisa me bajaría a romperle la cara a ese miserable bruto… Señor por favor acelere que se me hace tarde…”El taxista obedece imprimiéndole la máxima velocidad posible a su taxi (que por cierto estaba decorado con peluche en el techo, una cara de payaso triste – hecha de plástico – incrustada en la antena del radio, y foquitos que se encendían y apagaban intermitentemente al ritmo de las cumbias que tocaba la estación que el conductor llevaba sintonizada).

La prisa de Roberto por llegar al hospital lo antes posible se debe a que allí está Rosa, su esposa, esperándolo para que juntos vean las primeras imágenes de su hijo. ¿O será hija? ¡Qué emoción para Roberto, poder ver por primera vez a ese ser que él y su mujer traerán al mundo en unos meses más y que posiblemente significará la permanencia de ellos después de que mueran! La vida de Roberto cambió desde el instante que su mujer confirmó su embarazo. Va pensando que el taxi no va lo suficientemente rápido. “De tener yo patas de pulga”, se imagina Roberto, “llegaría al hospital de dos saltos…” El taxi llega por fin a la esquina de la calle en donde se encuentra el hospital y estacionándose afuera de una lujosa tienda de regalos, atrás de un gran automóvil último modelo custodiado por un chofer con cara de abstracción nacida de la preocupación, el taxista le dice a Roberto: “la calle es sentido contrario y este carro que está aquí estacionado no me permite avanzar hasta el hospital, ¿quiere que le dé la vuelta a la cuadra para que lo deje en las puertas del hospital?…”. “No, no. Olvídelo, aquí me bajo”, respondiendo tal cosa Roberto baja presuroso del taxi y tras pagar al conductor inicia una desbocada carrera por la acera.

Roberto no se fija bien por dónde va y choca con una joven que lleva cargando una gran bandeja plateada. La joven grita y la charola, tras el impacto inicial, sale disparada hasta llegar a golpear secamente la rodilla derecha de un individuo de unos 25 años que estaba parado en esa esquina, cerca de una banca de pintura carcomida. Roberto expresa una breve disculpa y reemprende su carrera. Un chofer que estaba esperando en el interior de un auto último modelo se apresura a ayudar a la joven. La joven se pone a observar la bandeja y tras asegurarse de que no le pasó nada (gracias a que la caída de ésta fue aminorada por la rodilla del hombre que está allí sentado en la banca doliéndose de este encuentro) mira su reloj y dice: “¡Ay José mire qué hora es, Johnny me va a suicidar! ¡Vámonos ya, vámonos ya! ¡Lléveme a los multicinemas pero pronto!” Ambos abordan el auto último modelo que está allí estacionado y, tal como el Llanero Solitario, desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. El joven de 25 años también consulta su propio reloj.

Roberto cruza la calle y, justo en la entrada del edificio vecino al hospital, vuelve a estar a punto de chocar con alguien. En esta ocasión la persona con quien casi choca Roberto es un elegante hombre maduro, rebosante de felicidad, que despide un fuerte aroma a fina fragancia juvenil y que va tarareando una canción de George Michael. Roberto se disculpa con el sonriente caballero que piensa para sí: “Debe ser otro enamorado en pos de su querida”. Roberto corre hasta entrar al hospital y, sin esperar al elevador, utiliza las escaleras hasta llegar al sexto piso. Allí entra al consultorio del doctor Arriaga y junto con su esposa Rosa presencia las primeras imágenes de su hija. Es viernes y son exactamente las 8:45 pm, en la calle hay un niño feliz llamado Antonio que juega con su avioncito de papel.

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La carta

marzo 27, 2012

La mano izquierda de David sostenía aún la carta. Su rostro tenía un gesto similar al que seguramente tuvo Henri de Toulouse-Lautrec al enterarse del suicidio de Vincent Van Gogh. David comenzó a experimentar la sensación de irrealidad que provoca una realidad que se presenta brutalmente. Él ahora comprendía muy bien esas frases que había escuchado en tantos programas de televisión y de bocas de algunos conocidos suyos: “No puede ser” y “esto no me puede estar sucediendo A MÍ”. Es justo mencionar que a David también podía aplicársele esa otra, excesivamente utilizada, frase que dice: “siento que no soy yo, es como si estuviese viendo una película”.

Hace tan sólo unos instantes que David se sentía bien. Su vida era normal y los segundos de su tiempo transcurrían con la misma monótona exactitud de siempre, sin que nada advirtiese del próximo desequilibrio de la cotidianidad.

Hace sólo unos instantes David iba rumbo a su oficina, como siempre. Como siempre salió del elevador, cruzó el oscuro pasillo del edificio donde habitaba. Mecánicamente volteó su mirada a su buzón y distinguió que en interior de éste se hallaba un gran sobre. Varias probabilidades cruzaron por su mente: “Debe ser el catálogo de algún almacén o la invitación a que participe  en el sorteo de alguna revista (tras comprar una suscripción, por supuesto). Recibos de pago o quizás sea una carta de mi amiga argentina felicitándome por mi cumpleaños (el cuál fue hace un mes y medio). Pero no, seguramente es la publicidad de algo”. Todo esto se decía David mientras con su mano izquierda sacaba el sobre del buzón.

Un intenso escalofrío recorrió la espalda de David cuando éste descubrió el emblema impreso en la esquina superior derecha del gran sobre.

Una encorvada anciana abrió repentinamente la puerta principal del edificio y penetró al oscuro pasillo. Con ella entró un fresco airecillo proveniente de la calle. La mujer olvidó cerrar la puerta tras de sí (descuido acostumbrado por el que la dama era famosa entre los vecinos). La anciana, que vivía en el departamento contiguo al de David, lanzó una breve mirada al misteriosamente pálido rostro del joven y, sin dedicarle ni el más mísero saludo, ignoró los buzones (ella nunca esperaba recibir nada) y caminó hacia el elevador.

David ni siquiera notó la esporádica presencia de la anciana. Abrió el sobre con gran nerviosismo y torpeza, nacidos ambos de la incertidumbre. Por fin sacó la carta. La impersonalidad del estilo con que estaba redactada la misiva hicieron que se estremeciera; en tanto que su contenido significó el tiro de gracia para su ya tambaleante estado anímico.

Al terminar la breve pero impactante lectura, David comenzó a maldecirse por su accidental negligencia y torpe descuido. Definitivamente el contaminado aire que provenía de la calle no ayudaba en nada para que su cerebro funcionara de manera óptima ante esta situación. El coraje del joven contra sí mismo y contra los que le enviaron la carta iba en aumento. Claro que todos nos sentiríamos como él en una situación similar. Aunque, por otro lado, no todos necesitamos de una carta emitida por el Departamento de Recaudación de Impuestos para enterarnos que no realizamos nuestra declaración a tiempo y que por ello somos acreedores a una increíblemente alta e insultante multa. ¡Bienvenido al mundo real David!

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La Lucha que Algunas Personas Sostienen con el maligno. III y última

marzo 16, 2012

Parte I

Parte II

Parte III

De la casa de la piadosa mujer

Dos días después del exorcismo, el padre Francisco fue a visitar a Dolores al hospital. En ese sitio, trató de consolar a la pobre mujer intentando no mirar directamente hacia el morado y deformado rostro de ella (espectáculo por demás patético, sin mencionar los ojos inyectados de sangre y su brazo izquierdo enyesado) y procurando olvidar la macabra relación que tenía el nombre de esta mujer con sus vivencias actuales.

Dolores aún temblaba de miedo ante la más ligera mención a su esposo; esto sin importar que la habían convencido de que, por el momento, su marido se hallaba tras las rejas y ya nada podía hacerle él desde allí.

“Los primeros golpes fueron por el Bacardí”, rompía a llorar Dolores tratando de detallar su experiencia, “después me golpeó más feo por lo del patio… pero al entrar a la recámara…Ahhhh”, reinició Dolores los sollozos.

Tras hacer hasta lo imposible por reconfortar a la pobre mujer golpeada, el padre Francisco decidió ir a visitar a la ignorante responsable intelectual de la tragedia.

“Arca de la alianza, Bzz, Bzz, Bzz”, se encontraba diciendo Doña Lope cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta de su pequeña vivienda. Al abrirla se encontró cara a cara con el padre Francisco, quién sin esperar a que la anciana dijera ni media palabra entró a la casita y comenzó a responsabilizar a la anciana de todos los sucesos desencadenados tras la quema del viejo y bendito cuadro.

“¡Estás en un error Francisco! Lo que hice fue lo correcto, el diablo estaba en ese cuadro”, le gritó ofendida la vieja.

“¡Gaudencia estás loca!”, respondió el sacerdote mientras sus miradas furibundas pasaban del rostro de la anciana a las mesas, repisas y paredes, en donde entre tanta figura sacra y lámpara votiva no existían espacios libres mayores a un centímetro cuadrado. La atención del sacerdote siempre terminaba siendo atraída misteriosamente por las dos representaciones idénticas, hechas en madera tallada y que medían unos 50 cms. de altura cada una, de la Virgen de las Soluciones Milagrosas que se encontraban sobre la mesa del pequeño comedor.

“Tú la traes en mi contra Francisco”, decía la mujer temblando de ira al sacerdote, “primero me quitaste el catecismo de los niños…”

“Te los quité porque les golpeabas Gaudencia”, la interrumpió Francisco.

“Pues porque la Biblia santísima dice que la letra con sangre entra Francisco”.

“Eso no es lo importante ahora mujer, lo que quiero es que dejes de andarte con tus estupideces de vieja beata de una vez por todas”.

“¡Qué caramba contigo Francisco! Mira que hablarme así a mí, que tanto he hecho por la Santa Iglesia… lo que pasa es que el Diablo te poseyó, eres Mefistófeles y vienes a vengarte porque te saqué de la casa de Dolores”, y mientas gritaba, la anciana agarró la veladora más grande que encontró a su alcance (que por cierto tenía grabada la imagen de San Felipe Mártir) y la arrojó a la cabeza del sacerdote.

“¡Condenada vieja!”, gritó Francisco sumamente molesto y, tras esquivar el proyectil bendito, se lanzó en pos de la anciana que, como rata gorda en momento de naufragio, corrió hacia el comedor de su casa.

“¡AUXILIO! El diablo ha entrado en mi casa, ¡Santa Catalina de Parma [que por cierto es la santa patrona de los que son acusados injustamente] te ordeno que lo saques!, ¡AUXILIO!”, gritaba la mujer mostrando una agilidad que nadie le hubiese atribuido, pero que potencialmente estaba en ese pequeño cuerpo esperando una buena carga de adrenalina para ser liberada.

Gaudencia corría alrededor de la mesa del comedor y arrojaba al suelo todo lo que se encontraba a su paso con el fin de entorpecer el paso de su perseguidor. Así volaron carteles, estampitas, milagritos y rosarios. Imágenes y veladoras que tenían la figura de más santos que aquellos oficialmente registrados en el martirologio. Entre esas imágenes podemos mencionar: la Muerte Santa, el Niño Pinolo, el Padre Con, la Madre Sin, el Arcángel Tino y del Indio Pedro Lorenzo. La anciana corría y gritaba con desesperación:

“¡AUXILIO!, ¡San Tancredo de Pádua [santo patrono de los que son perseguidos en su propia casa, cuyo equivalente hindú es Pravanavna, dios de los que estando en su casa son perseguidos] sálvame de este salvaje!, ¡San Gonzalo Zurcidor [santo patrono de lo que son perseguidos en su propia casa y que corren en o con rumbo al comedor. Su equivalente hindú es Mahavirishni, dios de los que de manera afligida corren en o con rumbo a la parte de la casa-habitación donde se acostumbran consumir los alimentos] líbrame de este loco!”

La persecución fue por un instante seguida por la mirada de un retrato tridimensional y movible (de esos que abren y cierran los ojos dependiendo del sitio en el que el espectador se encuentre) del rostro de un hombre moreno, flaco y barbudo que simulaba ser Cristo crucificado.

“Ay Virgencita del Continente, haz que Armando Ramiro me quiera”, decía la TV encendida en el cuarto de Doña Lope, donde estaba sintonizado un canal que transmitía Telenovelas las 24 horas del día y que en ese momento presentaba una emotiva escena de la afamada historia titulada “María Sarita de los Sueños, favorita de la virgen”.

El clérigo y la anciana corrían y corrían, tan concentrados estaban en su persecución que ninguno se percató del momento en que, debido quizá a tanto movimiento, las cortinas de la sala comenzaron a arder, dando lugar al nacimiento de grandes llamas que velozmente consumieron toda la casa, y que de manera progresiva fueron acorralando a la perseguida y a su perseguidor en la recámara.

Afuera, en la calle, una multitud de curiosos fue haciéndose paulatinamente mayor. De esa multitud, y por extraño que pueda parecer, hubo alguien que dejó de admirar el infernal espectáculo y fue a llamar a los bomberos.

Parte IV.

De lo que se debe escribir para que el autor tenga paz interior.

Hoy el sacerdote Francisco se encuentra internado en el mismo hospital que Dolores. El día que sea dado de alta, el padre Francisco saldrá acompañado de cicatrices que le recordarán el resto de sus días la ardiente experiencia que vivió con Doña Lope en una pequeña y humilde casa. El viejo Justiniano sigue en el templo, contando su vida a quien se deja atrapar. El oficinista barrigudo murió el mes pasado de un ataque al corazón. Dolores vive en su casa con su marido (quién salió pronto de la cárcel) y, como mujer cristiana que acepta su cruz, vive sin emitir ningún tipo de queja sobre su actual, violenta y adulterada situación.

Por último, aunque el tamalero sigue vendiendo sus productos afuera de las oficinas y cada año sale de vacaciones con su numerosa familia a Acapulco, él ya no tiene a quién saludar por las mañanas durante su camino hacia las mentadas oficinas, pues Doña Lope se encuentra sosteniendo jugosas e inacabables conversaciones, con ángeles y demonios por igual, no en el purgatorio, sino en un manicomio de la populosa ciudad que la vio nacer. Así es como terminan las luchas que algunas personas sostienen con el Maligno.

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Un martes 13

diciembre 16, 2011

La reina del Blues se fue apagando con la noche, mientras que el poeta perdido ya no tuvo por quién escribir.

Los héroes de antaño se fueron rindiendo, uno a uno, pavimentando el desnivelado camino con sus viejas corazas, bastante oxidadas.

“¿En dónde están los valores?”, preguntó el iluso dormido. “De seguro bien guardados en la fría bóveda de un banco”, fue lo que respondió el exportador cínico, mientras que alguien se lavaba las manos en una pileta a la sombra.

Nada parecía cobrar dimensiones nuevas, todos estaban bien pagados de sí, las letras sólo se notaban en las letras de cambio; todas las mentiras eran verdades y las verdades sólo eran falsedades sinceras.

Lo que estaba arriba, bajó (excepto el oro); lo que estaba debajo se hizo a un lado (allí donde está el coro). La credibilidad se mezcló con la desesperanza, y el pelotón de Magdalenas lloraba por mera costumbre, sin una razón de peso, aunque el occiso era obeso.

La elefantástica amistad de dos adolescentes se desvaneció como vapor cuando se enfrentó a la primera adversidad de la mañana, y un cobarde decidió naufragar en el alcohol.

Los filósofos se fueron vendiendo poco a poco, ya sólo faltaba que el tiempo se dejara de contar, nadie podía detenerlo y a pesar de la incomodidad, nadie lo quería intentar.

“El mundo es de quien sabe vanagloriarse efectivamente de sus bajezas (sin importar que éstas sean ficticias)”, decía la pinta en la gran muralla china (¿dónde más cabría un mensaje tan largo?).

Un rayo cruzó el horizonte partiendo en dos el cielo, como si de un gran pastel azul se tratara o un nuevo Moisés confundiera el mar con el firmamento.

Todos se asustaron de repente, pero al asegurarse que nada pasaba, se encogieron de hombros, nada sanforizados, y retomaron sus actividades habituales.

Sólo era era martes, era 13, y el tiempo no dejó de contar.

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Alto (el payaso de la luz roja)

diciembre 2, 2011

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Luz roja. Pie en el pedal del freno. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre casi calvo, el poco cabello que le queda revuelto de forma desagradable, pelo que parece quemado, mal oxigenado, Marilyn Monroe después de haber saltado del Hindenburg en llamas (fuego y no montada en un cuadrúpedo andino). El tipo tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente, en su boca un cigarrillo pirata que huele a neumático quemado. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un punto negro, del grosor de la punta de un dedo, en el centro de cada círculo. Parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa humeante cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.

El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es la Torre de Pisa arqueada, el arco de la derrota. Pasos cortos, cabeza gacha, la mirada que emana odio siempre viendo al frente. Es un frío día de diciembre, su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.

Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’, o lo que le permite su poca destreza en este negocio. Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos.

Esporádicamente aspira su cigarro, quizá para darle al acto un “factor de peligro”. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida, tácita torcida, entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A tres segundos de que la luz roja ceda el paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.

Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.

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Orgullo

octubre 12, 2011

“Toc, toc”. Sonido de algo metálico contra metal. No oprimieron el botón del timbre, no jalaron la cuerda de una campana que suena gracias a su sano badajo. Simplemente alguien, encontrando la manera más segura de llamar la atención, golpeaba el buzón de la entrada con algo metálico, para que otro alguien saliera de la casa (léase ‘yo’, por ser la única persona presente en el hogar).

Al abrir la puerta me encuentro con un pordiosero en el penúltimo nivel de la miseria. El hombre no era más viejo que yo, no le faltaba ninguna parte de su cuerpo, vestía harapos, una gorra raída en su cabeza desgreñada y despedía un ‘aroma’ mezcla de suciedad añeja y agua de riñón concentrada, con un fijador que seguro envidiaría cualquier casa de finas frafancias de Francia.

El tipo, de piel curtida por el sol y con barbas de Robinsón Crusoe, me dice con una voz débil, apenas un susurro, en un tono sumiso, lastimero, cantarín y que inspira piedad: “¿no tiene agüita o comidita que me regale?”

Confieso carecer de un buen corazón, la piedad se me ha deslavado con el paso de los años, si es que alguna vez la tuve, por lo tanto ignoro qué fue lo que me pasó. Igual la culpa la tiene el inclemente sol del mediodía, o quizá el recordar que el agua no se le debe negar a nadie… el punto es que le respondo que me espere un momento, cierro la puerta y busco una botella de agua de litro y medio, de las que bebo yo, nueva y sellada para dársela al pobre hombre.

Con la botella en la mano voy a emular al buen samaritano, de manera modesta y mucho menos bíblica que la historia original. Salgo y le entrego la botella al pordiosero, quien sentado con comodidad en la acera la recibe y de inmediato me dice, con la misma voz y el mismo tono con el que me pidió el agua momentos antes: “¿No tiene dinerito o algo que me regale?”

“No, lo lamento, no tengo dinero”, le digo como quisiera responderle a la Secretaría de Hacienda cada que me obliga a pagar los ridículos impuestos que jamás veo reflejados en mi país, y preguntándome por qué en vez de algo no me pidió alguito.

El pordiosero, transformando su carácter, con una voz estentórea y potente, pero conservando su apariencia arruinada, en un tono de máximo emperador del mundo antiguo (igual es la reencarnación de Alejandro, o de Augusto) me dice con el mayor desdén que he presenciado en años: “¡Ah!, pues toma tu agua”, y me devuelve la botella.

Empapado de orgullo, el Luis XIV de la miseria, se pone de pie, recoge sus pertenencias y se retira con la frente en alto, paso majestuoso y sin mirar atrás.

Yo me quedo asombrado, pensando que maravilloso que aún existan seres tan seguros de sí y con la convicción de que si piden agua, la gente tiene la obligación de regalarles oro. Sintiéndome un insecto kafkiano, simplemente regreso a mi casa con mi botella de agua para reflexionar sobre la lección.

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Mujeres de negro

septiembre 13, 2011

Estaba en el balcón del departamento donde vivo, en el buen edificio donde las puertas tienen cerradura, donde hay elevadores que siempre funcionan y hay un gimnasio y una alberca, donde la renta consume un cuarto de mi sueldo, no me quejo, quería paz y comodidad. No hago ejercicio ni sé nadar, pero estoy a tres cuadras de mi trabajo. Miraba las nubes, y vi volar tres caballos que por gracia del viento se convirtieron en caracoles (el domingo en la playa vi a Neptuno cayéndose de espaldas sobre los primeros avisos de una tormenta). Eran las 8:40, de la noche, y llegó frente a la puerta del edificio un auto deportivo, seguramente de modelo muy reciente, descapotado y conducido por un tipo con pinta de modelo de revista o de anuncio de televisión. Cada cabello en su sitio, una camisa de cara apariencia y, sin apagar el auto, saca su celular. Algo dice y en pocos minutos sale del edificio una rubia despampanante, vestida de negro, con un escote asesino y una falda cuyo borde casi le llega al ombligo, presumiendo orgullosa sus inflantes de silicona y las magias del cirujano. Aborda el auto y se van. El fulano no fue ni para abrirle la puerta. Y no sé por qué misteriosa razón recordé a la vagabunda de negro, de falda larga como los minutos en el dentista, que estaba en una de las esquinas de la fina avenida Miracle Mile (con Galiano). Ella vivía allí, en la calle, en unas bancas de madera, afuera de un banco, y su posesión era un carrito de supermercado en donde tenía muchas bolsas negras, como de basura, llenas hasta casi reventar. En este lugar hasta los vagabundos tienen posesiones de más. No sé de qué vivía, no sé siquiera si hablaba, siempre había una infinita tristeza en su mirada perdida, como añorando un pasado y teniendo completa indiferencia por el futuro. El presente era un punto intermedio entre esos dos tiempos, tal como lo es para todos, sin que nos demos cuenta. Ella estuvo allí desde el primer día que llegué a Miami, hace casi un año. Estuvo allí siempre, en el cambio de las cuatro estaciones sin Vivaldi, bajo el sol o bajo la lluvia, a cualquier hora. Ella estuvo allí hasta hace una semana, siempre con el mismo vestido y con la misma mirada, no la he vuelto a ver, y dudo volver a hacerlo. De ella sólo quedan muchas manchas de grasa en el piso y en las bancas, no en el banco. Vaya mente la mía que se pone a comparar carros y a mujeres que visten de negro en esta zona cara. Mejor me pongo a ver más nubes pasar.

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D.C.O.

agosto 27, 2011
La fecha del festejo anual hizo de nuevo su aparición. Qué diferente es ahora su llegada, comparándola con los felices tiempos de tu infancia que, por su despreocupación, siempre consideras los mejores de tu vida. Antes esperabas emocionada esta fecha, ahora lo que quisieras es omitirla para siempre. Hoy no habrá pastel con velitas, pues por medio de argumentos dignos de la peor película de acción, y excusas que pareciste haber extraído de la chistera de un mago fracasado, mandaste diplomáticamente al cuerno a todas tus amistades y conocidos. Esta noche, por iniciativa propia, no habrá celebración de cumpleaños para ti.

Quizá si contaras con una pareja permanente tu humor sería distinto… pero el caso es que hasta el momento ningún ‘caballero’ ha querido asumir tal compromiso. ¿Acaso es realmente imposible encontrar un hombre correcto en el mundo?, por lo menos la respuesta que das, basada en tu propia experiencia, resulta afirmativa. Lo peor no es que tu paciencia se esté acabando, sino que tu reloj biológico está a punto de detonar la bomba del embarazo riesgoso, y de ahí al embarazo imposible sólo hay un paso.

Para colmo de males, sabes bien que tu piel ya no se ‘recupera’ tan rápidamente como antaño y que con las tendencias estéticas obligadas que pronto adoptará tu figura deberás renunciar a ciertos caprichos de la moda que solías seguir con religiosa fe. ¿Cuánto tardarán en aparecer esas temidas manchas en los dorsos de tus manos? Esas como pecas que tanto tu abuela como tu madre tuvieron cuando entraron de lleno al otoño de sus vidas. Ellas por lo menos contaron con hijos que las distrajeran un poco y no se concentraran en la conciencia de sus propias decadencias. Pero tú…

De repente sientes que es un tanto ingrato quejarte, pues puede decirse, sin engaño alguno, que eres una mujer exitosa. Solitaria, sí, pero exitosa. ¿Habrá sido así la vida de la reina de Saba?… ¡No!, acuérdate que el mismo Salomón anduvo perdido tras ella, y ese rey no es conocido precisamente por haber sido un idiota, ¿verdad? Así que la reina de Saba tuvo sin duda mucha suerte (o por lo menos más que tú).

¿Cómo podrás olvidar la fecha de hoy?, enterrarla lejos del alcance de tu memoria. ¿Cómo puedes ignorar que hoy cumples otro año más? Nada de alcoholizarte, eso está descartado, es demasiado patético hacerlo sola y a la larga terminaría empeorando tu estado emocional. Te conoces muy bien. ¿Qué te parece salir a dar la vuelta?, mezclarte anónimamente entre las masas de desconocidos, entre todo ese ejército que ignora que hoy cumples años. No importa que noten tu soledad, pues tú notarás también la de ellos y lo más probable es que no te los vuelvas a encontrar de nuevo –y si los vuelves a topar, lo más seguro es que ni siquiera recuerdes sus facciones y ellos desconozcan las tuyas–.

¡Al diablo con todos!, ¿qué importa que noten tu soledad? Pides un taxi. Sólo una retocada de maquillaje antes de salir. Aunque no lo aceptes, siempre estás ilusionada con que sorpresivamente conozcas a tu príncipe azul. No lo aceptas, porque la desilusión es peor cuando regresas con las manos vacías. Pero arreglas tu apariencia porque esa esperanza silenciosa por un encuentro milagroso persiste muy dentro de ti.

En el espejo observas tus magistrales trazos de maquillaje que, sin embargo, no pueden ocultar del todo la crudeza del presente. Nada puede evitar que notes que ya no eres la misma, que el tiempo realmente pasa con rapidez y se lleva la lozanía con él. ¡Mira esas marcas de expresión!, antes solían ser parte de un gesto efímero y encantador, ahora están decididas a permanecer en tu rostro como grietas en la roca.

¡Carajo!, lo que más te duele es que no eres fea, nunca lo has sido, y tu belleza tardará un buen tiempo en marchitarse completamente. Entonces, ¿por qué fregados no has encontrado al hombre correcto? Una de dos: o todos los hombres son realmente unos hijos de la mierda o tú tienes el peor tino que haya existido en la historia para encontrar pareja. Eso te recuerda la idea que planteaste una vez con ciertas amigas: “Eva fue la mujer más suertuda de todas las que han existido o fue la más resignada. Todo depende de cómo haya sido realmente Adán”. En fin, hora de salir, el taxi llama a tu puerta.

Extraño espectáculo el de la ciudad de noche. Ignoras completamente al conductor que pretende iniciar una plática contigo y prefieres mirar al exterior hundida en el silencio. Desde el auto observas problemas por todos lados, espacios vitales invadidos, olor a podredumbre. A pesar de todo seguimos aquí hacinados, y no sólo eso, sino que la mayoría tiene el descaro de reproducirse. Claro que aceptas que tú no te has reproducido, no porque te falten ganas. Recordar el asunto de la reproducción ensombrece aún más tu mente.

Ahora consideras que la vida es absurda, ¿qué razón hay de continuar con ella? ¡Hey!, mejor cállate, cambia tus ideas. No te vayas a deprimir como la otra vez. Recuerda esos días de melancolía constante, los medicamentos, el tratamiento, ¡un verdadero infierno! Todo por culpa de ese imbécil que te hizo construir grandes expectativas. Ese idiota que tras jurar amor se largó tras conseguir lo que buscaba. ¡Carajo!, de haber querido recordar tantas desdichas mejor te hubieras quedado en casa.

Bajas del taxi y piensas que sería bueno conocer, aunque sea por unos segundos, los más íntimos pensamientos de las demás personas. Saber qué piensa cada ser que deambula por esta importante avenida de comercios finos donde se venden productos de caras firmas internacionales y tan grandes como lujosos edificios habitacionales. ¡Qué curioso!, no todos los transeúntes están al nivel socioeconómico del rumbo. Por ejemplo, observa a ese limosnero que lleva en su mano izquierda un objeto dorado (de seguro el recipiente que utiliza para que la gente de buen corazón, o de gran culpa, deposite las limosnas). El hombre tiene una mirada tan perdida que parece realmente profunda, aunque descubres en ella algo más… Imposible que este pobre individuo pueda entrar en la tienda de la esquina y mucho menos tendrá la más ligera oportunidad de habitar en uno de los departamentos que hay por aquí. ¡Ja!, ni siquiera podría ser admitido como sirviente.

Ahora tienes la certeza de que él te mira y se aproxima a ti, ¿qué diablos querrá contigo este miserable? Lo único que te faltaba es ser importunada por un pordiosero, así que mejor desvías tu rumbo y por seguridad entras en el lobby del edificio más cercano. El guardia de la puerta te permite la entrada sin preguntarte nada, limitándose a saludarte cortésmente (tal y como lo aleccionaron en la compañía donde labora). Todo porque deduce, por tus ropas, que perteneces al círculo de gente que tiene derecho a darle órdenes, grupo del que automáticamente excluye al limosnero. Desde el lobby alcanzas a observar cómo el guardia deja de ser el sumiso portero, para convertirse en un déspota que utiliza todo el poder que tiene a la mano para humillar al pordiosero y ordenarle groseramente que se largue de allí. Decides esperar en ese sitio un tiempo razonable como para que el indigente se haya alejado.

Es curioso, pero no puedes olvidar la mirada del pordiosero, había en ella algo que iba más allá de la infelicidad (casi todos lo pobre son infelices, aunque, pensándolo bien, los ricos no se quedan muy atrás, sólo que éstos compran las posibilidades para disimularlo). ¿Quién sabe qué sería lo que te inquietaba de esa mirada?, pero no escapaste de los probables festejos de tu cumpleaños para divagar acerca de las diferencias económicas ni para descifrar las amarguras de un indigente. Ves que el portero abre la puerta servicialmente –quizás debieras decir ‘servilmente’– a una parejita de jóvenes pudientes. Él es muy apuesto, aunque en honor a la verdad debes aceptar que ella es muy hermosa. Te llaman la atención porque ambos parecen estar embriagados por algo mucho más banal y material que el amor, incluso te atreverías a apostar que vienen bastante drogados. A pesar de su estado químicamente alterado, se esfuerzan en mostrar al mundo su cariño mutuo. Hay algo de falso en esa efusividad casi violenta. La imagen te resulta insoportable y optas por largarte de allí. El mendigo ya debe estar lejos.
Das al guardia una sonrisa condescendiente que él te regresa deseándote buenas noches (aunque no dudas que bajo esa cortesía te odie por motivos meramente clasistas) y sales a la calle. Tu mirada es atraída hacia un costado de la gran puerta, donde descubres un objeto metálico. Es, sin duda, el artefacto que cargaba el pordiosero. Lo levantas y te sorprende descubrir que se trata de una lámpara como aquellas que aparecen en los cuentos infantiles. Una lámpara metálica, en cuyo interior se colocaba aceite para alumbrar la oscuridad en las mil y una noches. ¡Vaya regalo de cumpleaños!

Es en verdad curioso encontrar una de estas cosas hoy en día. ¿Y si…?, no, ¡qué pendejadas se te ocurren! Qué ridícula te verías frotando la lámpara en espera de un genio, ya eres una adulta para siquiera pensar en semejantes ridiculeces… Aunque, ¿quién sabe? Miras a tu alrededor y sigues viendo a gente pasar, cada quien clavado en sus propios pensamientos (¡ah, la típica frialdad urbana!). Nadie te está viendo, ni siquiera parecen enterarse que estás allí. ¡Frota la lámpara!, total, no pierdes nada. Aquí vas, una pequeña frotadita y…

¡Diablos!, todo lo que te rodea se detiene, como si hubieras puesto ‘pausa’ en una película. Todo está quieto, los pasos de los peatones se congelaron en el momento preciso en que frotaste la lámpara, incluso el humo del cigarro de aquella mujer forma una escultura en apariencia permanente. Quietud absoluta, todo permanece estático, excepto tú y ese humo violeta que sale de la lámpara que paulatinamente se transforma en un gigante de tres metros vestido a la vieja usanza oriental.

“No te sorprendas por mis atuendos”, te dice el gigante con una sonrisa sarcástica en el rostro, “pero los uso únicamente para dar el dramatismo cursi que se espera de esta situación. Ahora, supongo que imaginarás qué sigue. Por lo tanto me ahorraré las explicaciones y me concentraré en decirte que cuentas con un deseo, SÓLO UNO, el cual te será cumplido. Así que te recomiendo que lo formules CON SABIDURÍA”.

Tras sus palabras, el genio cruza sus musculosos brazos y dirige su mirada al cielo, como si con esta acción procurara no apresurarte en la toma de tu decisión. Curiosamente tú no estás muy sorprendida, es como si esto no fuera extraordinario, después de todo, cuando eras niña creías en ello. Miras hacia la gente estática, como buscando inspiración y las ideas comienzan a galopar en tu cerebro como desbocados obesos hambrientos en un festín.

Te preguntas qué puedes pedir. ¡Dinero!, supones que esa es la primera opción que se les ocurre a quienes enfrentan esta situación, o por lo menos eso cuenta la tradición. Pero no, no la riqueza, hace unos momentos pensaste que los ricos no son felices; además, ya tienes las cosas materiales que necesitas, y hasta te sobran. Debes pedir algo que… ¡concebir un hijo!, ¡eso es! Después de todo, es lo que más ansías. Sí, un pequeño… aunque, ¿de qué te serviría un niño sin que tú cuentes con un compañero que te ayude a criarlo? Entonces decides pedir un hombre al que puedas entregar tu vida, sin restricciones. Sientes que el genio te mira, y descubres que es así. Él parece adivinar tus pensamientos y con una sonrisa parece indicarte que te tomes tu tiempo, que la decisión no debe hacerse tan a la ligera, que esta oportunidad jamás se repetirá.
De súbito se te ocurre que hay algo aún mejor. Tu deseo será no envejecer, detener de una vez por todas ese fastidioso proceso de decadencia en tu cuerpo. Con ello consideras que lo obtendrás todo: encontrar por ti misma al hombre adecuado, sin importar lo que esto tarde y tener un hijo (o los que quieras) cuando se te pegue la gana. ¡Ese es un verdadero deseo para pedir a un genio!
Abres los labios emocionada y dices al genio: “Mi deseo es jamás envejecer”. Él como respuesta suelta una gran carcajada, cargada de dramatismo (sin duda lo que la tradición dicta en estas situaciones), y chasquea los dedos de su mano derecha, para desaparecer en el acto tras decir: “Concedido”. La calle recobra todo su movimiento como si nada hubiese pasado.

Esperas ansiosa algo, un destello, una gran explosión, algo espectacular que te indique el cumplimiento de tu deseo (el genio tenía razón con respecto al efectismo cursi al que estamos acostumbrados), pero no sucede nada fuera de lo normal. De repente escuchas gritos de terror y notas que la gente detiene su paso y todos miran hacia arriba de tu persona. Tú decides no voltear y cerrando los ojos esperas que una fuerza sobrenatural recorra tu cuerpo, algo así como una energía que impida que tu organismo envejezca. Lo único que obtienes es un fuerte golpe que de sopetón termina con todos tus signos vitales, y quiebra la mayoría de tus huesos. No más esperanzas de vida, este es tu adiós para con el mundo cruel.

***

El día siguiente fue jueves, y como tal, toda la gente continuó con su rutina en espera de que llegara el viernes. Claro que dentro de toda rutina deben existir situaciones que rompan con la monotonía, pues de no ser así, la humanidad realizaría tarde o temprano un suicidio colectivo y la Tierra tendría que esperar varios millones de años para que las cucarachas evolucionen y ocupen el sitio dejado vacante por los hombres. Ese jueves, la rutina fue alterada por una curiosa noticia acerca del fallido intento de suicidio de un apuesto joven pudiente, quien tras pelear brevemente con su prometida decidió saltar desde la ventana de su lujoso departamento.
Quién sabe si el joven hubiera intentado tal acción de haberse encontrado sobrio, pero el caso es que, tanto él como su novia, estaban bajo los efectos de ciertas drogas ‘duras’ mezcladas con alcohol. Pero esto no fue lo más curioso, sino que el joven resultó totalmente ileso tras su salto. Lamentablemente no se pudo decir lo mismo de la mujer que estaba en la acera, sobre la que él cayó y la cual murió en el acto. Ella era de mediana edad y su cuerpo amortiguó la caída del suicida. En la necropsia se descubrió que la mujer sacrificada se encontraba con tres semanas de embarazo.

Lo que siempre se preguntarán los testigos del suceso es por qué la víctima no se apartó del punto donde se hallaba, a pesar de que todos le gritaron que así lo hiciera y, en vez de correr, sólo cerró los ojos con una dulce sonrisa en el rostro.

***

En algún lugar de la ciudad, dentro de una vieja lámpara de latón, un genio sonríe satisfecho de haber cumplido tres deseos en uno solo, y descansa mientras espera que otra persona afortunada deje a un lado los prejuicios y se atreva a frotar la lámpara.

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Determinación

julio 26, 2011

Pudiera ser la dieta, los hábitos (malos como el demonio), pudiera ser la genética o simplemente cosa de suerte. Tras varios meses (que sumados daban como resultado bastantes años) el gordo por fin se decidió hacer caso de las advertencias y empezar a cambiar su estilo de vida. Primero con ejercicio.
Un martes, temprano, apenas saliendo el sol, el gordo se levantó de la cama y se puso la ropa deportiva comprada hacía unos lustros para un fin que apenas hoy veía su realización. Recordó que la ropa en el momento de la compra le quedaba holgada, hoy él apenas cabía en ella. Por una extraña asociación de ideas, vino también a  su memoria esa vieja prostituta que vio en su juventud a la cual apodó “salchicha venusina”, por el vestido entallado de brillante tela plateada de esa mujer, digno ejemplo galáctico del logo de Michelín, en esa lejana noche de danzón y alcohol.
El gordo subió a su auto, el abdomen rozando el volante del vehículo, el trasero desbordando un poco de carne a los lados del asiento, pero ¿para qué pensar en algo que estaba a punto de cambiar?
Llegó rápido al parque, pero fue difícil encontrar lugar para aparcar el auto, pues la fiebre de la buena condición parece ser epidemia en estos días. Por fin halló un sitio y bajó, dispuesto a caminar por esos andadores entre la frescura de los árboles.
Diferentes clases de personas se ejercitaban en el parque. Ancianas que buscaban un respiró último que alejara a esos oscuros buitres que imaginaban rondando sobre ellas, hombres maduros queriendo recuperar la atracción perdida o simplemente tratando de alcanzar algo que fuera tan atractivo como sus billeteras, amas de casa escapando del tedio, niños que por alguna razón habían perdido el ciclo escolar y haciendo ejercicio esperaban el próximo. Gran variedad de gente.
Nuestro obeso héroe caminaba lentamente, observaba todo lo que había a su paso. No se detuvo, ni un momento, estaba decidido a caminar 30 minutos sin parar, y ninguna falta de oxígeno se lo impediría. Estuvo tentado a detenerse un momento al ver el grupo que hacía yoga sobre el césped. Siete alumnos y un maestro, sentados en sendos tapetes blancos que ellos mismos llevaban. El instructor tenía una especie de toalla en la cabeza, tal como el Mahrajá de Pocajú, daba indicaciones a sus pupilos y de fondo se oía celestial música New Age salida de una grabadora que tenía a su lado. El gordo creyó ver a los discípulos levitar por un instante. Siguió adelante.
El gordo tenía que esquivar en ocasiones corredores desbocados que venían en sentido contrario, dando resoplidos de un esfuerzo que les proporcionaba dolor y que ellos confundían con placer y salud. El gordo se sofocaba, pero no se detuvo. Pensó en los Camel de anoche, cinco después de cenar para ser exactos, los últimos cinco de la cajetilla que había comprado la mañana anterior. El día de hoy aún no encendía ningún cigarrillo. El gordo no se detuvo.
Miro las copas de los árboles, y su observación andante fue interrumpida por una música ruidosa, llena de energía, miró hacía donde provenía el estruendo y vio un grupo como de 20 personas ejercitándose frenéticamente a ritmos salvajes y contagiosos. Eran personas de diversas edades, aunque en su mayoría de la misma edad o mayores que el gordo. Felices, extasiados por disfrutar de la música y al mismo tiempo beneficiar sus cuerpos con el ejercicio. Gritaban de felicidad, aplaudían y coreaban. Los más frenéticos eran los de más edad. El gordo sonrió sin aminorar su paso.
De repente se topó con la curva del extremo Poniente del parque. La curva que casi nadie se atrevía a tomar. La extensa curva que iniciaba con una pronunciada subida, para después de 100 metros de lucha contra la fuerza de gravedad, convertirse en una reparadora y agradecible bajada. El gordo no se la esperaba.
El gordo tenía las arterias llenas de grasa, el abdomen abultado por su espíritu sedentario, el trasero dolorido de tanto estar sentado, pero el gordo esta mañana tenía sobre todo determinación.
Sin amilanarse ante la imponente curva decidió aceptar el reto. Arriba iba el gordo. Se sofocó un poco más, pero recordó películas en las que el héroe se supera. Rocky entrenando para ganar el campeonato, los carros de fuego con su marcha que eleva el ánimo, los tipos que se fugaron de Siberia en tiempos de Stalin para llegar a píe hasta la India. La memoria del gordo le mostró todas esas películas de gente que mostraba determinación y que al final lograba lo que se proponía. El gordo avanzaba motivado, con el corazón latiéndole en el gaznate, pero motivado.
El gordo subió 20 metros, llegó a 25, sudando alcanzó los 37 y, de repente, sintió un agudo dolor en el pecho. Una estocada de diestro mosquetero en ese lugar hubiera sido menos dolorosa. El gordo vio todo gris y se desplomó. Su corazón dijo: “pinche gordo”, y dejó de latir para siempre.

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