Posts etiquetados ‘viajes’

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Guadalajara

octubre 31, 2010

Ciudad de contradicciones en donde nació mi madre. Igual y eso explica algunas cosas. Ciudad religiosa en cuyas calles hay también demasiados puestos esotéricos y de brujería. Ciudad que en el fondo guarda cierto delicioso sabor a pueblo (aunque hay fuereños idiotas y soberbios que se burlan de eso). Ciudad de lindos templos y de malos conductores, no es raro toparse con autos recién chocados. Ciudad especial para mí porque de aquí son personas entrañables. Ciudad que se me gusta más que Miami, sin contar que aquí la cerveza es mucho más barata. Es posible que sepas desde hace rato que hablo de Guadalajara. Mucha comida, muchos tacos. Comí tortas ahogadas, que no me fascinaron. Me disculparán también porque no me gustó el tejuino con nieve de limón, pero me agradó mucho el gusto que aquí se le tiene a la canción. Ciudad que a pesar de su tradición va cediendo a la presión ilógica de la modernidad (si no me crees, cuando vayas pregunta por la casa gemela que destruyó la universidad). Ciudad linda que dista de ser perfecta, a la que probablemente regrese. Ciudad en la que siento como si mucha gente fuera mi pariente.

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Maleva de San Telmo

abril 14, 2010

Por algún motivo tuve miedo de peguntarle, incluso tuve temor de acercarme. El pánico venció a mi curiosidad, que suele consumirme como el fuego. Ni siquiera puedo inventarle una historia a la Maleva de San Telmo. Con esas negras medias de red en sus blancas piernas. Esa falda tan corta como la mayoría de las ideas. Ese escote generoso y digno de cualquier primavera. Lo grotesco es el aura que envuelve a Maleva. Un maquillaje excesivo, de puta que asusta niños. En una de sus manos la vieja cabeza de una muñeca desgreñada. Más de siete décadas sobre esos hombros de tanguera olvidada. Los años no pasan… se quedan en Maleva. Un bandoneón triste suena en la Defensa. Y yo por temor no me atrevo a verla de cerca. Sacrifico una buena historia, pues ella me intimida. Lo que ahora lees es todo lo que decir puedo de Maleva. En estas letras miras la única foto que pude tomarle. Me hizo sentir muy mal en este mundo enfermo. Una tristeza diferente a la inspirada por las madres de plaza de mayo. Esta es la melancolía que me inspiró la vieja Maleva de San Telmo.

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El mesero romano y la pareja segura

marzo 9, 2010
El restaurante pastoso con cantante folk italiano incluido, el mesero bien plantado con charlatanes ademanes de charlot (no puede impedir hacerse el gracioso, va incluido en su naturaleza, propina aparte) coquetea con la primaveral norteamericana bien acompañada por su añoso esposo, éste último un digno personaje de chiste, facciones caricaturescas y espectacular altura, sin embargo se nota que es un tipo exitoso. El esposo, no entiende nada de las gracias del mesero, de hecho ignoro si tiene sentido del humor pues su cerebro sólo capta lo que se dice en el idioma de los negocios y de las presentaciones empresariales, institucional hasta en su esporádica sonrisa. Ella, en cambio, capta los mensajes mundanos, los dobles sentidos y las connotaciones sexuales… el macho latino y joven tiene su atención. Pero la esposa no suelta su tabla de salvación, no importa qué tan bravo sea el mar de las tentaciones, no hay gustoso naufragio real a la vista. Suceso exponencialmente potencial, pero impotente en la práctica. Deseos tragados con tal de tener un futuro y la universidad para sus hijos. Gracias al cielo por alejarme un rato del mundo aséptico y recordarme por qué trabajo. Me levanto de la mesa, doy propina al charlot charlatán y mesero, y dejo atrás a esa pareja digna representante de lo que no quiero.

Roma, Sept 17, 2008

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déjenme descansar

noviembre 19, 2008
El judío errante se benefició con las millas acumuladas en la línea aérea. El invento de la luz hizo que la relación entre la oscuridad y la mentira se convirtiera en otra mentira más. Los poemas más románticamente febriles y bellos de un poeta tienen como finalidad principal ganar los favores carnales de quien los inspira. La TV no tiene la culpa, las masas siempre han sido idiotas desde antes de que la historia naciera. Si he vivido muchas vidas las he olvidado todas, incluso la presente. Por más que trato dejar de escribir no logro evitar el deseo de formar frases. Los cuartos de hotel se me figuran templos de la melancolía cuando estoy solo. En la salida de un viaje nos llama la aventura, en el regreso nos llama la obligación o la rutina. La civilización de mis días está en decadencia desde antes de que yo naciera y no terminará de caer sino tres generaciones después de mí. La edad te impide distinguir a los nuevos genios. La culpa suele ser la hija de la unión entre lo establecido y nuestros más fuertes deseos. La mala suerte se inventó para disimilar nuestra ineptitud, aunque algunos tienen la buena suerte de no tener que mencionarla. Yo sólo quiero dormir bien esta noche.
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Mujeres de negro

julio 29, 2008

Estaba en el balcón del departamento donde vivo, en el buen edificio donde las puertas tienen cerradura, donde hay elevadores que siempre funcionan y hay un gimnasio y una alberca, donde la renta consume un cuarto de mi sueldo, no me quejo, quería paz y comodidad. No hago ejercicio ni sé nadar, pero estoy a tres cuadras de mi trabajo. Miraba las nubes, y vi volar tres caballos que por gracia del viento se convirtieron en caracoles (el domingo en la playa vi a Neptuno cayéndose de espaldas sobre los primeros avisos de una tormenta). Eran las 8:40, de la noche, y llegó frente a la puerta del edificio un auto deportivo, seguramente de modelo muy reciente, descapotado y conducido por un tipo con pinta de modelo de revista o de anuncio de televisión. Cada cabello en su sitio, una camisa de cara apariencia y, sin apagar el auto, saca su celular. Algo dice y en pocos minutos sale del edificio una rubia despampanante, vestida de negro, con un escote asesino y una falda cuyo borde casi le llega al ombligo, presumiendo orgullosa sus inflantes de silicona y las magias del cirujano. Aborda el auto y se van. El fulano no fue ni para abrirle la puerta. Y no sé por qué misteriosa razón recordé a la vagabunda de negro, de falda larga como los minutos en el dentista, que estaba en una de las esquinas de la fina avenida Miracle Mile (con Galiano). Ella vivía allí, en la calle, en unas bancas de madera, afuera de un banco, y su posesión era un carrito de supermercado en donde tenía muchas bolsas negras, como de basura, llenas hasta casi reventar. En este lugar hasta los vagabundos tienen posesiones de más. No sé de qué vivía, no sé siquiera si hablaba, siempre había una infinita tristeza en su mirada perdida, como añorando un pasado y teniendo completa indiferencia por el futuro. El presente era un punto intermedio entre esos dos tiempos, tal como lo es para todos, sin que nos demos cuenta. Ella estuvo allí desde el primer día que llegué a Miami, hace casi un año. Estuvo allí siempre, en el cambio de las cuatro estaciones sin Vivaldi, bajo el sol o bajo la lluvia, a cualquier hora. Ella estuvo allí hasta hace una semana, siempre con el mismo vestido y con la misma mirada, no la he vuelto a ver, y dudo volver a hacerlo. De ella sólo quedan muchas manchas de grasa en el piso y en las bancas, no en el banco. Vaya mente la mía que se pone a comparar carros y a mujeres que visten de negro en esta zona cara. Mejor me pongo a ver más nubes pasar.

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El Diablo y la mujer

junio 10, 2008
Un tren lleno, todos sus pasajeros mirando al vacío, el Diablo lo abordó buscando hacerse de amigos. Sería simple decir que todo fue un sueño, pero tratar de aplicar la lógica aquí sería malo e incorrecto. En ese lugar abajo era arriba ¿no te suena familiar esta línea? Armado de valor el Diablo convenció a una mujer, “nada te hace débil”, le dijo, “tienes su mismo poder”. Ella sorprendida dejo caer al suelo la rosa, y podrá esperar mil años sin que él la recoja. En este lugar las entradas eran salidas, ¿no resulta familiar esto en tu vida? La mujer cuyo trabajo era expulsar borrachos, usaba bigote, pantalón y unos guantes baratos. Hacía no mucho tiempo que ella intentó aprender a boxear, pero no fue aceptada por ser menor de edad. En este lugar te insultan sonriendo, ¿no te resulta conocido lo que estás leyendo? El Diablo la encontró y le dijo: “eres todo un caballero, pero disculpas te pido por no darte dinero”. Ella respondió: “¿por quién me has tomado?, soy toda una dama aunque parezca lo contrario”. El hierro dijo enojado al imán: “puedes atraerme pero no me puedes sujetar”. Un loco dijo, con demasiada razón: “la mujer no puede vivir solamente de amor”.
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Como Cuauhtémoc (sin tesoro)

junio 2, 2008

Medio día, el sol, cumpliendo su trabajo, en su máximo candor; perfecto para el duelo en el viejo Oeste o para que se insole Van Gogh. Pero aquí es la playa. Gente adinerada, gente de moda, gente en desmanes y gays que sacan a sus perritos a conocer el mar. Después de caminar lo que serían treinta calles en la orilla del mar, dejando que el agua refresque mis pies, llegó un momento para el reposo. Me senté mirando al mar y a las muchas, muchísimas personas que no le tienen miedo y saben nadar. No las contemplo por mucho tiempo, tomo mi mochila y emprendo el regreso, descalzo hasta llegar a una banca en el andador, como acostumbro, para calzarme y vestirme. La arena seca está en verdad caliente, me siento un faquir principiante, es soportable, sigo adelante. Llego hasta los siete escalones de madera donde inicia el andador, cinco pasos después de éstos está la banca, cubierta por un techito, fresca y sin ser tocada por el sol. La madera está mucho más caliente que la arena, al principio no lo siento, pero al quinto escalón… “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Cada paso siento mis plantas de los pies arder, un suplicio, Cuauhtémoc sin tesoro y sin un Cortés descortés que me ayude ni que me perjudique, obviamente para esto me basto solo. No me atrevo a mirar mis pies, capaz que hasta sale humo de lo abrasados que deben estar y yo con el hambre que tengo, no quiero verme tentado a comer mis propios pies. Que dolor… “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Un paso más y listo, estoy en la banca, donde están una señora, reprendiendo a sus dos hijos, una niña como de seis años y un bebé que al verme me dice: “¡papá!” La señora interrumpe su regaño y desmiente de inmediato al niño, mientras su hija me mira inquisidoramente, seguro trata de explicarse a que se debe el dolor que se dibuja en mi rostro. Tan pronto me siento, miro mis pies, rojo carmesí, tono del color de labios de la mejor vampiresa de la época dorada del cine. La niña entiende ahora el porqué. De inmediato, por mi mismo camino recorrido, se aproxima un hombre descalzo que, como yo, parece decir: “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Viene cargando una sombrilla multicolor, una hielera y dos salvavidas. Al llegar a la sombra el bebé le dice: “¡papá!” En esta ocasión la madre no corrige, sino que reafirma la palabra del pequeño. El tipo se sienta en el espacio libre de la banca y se mira los pies, quienes compiten en rojura con los míos. La señora le dice al esposo: “te dije que trajeras chancletas”, ella tan orgullosa de tener la razón y usando el purgante tono de ‘te lo advertí’, que todos odiamos pero que, a pesar de ello, usamos con frecuencia, aún sin querer. Él la mira en silencio, pero su mirada dice más de mil palabras que están en el rango que va del ‘¡idiota!’ al ‘¿por qué no te metes las palabras por…?’ La señora, sin sentirse ni un poquito mal por la mirada de su marido, voltea a ver a su bebé, al que intenta vestir y le dice: “por favor, quieto, quieto, ¿es que nunca puedes estar un momento en paz?” Sin tomar aire le dice a la niña: “ponte al sol para que se seque tu bikini”, para luego dirigirse al marido: “siempre quieres ignorarme, te dije que trajeras tus chancletas [ahora al bebé] ya no te muevas tanto, ¿puedes estarte quieto? [a la niña] al sol, al sol, así nunca se te va a secar el bikini luego llegas al coche y lo mojas todo”. La mujer me mira de reojo, y al darse cuenta que no me puede decir nada porque no soy de su familia la toma de nuevo con el marido: “siempre es lo mismo contigo, nunca me haces caso, no te hubieras quemado los pies si hubieras traído tus chancletas [aquí aprovecha para mirarme y hacerme sentir también idiota], bien te lo dije en la mañana antes de que empacaras, pero no, jamás me haces caso, eso desde siempre, desde antes de casarnos, desde que éramos novios [al bebé] por favor ya deja de moverte, así no te puedo vestir [a la niña] pero bien al sol, ¿cómo crees que se te va a secar si no te vas al sol? [al esposo] ¿te arden mucho? ¿quieres crema? No te muevas sí ahí quédate hubieras traído tus chancletas…” Yo ya he terminado de ponerme mi camiseta, mi pantalón y mis zapatos, me alejo de allí maravillado de que una persona pueda hablar tanto sin darse un respiro y mirando de reojo la mirada resignada de la hija y del marido. Me alejo, sin emitir ningún juicio, caminando como el viejo John Wayne.

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En el Cielo

mayo 31, 2008

En el Cielo todo está bien. Miami puede presumir al Mundo que es la ciudad en donde habitan los vagabundos con mejor color de piel. Bronceados que envidian esas ansiosa ancianas anquilosadas que parecen buitres excéntricos, las que a las 8 de la mañana van al salón de belleza Rococó Pompadour para que las hagan el milagro de hacerlas parecer vivas. Momias estilizadas. Distintas, en lo que a actitud existencial compete, de las momias no sagradas que se ejercitan diario en South Beach, corriendo en bikinis, presumiendo una piel tan colgante como las cortinas teloneras del viejo cine Ópera o como los maravillosos jardines de una Babilonia muchísimo antes de que existieran los EEUU. En el Cielo todo está bien. En la estación del metro de Coconut Grove muere en reposo, como Buda grasoso, carente de gracia, un vagabundo blanco, de cabeza rapada y más de cien kilos de peso. Siempre tirado, dormitando en una barda o conversando, tendido en el suelo, con sus colegas. Sus pies descalzos parecen recubiertos por un calzado de mugre. El más leve movimiento provoca oleadas de tejido adiposo en su cuerpo. Ignoro a qué huele, pero a diez metros de él, y de sus amigos, se percibe el aura de jugo de vejiga. En el Cielo todo está bien. En el país de donde yo vengo, los vagabundos tienen largos cabellos y son delgados, como las ilusiones cimentadas en realidades, apestan, algunos se creen emperadores travestis, otros piensan que son dueños del sol, del aire y del reflejo de la luna sobre el agua, pero no usan zapatos deportivos y rara vez pesan más de 50 kilos. En el Cielo todo está bien. El Moby Dick de Coconut Grove me importa un pito, de hecho todos los pitos me importan ídem, menos el mío; aunque nunca he sido Rodolfo Valentino y tiendo a encontrarme a Gloria Gilbert en cada mujer. Espero que la maldición hermosa se haya roto. En el Cielo todo está bien. Sólo hay tres posiciones en las que puedes encontrar al gordo vagabundo: tendido boca arriba, tendido boca abajo o transportando su cuerpo (que ocupa el espacio de varios) de un punto de reposo a otro. Debo ser sincero, jamás lo he visto desplazarse, pero sí lo he visto reposar en distintos lugares, no muy distantes uno del otro. Igual y tiene uno de esos carritos eléctricos en los que por ahí se mueve la gente tan gorda como él, jubilados o mantenidos, se mueven en carritos pequeños por cuyos lados se desborda anatomía humana deformada por la obesidad. La obesidad parece obsesión, es pandémica en este país. Igual no es descuido, quizás es una enfermedad de la tiránica tiroides. Respecto al desplazamiento del vagabundo, no sé, como son aquí igual y llaman a los bomberos para transportar al obeso los cinco metros que hay entre un punto y otro de su reposo. Eso explicaría por qué con tanta frecuencia veo pasar los camiones de bomberos rumbo a una emergencia y jamás he oído de ningún incendio. En el Cielo todo está bien. Los vagabundos ‘productivos’ están en Lincoln Road, cerca de la playa. Éstos son jóvenes y fuertes, algunos musculosos que se ejercitan en Ocean Drive, pero todos bien bronceados, y su arte es hacer florecitas y animalitos con tiras de palmera. Y las hacen siempre, no sólo el Domingo de Ramos (los López, los Pardavé, los Pérez, los Jiménez, los Romero y otros más se quejan porque ellos no tienen, como los Ramos, un domingo… eso le vale un pito a la oficina encargada de recibir sus quejas). Te ofrecen las artesanías de palma como si fueran un regalo y si lo aceptas, al modo gitano, te exigen un pago. Mal de ojo garantizado. En el Cielo todo está bien. Si caminas a lo largo de la playa, por donde las olas intentan conquistar delicadamente la arena de la orilla, podrás encontrar muchas conchas (de probable maculada concepción) y varios vidrios ámbar de botellas de cerveza, todos inofensivos, pues el mar se ha encargado de quitarles el filo. En el Cielo todo está bien. En Coconut Grove hay una tienda de helados, muy muy lejos del vagabundo obeso, en la que ofrecen muchos sabores, de entre los cuales para mí destaca la amarenata (adicción que contraje en el viejo mundo, cuando vivía en el tercero, y que me vuelvo a topar ahora que habito el primero). No me gustan los postres, los dulces ni los helados, pero con la amarenata y los tres chocolates, hago una excepción. La regla se rompe y se corre el riesgo de sufrir o gozar un embarazo. En el Cielo todo está bien. El gordo pasa su vida sin preocuparse de los demócratas ni de los republicanos, Obama suena a Osama, a él le importa un pito si EEUU le da o no dinero a México para que combata el narcotráfico (México celebra el día de su pseudo independencia en Septiembre). No le importa el colesterol ni el valor de las acciones en Wall Street o las de Nasdaq. No le interesa que empiece a haber crisis de hambruna en Centroamérica, de hecho, como muchos de sus compatriotas, ni siquiera sabe dónde está Nicaragua. No sé si el obeso indiferente viva realmente, al menos en comparación con los engranes productivos que hacen algo de nueve a cinco y al final van a sus casas a doparse con TV. Los monitores de plasma gastan más energía que los antiguos televisores, pero no importa, aquí todos quieren ver la misma porquería de siempre pero con mayor nitidez. No importa la energía ni el ambiente, aquí los limpiadores de las calles usan máquinas que consumen gasolina en vez de escobas. ¿Adónde ira a parar el Mundo (con todo y vagabundos, bronceados o decolorados)? No lo sé, no soy adivino, ni gitano ni hago animalitos con tiras de palma. En el Cielo todo está bien… eso lo creen muchos, porque a muchos les importa un pito la opinión de Lucifer.

12 de mayo 2008

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Plaza de San Marcos, Venecia

mayo 31, 2008

Restaurante italiano en Venecia, el dueño es un ucraniano avariento, las meseras son chinas malhumoradas (una de ellas toma siempre las órdenes aprisa, mirando a cada momento hacia la puerta como si esperara la inminente mirada de algo o de alguien). La hambrienta clientela es variada. Franceses, alemanes, ingleses y un mexicano. De fondo se escucha una canción gringa acerca de un famoso monje ruso. Todo se paga en euros. ¿No es esto lo que se conoce como globalización?

No soporto las bodas. No es que me molesten, sólo es que no las entiendo. ¿Me crucé con esta boda en la Plaza de San Marcos o ella se cruzó en mi camino? Un séquito nupcial que vino aquí a tomarse una foto (ahora que ya bajó la marea pudieron pisar). Sólo la foto y adiós.

En la mañana el elevadorista de la Torre Campanario (ese hombre es el doble barbado de John Goodman) inicia cansado la jornada. El monótono subir y bajar, una y otra vez, durante todo el día, el elevador de la torre; viendo la expectativa y la emoción de tantos turistas. Realmente debe ser cansado. Al mediodía mis pies están ya cansados de mis vacaciones, demasiados pasos en muy poco tiempo. Pero no protestan, pues son más inteligentes que yo, se saben parte de un todo, y aguantarán mientras aguante lo demás. El sacerdote de la vieja iglesia oficia cansado la misa especial en inglés ante dos fieles ancianas. Lo hace mecánicamente, un Padrenuestro incoloro; está cansado del rito rutinario, sin importar que ahora sea en inglés y no en italiano. Viajo porque eso me permite escapar de lo constante, de lo que me cansa, del yo-yo perpetuo. Ahora sabes por qué estoy aquí, escribiendo algo que quizás pudiera escribir en casa, pero que no sería igual. Y los habitantes venecianos que viajan en el vaporetto, parecen cansados de tanta belleza y de tantos turistas, pero no hay problema mientras todo eso les dé de comer.

10 de abril 2008

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Frío en California

mayo 31, 2008

California. La primera vez que estuve aquí el clima fue nublado y frío, me hizo recordar que cuando estuve en Londres el clima fue soleado y clauroso, sospeché que algo estaba cambiando en el clima, que los estereotipos pueden ser monoaurales o que tengo mal tino para conocer los atractivos turísticos como se debe. Hoy estoy de nuevo en California, creo que cerca de San Francisco, y hace un frío digno de un verano en la Antártida. Siempre he sido muy sensible e incompatible al frío, ahora creo que tras mi temporada en Miami lo soy más. Son las ocho de la mañana y estoy en la recepción del hotel esperando a que pasen por mí. Es una repetición momentánea de mi rutina matutina de ayer. En la recepción hay un hombre, con un porte elegante, como de 90 años, aunque bien pordían ser 50 demasiado bien vividos, uno nunca sabe, que está aquí para darle a uno los buenos días. Es decir, en el escritorio de la recepción hay tres empleados jóvenes, el señor de avanzda edad sólo se pasea por aquí, atento de que llegue algún huésped, para darle los buenos días, preguntar cómo se encuentra el huésped esta mañana y ofrecerle un vaso de café. Por un lado me alegra que a la gente de edad se le den oportunidades de trabajo, aunque creo que este señor bien puede ser capaz de más actividades laborales. No sé, por un lado creo que son trabajos ‘por lástima’ o por ‘pena’ y no es que a las personas que realizan estos trabajos les deba dar pena, la pena me da a mí, porque seguro esta gente tiene mucha más experiencia y capacidad para hacer muchas cosas más que dar buenos días a las aves de paso que aparecen por aquí. Creo que me voy a enfermar, siento mis vías respiratorias en el borde de ‘ya me va a dar tos’, pues ni modo, ni tos. Espero poder escapar de la enfermedad. Quisiera quedarme un tiempo más por estos lugares, lares para sonar lo sofisticado que no soy en realidad, pero ya extraño el buen clima de mi base temporal. Sigo leyendo las “Opiniones de un payaso”, de un autor cuyo nombre no recuerdo, sólo sé que ganó el Nobel de literatura en 1972. Me quedan como 20 páginas, casi lo leí entero en el vuelo que me trajo a California. Es un libro que no me ha gustdo mucho, ni despertado mi emoción, pero por otro lado de alguna manera ha mantenido mi interés. Creo que lo recordaré como el libro donde encontré bien retratado un sentimiento que he tenido yo desde que tengo uso de memoria, y aún cuando me desmemorizo: el horror de los objetos que dejan atras las eprsonas que se van (que se van en el amplio sentido o sentidos de la frase). Los objetos son los que nos hacen más patente la ausencia. La ropa de la abuela que se murió, la habitación del hermano que se ha ido de casa, los cosméticos olvidados de la chica que te dijo que ya no y que no dijo adiós. Sí, lo curioso es que los objetos dejados atrás siempre te recordarán algo, pero imagina que la persona que se va se lleva todo. Entonces no tendrás objetos que te recuerden las cosas, sino un vacío que te gritará la ausencia. Por lo tanto, da lo mismo. Si la gente que se va te deja cosas personales, te acordarás doblemente de la ausencia por los objetos que te dejó; pero si se lleva todo y deja huecos, entonces esos espacios vacíos te servirán de recordatorio no-deseado. Uno siempre pierde en esos asuntos.

12 de marzo de 2008

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