Posts etiquetados ‘vivir’

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Los amantes equivocados

abril 20, 2012

Ella era el horario de oficina, él era la eternidad. A pesar de sus purezas cristalinas, no tenían nada de que hablar.

Ella siempre tenía prisa, él nunca iba a ningún lado. No me preguntes cómo ni cuándo, pero sé que terminaron juntos.

Ella soñaba contando, él contaba sus sueños.  Como siempre, la rutina terminó haciendo trizas el velo del misterio.

Ella ganaba mucho dinero, él gastaba más de la cuenta. Para ejercer presión sobre él, ella lo obligó a pagar la renta.

Ella trataba de cuidar su organismo, él empezó a perder el sentido.

Ella se fue con alguien con un futuro sólido, él se quedó durmiendo muy solo.

Ahora sabemos que el amor engaña, y nos hace alabar cosas extrañas. Poco es claro cuando estamos enamorados, y a veces es muy tarde cuando queremos rectificarlo.

Ella murió de úlcera y de cáncer, él murió de frío y de hambre. Nadie sabe en dónde están sepultados, pero todos los conocen como los amantes equivocados.

Amantes equivocados

Amantes equivocados

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De Chabacano a General Anaya

abril 16, 2012

Línea Cuatro Caminos-Tasqueña ¿o será Tasqueña-Cuatro Caminos?, no importa en realidad el orden, pues los productos ya están alterados y en el tren metropolitano, familiarmente conocido como metro, toda verdad depende de la dirección en que se viaje y no de cómo se ven las cosas a través de los cristales rayados por los vándalos de mal vodevil.

El metro es un tren repleto de deseos ahogados por la realidad. Sus ensardinados vagones viajan llenos de personas con destinos diversos a los que tienen que llegar en una hora determinada; muchas de esas personas van con un retardo que les impedirá cumplir con su puntual propósito y que las hará merecedoras de, al menos, una llamada de atención. Esta historia en particular sucedió en la línea que va de Chabacano al General Anaya.

ELLA se encontraba de pie, con la mirada perdida más allá del horizonte delimitado por la ventana, y su mente estancada en un pasado reciente: “Aarón! Mi horóscopo me advirtió que debo tener cuidado con mis relaciones sentimentales…”, pensaba ELLA suspirando desde lo más profundo de su ser, “…Aarón, que hermosa velada! ¿estás pensando en mí, como yo estoy pensando en ti?

En ese preciso momento, Aarón estaba muy lejos de allí, sentado en un sanitario sin sanidad, defecando la opulenta, pero nada sustanciosa, cena consumida en la romántica velada de la noche anterior, mientras ojeaba una revista de papel cuché con lindas chicas perfectas, retocadas por manos profesionales (en todos los sentidos del verbo ‘retocar’). ¿Pero quién demonios sabe con exactitud en qué estaba entonces pensando el famoso Aarón?

“¿Cómo era esa canción?…”, se preguntaba ELLA cuando las puertas del vagón se cerraban ante la nariz de un confundido pseudosocialista -con la actualidad de cuatro décadas anteriores-, que ‘por causas de fuerza mayor’ se dirigía a una entrevista de trabajo en una detestable empresa capitalista, vestido con saco y corbatita, haciendo su máximo esfuerzo por parecer un ‘yuppie’ próspero dispuesto a enfrentar positivamente cualquier crisis (ahora se les llama ‘oportunidades’) en un país de tercer mundo con espejismos del primero, aprendiendo a flotar en una economía naufragante. Sí, él también llegará tarde a su destino, pero ELLA sólo se pregunta ahora: “¿Cómo era esa canción?”…

Si me hubieras querido/Si estarías junto a mí./Quizás no estuviera yo perdido,/Quizás sería feliz.

ELLA, sin notarlo, comenzó a susurrar el tema pop de moda, gramaticalmente incorrecto, pero al fin entendible. Un melancólico maniquí calvo presenció a lo lejos parte de la efímera escena de memoria musical desde lo alto de un hospital abandonado cuando el tren pasaba por allí enfrente. Dentro del vagón, dos individuos curiosos miraron fijamente la extraña mímica de la mujer, mientras un viejo se concentraba con lascivia en los glúteos aglutinados por una falda de tela barata que ELLA, una de esas secretarias que prefieren ser llamadas asistentes, aplasta rutinariamente contra el asiento de una silla durante un promedio de ocho horas diarias.

“¡Ahhh, y me la dedicó!”, continuaba ELLA dentro de sus ensueños, rememorando el lugar donde cenó con Aarón, sin percatarse del canto que emiten las puertas del tren cada vez que se van a cerrar.

ELLA de seguro era hermosa para algunos ojos, pues la belleza es tan relativa como el estado de ánimo, o como la verdad. Su única duda estética consistía en: ¿qué tan hermosa era para los ojos de Aarón?

“¿En verdad me amará? Si veo primero un carro rojo, quiere decir que me ama; si veo un carro amarillo quiere decir que no”, se dijo y fue entonces cuando comenzó a prestar algo de atención a lo que ocurría a su alrededor, específicamente a los múltiples automóviles que desfilaban de manera paralela al tren en el que viajaba.

Lo primero que vio después de decir esas palabras fue un auto color rosa.

“El color rosa es un variante ligera del rojo; entonces significa que no me quiere lo suficiente o quizás que no está seguro de sus sentimientos hacia mí. ¿Y qué tal si significa que sólo está jugando conmigo y que sólo desea utilizarme? ¡Debe ser igual que todos los *!%&¨*s hombres! De seguro me va a hacer lo mismo que ese *!%&¨* Luis, méndigo *!%&¨*, yo que le entregué a ese infeliz lo mejor de mí y mira cómo me dejó, pobrecito de ese &@**+ Luis si se atreve a buscarme, lo voy a tratar como se merece. Aarón debe ser igual. Todos los *!%&¨*s son iguales”.

general anaya

general anaya

Sus ojos comenzaron a exhibir su furia interna, los dos individuos curiosos volvieron a fijarse en ELLA y comenzaron a tener una idea de lo que atormentaba a la mujer; por supuesto el vejete seguía concentrado en los glúteos de la Asistente del Jefe de Compras y no se percató de ningún cambio de humor, sólo de una ligera tensión en las flácidas posaderas admiradas. El tren llegó a la estación del General Anaya. El vejete vio desaparecer por la puerta del vagón sus esperanzas de comprobar furtivamente lo gelatinoso de ese trasero, cuando ELLA descendía del vagón acompañada de un pensamiento punzante:

“*!%&¦ Aarón infeliz, hay de ti si te atreves a llamarme a la oficina…”

Los dos curiosos permanecieron en el tren, cada uno riendo para sus adentros. Uno de ellos cambió el rumbo de sus pensamientos y se preguntó si sería prudente llamar al rato, por teléfono, a una de sus tres novias, la Lola, sólo para saludarla.

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Revelaciones revueltas

marzo 25, 2012

El ego inflado como un globo de Cantoya, aboyado en alguno de sus lados, que a pesar de ser pesado se despega del suelo, inflado a veces por palabras gratas de una bella puertorriqueña, y sin embargo el ego tan grande muchas veces es símbolo de inseguridad.

Así es la vida, contradictoria hasta en sus contradicciones mismas.

Muchos dicen misa, lamento si esperabas que hablara ahora de salchichas. Decimos muchas veces adiós porque no queremos realmente irnos. Me despido y dejo todo en claro, arreglando las confusiones para que no me caiga el telón como dicen que va a llegar el final: como monja en prisión. El que mucho se despide pocas ganas tiene de irse. Yo me quería ir mucho antes de empezarme a despedir, a ese lugar adonde todos vamos, pero ni juntos ni revueltos, para descansar de este valle de lágrimas y risas, lamento si esperabas que hablara aquí de salchichas.

Embutidos en la existencia, como pasajeros del metro a la hora de salida, o de entrada laborales, pico de gallo humano, nos damos cuenta que por más que atesoremos no nos vamos a llevar nada. Nadie sale vivo de aquí. Yo intentaré llevar mi ego al vulcanizador porque vuelo, pero bien seguido me caigo, golpeándome feo, contra el suelo. Las cosas a veces se ponen color de hormiga, he visto hormigas tornasoladas y mujeres hermosas sonrojadas. Un ángel me saluda en mi camino a casa, me dice que aún no es momento y me dice hasta luego, en español. Mis pensamientos son demoníacos, porque en el fondo no me creo su santidad. Muchas veces las mujeres que aparentan dulzuras son las que gustan de decorar tu corazón con amargura, las decentes te dan las gracias, y gracias son las que las adornan.

Espero que no esperaras que hablara de comida, mucho menos de salchichas. A veces siento que entre más incoherencias aparentes digo, revelo más de mí que cuando mi discurso puede ser seguido, fluido y dizque lógico, no lo hago a menudo, ¿o sí? Si me has leído mucho podrás entenderme, y mereces aplicar para santo en el Vaticano. Qué paciencia, soportar mi insolencia verbal. Job no se compara a quien atraviesa este pantano de palabras, quizás buscando diamantes, sólo espero que hayas pasado un buen momento.

Yo sigo tratando de curar mi ego, que de tan enorme no me dejó admirar el paisaje. Fiel al vacío, me río, porque de lo contrario me pondría a llorar y la verdad ya me deshidraté. En mi impaciencia aprendí a ser paciente, en mi intolerancia terminé siendo indiferente. No me preguntes qué quise decir aquí, porque si me vuelves a ver lo más seguro es que lo haya olvidado. Un clavo saca a otro clavo, pero las personas no son de metal aunque se clavan muy profundamente. Siguiendo el ejemplo del quijote, al que no he leído ni creo leer, me embarco en proezas imposibles, en mundos increíbles, quizás para tener algo que decir o para presumir que yo también sufro.

El faquir barrigón que come tristezas para despertar simpatías. Se oye incluso un violín de fondo, y mientras un gato se hace pasar por el alcalde de Nueva York yo espero que regrese la persona que sabe alimentar mi ego y que me ayuda a levantarme del suelo. Doy gracias a Dios por las bendiciones y le pido perdón por las quejas. Me quedaré lo que tenga que quedarme, aunque, como les sucede a todos, cada día está más cerca el final. Revelaciones revueltas.

Resbalón de equilibrista

Resbalón de equilibrista

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¿A quién le importa?

febrero 12, 2012

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, cortó muchas noches y días el tiempo a través de Cortázar. Sacrificó demasiados viernes sociales por Verne. Leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta que llegó el momento que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y manteles desechables, que siempre guardó, después en hojas sueltas que conservó en carpetas, para después seguir anotando en libretas y cuadernos, de los cuales se fueron llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Siempre pensando en que un día lo publicaría. Todo lo guardó.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta acabar. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no era fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. No, tampoco fueron vendidos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos en este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras en una computadora, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y espacios virtuales. Mezcladas en enferma promiscuidad con esas frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves, inmediatos y pestilentes como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Al final sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano se traga el olvido. Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

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Un martes 13

diciembre 16, 2011

La reina del Blues se fue apagando con la noche, mientras que el poeta perdido ya no tuvo por quién escribir.

Los héroes de antaño se fueron rindiendo, uno a uno, pavimentando el desnivelado camino con sus viejas corazas, bastante oxidadas.

“¿En dónde están los valores?”, preguntó el iluso dormido. “De seguro bien guardados en la fría bóveda de un banco”, fue lo que respondió el exportador cínico, mientras que alguien se lavaba las manos en una pileta a la sombra.

Nada parecía cobrar dimensiones nuevas, todos estaban bien pagados de sí, las letras sólo se notaban en las letras de cambio; todas las mentiras eran verdades y las verdades sólo eran falsedades sinceras.

Lo que estaba arriba, bajó (excepto el oro); lo que estaba debajo se hizo a un lado (allí donde está el coro). La credibilidad se mezcló con la desesperanza, y el pelotón de Magdalenas lloraba por mera costumbre, sin una razón de peso, aunque el occiso era obeso.

La elefantástica amistad de dos adolescentes se desvaneció como vapor cuando se enfrentó a la primera adversidad de la mañana, y un cobarde decidió naufragar en el alcohol.

Los filósofos se fueron vendiendo poco a poco, ya sólo faltaba que el tiempo se dejara de contar, nadie podía detenerlo y a pesar de la incomodidad, nadie lo quería intentar.

“El mundo es de quien sabe vanagloriarse efectivamente de sus bajezas (sin importar que éstas sean ficticias)”, decía la pinta en la gran muralla china (¿dónde más cabría un mensaje tan largo?).

Un rayo cruzó el horizonte partiendo en dos el cielo, como si de un gran pastel azul se tratara o un nuevo Moisés confundiera el mar con el firmamento.

Todos se asustaron de repente, pero al asegurarse que nada pasaba, se encogieron de hombros, nada sanforizados, y retomaron sus actividades habituales.

Sólo era era martes, era 13, y el tiempo no dejó de contar.

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Alto (el payaso de la luz roja)

diciembre 2, 2011

alto

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Luz roja. Pie en el pedal del freno. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre casi calvo, el poco cabello que le queda revuelto de forma desagradable, pelo que parece quemado, mal oxigenado, Marilyn Monroe después de haber saltado del Hindenburg en llamas (fuego y no montada en un cuadrúpedo andino). El tipo tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente, en su boca un cigarrillo pirata que huele a neumático quemado. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un punto negro, del grosor de la punta de un dedo, en el centro de cada círculo. Parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa humeante cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.

El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es la Torre de Pisa arqueada, el arco de la derrota. Pasos cortos, cabeza gacha, la mirada que emana odio siempre viendo al frente. Es un frío día de diciembre, su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.

Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’, o lo que le permite su poca destreza en este negocio. Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos.

Esporádicamente aspira su cigarro, quizá para darle al acto un “factor de peligro”. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida, tácita torcida, entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A tres segundos de que la luz roja ceda el paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.

Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.

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Recuérdame

noviembre 20, 2011

No me olvides, porque yo sí me acuerdo de ti, aunque mi memoria sea mala.
No me olvides porque no me gusta que me dejen hablando solo, cuando lo que quería era hablar con alguien.
No me dejes esperando afuera, que hace frío y la lluvia es casi tan testaruda como yo.
No me olvides por favor, al menos mientras tengas el don de recordar.
Si no me recuerdan, no existo, a pesar de que respire; si no me piensan no soy, aunque digan que sea libre.
No me olvides por favor, porque se siente muy feo ser un recuerdo deslavado.
No me olvides, porque yo sí te recuerdo, y debemos hacer que este mundo sea un poco más equilibrado.

Olvido

Olvido

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De aquí a la eternidad

noviembre 9, 2011

Nadie sale vivo de aquí

Nadie sale vivo de aquí


Me estoy muriendo desde que nací. En algún lugar me creí la idea de que igual este es un lugar pasajero, o la sala de espera a la eternidad, o la prueba que decide para dónde va uno a parar después del supuesto final. El punto es que siempre me he sentido fuera de lugar. Ahora que ha pasado tanto tiempo, que llevo 11 años más allá de lo que pensé que sería mi límite, he tenido ocio suficiente para seguir pensando, lo que antes era impensable: ¿Y si después de esto, tampoco me hallo en lo que sea el más allá? Ojalá todo terminara cuando sale de este mundo por la puerta que sea (mutis por la derecha, salida de emergencia, trampa para la ropa sucia, o agujero de ratón), pero parece que no. Mientras unos dicen que si te portas bien puedes llegar a la eternidad para contemplar la Gracia del Señor (me cuesta pensar que un chiste pueda durar tanto tiempo) otros se empeñan en decir que es un constante volver a empezar (en niveles diversós, según tus acciones, o sea que en mi próxima vida puedo ser un perro de millonaria excéntrica, o un gusano en un cultivo de mezcal). Ninguna de esas opciones me atrae, ni siquiera un poco. Quisiera el Nirvana, la nada, la fuga completa y la desaparición total. No más YO en ningún plano. Pero por definición, si ese estado es un premio, por lo logrado en esta vida, seguro ya no me lo gané. Quisiera poder enfocarme al estar aquí y ahora, sacando lo más provechoso del asunto, pero me resulta tan difícil. Si vivir es fácil, a mis 44 no le he encontrado muy bien el modo. Ni modo. Vivir es el relleno con el que tenemos que embutir ese hueco que hay entre el nacimiento y el estreno de nuestra tumba. Seguiré buscando si hay algo más.

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Despacio que voy de prisa

octubre 21, 2011

Wild Bill Hickok, famoso pistolero del viejo Oeste (¿o aquél?) tenía 39 años cuando murió. Era un hombre viejo para su época, y sinceramente creo que viejo para cualquier época. Supongo que Bill estaba cansado de vivir, de ser retado por cualquier pelmazo que tuviera un incipiente bigote y una bravuconería juvenil que quiere tragarse el mundo de un bocado. Creo que Wild Bill estaba de algún modo deseando la muerte, por eso aceptó sentarse de espaldas a la puerta (cosa que por costumbre jamás hacía) ese agosto de 1876.
En mi caminata matutina por el parque citadino pensé en eso cuando de frente a mí vi trotar a una especie de momia animada. El tipo tendría unos 70 y pico de años, bien vividos, o quizá tendría 52 muy desgastados, ya no se sabe; soy malo para calcular edades (y realmente querida me importa un bledo). El hombre trotaba con dificultad. El esfuerzo se reflejaba en su rostro de tortuga con lentes de grueso caparazón. Calvo en la mayor parte de su cráneo, con dos o tres pelos canosos cerca de las orejas, el viejom resoplaba como elefante moribundo atascado en un cráter de la luna (ajáaaa, no he ido a la luna, pero seguro así suena un paquidermo en tal situación). El hombre no podía mover bien los brazos, que llevaba doblados y con los codos pegados a sus costados. PUFF PUFF expelía y no tenía ni fuerzas para levantar la vista del suelo. Vestía una camiseta de algodón -ropa interior superior- y unos shorts negros, calcetas largas y oscuras que le llegaban casi a la rodilla, y zapatos deportivos oscuros; parecía el uniforme de alguna selección europea de futbol (no recuerdo si Alemania o Inglaterra).
PUF PUF PUFando el hombre, se siguió de largo, trotando, y yo continué en dirección contraria, pendejeando.
Y me dejó pensando. ¿Por qué esforzarse en trotar, si pierde tanto el porte y la compostura? ¿Por qué no mejor caminar, con elegancia y sin andar dejando el desgastado trasero por el camino? Supongo que eso le sería más estético para su edad, pero si supiera de estética estaría yo trabajando en Herpe’s Bazaar. La gente cree que correr es más saludable que caminar. Yo lo dudo. Correr significa más desgaste, termina jodiendo el corazón, o de menos las rodillas. Pero seguro me dirán que estoy equivocado. Puede ser, pero mi temor medieval no me lo quita nadie. Mi teoría es que igual mueren, a edades similares, los fumadores empedernidos que los deportistas de alto rendimiento. Aunque seguro se mueren antes los atletas de alto rendimiento que además son fumadores empedernidos.
Lo principal, ¿cuál es la prisa? ¿Qué caso tiene correr? Roma ha seguido ahí, e incluso hay más caminos para llegar a ella. No por correr se vive más (en cualquier sentido que se quiera tomar la frase). Está bien, mejor me silencio y respeto a los que encuentran placer corriendo. Pensé en que debería yo sentarme de espaldas a la puerta en algún Saloon, aunque ya tengo más de 39 años.

Al final de mi trayecto me volví a encontrar al viejo pufante, esta vez él iba caminando, no por elegancia, sino porque de plano ya apenas podía con su alma. En sus ojos noté el agotamiento, pero también la satisfacción de haber cumplido con su rutina del día, sudando y exigiendo ese extra a esa ruina que lleva por cuerpo. No pain no gain (masoquismo excelso). Y pensé que aunque no comparto su mentalidad, sí debo respetarla y admirar el valor que tiene para sacarla adelante. En fin, si sigo yendo a ese lugar a caminar, seguro me lo encontraré hasta que uno de los dos deje este valle de lágrimas, igual soy yo el que parte primero de aquí.

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Orgullo

octubre 12, 2011

“Toc, toc”. Sonido de algo metálico contra metal. No oprimieron el botón del timbre, no jalaron la cuerda de una campana que suena gracias a su sano badajo. Simplemente alguien, encontrando la manera más segura de llamar la atención, golpeaba el buzón de la entrada con algo metálico, para que otro alguien saliera de la casa (léase ‘yo’, por ser la única persona presente en el hogar).

Al abrir la puerta me encuentro con un pordiosero en el penúltimo nivel de la miseria. El hombre no era más viejo que yo, no le faltaba ninguna parte de su cuerpo, vestía harapos, una gorra raída en su cabeza desgreñada y despedía un ‘aroma’ mezcla de suciedad añeja y agua de riñón concentrada, con un fijador que seguro envidiaría cualquier casa de finas frafancias de Francia.

El tipo, de piel curtida por el sol y con barbas de Robinsón Crusoe, me dice con una voz débil, apenas un susurro, en un tono sumiso, lastimero, cantarín y que inspira piedad: “¿no tiene agüita o comidita que me regale?”

Confieso carecer de un buen corazón, la piedad se me ha deslavado con el paso de los años, si es que alguna vez la tuve, por lo tanto ignoro qué fue lo que me pasó. Igual la culpa la tiene el inclemente sol del mediodía, o quizá el recordar que el agua no se le debe negar a nadie… el punto es que le respondo que me espere un momento, cierro la puerta y busco una botella de agua de litro y medio, de las que bebo yo, nueva y sellada para dársela al pobre hombre.

Con la botella en la mano voy a emular al buen samaritano, de manera modesta y mucho menos bíblica que la historia original. Salgo y le entrego la botella al pordiosero, quien sentado con comodidad en la acera la recibe y de inmediato me dice, con la misma voz y el mismo tono con el que me pidió el agua momentos antes: “¿No tiene dinerito o algo que me regale?”

“No, lo lamento, no tengo dinero”, le digo como quisiera responderle a la Secretaría de Hacienda cada que me obliga a pagar los ridículos impuestos que jamás veo reflejados en mi país, y preguntándome por qué en vez de algo no me pidió alguito.

El pordiosero, transformando su carácter, con una voz estentórea y potente, pero conservando su apariencia arruinada, en un tono de máximo emperador del mundo antiguo (igual es la reencarnación de Alejandro, o de Augusto) me dice con el mayor desdén que he presenciado en años: “¡Ah!, pues toma tu agua”, y me devuelve la botella.

Empapado de orgullo, el Luis XIV de la miseria, se pone de pie, recoge sus pertenencias y se retira con la frente en alto, paso majestuoso y sin mirar atrás.

Yo me quedo asombrado, pensando que maravilloso que aún existan seres tan seguros de sí y con la convicción de que si piden agua, la gente tiene la obligación de regalarles oro. Sintiéndome un insecto kafkiano, simplemente regreso a mi casa con mi botella de agua para reflexionar sobre la lección.

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