La relatividad de lo patético.

El campanario de la centenaria catedral anunció las ocho de la mañana con su ficticio sonido metálico. El puntual milagro de las campanas mudas e inmóviles que ahora sólo sirven de adorno, volvió a cumplirse gracias a un burdo sistema de altavoces mal disimulados en la punta de la torre complementado de cintas magnéticas con las grabaciones apropiadas. Una mano proveniente de un fláccido brazo oprimió el botón STOP de la reproductora japonesa. Era el moderno campanero, débil y de voluminosa barriga.

Frente a la catedral se encuentra el palacio municipal. Un edificio más moderno que su religiosa vecina, en donde se ubican las oficinas del gobierno local. Allí están las opacas paredes de la fachada -contrastando de forma descolorida con las grises nubes de la mañana, que celosamente impiden cualquier resquicio por donde se pueda asomar el verdadero azul del cielo-, también están allí las desgastadas escaleras que conducen a la gran puerta principal; las gruesas columnas; las baldosas rosadas, la placa conmemorativa y el encorvado Don Joselo, vistiendo la chamarra de cuero negro que siempre utiliza en mañanas tan frías como la de hoy.

El anciano permanece de pie frente al gran edificio y experimenta repentinamente esa extraña sensación que tanto le incomoda: como si los ojos de un ser desconocido e invisible lo observaran detenidamente por un motivo misterioso que bien pudiera ser ociosidad, morbo o simple curiosidad.

Él actúa como suele hacerlo cada que experimenta ese misterioso atentado contra su privacidad: gira su alargada cabeza, apenas cubierta por unos cuantos cabellos blancos -tan escasos como los millonarios bondadosos- y, tras acomodar sus gafas de grueso armazón color durazno, busca a su alrededor sin lograr descubrir al espía invisible. Tras su infructuosa acción, el hombre mete las manos a los bolsillos de su chamarra y se dispone a esperar.

Don Joselo piensa en su único hijo, ese que ni siquiera le habló ayer para felicitarlo por su cumpleaños número 70. “Gnña gni gnpogg engso gnme hangbla”, susurra tristemente para sí el personaje que, debido a un accidente, quedó gangoso de por vida. Recuerda a su hijo, de quien nada ha sabido en 35 años, bien podría hasta estar muerto, como su madre, y el viejo ni por enterado.

Saca su mano derecha del bolsillo de la chamarra y rasca su nuca, justo debajo de uno de esos abscesos de piel que, según parece, pueden ser cancerígenos (“gnña gni gnmodo”, responde él a todo aquel que le menciona tal posibilidad, “gnde algngo hayg gnque gnmogrigse”).

La mente le vuelve a jugar otra mala pasada mostrándole la imagen del cuartucho donde vive. Allí están las cuatro paredes (cada una medirá, cuanto mucho, tres metros de largo), el oloroso camastro perpetuamente desarreglado y las dos camisas y dos pantalones que esperan ser utilizados en el siguiente par de semanas.

Sin aviso alguno, su cerebro cambia la imagen por la de la lápida de su mujer, en la que, debajo el nombre de ella (Margarita Sosa de Pérez) y los años que vivió (1935-1971), se encuentra grabada la frase: ‘Su esposo e hijo la recuerdan’. Se le hace curioso el hecho que recuerde tan bien esa lápida, pues sólo la vio el mero día del sepelio; así como el que justo hoy, esa frase suene tan cierta.

A pesar de sus divagaciones, la incómoda mirada aún lo asola.

El campanario anuncia la media, y los tacones de un par de zapatos baratamente plateados que delatan el presuroso andar de quien los calza. Es una “glamorosa” secretaria que, como muchos otros, dice “trabajar” en las oficinas municipales (por lo menos se sabe que ella se encuentra registrada en la abultada nómina de la dependencia). Don Joselo voltea en dirección a tales pisadas como lo haría un perro ansioso tras identificar la aproximación de su amo.

Su sorpresa es grata tras descubrir que se trata de Meche, la mujer de gruesas piernas, gelatinoso trasero, breve minifalda y escote de cortesana del Rey Sol, cuyas facciones naturales son imposibles de distinguir debido a las gruesas capas de maquillaje que cubren su rostro.

Meche tiene prisa por introducir su tarjeta a tiempo en el reloj checador de la oficina de recepción de rentas, y largarse de allí cuanto antes para regresar puntualmente a las 5 de la tarde a repetir el rito. A ella le encanta ser saludada por los hombres, pero “este viejo, aquí paradote todos los días”, le es verdaderamente repugnante. Por ello, siempre que puede, hace su máximo esfuerzo por esquivarlo. Pero hoy Joselo se encuentra en el punto preciso desde donde le es posible interrumpir el camino de todo aquel que pretenda ingresar al edificio municipal.

“Gngüenos gndías gnpgreciosa”, le dice cortésmente el septuagenario extendiendo caballerosamente su mano derecha a la mujer que ahora se encuentra a poca distancia.

La dama -cuyas partes púbicas son consideradas públicas por el personal masculino de la oficina- le responde con un desdén de sangre azul: “buenos días Joselo, ¿cómo te amaneció?…” Y sin detenerse, ni dirigirle la mirada a su interlocutor, le extiende su mano para responder por puro compromiso el saludo físico. El saludo pretende ser tan escurridizo como una sanguijuela aceitada, pero la pseudosonrisa fingida de Meche se convierte en mueca de incomodidad cuando trata de zafar su diestra del desesperado apretón con el que el anciano la tiene aprisionada, tratando de acercar esos cinco dedos femeninos a sus resecos labios de hombre viejo para regalarles un casto beso.

“Gnmugñeca gnquédagte ugn gratito cognmiggo”, le ruega el viejo a Meche una vez que ésta logra liberar su mano con un jalón enérgico y definitivo.

“No puedo Joselo”, le responde la mujer con sequedad y enfado, “tengo que checar, pero te juro que ‘orita regreso”. Mal acaba de terminar la última palabra cuando entra presurosa al palacio municipal y su imagen se pierde en un largo pasillo por donde va maldiciendo -con términos impropios hasta para un carbonero- a Don Joselo y a la madre que lo parió en una ‘hora maldita’.

El orgullo del viejo resiente el rechazo con amargura y su incomodidad crece al sentir que esa mirada aún lo observa.

“Gnhola gmargtita”, saluda Joselo cuando descubre que junto a él pasa una mujer de aparentes 60 años (quien en realidad no llega ni a 50).

“Hola Joselo”, es la fría respuesta de Martita, la cual mantiene su mandíbula cerrada con una dureza que produce pequeños latidos de sus sienes. Ella también lleva mucha prisa por llegar a checar.

Los demás burócratas comienzan a arribar como carroñeros en parvada (siendo el reloj checador como el cadáver reciente de un burro). Todos tienen la misma intención que las dos mujeres que lograron apersonarse a tiempo. Algunos saludan a Joselo como si fuese parte de su rutina, pero nadie permanece más de 10 segundos con él.

“Don Joselo”, le dice una voz jovial que se aproxima, “usted tan puntual como siempre, aunque ya ni trabaje aquí”. Se trata de Tomás, el actual encargado de la ventanilla de ‘aclaraciones’ -la misma que durante 40 años fue la responsabilidad laboral de nuestro anciano personaje.

Honestamente Tomás no hace ni más ni menos cosas de las que Joselo solía realizar, antes de jubilarse, cuando atendía a la gente que llegaba hasta esa ventanilla para aclarar algún cobro injustificado o para denunciar alguna falla administrativa. Tomás, el viejo y todos los demás trabajadores del Estado que desempeñan trabajos similares en ventanillas similares, se limitan a encogerse de hombros ante cualquier queja llevada hasta su ventanilla y, cuanto mucho, expresan frases de un escuálido vocabulario compuesto por: ‘orita no puedo atenderle’ -nótese la utilización de palabras sexualmente neutras, con el fin de no gastar sus pocas neuronas al tener que cambiar el género a la oración-, ‘la persona encargada no está y es la única que ve estas cosas’ y la escasísima ‘eso es todo’.

“Gnhola gntogmasito”, responde Joselo al saludo de su sucesor laboral y, para retenerlo un poco, le pregunta: “¿gnvio el gnfutgbol agnoche?”

Tomás, conservando la sonrisa saludadora, sólo emite un “ajá” como respuesta y desaparece por el largo pasillo.

Meche aprovechó la distracción que Tomás provocó en el viejo y se escabulló por una puerta lateral. Lleva mucha prisa, pues va a desayunar y luego tiene una cita con un empleado ‘nuevo’ -quien recién entro el lunes pasado a trabajar-, al que le mostrará su bien ganada experiencia en ciertos placeres de la vida.

“¡Ah qué Joselo”, dice un policía de unos 65 años a su antiguo conocido mientras se le aproxima, “tú siempre aquí tan temprano!”

“¿Gnqué gnquieres gnpagquito? ¡Gno gntegngo gnada gqué hagcer!”, responde el aludido con resignación consciente otra vez de la mirada que lo ha atormentado durante esta mañana.

“Nomás me acuerdo que cuando trabajabas no hallabas la forma de largarte de aquí lo más pronto posible. Y mírate ‘ora: te la pasas aquí todos los santos días, parado y tratando de platicar con todos. Te dije que no te jubilaras, pero te ardía el andar de holgazán. Todo para esto… Hasta creo que cuando te mueras (¡que Dios no quiera que sea pronto!) tu alma va a estar penando por aquí por muchos años; nomás por la pura costumbre”, le dijo el policía concluyendo con una carcajada tan sonora como sincera y llevándose a la espalda su oxidada ametralladora fue a ocupar su sitio de guarda en el banco que está cruzando la calle.

Joselo rió, pero muy adentro sintió lo triste de su realidad. Si su mujer viviera… ella ya le habría perdonado todos los golpes e insultos que le propinó, tanto sobrio como borracho, durante su breve matrimonio. De seguro ella tampoco se acordaría de las múltiples infidelidades de Joselo “Gnal gfin ngy al cagbo gtodas las ngviejas con las que engagñé a gnmargarita estagban horrigbles”. A lo mejor lo que más le hubiera costado a ella perdonarle eran las frecuentes golpizas que él le solía propinar al niño (Joselito). Pero sí, el viejo cree sinceramente que su mujer ya le habría perdonado hasta eso. ¿Quién iba imaginar que algún día llegará a extrañar a Margarita?

Pero ella está muerta y Joselito quién sabe en dónde diablos (“Gnmégdigo gndesangradecigdo ngya gni ngpor que gnyo gle gdaba de ngtragar”). A Don Joselo únicamente le queda seguir con el tren de vida que conoce, y ahora esa mirada furtiva lo comprende todo. El viejo está feliz porque sabe que esos ojos ya lo dejarán en paz por siempre. Voltea su alargada cabeza y se encuentra con Martín (el vendedor de tamales), uno de los pocos con los que sostiene verdaderas conversaciones, y ambos comienzan a discutir acerca de lo que debe hacer el presidente de la República para sacar adelante al país.

Mientras Joselo y el tamalero discutían acerca de los fraudes electorales, y los ojos indiscretos miraban al gris del cielo, en el pecho de Joselo nació un agudo dolor, haciendo que el viejo dibujara en su rostro un perfecto rictus de dolor, mientras la cara del tamalero mostró una repentina preocupación.

Joselo sólo dijo “Gngaaay Gncangrajo”, mientras con las manos se oprimía con fuerza el pecho y se desplomó para no volver a levantarse.

El lunes siguiente todos los burócratas comentaban entre sí de lo buena persona que era el viejo Joselo, de lo buen amigo que era de todos y de lo mucho que lo extrañaban. “Mira que venir a morir justo aquí”, decía en su mejor ‘tono sabio’ el policía de 65 años.

Dos semanas después, todos tenían las mismas prisas de siempre para ir a “checar” sus entradas y sus salidas y nadie, nadie salvo en esporádicas borracheras de oficina, volvió jamás a acordarse del viejo Joselo.

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