Una noche en San Francisco

En medio de la noche fría de San Francisco, pero vamos por partes… empezamos en Union Square, ahí terminó el tour, que nos llevó al Golden Gate, y empezó lo que siguió. Primera escala un bar muy antiguo y demasiado escondido llamado Gold Dust. Una escultura de un minero, con melancólica cara te recibe al entrar. El sitio es muy viejo, parece de finales del siglo XIX. Decorado rojo y clásico, huele a muchos años, a haber sido inundado por ríos de cerveza y nicotina cada noche desde hace más de un siglo, aunque ahora ya no se pueda fumar en el interior. Pido una Anchor de barril, para empezar, viendo el ancla de la etiqueta pienso que igual lo que estoy haciendo ahora es cortar amarras, levar anclas y conocer más personas. En la mesa estamos dos mexicanos, un inglés, un italiano-irlandés (que habla muy bien el español) y yo. La plática gira en torno a la cerveza y a lo clásico del lugar, luego hablamos acerca del estadio de Wembley y su nada popular reconstrucción. Se comenta que los aficionados ingleses están empezando a ver más futbol femenil, porque el masculino de ligas profesionales ha sido comprado por magnates extranjeros que contratan a demasiados jugadores de otros países. El nacionalismo parece estar pesando más que el machismo. La globalidad no siempre es bien recibida. La mesera sin vocación no intenta disimular siquiera su rostro de hastío, sin embargo es rápida y nos da un buen servicio. Súbitamente, como salida de quien-sabe-dónde, llega una chica de la India, conocida de todos. Y seguimos conversando. Música, literatura, filosofía y mil y una tonterías. Periodismo, escritura, el español. Al ver que los temas son los que generalmente propongo, me callo. Pero la conversación sigue libre, en la dirección que suele tomar el viento. Después de un buen rato, salimos de ahí para ir al segundo sitio, pero haremos escala en la casa del italiano-irlandés, ya que pasará por su esposa. La zona de Mission. Restaurantes mexicanos por doquier, hasta torterías y taquerías. La casa es un departamento, antiguo, muy antiguo, hay cosas modernas, pero el lugar es viejo. Nada feo. Salimos, ahora somos el dueño de la casa, su esposa, el inglés y los dos mexicanos. Vamos a un restaurante cercano, llegamos caminando. En el trayecto vemos dos viejos cines, antiguos, que llevan ya décadas cerrados. Imagino que allí viven ahora vagabundos (nada jóvenes, aunque quién sabe) que comen sus tortas mexicanas y sus tacos. Llegamos al restaurante en el que quedamos de vernos con los demás. Más cerveza, retomamos la plática. La chica de la India reaparece vestida de otra manera, y también llega un suizo, seguido de un argentino que me recuerda a Fito Páez, pero con el cabello corto. Parpadeo y de repente está llena la mesa, de gente y de comida. Ahora hay tres chicas de Singapur, un alemán, un neozelandés, una brasileña y una china que viven en Canadá (ambas muy amigas mías de tiempo atrás), y la conversación sigue la corriente de la cerveza. Llega una italiana y más tarde otra chica de la India que también habla muy bien el español. Es la torre de Babel convertida en mesa, pero por fortuna tenemos la insincera lingua franca que es el inglés. Llega una venezolana que escribe poemas eróticos y su esposo, que luce demasiado tranquilo. Leo los poemas, o creo que los había ya leído en el primer lugar, hablando de lugares… nunca supe cómo se llama el segundo restaurante, pero allí cenamos y de repente la mesa desapareció y la gente empezó a bailar. Una de las chicas de Singapur me pregunta si ya estoy borracho, y le digo que no. Me empieza a contar de su situación emocional en su tierra natal. Enamorada de un compañero de trabajo. Bueno, hay que dejar pasar el tiempo, le digo, para saber si es amor o sólo un capricho, ocho o nueve meses, dicen, en lo que uno recobra la razón. Pero creo que no es bueno enamorarse de un compañero de trabajo. Si las cosas con la pareja salen bien el trabajo puede salir mal. Si las cosas de pareja salen mal, el trabajo también sale perjudicado. Mala apuesta, que casi apesta. Le digo que jamás debe confiar en un hombre que le dice que confíe en ella, me pregunta por qué, le digo que el mero hecho de que uno diga que deben confiar en uno es porque hay algo de desconfianza por ahí, le digo que confíe en mí cuando le digo eso. Se queda un poco perpleja y yo me voy por otra cerveza. Los demás bailan y bailan como derviches epilépticos o como gente que disfruta de la música, hay de todo. Me gustan los sonidos y medio llevo el ritmo, pero no me apetece bailar. Nostalgia por una persona. Sombras que me asombran y me asolan. ¿Hasta cuándo? Bailan y bailan, hasta que nos indican con indirectas muy directas que van ya a cerrar el lugar. Más de las doce, supongo, pues no tengo reloj. Salimos y nos dividimos en taxis para ir a un bar. Ya no está un mexicano, pues se fue con la venezolana y su esposo. Salen dos taxis y los que quedamos esperamos al tercero, de repente aparece una limusina gris-plata. Abren la puerta y veo que la gente que quedó conmigo empieza a abordar el vehículo, yo voy con ellos. Viajamos ahora el suizo, un neozelandés, el inglés mi amiga chino-canadiense, un desconocido y yo. El desconocido empieza a conversar y resulta que es mexicano, y que va a donde todos vamos. Lanzando algunas miradas medio cargadas de lujuria a la chica, quien de repente se da cuenta que va sola con puros hombres y se pone nerviosa, pero bueno, es mi amiga y hace como que va conmigo. Adentro del auto todo es a media luz, hay dos antorchas artificiales, un juego que con un foco anaranjado, tela muy ligera y aire simula el movimiento del fuego. Erotismo kitsch. Romance de motel. El perfecto afrodisíaco del mal gusto. Ahora va cerrada la ventana que divide al conductor de los pasajeros. En la ventana se proyectan estrellas y galaxias y se oye, a nivel muy alto, una canción hippie de San Francisco (creo que se llama Flowers in your hair). El conductor maneja a gran velocidad y los pasajeros vamos como contenido en batidora, ahora sé lo que sienten los huevos revueltos (no hay entrelíneas). El chofer abre la ventana interior que nos separa de él, y ahora tiene puesta una peluca que yo definiría como una combinación Afro-punk y cabellera de Tina Turner. Sin voltear a mirarnos, imagino que para no perder de vista el camino y así evitar estamparnos contra otro auto o contra un muro (una cosa es revolvernos y otra muy distinta: matarnos), levanta con una mano una caja de plástico de la que sale una luz láser roja, como la que sirve de señalador en una conferencia (o de blanco para un franco tirador que habla con engaños y no es francés), y empieza a hacer bailar la luz en el interior del auto. Jamás reduce la velocidad, hasta que nos detenemos, y tras pagarle 40 USD por un trayecto que cuesta menos que la mitad, bajamos al siguiente bar. Allí están esperándonos algunos conocidos estadounidenses. Bailar y bailar, mientras el alcohol sigue fluyendo. Varias parejas gay se demuestran su afecto abrazándose y besándose, bailando frenéticamente. Encontramos de nuevo a las chicas de Singapur y a otros más que ya no recuerdo. Nos quedamos ahí hasta que nos dicen que ya van a cerrar el lugar y de nuevo nos vamos todos a otro bar. Ya no hay limusina. Llegamos a un sitio donde hay tipos bailando con el torso desnudo. Y más gays. Algunos nos empezamos a cansar y yo decido salir a la terraza, a una mesa en el exterior, para descansar y fumar. Llegan algunas personas conmigo y les contamos la historia de la limusina. A mi derecha hay una figura como de metro y medio de un ciervo, como de Bambi, me molesta porque tiene los ojos rojos y parece estar mirándome a mí. Me levanto para tratar de cambiarla de posición, pero es de metal y parece estar asegurada al piso, no logro moverla ni un milímetro. Llega mi amigo neozelandés y se monta en el ciervo. Rodeo de estatuas de Bambi. Regreso a la mesa a platicar con las chicas de Singapur, con el alemán y mi amiga chino-canadiense. Hablamos de todo y de la nada, tal como suelen ser las mejores conversaciones que existen (y sin embargo a ésta le falta un pequeño toque de magia). Recuerdo Mi problema: esta noche no tengo habitación de hotel y la casa del amigo con quien me iba a quedar está muy lejos (sin contar con que seguramente ese amigo ya está muy dormido). El ánimo va decayendo, la energía no puede durar por siempre. Son las cuatro de la mañana, más de un monje debe estar ya despertando para sus primeras oraciones, o barriendo el templo. Pero aquí no hay monjes y no nos toca ni barrer ni orar. Todos nos vamos de allí. Yo, como suele suceder, y recordando a Blanche Dubois, tiendo a depender de la gentileza de los amigos (aunque ella estúpidamente dependía de la de los extraños, pobre Blanche, era mucho más idiota que yo). Al menos no duermo en la calle esta noche. M quedo cerca de Union Square. A la mañana siguiente despierto temprano, demasiado temprano, con una resaca que me reseca el ánimo y salgo a la calle con rumbo desconocido. Todos duermen. Ya habrá tiempo para dormir después.

17 de marzo de 2008

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