Invento

El caballero guerrero tenía sitiada la ferrosa fortaleza, pero la gente del interior no se rendía, y hasta se divertía. “Esto va en contra de toda razón y convencionalismo”, decía el caballero a su ejercitado ejército, respecto a los habitantes guarnecidos que no daban ‘su brazo a torcer’. Fue cuando el caballero guerrero recordó el consejo de un viejo sabio nibelungo oblongo: “con insistencia la gota de agua termina perforando la piedra”. El caballero pensó que ésa era la respuesta, de inmediato mandó llamar a los generales de su ejército, les pidió que se dispersaran por todo el reino y convocaran a la gente más sabia, a los convocados les serían explicados el objetivo de esa campaña y les comentarían después la frase del nibelungo oblongo. Los generales partieron a distintos puntos, pero los volvieron a reunir tras tres lunas. Sólo uno de los generales regresó con un sabio que presumía tener la solución al problema del caballero. Todos los demás sabios dudaron de su capacidad y temieron la furia del caballero guerrerol. Éste pidió a su ejército que se pusiera a la completa disposición del sabio convocado, quien sacando una pequeña caja de su bolsa dijo ufano: “aquí está todo lo que necesitamos para vencer a esa fortaleza, bueno esto y toda el agua que me puedan conseguir”. “No se hable más”, dijo el caballero, “dadle a este hombre todo lo que solicita”. Así fue cómo el sabio inició su supuesta solución. Pasaron los años y muchos litros de agua. La gente de la fortaleza no se rendía, hasta se divertía, y el caballero no desistía de su intento de conquista, pues confiaba en su gran arma secreta. Para desgracia de todos, el sabio vivió 120 años más y hasta el último de ellos utilizó su poderosa arma sin obtener de ella más que un humilde resultado: lo más que su arma había logrado fue hacer una pequeñísima hendidura, un hueco del tamaño de un dedal para pigmeos, en el muro que rodeaba a la fortaleza. El ejército, del que no había ya nadie sobreviviente de aquellos que iniciaron el sitio, se dispersó tras la muerte del sabio, pues seguían allí en honor al caballero, quien había muerto hacía ya poco más de un siglo, y del que nadie recordaba el nombre. Ahora seguimos desconociendo el nombre del caballero y el del sabio longevo, lo único que nos queda de aquellos hombres es el invento, al cual, por la falta de memoria y de recuerdos, solemos llamar simplemente gotero.

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