Verdades sin razón

La ilusión de ser útil que tiene un extinguidor suele ser peligrosa para unas personas. En caso de tempestad, rompa el cristal. Mantener alternadamente un pie delante del otro puede llevarte lejos. Las palabras pocas veces llegan a ser más que eso, todo depende de la naturaleza de quien las diga. La vida de una rueda siempre tiene altibajos. Dicen que la mejor manera para no desilusionarse es no fabricarse ilusiones. El amor es ciego y la oportunidad calva, pocos son los oportunos enamorados que no tienen un pelo de tontos. Las monedas son redondas porque el dinero está hecho para circular. Los héroes derrotados llegan a sus casas para conocer el sabor del triunfo fugado. Pocas cosas son tan desesperantes como lo es esperar una llamada telefónica y pocos epitafios dicen la verdad. A veces la oscuridad es más luminosa que el sol. Cuando la inspiración esté contigo no la ignores, pues no sabes cuándo regresará. Es muy mala idea ponerle a Dalila una peluquería. Aún no se encuentra la fórmula para calcular la relatividad de las verdades.

Que hable ahora o que calle para siempre

Soleado día de primavera, ¿por qué el muy desgraciado tenía que elegir un día tan bello?, ¿por qué Dios le concedió la gracia de un día así? Lo recordará con el cielo azul y el sol radiante. Ella estaba sentada en la cuarta banca de la izquierda, justo detrás de los familiares de la novia, así que lo que se proponía decir saldría justo de la zona en la que haría más daño. Estaba convencida de que él la amaba a ella y no a la mujer que ese día vestía de blanco y caminaba por el pasillo, nerviosa y orgullosa a la vez, rumbo al altar. Ella sabía que él estaba haciendo esto por una mezcla de capricho y compromiso, pues le había dicho más de mil veces: Yo a quien amo es a ti, y te lo digo con toda mi sinceridad. A lo que ella le contestó otras tantas veces: ¿entonces por qué te casas con ella y no conmigo? Y él siempre le respondía: porque tengo que hacerlo. Ella pensó que él desistiría al final, pero ya ves, hoy es el día de la boda, y ella está allí, en la cuarta banca de la izquierda, sintiendo náuseas y esperando el momento para hablar ahora y no callar para siempre. Pero justo cuando el sacerdote lanza tan resabida pregunta, ella toma sus cosas y se larga del templo. Hay veces que pesa más el pudor que el supuesto amor.

La caída

El tipo era una especie de simio, casi erguido, juguetón, con dejos de razón y destellos de conciencia humana. Era muy perezoso y buscaba ser mantenido, además tenía alma, o eso creía porque alguna vez quiso ser sacerdote. Por cuestiones apremiantes de la carne y tentaciones inherentes al ambiente fue expulsado del seminario. No sé qué papa dijo: “si vas a hacer algo malo, procura que nadie se dé cuenta de ello, o asegúrate de tener buenos amigos en las altas esferas”, y si ningún papa lo dijo, yo sé de uno que bien pudo haberlo pensado. Volviendo al frustrado fulano que quiso vivir a expensas de la religión, él no era precavido y no tenía amigos poderosos, por lo que tras su desgraciada gracia fue expulsado del seminario. Así se encontró de repente sin empleo y sin quien lo pudiera mantener. No le quedó de otra más que buscarse un trabajo, por eso cada domingo después de ir a misa y rogar a Dios, leía las largas listas de anuncios clasificados, donde por lo general sólo se solicitan vendedores, algo que representaba demasiado esfuerzo para nuestro simple amigo. La Providencia suele ser eficaz para quien cree en ella (sólo es cuestión de pedirle las cosas de manera adecuada) y el no-sacerdote creía verdaderamente, por eso encontró un empleo fácil y ‘de altura’ que, según él, lo mantendría cerca de Dios. El lunes siguiente se le vio vistiendo un uniforme amarillo y con unos largos zancos, caminando en la esquina de una calle, saludando como idiota a toda la gente que por allí pasaba para recordarles la existencia de una marca de teléfonos celulares. Un trabajo riesgoso, independientemente del consabido ridículo social. El zancudo ex aspirante a sacerdote estaba dando pasitos cortos para mantener el equilibrio cuando de repente dos adolescentes, víctimas del inmisericorde acné y de una risa estruendosa y estúpida, llegaron corriendo hasta él y le patearon los zancos. El hombre demostró la ley de la gravedad tan espectacularmente como un árbol bien talado, pero aullando como macaco rabioso. Un policía con aroma a chicle de menta y chicharrón con frijoles salió de la nada y atrapó a los dos barrosos, mientras que el lloriqueante zancudo permanecía inmóvil en la acera y era consolado por un anciano y desafinado saxofonista callejero que suele, a cambio de unas monedas, atormentar a los transeúntes de esa calle con su particular, dolida y dolorosa versión de “Strangers in the night”. Sé que los adolescentes no fueron a la cárcel, pues aunque torcido, vivimos en un estado de Derecho, y sus adinerados padres se encargaron de que no pasaran ni una noche en los separos. Ellos pagaron directamente al policía frijolero por la expedita liberación de los mocosos, la cantidad fue equivalente a 25 tacos de chicharrón, 12 de frijol con papas y 13 refrescos. Actualmente el saxofonista y el policía que huele a frijoles siguen en la misma esquina, atrapando incautos, cada uno a su manera, y el zancudo religioso se recupera quejumbrosamente de múltiples fracturas, pero eso sí, el muy ladino se las ingenió para enamorar a una enfermera con bigotes a la Pancho Villa que, por cierto, alguna vez intentó ser monja y que por razones naturales optó por tener un novio más carnal que el que le ofrecieron en el convento. El cuasisacerdote frustrado y la enfermera bigotuda tienen ya planes para casarse, por la Iglesia, claro está, tan pronto el tipo sea dado de alta. La mujer no gana mucho, pero cree en el dicho de ‘donde come uno comen dos’, al menos eso sabe que dicen los enamorados y ella realmente quiere tomar ese tren antes de que ya no pasen más por su estación. Ya lo dije, la Providencia escucha a quien cree en ella.

Deshojando margaritas

Una margarita nos puede revelar qué tanto nos quiere aquella persona que tanto queremos, pero pocos saben que las margaritas son mágicas y además tienen desde siempre la respuesta verdadera, cualidades especiales de estas flores que mueren hasta que se les arranca su último pétalo. Había una vez una margarita, creciendo en un lindo parque en el que salían a pasear los enamorados; ella daba gracias al cielo por los amaneceres, por la luna y por las estrellas; agradecía también por el sol y por la lluvia y porque sabía que, aunque difícil de encontrar, en este mundo existe el amor. Una tarde de primavera la margarita pensaba sobre la validez de una frase que le había escuchado a un hombre excéntrico que acudía al parque a leer y a conversar con los incautos que se dejaban, el hombre había dicho: “bien valen la pena muchos momentos de sufrimiento por un solo instante de amor”, y en eso pensaba cuando de repente fue arrancada a mitad de su tallo. La había arrancado un joven pálido con un rostro que mostraba gran pena e incertidumbre de su alma; la flor no se sintió mal, pues dicen que ellas consideran un honor ser arrancadas para que las consulten sobre cuestiones amorosas y esa era precisamente la intención del pálido individuo. “Me quiere mucho”, dijo él cuando tiró del primer pétalo de la flor, “me quiere poquito”, dijo al arrancar el segundo, “no me quiere nada”, expresó cuando arrancó el tercero y para el cuarto volvió a comenzar con “me quiere mucho…” La margarita, al conocer la verdad como todas las de su especie, sabía que la mujer en cuestión no sentía ni siquiera un afecto superficial y diplomático por este muchacho. Recuerda que las margaritas son mágicas, pues no importa con qué frase empieces a deshojarlas, ellas siempre se las arreglan para decirte lo que creen que te conviene, aunque siempre saben la verdad. Esta margarita era tan sentimental que mientras el joven le arrancaba el penúltimo pétalo diciendo “me quiere poquito”, hizo nacer un pétalo más en ella, sin que nadie en este mundo pudiera darse cuenta del truco, pensando: “vale más que conserve la ilusión de su amor y no que se le rompa el corazón al pobre”. El joven arrancó el pétalo mágico, el último de la flor, y jubiloso gritó: “¡me quiere mucho!”, y mientras el color y la esperanza volvían a su rostro, la margarita expiraba feliz por lo que había ocasionado. No se puede culpar a la margarita por su buena intención, pero si el joven hubiese sabido entonces la verdad, se hubiera ahorrado muchos tiempos de desdicha, pues pasaron varios meses antes de que su amada se armara de valor y le dijera la verdad con una frialdad aterradora. No todas las margaritas saben que es mejor saber la verdad antes que el globo de la ilusión sin sentido nos eleve demasiado.

Esperando

Dos temporales sin tiempo, atorados como un toro en la orilla de una villa. Ignoro cómo llegué a esto, sólo sé que todo empezó cuando dudé de Dios por creer en ti. Entonces las nubes dejaron de ser algodones flotantes para convertirse en visible humedad suspendida, fue cuando tus llegadas se convirtieron en una despedida prolongada. A lo mejor, peor quizás, se deba al cambio de la pluma con la que escribo o a la guerra que los diarios describen, pero las sombras me parecen más oscuras y las ilusiones comienzan a escasear. Lo único que aprendí a tocar fue tu piel y las puertas, lo único que supe afinar fue tu órgano de catedral. Me pregunto si alguna vez quise realmente la manzana o sólo la probé porque se supone que es lo que todos debemos hacer. “Soy totalmente pocilga”, digo como pulga al ver desfilar la moda en absurdas publicidades televisivas. Lo único que ha madurado en mí es mi indiferencia hacia los extraños y por lo que mañana será historia. Mi cometa jamás se elevó más allá de los tres metros, sin importar que soplase mucho viento; viento que se pudo haber llevado todo menos tu recuerdo, el cual me esfuerzo en olvidar, vanidad de vanidades y sólo vanidad, todo en vano. Mientras me acusas de ser el abogado del diablo por decir lo que pienso, por dudar lo que dudo y creer lo que creo, que es poco en realidad. Ya ni siquiera tengo maletas porque no se permite el equipaje en el lugar que me falta visitar, en el fondo espero que ese destino sea ningún lugar. La estación está en desorden, el tren no tiene horario, dicen que llegará como los ladrones o como el fin del mundo. Yo lo esperaré recitando el diccionario.

La vanagloria y el sexo

Tres tipos honorables, muy amigos, cenando. Tres ilustres personajes, reconocidos como hombres intachables en la sociedad. Temerosos de Dios y asistentes constantes a ceremonias solemnes, erigidos como ejemplos a seguir por la juventud. Solían reunirse ocasionalmente para hablar de glorias pasadas y presumir hazañas fantasiosas, ese tipo de cosas que suelen importar desde que importa lo que la mayoría cree que es la virilidad. Se turnaban en sus casas las sedes de tales reuniones, en las que comían alimentos que les permitieran ser prodigiosamente poderosos en los actos íntimos, aunque realmente su ímpetu no era ya ni la sombra de lo que había sido. Siempre era un mismo ritual y esta noche no se diferenciaba en nada a las de antes. Comenzaban hablando de las últimas conquistas que realizaban, según ellos engañando a sus esposas; aunque en realidad éstas, conscientes de todo, los toleraban, condescendientes mientras ella fueran las señoras de sus respectivas casas. Esta noche el anfitrión empezó a presumir su colección de postales pornográficas de hacía treinta años. “Miren la composición de ésta”, decía mientras masticaba los ostiones frescos, hablando de la iluminación y cosas técnicas de la imagen, como si se tratara de una verdadera obra artística y no de bienes desechables para el consumo masivo. “Pues yo me fijo más en ese par de redondeces”, dijo otro, queriendo ser sutil, refinado y guarro a la vez, usando eufemismos para proferir cualquier idea vulgar que se le ocurría. El tercero callaba, sonreía y masticaba los testículos de buey que se servía en un taco. “A esta yegua yo la montaba hasta agotarla”, dijo el anfitrión pasando a la foto de una mujer de rodillas y las manos en el suelo, con cara de sorpresa y un peinado de una moda que en su momento fue lo último y ahora era lo único que la hacía verse antigua. Los otros dos rieron de la ‘ocurrencia’. “Caballeros, ¿gustan más ostiones?”, dijo el anfitrión, “debemos de prevenir el uso del viagra con una buena alimentación”. “Vengas más ostiones y nada de drogas, ni lo mande Dios”, dijo el más pícaro de los tres. Todos rieron de nuevo, nadie se atrevía a confesar que si no fuera por las maravillas químicas que se tomaban en secreto, hacía tiempo que serían la vergüenza de sí mismos, ellos que tanto valor le daban al sexo. Terminaron las postales y el tercer comensal vio oportuno comenzar la sorpresa que tenía preparada. “Tus postales están buenísimas, y me recuerdan buenos tiempos, sin querer siquiera sugerir que estamos viejos”, los tres se mofaron de la edad, pues seis décadas de vida no son mucho tiempo cuando eso es lo que llevas vivido, “pero creo que es necesario que nos actualicemos, pues no somos cosas del pasado”, continuó y provocó las risas de los otros dos, “por eso he traído estos videos que compré el pasado fin de semana, el vendedor me dijo que fueron tomados recientemente, de manera furtiva, en un motel de paso en esta ciudad”. Los otros dos aplaudieron la idea, había que ir con los tiempos y la cámara escondida era la moda de entonces. El anfitrión preparó la sala de televisión, y eructando la abundante cena se sentó al lado de sus compañeros para apreciar la función. En el monitor apareció una habitación, nada elegante, con decoración kitsch color rojo, supuestamente para encender la pasión, una gran cama con un techo sostenido por columnas recubiertas de peluche y una pecera gigante con pececillos multicolores en la cabecera. La fecha de la grabación aparecía en una de las esquinas de la pantalla y databa de sólo dos semanas atrás de esa noche. “Bien me dijeron que era recién salida del horno”, dijo el que llevó el video. En la habitación estaba una pareja en pleno escarceo, un chico moreno musculoso y una sinuosa joven rubia. Los tres hombres envidiaron por dentro el cuerpo y la energía del muchacho y se sorprendieron de la agilidad, destreza y experiencia de la rubia. Uno de los hombres se extasiaba por las contorsiones de la chica, dignas del mejor circo; otro sentía su mirada clavada en el trasero de la joven y el anfitrión confesó su envidia en voz alta: “¡pero qué habilidad tiene esa…!” Hasta ese momento la chica siempre había estado de espaldas a la cámara, pero de repente se puso en ‘posición de yegua dispuesta a ser agotada’ y fue cuando mostró claramente el rostro a una cámara cuya existencia ella jamás imagino siquiera, ignorando completamente que su imagen estaba siendo grabada. Fue cuando el rostro apareció claramente en la pantalla que el anfitrión interrumpió su febril comentario y de repente esparció en la fina alfombra de su sala de televisión todos los ostiones que había comido. Inmediatamente después dio súbitamente por terminada la velada. Los amigos se fueron presurosos sin saber el porqué. El anfitrión jamás volvió a asistir a esas reuniones, y mucho menos a organizar una. Dos días después de esa fatídica noche, la hija menor del anfitrión, una bella y bien formada joven rubia fue desheredada y descastada de la casa paterna, y su rubio esposo jamás supo el por qué.

Indecisión

Buscando el olvido en un mundo de recuerdos, encontrando tu perfume en cada paso que doy, prometiéndome en la noche que ese fue el último día, regresando al mismo camino cuando sale el sol. Rezando por que te vayas bien, pero permaneciendo a tu lado. Oyendo aún la música que te gusta más. Acudiendo como casualmente a los lugares que frecuentas, despidiéndome para siempre, esperando volvernos a topar. Los refugios no nos protegen de las tormentas y las ventanas no nos permiten ya ver lo que pasa. Me siento como el investigador submarino perdido en la cima de una gran montaña. Lamentando cada vez que estás ausente, queriendo irme muy lejos cuando estás conmigo. Dudando de lo que me dices cuando miro tus ojos, dudando de ti cuando vas con tus amigos. Rodando sin freno aunque mi forma es cuadrada. Esperando que las cosas se arreglen por sí mismas. Ansiando estar contigo y sin ti al mismo tiempo, deseando que algún día vuelva yo a estar completo.

El camino de la verdad

“Sus días más oscuros son nuestros días más luminosos”, decía con grandes letras el panfleto impreso en fino papel, que también mostraba a Cristo crucificado en un monte, con dos ladrones a sus lados de la misma forma castigados. Allí mismo otro texto decía que la cruz del calvario está vigente, y que mi cruz también, que soy (y todos lo somos) víctima y responsable del pecado que separa a Dios del hombre. Decía que si me va mal es por mi culpa y que si me va bien debo tener cuidado, porque debo pagar por ello (esto ya me lo había hecho saber el gobierno, antes de que leyera yo el panfleto). Tras esas palabras que buscaban comprometerme por medio del miedo, el panfleto terminaba diciendo que tenía que ir a Dios por mí mismo uniéndome a cierta iglesia (la que imprimía el panfleto, por supuesto). En anotaciones al margen venían citas bíblicas y me citaban también a un encuentro con Cristo, en una esquina aparecía una dirección, fechas y teléfonos. Volví a leer detenidamente el panfleto y en ningún lugar se mencionaba al amor. ¿No sería que el doctor que lo firmaba, y cuyo nombre me sonaba a filibustero embustero, sólo busca de mí el dinero que aún no me quita el gobierno? Si éste es el camino a mi salvación prefiero seguir andando para ver si encuentro otra encrucijada que me convenza.

Historias no registradas

Pocos temas sobre los cuales hablar, y sin embargo seguimos hablando de ellos. Por otro lado la añeja pareja que llega a comer a un restaurante de segunda no dice ni una palabra entre sí.

Hay historias que dejaré ir por desgana. La déspota mesera que trata con la punta del zapato a los comensales (quienes no salen, sino que entran a comer) tendría como verdadera vocación el futbol, si el balón tuviera forma de trasero, pero tampoco despierta en mí el interés suficiente y por eso se quedará en la nada.

En el ignorado anonimato quedará también el vendedor de enciclopedias y cuentos ilustrados para niños a los que no les gusta leer.  Cientos de imágenes y pocas palabras, porque según se dice “una imagen siempre dice más que mil palabras”. El tipo vende sus productos diciendo que el fomento de la lectura es un gran obsequio que un padre puede hacerle a sus hijos (aunque el vendedor, que no lee ni sus horóscopos abreviados, no piensa darle nada de esto a sus hijos, y a él de niño sus padres jamás le compraron un libro).

Perdida en la nada quedará también la historia jamás contada de la chica no guapa cuyo no galán la presume a sus amigos como “mi peor-es-nada”, y que a pesar de estar académicamente bien preparada no pasará nunca de ser una empleada explotada e infravalorada (y como fondo se escucha el “Tema de Lara”, que no es de Agustín).

Y la joven de largos cabellos y ojos pequeños quien, al no sentirse particularmente atractiva, gusta de juntarse con chicas oficialmente declaradas feas, porque en el reino de los ciegos el tuerto es rey.

El anonimato y las aguas grises son el territorio de las masas, por eso todos quieren sus cinco minutos de fama, para así darle sentido a su existencia. Claro que la mayoría no tendrá esos cinco minutos, sólo días eslabonados, voces sin sonido y un hueco en donde debe ir el alma.

Mira que te lo dice un aspirante a escritor quien es el único lector de sus propias obras. Todo esto desde la ‘tierra de lo que pudo haber sido’. Y mi historia tampoco quedará escrita.

Espera

Algo se escuchó detrás de la puerta. Sobresalto. Haber creído por un relampagueante microsegundo suspirado que pudiera ser la persona que con ansias esperaba. Nada. Ni un sonido más. La presencia imaginada o real, súbitamente desaparecida. Quizá su espera era muy extraña, pues la mayoría de las personas se desvelan o miran con impaciencia la luz que se filtra por debajo de las puertas deseando que por allí se note la llegada de alguien. Pero esta persona que aquí espera la tiene más difícil, pues no sabe qué esperar, aunque sabe a quién. La vida suele ser una cadena de costumbres, y pocas cosas son tan difíciles de romper como los lazos de un hábito bien arraigado. Nos da miedo largarnos de un mal empleo, pues aparte de la situación económica, un mal trabajo suele ser una mala costumbre. Muchos temen cortar de tajo las cadenas que los atan a un cruel amante, sólo porque, a pesar del feo escenario, con ese amante tienen la seguridad de la rutina. Prefieren la soledad acompañada que la soledad a secas, siendo que la primera es más árida que la segunda. Si es difícil romper con las costumbres negativas, lo es muchísimo más hacerlo con las positivas. Quien espera, en este caso, vivió muchos años intensos y felices con alguien que le brindaba ese sentimiento de ser su alma gemela. Sólo que un día, que comenzó como cualquier otro, la unión corporal se rompió para siempre. Morir en un accidente automovilístico no tiene advertencias, ni preparaciones; nadie se enfrenta a esa situación con la idea previa; también suele carecer de despedidas. Pero… ¿acaso las almas gemelas no están unidas ‘para siempre’?, ‘para siempre’ a pesar de que les falte un elemento de tan corta vida como lo es el cuerpo. Efímero como un flash en la negrura de la eternidad. Por ello su espera es difícil, ¿cómo se espera cuando se tiene la certeza de la unión, pero se está en distintas dimensiones? Espera un alma, espera a su alma gemela. Quiere seguir creyendo, pero tras la decepción de un engañoso ruido no puede evitar pensar que quizá todo sea una ilusión.