Uno más

Como un tabique en la Gran Muralla China, una pisada más en la Meca, la hoja que cae del árbol seco o el mapa sin sentido en el tren expreso. Soy sólo un mal instante en tu vida, del que no quedará ningún registro; soy sólo un grano de arena, en el vasto desierto de tu olvido.

Anuncios

Resignación

Ayer la esperanza de muchos colores, hoy la resignación en un solo tono de gris, mucho pudo ser, el destino prometía, pero a la larga nada pasó. Tu voz solía encantar a mil serpientes que en ensueños podía correr, pero el encanto se acaba y tarde o temprano se descubre la verdad. Ayer tu cariño era un sol, hoy sólo queda un témpano de invierno, tan aturdido estoy que no distingo la derecha de la quebrada. Igual estoy pagando un error de otra vida, igual es el costo para entrar a algún paraíso sin policías. Tirando la primera piedra escondo la mano y registro lo que por pudor callamos. Ayer tu conversación, hoy el silencio de cuatro paredes desnudas. Si no pude alcanzar tu amor no quiero conformarme con tu desprecio. Mis manos que solían ser expertas en tocarte hoy se encuentran aturdidas y ateridas. Nada debe lograse a la fuerza, y de entre todo, menos debe obligarse a la compañía. Un adiós antes de perderme, mi última oportunidad para que me pidas quedarme. Ayer el esplendor de las estrellas, hoy el simple canto de un gallo, negándome lo que yo mismo me negué. No me gusta vivir de recuerdos, perdido en los laberintos del pasado, y sin embargo no siento tener presente sin ti. Un intento más o si no el último clavo, para empezar la carrera hacia la resignación.

De la felicidad compartida

Era una casa (no como el hogar que siempre he querido, sino como las casas que siempre he tenido) y alguien llamaba a la puerta: “¡puerta!, ¡puerta!, ¿en dónde estás?” Nadie contestaba: “las puertas no pueden contestar, sólo saben abrirse o cerrarse como las piernas de ciertas mujeres con intereses especiales”. Alguien se molestó mucho con nadie por el tono metafórico y misógino que tuvo la respuesta, pero más le molestaba no saber qué contestar. Como suele suceder en este tipo de discusiones, en las que se dicen cosas que tienen como finalidad lastimar a otra persona, alguien se traga el enojo y se queda con la boca cerrada. Nadie dijo: “¡ahí tienes, la puertas pueden permanecer tal y como ahora está tu boca. Lástima que ésta no sea como las puertas que se abren sólo cuando uno lo desea”. Nadie se percató que habló de más y que no había tomado ninguna precaución, mientras alguien incrementaba mudamente su rencor, una persona abrió la puerta y dijo: “lo escuché todo, ¿acaso soy el responsable de las llaves de esta casa que nadie se empeña en convertir en hogar?” Alguien se sintió aliviado, nadie se sintió molesto y una persona tomó asiento. “No entiendo cómo te gustan los sedimentos de té y no lo bebes como todos los demás”, nadie dijo tratando de hacer sentir mal a una persona. “El resto me lo tomo igual que el asiento”, respondió una persona mientas alguien sonreía. Era grato atestiguar que una persona puede lograr lo que a alguien le resulta imposible, y llegar hasta el grado de lastimar a nadie. “No entiendo por qué nos empeñamos a vivir bajo el mismo techo, si ni siquiera nos soportamos”, dijo una persona a las otras dos. Nadie dijo: “esto es más absurdo que permanecer encerrado un domingo soleado de primavera, esperando una llamada que no tiene trazas de que será realizada”, y luego pidió a una persona que abriera la puerta. Lanzando dagas con los ojos (algo realmente difícil de hacer, pues la mayoría no podemos ni siquiera sostener un cuchillo con los párpados) nadie se fue para siempre de allí y una persona se quedó a vivir con alguien. Nadie pudo ser feliz, alguien lo pudo ser con sólo una persona; sin embargo la costumbre es más fuerte que alguien o que una persona.

La compañía

El llanero solitario tenía a su indio y posiblemente un gran parásito en las tripas. El indio se llamaba Toro, o Tonto, o igual era las dos cosas. Dicen que el quijote tenía a su Sancho Panza, con prominente barriga según lo pintan. No importa que ambos lacayos supieran que sus jefes estaban locos, lo importante era hacerse compañía para conversar. Yo he ido a algunas partes pero me tengo que guardar las conversaciones o escribirlas, como lo hago ahora, porque no tengo escudero, excusa, disculpa, ni perro que me ladre. París fue un buen lugar, y aunque estuve algunos momentos con un buen alemán que me sirvió de guía y con una mujer más buena que el alemán, estuve realmente solo, como lo he estado siempre que viajo. Lo que pudiera preocupar es que quizás ya me acostumbré a la compañía mía que sólo yo me proporciono, y por eso ya ni siquiera puedo tener amistades esporádicas. Esto es preocupante por un pequeño detalle: estoy comenzando a aburrirme de mí. Todo iba bien mientras me sentía una persona interesante. Las lecturas me distraían gratamente y las películas eran valiosas fugas momentáneas. Ahora ya no hay autores que me sorprendan como antes (y no creo haber leído tanto como pudiera pensarse) y las películas me parecen variaciones del mismo guión. Por otro lado, parece que al fin me conocí y con eso perdí mi capacidad de sorpresa. ¡Está bien! Si tuviera un Tonto o un Sancho Panza, una Julieta o una Otela, las cosas podrían ser peor, estaríamos dos a disgusto en vez de sólo uno. ¿Para qué buscar ya un socio o una compañera?, ¿para conseguir un chivo expiatorio que lave mis frustraciones?, ¿para tener a quien poder recriminar por teléfono?, ¿para competir con alguien y descubrir quién tiene el grito más elevado del vecindario?, ¿alguien para medir fuerzas y voluntades y saber qué tanto podemos aguantar antes de de caer en la violencia verbal y luego en la física? Hay que tener cuidado porque el egoísmo prolongado puede ocasionar la pérdida de la capacidad de amar. Otro problema es que cada vez me produce más pereza conocer a alguien (para lo que sea). Ya no se me ocurre qué decir después del primer “hola”. Y la verdad eso me tiene sin cuidado. ¿Me convertí en lo que temía? Pavor me daba ser un materialista aislado del mundo, centrado en sus posesiones más que en sus posiciones. No, realmente no soy el Jeckyl de ese Hyde (igual soy el Hyde del Jeckyl). No soy tan materialista, sólo un comodino indolente que se queja en su pasividad, pero que no quiere ya dar ningún paso. Me la paso pasando en el juego de la vida. Aún podría despertar de nuevo, reinventarme otra vez, aunque no estoy convencido de ello, pero ya también me cansé de estar dormido. No hay sangre ni vino que puedan redimirme de este tedio, no hay cielo ni infierno que me motiven o asusten. Es el vacío con todo, o la nada llena, da igual. ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué sigue? Ya ni la curiosidad me alienta. Mi voz suena cansada. Hay cada vez menos qué decir. Me creí hasta mis mentiras y ahora ya no puedo creer. No puedo dejar de pensar en Dios, pero ¿hasta cuándo se mantendrán apilados los guijarros de mi fe? Esto me recuerda a la estación de trenes de Torreón, pero con la diferencia que entonces conocía la hora aproximada en la que llegaría el último tren. Bien, tengo el boleto en la mano, por lo menos eso creo, veamos qué tan lejos llega mi paciencia. El cielo comienza a nublarse, iré a protegerme antes de que empiece la tormenta. ¿Cuánto tardará en llegar el tren? Si ves en los clasificados un anuncio que solicite Toros, Tontos o Sanchos, no lo respondas, lo más seguro es que se trate de un potencial ladrón de tu tiempo.

Breve teoría de la negatividad

Sentado en donde no hay tiempo, en un sitio que no ocupa ningún espacio. Esperando a nadie, aguardando nada. Todo es una negativa multiforme. Nada por aquí, nada por allá. Nadie te espera. Ni siquiera existes, y sin embargo dudas que eres. No leas mis mensajes al revés, nada es concreto, ni siquiera lo que ves.

Madurez

La mayor parte del tiempo la gente está muy ocupada como para hacer caso a sus sueños (no se diga para esforzarse en hacer realidad sus ilusiones). La escuela nos enseña a ser productivos y nos corrige esas infantiles ansias de querer caminar sobre las nubes. Nos forma y nos hace prácticos para terminar ansiando el éxito masivo que se nos inculca. Pero de repente volcamos nuestra admiración hacia aquellos que, habiendo dejado de ser niños cronológicamente, nos cuentan que saben caminar sobre las nubes. Ellos se convierten en el recuerdo materializado de lo que soñamos alguna vez; y nosotros, para justificar la frustración, nos autoengañamos diciéndonos que esas personas son muy especiales, que tienen un don y que son genios. El don creo que lo tenemos todos, pero estamos demasiado ocupados como para hacer caso a eso.

No me gusta enamorarme

No me gusta enamorarme porque el proceso de recuperación es lento y doloroso, porque no se garantiza que las cicatrices cierren del todo, porque no me va bien ni en el juego ni en el amor. No me gusta enamorarme porque es una apuesta que pierdo de antemano, no sé cómo me las arreglo para que todo me explote en las manos, puede que aunque no lo admita ya esté acostumbrado a mi soledad. No me gusta enamorarme porque es un ensueño del que tarde o temprano despierto, porque no soy buen oponente en ese tipo de encuentros, porque siempre se espera que yo sea otro, no me gusta porque en ello nunca he encontrado equilibrio. Es un laberinto en el que siempre me toca pelear con minotauros salidos de nichos sagrados, porque las migajas que dejo para mi regreso siempre se las tragan los pájaros o termino tragando migajas de otros. No me gusta enamorarme y, sin embargo, es una trampa en la que siempre caigo, no hay cera que me impida escuchar el canto de las sirenas, ni poste al que me pueda atar. No me gusta enamorarme, pero aunque sólo puede ser cuestión de tiempo para que me vuelva a equivocar, creo que me volvería a enamorar.