Jalogüí y día de muertos

“Mi calaverita tiene hambre y no ha comidooo, ¿no tiene un dulce por ai? No se los acabén todos ¡déjennos la mitá! Quereeemos jalogüí. Quereeemos jalogüí, Ouí ouí ouí!” Combinación de culturas en mi México a veces no tan lindo pero aún querido, supongo que por ciertas personas más que por el lugar en sí. Tan cerca de los USA y tan lejos de Dios. Crecí en una zona arribista, clasemediera, un suburbio submental que mira a los EE. UU. como ejemplo de nación sin importar qué tan ajenas nos sean las ideas, las formas o las realidades. No digo que el admirado país del Norte sea malo, ni que sea bueno, sólo diferente a esta caricatura rara del Sur. El lugar donde crecí es una zona donde de repente les dio por rescatar valores culturales propios, nacionles, pero sin dejar de admirar al jefe mundial. Eso se nota más entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, pues se hace una verdadera mezcla de fiestas entre el día de muertos nacional tradicional y el Halloween, divertido pero importado. Así los niños salen a la calle a pedir su “calaverita-jalogüí”. Y por si la mezcla fuera poca, crecí en un lugar donde la clase media y la pobreza casi extrema conviven como vecinos potencialmente mortales. Desde el 31 de octubre las calles de mi colonia se llenan de niños disfrazados de fantasmas, duendes, brujas, demonios y piratas, con disfraces Made in China, aunque algunos traídos de los Estados Unidos. También los pobres se contagian, de este carnaval en clima frío, y dejan de ser muy tradicionalistas, cambian las ofrendas a sus difuntos por el disfraz que busca asustar, y sin querer sonar cruel, se ven por las calles muchos “niños calaveritas” que no requieren de disfraz pidiendo la acostumbrada limosna que durante esos días se llama “calaverita” o jalogüí. Después del 2 de noviembre vuelven a ser simples humanos descarnados que piden limosna. Es curioso vivir en este país que presume de tanta autenticidad y se ufana ridículamente de glorias pasadas, de las que ya no queda nada más que el exagerado recuerdo; un país que es una encrucijada, un tanto servil para mi gusto, donde en el fondo se imita lo que se quiere pero que por naturaleza no se puede tener. Donde se deífica al Míster Dólar y se pondera la limpieza de las calles del vecino poderoso, mientras la nación propia es una pocilga que se inuna por el exceso de basura, donde incluso es grandioso contaminar el lenguaje propio con extranjerismos que parecen proporcionar una estúpida satisfacción (así la gente se siente cosmopolita, ciudadana del mundo o de plano gringa). Ya lo dije, no somos ni menos ni más, sólo diferentes. ¡Quereeemos jalogüí. Quereeemos jalogüí, Ouí ouí ouí!
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