Olfato callejero

Huele a muerto, como el rancio ranchero musical de antaño al que todos recordaron sólo por que se murió, al morir resucitó del olvido. Apesta a perro sucio, pues a los viejos canes de la casa jamás los bañan. Hiede a anciano, un vejete que espera sentado en el lado del conductor de esa gran camioneta último modelo, en la que espera con impaciencia a que descienda su esposa. La misma de siempre. Huele a naftalina, la ropa bien limpia de la añosa mujer que baja, como la economía de mi país. Apesta a diferencia la humilde sirvienta indígena que les abrió la reja de la cochera, para que los dos viejos opulentos metieran su gran camioneta. Hiede a un pasado negro, pero ahora ambos viejos se ven tan inofensivos, sin embargo uno se pregunta ¿cómo es que esos viejecitos vivan en una mansión  digna de un joven poderoso? Apestas a crítico, parece decirme la vieja con su mirada al verme pasar. Huele a humedad o al menos eso dijo alguien recientemente acerca de mí. Yo puedo oler a muchas cosas, pero no a humedad. Los viejos entran en su casa seguidos de su sirvienta, y sus perros pestilentes duermen la siesta mientras yo paso de largo por una calle familiar que probablemente no vuelva a recorrer más. Aunque el olfato funcione, el tiempo no se detiene y el destino sigue trabajando. ¿A alguien le importaría realmente que los viejos bañen a sus perros? ¿A alguien de verdad le importa a qué huele un anciano? ¿A alguien realmente le interesa que yo huela a humedad? Vaya manera de despedirme de esta calle tantas veces recorrida.

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