Carta aclaratoria

Estimado(a) cliente(a),

Le estamos enviando el Pequeño Diccionario La Luz sin Ilustraciones y un volumen del “Tratado neoplatónico acerca de la inutilidad del tiempo”. Lamentablemente por causas de fuerza mayor, nos es imposible enviarle los dos premios que originalmente prometía nuestro anuncio televisivo, ya que el Rascador de abdómenes para pordioseros y el Paraguas colador se han agotado. Le pedimos que por favor se tranquilice, por su propio bien, y que se ahorre el tiempo que perdería si intenta demandarnos, pues además de que contamos con un excelente departamento jurídico tenemos sobornados a importantes personajes de la Suprema Corte de (in)Justicia y del gobierno.

Gracias por su compra y esperamos volver a ser favorecidos por su preferencia.

Atentamente,
Compañía Kafkiana importadora de objetos inútiles.

El viejo amargado

Hoy adolescentes coreográficos con cuerpos olímpicos cantando melodías tan artificiales como desechables. “En mis tiempos eso no era así”, dijo el viejo amargado, y yo te aseguro que el viejo está muy equivocado. La basura siempre ha existido, desde que existe el hombre (quien muchas veces es basura en sí mismo), seguro hubo poetas que intentaron copiar a Virgilio, y Elvis tuvo a muchos que trataron de imitarlo, por eso aseguro que el viejo amargado está muy equivocado.

Sólo lo auténtico perdura, de eso no cabe la menor duda, olvida la seda que viste a la mona, eso sólo es una efímera moda. Me importa menos que un bledo quién es la estrella actual, como tampoco me importa mucho el revolucionario cultural. Estoy muy ocupado con mi propia vida, como para andar analizando ojos ajenos en busca de vigas olímpicas podridas.

El viejo amargado puede criticarme y eso no importa, no escribo para él ni para nadie más. El crítico literario puede orinarse en mi tumba, ya para entonces poco me va a importar. Nunca he buscado ser una leyenda, sólo escribo para aplacar mis tormentas, y si de paso eso a alguien le gusta, bien, alguna ventaja salió de mis dudas.

Poco a poco soy más feliz y tranquilo, y cada vez tengo menos que escribir, por desgracia se me ha hecho costumbre y no puedo dejar de seguir. No te sorprenda ver tantos rellenos para el vacío, así son ahora mis escritos, resultados de esta extraña pasión que de tanto practicarla se hizo adicción. Los adolescentes serán muy pronto olvidados, pero también Homero y Shakespeare, en un momento dado; pero lo que sí puedo asegurarte ahora, es que el viejo está muy equivocado.

Los amantes errados

Ella era el horario de oficina, él era la eternidad. A pesar de sus purezas cristalinas, no tenían nada de que hablar. Ella siempre tenía prisa, él nunca iba a ningún lado. No me preguntes cómo ni cuándo, pero sé que terminaron juntos. Ella soñaba contando, él le contaba sus sueños, y como siempre la rutina terminó llevándose el velo del misterio. Ella ganaba mucho dinero, él gastaba más de la cuenta. Para ejercer presión sobre él, ella lo obligó a pagar la renta. Ella trataba de cuidar su organismo, él empezó a perder el sentido. Ella se fue con alguien con un futuro sólido, él se quedó durmiendo muy solo. Ahora sabemos que el amor engaña, y nos hace alabar cosas extrañas. Poco es claro cuando estamos en ese estado, y a veces es muy tarde cuando queremos rectificarlo. Ella murió de úlcera y de cáncer, él murió de frío y de hambre. Nadie sabe en dónde están sepultados, pero todos los conocen como los amantes errados.

Las ropas de la ausencia

La dolorosa ausencia tiene dos ropajes favoritos, que usa cuando visita a sus víctimas (quienes curiosamente suelen ser las mismas): el de cualquier noche y el de domingo por la tarde. Cuando la dolorosa ausencia se viste de domingo por la tarde, hace que el tiempo se sienta inútil y que la espera sea amarga, todo a pesar del sol. Pero tiene una promesa: la rutina próxima del lunes. Cuando la dolorosa ausencia se viste de noche, ataca a sus víctimas con mayor virulencia y además les niega la calidez del sol. El tiempo transcurre lento y su promesa es el amanecer. De las dos vestimentas de dolorosa ausencia no prefiero ninguna, además tengo mis fórmulas para eludirla, sin importar sus ropajes. Los domingos por la tarde suelo escaparme físicamente a los sitios donde el tiempo adquiere su dimensión correcta. Cuando se viste de noche, escapo mentalmente a reinos de otras épocas o de otras dimensiones, o mejor construyo mis propios reinos, donde el tiempo adquiere toda dimensión. A veces parece que soy un escapista de la realidad.

Ocaso

Mis botas de viajero ya están muy desgastadas. Recorrí el mundo sin encontrar lo que buscaba. Sólo descubrí que pese a los colores, las costumbres y los idiomas, todos somos iguales… en el fondo. Los paisajes pueden cambiar, escenarios fuera de los teatros artificiales. En algunos lugares hace más calor que en otros. Pero las personas somos en el fondo iguales, sin importar en dónde estemos. Me alejé de la casa de mi padre con soberbia. Hasta hice perdidas las llaves. Pasaron muchos años y me encuentro de nuevo tocando a su puerta. Ahora está cerrada, ¡qué extraño!, él dijo que siempre estaría abierta. La reina María me cortó de su corte, argumentando que los años comienzan a oler en mí. Sé muy bien que hubiese olido mejor si mis bolsillos hubieran tenido algo que ofrecerle. En las calles aquellos que se abstenían de clavar sus dagas en mi espalda ahora me han perdido todo el respeto. Alfiletero humano. Imagino que es el pago que tengo que dar por haber satisfecho mi curiosidad. Mis amigos son hoy sólo nombres grabados en piedras que están sembradas en un campo que no suelo visitar. Tengo frío, aun bajo el mediodía del desierto, siento que hasta mi alma se me quedó en otro lugar. Ojalá pudiera decir que estoy arrepentido, pero todo fue bueno mientras duró. Todo tiene su tiempo y yo bebí con demasiada prisa. Lo que me asusta es lo que queda por vivir. Por eso estoy aquí, afuera de la casa de mi padre, para ver si es cierto lo que de él entendí.

Abundancia de vagabundos

Ayer en menos de una hora tres vagabundos me hicieron pensar en muchas cosas. Uno estaba sentado en la banqueta, con los pantalones recogidos hasta las rodillas, contando sin parar los extremos de sus agujetas; el total siempre le daba cuatro, sin importar qué tanto se esforzara en lo contrario. El segundo estaba en un parque, en donde no había niños, hablando en voz alta consigo mismo, o igual estaba charlando con Dios. El tercero iba conduciendo mi automóvil. Pero esta mañana vi a un vagabundo aún cuerdo. Él estaba de pie en la banqueta, observando con cierta nostalgia el aparador de una tienda de antigüedades en una exclusiva zona residencial. Si tú fueras el vagabundo, en el interior de la tienda hubieras visto un viejo comedor decorado con los más disímbolos vejestorios. Un busto dorado de un egocéntrico Napoleón que cejijunto observaba una réplica del teocéntrico Moisés que alguna vez esculpió Miguel Ángel. Entre ellos había un candelabro que no hubiese nunca estado fuera de lugar sobre el piano de Liberace. En las paredes, marcos rococó delimitaban pinturas: la última cena de Da Vinci (bueno fue de Cristo en realidad, sólo que Leonardo la pintó) compartiendo pared con la persistencia de la memoria de Dalí, opacada un poco por los girasoles de su vecina pintada por Van Gogh. Cabe señalar que el vagabundo conservaba un porte digno y quizás lo que realmente observaba en el aparador eran recuerdos descontrolados no muy remotos. Quizás su vida cambió radicalmente hacía no mucho tiempo, con alguna crisis mundial, y él tuvo hasta entonces un comedor similar, ahora ya irrecuperable para él. Aún recordaba. ¿Cuánto tardará en olvidar todo y ponerse a contar sus agujetas o a hablar con alguien imaginario? No lo sé, ¿cuánto tardaré yo en echar de menos un comedor?

Los primeros segundos y la espera

El reloj es el principal testigo de mi espera, a la vez de que es el único que me la hace patente, echándomela baratamente en cara. Por dentro estoy más desesperado que un ciclón salvaje, pero por fuera trato de lucir tranquilo, el mercurio del termómetro lejos del individuo febril. El mono de piedra sólo mueve su cabeza, sonríe a lo que mira y se burla de mi espera; como si no hubiese tenido suficiente con el maldito reloj. Decido ver a la gente caminar sin rumbo fijo, quisiera decir de ellos tantas cosas, pero mejor me callo y miro. Al abrir el diario me encuentro con lo bien surtido que está hoy el mercado de la carne. Me pregunto quiénes están en lo correcto y quiénes son los extraviados. Vuelvo a mirar el reloj y pienso en tu aparente indecisión. Te he esperado desde mi infancia y aún no puedo distinguir tu voz. Para pasar el tiempo he besado otras palabras. Con ello sólo compruebo que eres la indicada. La última vez que te ví íbamos viajando en un tren cercano al infierno. Ambos salimos de allí tranquilamente, yo sin saber nada en concreto, tú con el mapa incorrecto. Han sido muchos pasos hasta llegar ante esta mesa, en donde no sé si para ti soy como humo de cigarro o si soy una especie de estrella, lejano y sólo un débil eco de luz con insuficiente luminosidad. El reloj me dice que aunque no me mueva cada segundo estoy más cerca de ti. Imagino que todo llega a su tiempo, sin importar la ansiedad que te enciende. La caja de música tocó su última tonada y ya no hay nadie más que yo en este lugar. Miro la hora y son mucho más de las dos. Parece que seré testigo de otro amanecer, mientras tú me has regalado otra aparente indecisión sin envoltorio. Regreso a casa, tan solo como salí de ella, pensando en ti, recordando que tu llegada puede ser como la de un ladrón apocalíptico. Entonces estaré preparado tratando de no cometer actos que me tengan que hacer suplicarte. Termino sospechando que el reloj no sirve más que para adornar la pared de la que bien se podría obtener mi lápida.

Mi cuenta regresiva

10 son los mandamientos, 9 las vidas de un gato, 8 es la última bola del pool y 7 es un número afortunado. El 6 se relaciona con el diablo, 5 son mis sentidos. 4 los puntos cardinales. 3 eran los mosqueteros y 2 fueron mis oportunidades. 1 es la única vida que tengo para quererte.