Colectivo ruta 2

Lamento ser miope. Tratar de encontrar el colectivo correcto al atardecer puede ser una tarea difícil para mí. No me gusta usar gafas, no es por vanidad sino por evitarme la incomodidad de tener algo sobre mi nariz. Los lentes de contacto, ni pensarlo, de hecho no me los podría ni colocar (cierro los párpados al ver que algo se aproxima demasiado a la niña de mis ojos… y no es metáfora).

Encontrar el colectivo correcto es una tarea difícil para mí a cualquier hora. Se aproxima, se aproxima, y el letrero de curveadas y muy ilegibles letras fluorescentes… no lo alcanzo a leer. ¿Qué dirá? Me entero hasta que el vehículo está a dos metros de mí. Si no es el que espero, lo dejo ir, tal como la novia con escrúpulos dejaría ir al novio en el altar si no se sintiese segura de su amor. Si es el colectivo correcto, pues le pido que se detenga y dependo de la generosidad del chofer para ver si se detiene en tan corto espacio. En caso de que se detenga abordo la cosa y pregunto cuánto es la tarifa para mi destino. Seis pesos para donde voy.

No sabría decir si sólo soy miope o i también he perdido el olfato, quizás ya estoy acostumbrado, pero los colectivos de la ciudad ya no huelen tanto a orines como solían apestar en mi juventud. Igual y ya los limpian más… no, no, esos cambios conductuales de una especie no suceden en tan poco tiempo… quizás en mil años, es probable que éste en particular haya sido lavado por la mañana o de plano mi olfato está perdido.

Estéreo a todo volumen, canciones repetitivas de mantra hueco y alta lascivia. Acelerones y frenazos constantes, ambos diseñados aparentemente para probar los reflejos de los pasajeros. “Aférrense al fierro si quieren conservar su vida”, debiera ser el lema de un chofer de colectivo en esta ciudad. Si lo fuera, seguro lo dirían como burla y con doble sentido. Si acaso hubiera un asiento disponible en el colectivo, no podría yo tomarlo. No es que sea yo muy alto, pero los asientos parecen estar diseñados para seres sin piernas o para los más pequeños enanos del circo. Además, no faltaría el tornillo mal puesto en el asiento capaz de rasgar cualquier prenda o hacer carreras tipo derby de Kentucky en una media (incluso en una entera). Pasaré por alto el riesgo del tétanos para no sonar hipocondriaco.

En el colectivo no se hace esperar el ‘show’ del payaso callejero, que aborda para recibir monedas a cambio de unos chistes malos, algo subidos de tono; o el ex adicto con cara de penitenciario que llega a pedir limosna aclarando que lo hace ‘en buena onda’ porque ya no quiere robar más y que lo metan otra vez en chirona, vil amenaza vedada (táctica que seguro tomó de algún manual de viejos gangsters de Chicago).

El tráfico es eterno. En el interior del transporte no puede faltar una imagen de la Guadalupana, o de San Judas Tadeo. Aunque de un tiempo para acá, la Santa Muerte ha ganado muchos adeptos. ¿Será que los choferes de colectivo le surten muchos clientes a la parca? La gente va ensimismada. Quisiera creer que está concentrada, pero es más probable que vayan pensando en nada. Mente en blanco, objetivo Yoga que aquí se alcanza sin desearlo, mero aturdimiento o pura carencia de neuronas activas.

Monotonía de mono tendido en jaula del zoológico. Es ilógico ser tantos en un espacio tan pequeño (no hablo del colectivo, sino de la ciudad). Un niño se entretiene mirando pasar el asfalto de la calle a través de varios agujeros que hay en el piso del vehículo, un piso picado, carcomido por el tiempo. Más que nada parece colador. Aún no sé de decapitamientos múltiples en un bus, porque al ir a gran velocidad el piso se le cayera de repente… sólo espero que a éste no se le ocurra ser el primero de esos casos. Sube un señor que vende golosinas, el chofer le compra un cigarro, y se lo fuma a pesar de que está prohibido contaminarse los pulmones con tabaco en el interior de estas porquerías, y de que hay más de tres anuncios en el interior que prohíben fumar. Ya me imagino que si alguien le dice algo al chofer, respecto al humo del cigarro, el conductor invitaría al osado a bajarse del colectivo usando un vocabulario capaz de sonrojar a verduleros y piratas por igual.

Alguien deja escapar subrepticiamente un discreto gas de sus cálidas entrañas. El gas es un ninja silencioso y por alguna razón la pestilencia me hace pensar que los buitres y demás carroñeros también deben expeler gases. Con eso descubro que realmente no he perdido el olfato. Nadie muestra culpabilidad en su rostro. Maldito pasajero.

Ya casi voy a bajar, sólo un poco más y descenderé de este vehículo. De repente un giro inesperado, del destino y de las cuatro ruedas del colectivo que están tan lisas como la mona de Leonardo. Desviación por arreglos de la calle. Me alejo cada vez más y más del lugar a donde yo iba. Adentrándome a infiernos desconocidos sin un Virgilio, llego a lugares que ni mis peores sueños (y en verdad llego a tenerlos muy malos) han concebido. Pasa una hora de incertidumbre y me pongo a pensar si en realidad no se habría despegado el piso hace rato y todos somos ahora conducidos al inframundo sin notar que todos los pasajeros hemos muerto decapitados.

El colectivo retoma la ruta original, pero como a 35 calles de mi destino original. Me acerco a la puerta de salida. Grito al chofer “¡bajan!” (un plural absurdo, pero usual) y salto del vehículo en movimiento, rara vez lo detienen completamente para que la gente descienda. Al final salgo vivo, y con una hora de retraso llego a donde tenía que llegar.

Miss Durazno

Miss Durazno (o la señorita Peach) sonreía orgullosa debido a su famélica estampa. Había logrado lo que la ma’ tormenta le impuso como meta en la vida desde el día en que nació (tres meses y medio después de ser concebida, según ma’). Miss Durazno era la reina de la belleza mundial por 365 días terrestres (los plutonianos no saben a cuánto equivale ese tiempo en Mercurio). Todo un año de sonrisas y eventos, ninguno de los cuales le exige a Miss Durazno el uso de sus dos flamantes neuronas (19 años y aún tenían olor a nuevo). Besos de mariposas que se posan en ninguna mejilla. El peso del pesimismo me agobia, pero como cualquier pesimista prefiero llamarme realista. Ma’ tormenta va de salida y Miss Durazno tiene, en teoría, de frente toda su vida. ¿Qué hará en el futuro cuando termine su reinado? No siempre se tienen 19 años.

Sólo nosotros

Sólo seres como nosotros pueden convertir el oro en amargura, las bendiciones en llanto y hacer ruinas las ternuras. Sólo gente como tú y yo puede pervertir lo bueno, convertir en mentiras lo verdadero y al final no preguntarse ni un por qué. Al principio fuimos los mejores amigos, pero nos empeñamos en destruirlo; ahora ni siquiera puedo estar contigo, si volviéramos a empezar haríamos de nuevo lo mismo. Sólo gente como nosotros, que en el fondo no es tan mala, convierte el amor en tedio y el azúcar en cizaña. Quizás nuestra historia termine con nuestros cuerpos, igual no volvemos a encontrarnos, pero estoy seguro de que si lo hacemos, habrá remordimientos al mirarnos. Sólo gente como nosotros decide ignorar lo que estaba escrito. Sólo alguien como yo reza por volver a verte aunque sepa que no coincidimos.

Lo que dijo la cabra que hablaba

La noticia salió en primera plana: nació una cabra que habla. Anunció más de tres cosas y menos de diez. Anunció cosas que aterran y que conviene saber. Que no valen las palabras sino el afecto sincero. Que nadie quisiera ser sobrino de Ricardo III. Que para ser inmortal en tus obras necesitas estar muerto y que no es tan feliz quien siempre parece contento. Que el final de nuestro idilio fue ayer y que el final del mundo será mañana, esas cosas predecía la cabra que hablaba. Y antes de morir dijo que solemos confundir el amor con los caprichos, que sólo la vida nos mantiene vivos, que no hay democracias, ni hay masas con cerebro y que debe estar siempre prohibido pensar en lo eterno.

Sola

Extraña manera de esperar el momento. Sentada con sus ochentaytantos años repartidos en sus posaderas (cuarentaypico en cada glúteo). Mirando al infinito. Sola en la mesa ante una taza de café. Junto al suyo hay otro mantel con cubiertos. ¿Espera a alguien más y no sólo al momento final? Es un café de segunda, de esos que pertenecen a cadenas de supermercados. Ella intenta disimular su edad con el cabello teñido de un tono tan oscuro como el de ningún cabello natural. Sus gafas son de grueso armazón y con lentes que parecen robados a un gran telescopio. Huele a muchos años, por más que intente disimularlo con perfume intenso. Huele a últimos días. Es curioso cómo la vida desperdiciada y la vida bien aprovechada huelen igual a esta edad. Probablemente está recordando un amor vivido o imaginado,  estas alturas ya todo resulta lo mismo. Todo se confunde. Espera sin esperar y sin embargo tiene miedo de dar el paso final. ¿Será el miedo a lo desconocido? Esos temblores nerviosos y esos achaques la tienen harta. Pero ha aguantado tanto que siente que ya no vale la pena apresurar nada. Algunas veces pensó que la vida termina y uno es olvidado tarde o temprano. Ahora sabe que para ser olvidado no es necesario morir, sólo basta vivir lo suficiente. Le gustaría morir en su cama, durmiendo; y le da pavor perecer en un lugar público, como este café, o en la calle. Piensa en eso mientras le da un sorbo a su bebida, ahora tan fría como su corazón. Si tuviera mucho dinero igual y sería atractiva para algún joven, pero apenas tiene para ir al día y suprimir a medias sus carencias. ¿Quién irá a su funeral? ¿Sus nietos y bisnietos?, ¿los pocos hijos que le quedan vivos? Irá el que se sienta comprometido, nadie irá porque la quiera, si la quisieran no la dejarían tan sola. Y sola la dejaré también, perdida en su olvido.

Mientras llegas

Aves como notas musicales en los cables de la luz. Un añejo periodista habla sin parar de su pasado y su mucha experiencia, líder de opinión que gusta de vivir en el ayer. La lavandería abre sus puertas perezosamente, y tú no llegas. Los trabajadores desfilan rumbo a sus oficinas, yo escribo y escribo sin poder detenerme, algunos de ellos caminan y desayunan a la vez, y yo a ti no te logro ver. Tuestan café en algún local, las palomas buscan comida en la acera, pasan y pasan autos a gran velocidad y yo me pregunto dónde estarás. Me duele la mano de tanto escribir, noto que mi letra se deforma, quizás demasiada computadora. Pasan los minutos, haces tu arribo, yo bajo la mano y dejo de escribir. No más lectura, no más escritura, es tiempo de vivir.

El hielo quema tanto como el fuego

Tras varios días de intensas reflexiones y genuflexiones, el barbero epiléptico creyó llegar a la respuesta de por qué no tenía clientes en su negocio y por eso tapizó todas sus paredes con fotografías de bellas mujeres desnudas en decididas poses apasionadas. El viejo cumple ahora cadena perpetua por haberle cortado accidentalmente la yugular a un adolescente lascivo. El piloto invidente se mató solo en una curva más sinuosa que la silicona de una actriz de moda y el único que rezó por él fue el sacerdote ateo mientras bautizaba a su niño no planeado que con los años se convertiría en el profeta adivino historiador heredero fiel de Heródoto. Todo esto lo recordé al probar la bazofia que preparó el chef sin sazón en un restaurante bajo techo al aire libre. Recordemos que en ocasiones el hielo quema tanto como el fuego.

Confesiones conflexionadas (cornflakesionadas) a la medida de la regla con que me midieron

Enfriado, de planeta en planeta, plantado sin planes, como el menos principal de los príncipes, conociendo a desconocidos y perdiéndome a mí en el desconocimiento. Píntame una pinta de cerveza y te presento a mi Mr. Hyde (Park). Así pasó hasta que me bien perdí malamente en ese laberinto con minotauros robados de la Plaza de las ventas (que por entonces ya estaba en renta y posiblemente iba a cambiar su nombre por el de Plaza McDonalds o Plaza Hewelett Packard). Y el fulano que veía en los espejos era un total extraño. Añoro cuando me reconocía. Ahora, con 100 kilos propios encima, esos al menos se pueden quitar, con algo de voluntad, ojalá se fueran como volutas de humo, trato de retomar abstemiamente el camino que me lleve a estar bien conmigo. Nunca en domingo dijo la griega, y yo me empiezo a tomar mis grajeas para poder dormir.