Por qué escribo

Escribo porque mis sueños no son suficientes, porque la realidad no me gusta las más de las veces. Escribo porque no creo en lo que veo; porque parece que en el fondo en nada creo. Escribo porque debo hacerlo, igual y es para conservar el interés. Escribo porque sino no me siento vivo, porque escribir para mí es como respirar. Escribo cuando mis ojos se cansan de leer, dicen que eso es normal en quien lee demasiado. Escribo porque tengo algo que decir, aún después de que me hayan olvidado. Escribo más cuando casi termina el año, pero no porque me hayas hecho daño. Posiblemente lo hago porque soy un escritor compulsivo o porque es lo que te diría si estuvieses conmigo. Escribo porque una hoja en blanco me lo exige. Escribo para estar contento cuando me siento triste. Quizá sólo lo hago para matar el tiempo, en lo que llega mi último momento.

La noche

La noche es misterio, y como éste también es fría. La noche es desconsuelo cuando tengo las manos vacías. La noche es, las más de las veces, sólo un cúmulo de horas que deben ser eludidas a través del sueño. Otras veces es el poema que la luna dicta con las estrellas. A veces es el recorrido que sin límites hago por tu cuerpo… las más de las veces la noche es algo carente de dueños. Refugio de criminales y la paz del sol. Escenario de pasiones o jornada del velador. Poderío demostrado de la electricidad, camuflaje de los hoyos en las calles, horario de la ansiedad. La noche no viaja en coche, Apolo sólo transporta a nuestra estrella candente. Ni lo hace en autobús ni en metro, pues éstos permanecen cerrados. La noche, a fin de cuentas, sólo es la ausencia del sol.

Va de nuevo

Va de nuevo. De todas las cosas sobre las que pudiera escribir, sólo se me ocurre escribir de ti. Aunque quizá más que de ti sea de mi relación contigo. Pero ya no sé siquiera por dónde empezar. Si fuera por el principio esto sería una crónica y como en el fondo me desagrada el periodismo, mejor desecho esa idea. Podría saltar y escribir sobre los mejores momentos, pero como tu relación conmigo no fue ideal ¿para qué entonces barnizarla de perfección? Hablar sólo de los malos momentos sería escribir un hijo bastardo de un tango y una tragedia griega, y de eso ya hay demasiado en la vida. Hablar de lo que pudo haber sido sería una necedad. El amor no sustituyó al pan, ni pudo forjar un futuro, la pasión fue más efímera que lo acostumbrado. La atracción de fondo fue probablemente más unilateral que un espejo plano y las vivencias no fueron lo suficientemente fuertes como para anclar la convivencia. A pesar de todo aún pierdo el apetito por ti, mi corazón se sigue acelerando ante tu recuerdo, tu figura se sigue apareciendo en mis sueños y sigo deseando que estuvieras conmigo. A pesar de todo, sigo escribiendo sobre ti.

Cautivo

Fue una especie de amor a primera vista, por lo menos para él. Al mirarla todo en ella le causó una gran impresión. No es que no hubiese oído hablar de ella desde antes, pues había escuchado, y mucho, pero eso no fue importante desde el instante en que la vio cruzar el umbral. Distinta a cualquiera, ella era lo más cercano posible a una diosa, tan distinta de las demás mujeres. Nada de falda corta, escote pronunciado ni ropa ajustada, muy al contrario, sus ropas sólo le dejaban el rostro y las manos al descubierto, no permitían adivinar siquiera el contorno de su cuerpo. Esas ropas de numerosos pliegues, como salidas de otra época, y a la vez sin tiempo. Esas manos que en su tersura inspiraban ternura, paz y quizá hasta piedad. Esos cabellos, a los cuales no podía desacomodar ningún huracán por fuerte que éste fuera. Su estatura correcta, ni muy alta ni muy baja. Todo en ella había hecho un efecto en el corazón de él, pero realmente lo que más le impresionó, lo que de inmediato lo convirtió en su esclavo fiel, fue el rostro, esos ojos que evocaban sitios más allá de este mundo, más allá de esta vida. Sus mejillas parecían tener una suavidad etérea y la simple idea de besarlas lo estremeció, como si eso fuera una especie de herejía, a pesar de que el beso tenía las intenciones más castas posibles. Pero los ojos, esos ojos que parecían mirar más lejos de cualquier materia, más allá que cualquier horizonte, lo femenino y lo materno mezclados con lo eterno. La mirada fue el tiro de gracia y por eso cayó él de rodillas ante ella. Él acostumbraba limpiar una vez al día esa habitación, a partir de entonces fue a limpiarla más de tres veces al día, con tal de ver a esa mujer divina, la única para quien tuvo ojos desde la primera vez que la vio. La visitó hasta el último día de su vida. Mi ignorancia acerca de las múltiples imágenes de la Virgen María me impide decirte cuál era exactamente la representada en aquella figura de yeso que lo cautivó.

En vano

Gente que intenta robar corazones que nunca serán suyos mientras que otros siguen soñando en los amores más puros. Hay quienes por temor siempre usan lentes oscuros, viendo pasar sus días notando que pasan en vano. Hay quienes hacen buenas acciones que parecen malas, otros desfilan por las calles disfrazados de ratas. Muchos simple y sencillamente se la viven haciendo nada, ni siquiera notan que sus días pasan en vano. He conocido a más de una María, todas igual de confundidas acerca de su papel en la vida. Hasta ahora sólo una está perdida. También conocí a 50 madres más amargas que el peor vinagre. Se disculpan diciendo: “Es que lo llevo en la sangre”. Unos buscan su sitio correcto en el planeta, viajando por todos lados, sin descanso ni tregua. Hasta que descubren que ni la luna está contenta, porque sabe que vive sus días en vano. Judas besaba de forma parecida a como besas tú, mientras juras esperar a tu príncipe azul. Prefiero vivir en tu oscuridad y yo apago tu luz. Lautrec también vivió sus días en vano. Sería cómico si no fuera tan triste, y muy horrible si no fuera invisible, el vivir una existencia inservible y descubrir que todo fue en vano.

Todo bajo control

Pocos sobrevivientes, números diezmados y no llegaban ni a diez. Napoleón en el fango, preguntando ¿qué fue lo que salió mal? El mago tratando de unir las piezas, pero la sierra usada dejó cerrada la posibilidad de rearmado, el mago leía en vano las instrucciones en un charco de sangre, tratando de encontrar lo que le faltó al acto. El plan se derritió, algo salió mal ¿será porque los muñecos de nieve no duran en la intemperie del mediodía en el Sahara? Cuando te topes con una contradicción revisa tus premisas, al menos una de ellas estará equivocada. Nos descubrimos mutuamente diferentes a lo que quisimos aparentar, y a lo que creímos. Así es la vida, en rosa y en cualquier color. Cuenta que llega a 10 en el quinto asalto, la inseguridad a veces sube al ring, el boxeador en la lona se pregunta dónde se equivocó mientras mira estrellas danzarinas más cerca de lo que las vio Galileo. Nadie es inocente cuando todos tienen culpa, dijo el juez severo a los doce en el patíbulo, quienes estrenando corbata de soga y cayendo al vacío para bailar con los pies en el aire se preguntaban qué parte habían hecho mal. El problema a veces estriba en creer que los caminos son eternos, que la gente nunca cambia y que creemos conocer y conocernos. Lo único constante es el cambio, y hay veces que las cosas salen mal, aunque supongamos que todo está bajo control.

El pastel con hoja de oro

El piso de tablero de ajedrez no es un campo de batalla para torres, caballos y alfiles; sino sólo para meseras, cuya única victoria consiste en ganarse el sustento de cada día. Yo he visto esas luchas diarias, pues he trabajado como maître del restaurante del Gran Hotel durante cerca de 30 años.

Es un hotel muy caro, y no sólo eso, también es muy fino (rara vez ambas cosas se presentan juntas). Es tan caro que nadie de clases bajas se hospeda aquí, y muy poca gente de clase media logra pernoctar una noche en este recinto. Aquí los clasemedieros se limitan a comer o cenar una vez al año en el restaurante, con el fin de celebrar así ocasiones muy especiales, como aniversarios, cumpleaños, declaraciones matrimoniales o de amor (que tampoco se presentan siempre juntas), y no faltan padres que prometen a sus hijos: “Cuando termines tus estudios universitarios, te llevaré a comer al Gran Hotel”.

Precisamente algo de lo anterior sucedió con un joven de clase media a quien su padre trajo aquí por primera vez para festejarle sus 10 años de vida. Recuerdo que ambos ordenaron una rebanada de pastel con hojas de oro; lo cual personalmente creo que es uno de los más caros y absurdos desperdicios que puedan haber en la vida, pues con ello sólo se logran dos cosas: hacer algo realmente asqueroso en aras de la magra recuperación o hacer feliz a una ambiciosa rata Midas de alcantarilla.

Pero volvamos al niño, cuyo rostro se me quedó muy grabado, tanto que desde entonces lo veo cada que pienso en la palabra ‘ilusión’. Él volvió a venir acompañado de su padre cuando cumplió los 11, los 12, 13 y 14; pero para su cumpleaños 15 el acompañante del entonces ya adolescente fue ‘la sombra de su padre’, pues el progenitor se veía tan demacrado que supuse que para el cumpleaños 16 ya sería únicamente un recuerdo. Y tuve razón, a partir de su cumpleaños 16 el joven vino solo a comer su pastel.

Cada año era yo testigo de lo importante que para el muchacho era conservar la tradición. También noté que realizaba grandes esfuerzos para mantenerla. Poco a poco observé que la calidad de sus pulcras ropas empezó a declinar. En su cumpleaños 24 deduje que el joven era vendedor, al menos eso me decían la básica elegancia de su vestimenta, su sonrisa exagerada y artificial, su obeso portafolios de piel, su pluma mont blanc de imitación y, sobre todo, las desgastadas suelas de su inmaculado calzado.

Su sonrisa había dejado de ser natural desde su cumpleaños 16, aunque volvió a serlo en el 26, cuando alteró un poco la tradición, pues vino de noche acompañado de una joven a quien le propuso matrimonio allí mismo y ordenaron, antes de la rebanada de pastel con hoja de oro, una cena completa para dos. 365 días después regresó acompañado por ella, pero la sonrisa sincera sin duda se había quedado en algún lugar del camino, y para el cumpleaños 28 volvió a venir solo.

En el 28 hubo otras características nuevas. Llegó vestido con un saco muy desgastado y su calzado no era tan inmaculado. Ya no sonreía ni siquiera artificialmente y su mirada se perdía en lejanos horizontes de ideas invisibles y realidades carentes de importancia. Se sentó en la misma silla que había ocupado en las 18 ocasiones anteriores y ordenó su acostumbrado pastel con hoja de oro. Tras darle una pequeña probada a la rebanada, se quitó el anillo de casado para dejarlo en el plato.

El joven sonrío brevemente de manera natural mientras miraba al ahora vacío lugar que en el pasado ocuparon primero su padre y luego su mujer; buscó algo en un bolsillo derecho de su viejo saco, al encontrarlo se lo llevó inmediatamente a la sien del mismo lado y jaló del gatillo.

Ahora mientras veo con paciencia ajena las batallas laborales entre meseras sobre el piso de ajedrez, espero pacientemente mi jubilación y recuerdo el rostro ilusionado de un niño de 10 años.