No nací para este mundo

No nací para este mundo. No es que mi reino no sea de este mundo, no tengo corona ni de calvicie. No quiero ser rey para tener maquiavelos y catadores de alimentos, para cuidar mis espaldas y temer damoclianas espadas por el reino que alguien me quiera cambiar por un caballo. No, simplemente no nací para este mundo. No entiendo el absurdo revestido de garrientas tiras descoloridas de lógica y filosofía sin filo. No entiendo el hecho de que se exija que el amor para ser verdadero tiene que doler. ¡Joder!, como dijo el Mandril de Madrid. No entiendo que tenga Dios que dar unas tablas con nueve preceptos de sentido común, que tenga que haber leyes y legisladores para meter orden a seres que se presumen racionales, ah, pero además los legisladores terminan siendo corruptos. ¡Vaya eructo!, como dijo el borrego borracho en una barra de Bariloche. No entiendo por qué la gente se presume respetuosa y trata de salirse siempre con la suya, jugando con cartas marcadas y llevando todo un juego de póker en las mangas.No entiendo que en la tierra donde se exalta la honestidad al ser honesto lo crucifican o lo destierran. No nací para este mundo y no sé qué tan urgente me sea buscar una salida, de menos quiero tres frascos de indolencia, y sumergirme en un buen libro o en una canción. Y mi lista se prolongaría no sé si al infiniyo, y más allá, por eso le meto un forzado final.
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Fase

Es tan solo otro arranque de palabras, salido de mi ronco pecho y corazón maltrecho. Un arranque arrancado del alma, sin calma, pero con una estructura fractura más o menos correcta, no recta, aunque carente de ideas. En la aparente indolencia, sin dolo, confieso que muchas cosas aún me duelen e importan, nacionales y extranjeras. Me sigo preguntando ¿qué es lo que era tan especial? Muchos libros, películas y conversaciones interesantes. Mucha religión en el camino, que ahora me importa un comino. Honestamente no sé por qué tantos recovecos, para al final no encontrar ni un sentido, más que el sentido pésame. Aún admiro la belleza, pero eso no me llena, ni yo a ella; la verdad nada parece ir más lleno que las ballenas; al menos sólo nominalmente, normalmente. Ojalá no se dé el caso después del final tener que empezar otra vez, de nuevo y como nuevo. Ahora lo que más me asusta es la inminente vejez. Aunque haya encontrado quienes coinciden conmigo, en el fondo siento, al 100%, que nadie piensa como yo, me alegra que no haya aquí dos que piensen de manera idéntica. Pocas cosas me calientan, como me calienta el sol. Para qué retomar la pluma cuando no se tiene realmente nada que decir, cuando no se puede volar y cuando lo único que puedo expresar es tedio y un sentimiento infeliz. No me quejo, aunque los conformes digan lo contrario. Espero no sonarle desagradecido al destino, no quisiera hacerle agravios y por ende ponerme en una situación grave. Puede que se trate de una fase pasajera, aunque ya lleva mucho tiempo anidada en mi persona. ¡Quién pudiera encontrar el no-ser en el mar de la calma!

Fe

La fe mueve montañas, encumbra religiones y hace que puedas creer mentiras. Bien tragadas y sin ensalada, quizás ensalzadas por las multitudes a los pies de algo o de alguien. La fe altera tu memoria y borra infiernos donde casi nunca hubo paraisos, parnasos ni pambazos. Es vitamina de la memoria selectiva, sepulturera de los malos recuerdos. La fe es una necesidad. Sin fe más de la mitad del mundo se pegaría, de manera individual, un tiro en la sien (derecha o izquierda, aquí no hay distinción, aunque se requiere de fe para creer en la política), mientras la otra mitad del mundo sólo se quedría lánguidamente en sus casas… dejándose morir; decidiosamente esperando el fin.  La fe te transforma para bien o para mal, aunque por lo general es lo segundo, y a veces tarda en hacerlo menos de una hora. Ella permitió que estuviéramos cerca y ahora es la que nos mantiene lejos. La fe sólo requiere de un corazón dispuesto, o venido a menos, el templo es un lujo de más. Hay veces que la fe no es más que un monosílabo sin tilde, y que me tilden de lo que sea, total, es más fácil estal tildado que de pie, sin importar la fe.

Maleva de San Telmo

Por algún motivo tuve miedo de peguntarle, incluso tuve temor de acercarme. El pánico venció a mi curiosidad, que suele consumirme como el fuego. Ni siquiera puedo inventarle una historia a la Maleva de San Telmo. Con esas negras medias de red en sus blancas piernas. Esa falda tan corta como la mayoría de las ideas. Ese escote generoso y digno de cualquier primavera. Lo grotesco es el aura que envuelve a Maleva. Un maquillaje excesivo, de puta que asusta niños. En una de sus manos la vieja cabeza de una muñeca desgreñada. Más de siete décadas sobre esos hombros de tanguera olvidada. Los años no pasan… se quedan en Maleva. Un bandoneón triste suena en la Defensa. Y yo por temor no me atrevo a verla de cerca. Sacrifico una buena historia, pues ella me intimida. Lo que ahora lees es todo lo que decir puedo de Maleva. En estas letras miras la única foto que pude tomarle. Me hizo sentir muy mal en este mundo enfermo. Una tristeza diferente a la inspirada por las madres de plaza de mayo. Esta es la melancolía que me inspiró la vieja Maleva de San Telmo.

Rezar

Dios sálvanos de querer ser perfectos en lo que tanto repudiamos, sálvanos de conocer  alguien demasiado parecido a nosotros mismos, de querer lo absolutamente imposible y de despreciar todo lo que puede ser. Sálvanos del destructor instinto de hacer naufragar todo lo que tocamos, de empecinarnos en perpetuar la contradicción entre palabras y hechos, sálvanos de la enajenación que tanto nos encanta y de querer cantar todos igual la misma tonada.  Sálvanos de los recaudadores de impuestos y de gobiernos insensatos, al menos evítanos la pena de decir que pensamos cuando somos menos que bichos funcionales. Sálvanos de la tentación de iniciar otra guerra con cualquiera, o en general evítanos más guerras; sálvanos de no entender la lección y de tropezarnos siete veces veinte con la misma piedra. Evítanos tener que molestarte tanto con peticiones que no tienen caso, de caer en emergencias que podemos evitar y de hacer plegarias en vez de dar gracias cada que nos ponemos a rezar.

Sin ti

En la fría columna donde dicen que descansan Madero y Villa, te esperé con revolucionaria templanza. Con federal rebeldía y con estoica desesperación. Allí donde la piedra representa una idea quijotesca, que como yo, está en medio de una causa desde hace mucho perdida, pero en el fondo deseando que esa llama que parece apagada se encienda. Que fuera un fuego perpetuo como las mentiras de Pinocho, que al final, sin necesidad de cirujano, terminaron siendo verdades; perpetua como las emociones adolescentes ante la belleza que aparece impresa en páginas centrales; perpetua como el cariño que siento por ti desde que te vi, esperando escuchar de tus labios esa breve palabra de dos letras que termina en í. Qué me importa conocer los últimos rincones de este mundo, cuando esos viajes no los hago con tu compañía. De qué me sirve el reconocimiento de los demás, cuando tú ni te enteras y nuestras vidas son paralelas intocables. Aunque las probabilidades estén en mi contra en este juego de dados cargados, aunque siga respirando en este mundo que tanto necesita de soldados, sigue siendo fuerte en mí esa esperanza, aunque cargada de melancolía, que desea que esa llama que parece apagada se encienda. Que fuera perpetua como el agua salada del mar y de las penas, como la existencia de los castigos y las condenas. Perpetua como la vanidad, la ambición y la pobreza; perpetua como parecen serlo las cosas que uno detesta.

Lluvia

Desde su infancia siempre creyó que los días lluviosos eran tristes, pero las cosas y las personas cambian, dicen que lo único constante es el cambio y sin embargo no hay nada nuevo bajo el sol. Él la conoció y de inmediato se enamoró de ella. A partir de ese día comenzaron los tormentosos días de la incertidumbre y la necesidad imperiosa de estar a su lado. Con mucha paciencia y pericia fue haciéndose un lugar privilegiado en el corazón de su amada, quien a pesar de todo dudaba. El invierno se convirtió en primavera  y por fin comenzaron a salir juntos en el verano. Para él, cada momento con ella era un tesoro y el tiempo volaba sin detenerse siquiera a leer los letreros de duda que aún ella veía. Ella no dudaba de él, sino de sí misma. Curiosos los seres que buscan afanosamente el amor y cuando lo encuentran sienten no merecerlo. Ella pidió tiempo para pensar sus sentimientos, y él para ser cortés decidió viajar solo. Compró su boleto de avión y se dispuso a partir. Es curioso que los últimos días junto a ella fueran lluviosos, pero ahora la lluvia ya no le desagradaba en absoluto. Mientras caía la lluvia él recordaba su suave piel de serpiente, su bello rostro redondo con almendrados ojos y todas las palabras que ella le dijo con su dulce voz. Para él ella era como la lluvia, o por lo menos la lluvia le hacía recordar sus momentos junto a ella. El día de la partida ella no iría a despedirlo al aeropuerto, sin embargo él no dejaba de mirar atrás, buscando un milagro. Ese día caía una tormenta, quizá por eso la extrañaba más. Abordó el avión y se acomodó en el incómodo asiento. Comenzó a leer una de las revistas para matar el tedio y trató de interesarse, pero no podía dejar de pensar en ella. Al voltear la página escuchó su voz diciéndole: “¿puedo sentarme aquí?”Su corazón saltó de gozo cuando tras levantar su mirada la miró sonriendo con la calidez del sol. Fue la sorpresa más grata de su vida. La tormenta arreciaba, y a pesar de eso el avión despegó. Atrás iban quedando las luces del aeropuerto, luego las de la gran ciudad. Ellos se contemplaban enamorados mientras con ternura se tomaban de las manos. No sintieron el impacto de otro avión chocando contra el suyo. Gritos de desesperación por todos lados mientras iban perdiendo altura vertiginosamente y se acercaban a las luces de un poblado. Muchas personas murieron en el accidente, pero ellos dos conocieron el paraíso aun antes de llegar a él.