Ya no me va

Ya no me va. Ser el recuerdo de carne y hueso que necesitas cada que estás sola en compañía. No, ya no me va ser el perro sin correa que acude siempre a tus llamados, ni el niñero que cuida tu cordura en una cuna cuando sales a correr o a ser perseguida. Hoy dejaré de ser el esclavo del deseo insatisfecho; el títere de la belleza cruel y del desprecio. Declaro mi independencia y el no va más. Ya no me va. Estar en las noches solo mientras compartes otra cama. Ser tu ilusión mientras vives otras realidades. Ya no quiero alimentarme con las sobras de tu tiempo. Lo siento, ya no me va nada de esto. Ya no me va. Ser fiel a lo irrealizable, la construcción de quimeras en nubes de imposible, mientras dejo pasar tranvías que pudieran acercarme a la felicidad. Ya no me va. Montar de nuevo escenitas de celos, ni morirme de hambre ante las puertas del Cielo. Ser el blanco predilecto de tu negro odio por la humanidad. En serio, ya no me va. Ser el cazador de lobos en el condado de tu cadera, ni el mosquetero negado de tu entrepierna. No me va ser el que espera desquiciado en el quicio de tu puerta, inexorablemente atraído por tu belleza. Me hubiese gustado que las cosas tuvieran otro rumbo. Quizá mi error fue compartirte el timón. Ahora saltaré del navío antes del naufragio, contigo ya habido suficiente daño. Por eso me despido diciendo: “no va más”.
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No eres tú, fuimos los dos

Empezar a hablar acerca de sucesos recientes suele inhabilitar el freno de las palabras, entonces -como en las peleas- se dice más de lo que se quiere decir y se tiende a cometer errores quedando un mal sabor y la necesidad de pedir disculpas. La historia es una ciencia exacta, o lo sería si no fuera casi siempre la versión de los vencedores. Cuando las relaciones humanas se contagian del virus de la guerra se llega más rápido a la meta del carajo. Siempre pensé que dos personas que se llevaron bien o que incluso se quisieron, no deberían terminar odiándose; sin embargo ese final es tan común como el mal gusto y la idiotez. Siempre es triste sentir que se termina algo que se pensó tuvo tintes buenos, es más triste cuando parece que todo fue un espejismo, un abuso, mentira y mascarada (o al menos eso se dice en la discusión final… ¿guardar figura?). Guardar figura por parte de ambos bandos, cuando en realidad no había nada que guardar, las cartas estaban sobre la mesa, las manos buenas y aún así las mangas atiborradas de cartas. Se pierden los valores que nos deslumbraban en un principio, y en los últimos días esas características se convierten, como por arte de oscura magia, en defectos insoportables. Rencores, recriminaciones y las faltas magnificadas (incluso las magníficamente grandes). Del amor al odio hay un paso, si es que ambos sentimientos no guardan muchas veces algo del otro, y a veces cuando no son tan fuertes, la línea que los divide es tan tenue que se puede cruzar en cualquier momento. Y si en la furia se habla mucho de más, lo mejor sería callar en la primera fase del enojo y volver a abrir la boca hasta pasada la tormenta, si es que fuera necesario. ¡Pero nah!, somos humanos, y eso dizque nos hace mejores que las bestias. Hablamos de más, insultamos en exceso, nos dolemos y lastimamos, tan fácilmente como respiramos. Bla, bla, bla… para muestra este botón.

Otra noche en el aeropuerto de Roma (sueño alterado)

Mala cosa, espero no olvidarla para la próxima vez: no hay que llegar a algún lado extraño, cualquier lado, después del anochecer si es que no se tiene de antemano un sitio dónde pasar la noche. La habitación de Roma estará disponible hasta las 11:30 am del día siguiente, yo llegué a la ciudad poco antes de la medianoche anterior (15 de septiembre). Tengo la mitad de un día que matar, con un par de mochilas y una maleta mediana que no puedo dejar en ningún lugar. En este aeropuerto ya pasé alguna vez una noche entera, no tengo sueño (son como las 4 pm en el punto de donde hoy provengo). Me siento cansado, pero no puedo dormir. Otra noche en vela en el aeropuerto de Roma, esta vez sin Charlie y la fábrica de chocolates. En este aeropuerto debo tener una especie de maldición insomne. Fui al Hilton que está cercano a este aeropuerto, a preguntar cuánto costaba una habitación sencilla, me dijeron que hoy sólo tienen disponibles cuartos ejecutivos, 400USD la noche. Definitivamente prefiero el aeropuerto, sé que tarde o temprano me hará falta ese dinero. Ya van varias veces que creen que soy italiano (el italiano feo, deben pensar, y a lo mejor se alegran pensando que ya encontraron la aguja en el pajar), cuando hablo creen que soy español, hace un rato un árabe pensó que yo era de su pueblo. Adolezco de nacionalidad aparente. Veo por allí unos migrantes que, como yo, usan el aeropuerto para ahorrarse los gastos de una noche. Algunos se ven tristes, otros lucen desesperados, pero todos se ven cansados. Extraño mi colchón. Mañana (es decir, en unas horas), será un día difícil para mí. Pienso ir al Vaticano y recorrer sus museos, a ver de dónde saco energía para eso. Ya me dio sueño, pero no me puedo dormir. Este lugar es seguro, hay mucha gente y vigilantes. Aquí no llegan guardias con perros a correrte si no tienes boleto (como en las estaciones de trenes de Bruselas). Uno nunca sabe, ésta podría ser la penúltima vez en mi vida que estoy en este aeropuerto que ya me resulta tan familiar. Frente a mí hay una librería, en donde actualmente hay una gran foto con Sophia Loren y Marcello Mastroiani, junto a otra foto, igual de grande, que muestra a Roberto Benigni, arriba de cada foto dice en italiano: “llévate un pedazo de Italia contigo”. Hay un café que permanece abierto toda la noche, y que vende comida que parece haber sido preparada la semana pasada. Nada recomendable. Mi celular gringo no sirvió en Londres, y tampoco sirve en Roma. Al parecer sólo funciona en los EEUU y en México (es de sistema de prepago). Me pregunto si pronto tendré un ritmo normal de sueño. Trataré de dormir, por eso dejo ahora de escribir.

Sept 15, Aeropuerto Fumicino. Roma

El profeta de las piedras

Caminaba yo sin rumbo, por un desierto, cuando me topé con el profeta de las piedras en plena acción divulgadora. Decidí actuar como sus oyentes, y en quietud, sacando de mi mochila el profundo silencio, lo escuché. “En muchas ocasiones (la mayoría de las veces) los oprimidos sólo se comportan bien con quien los oprime, pues cuando llegan a  encontrar a alguien que los compadece sinceramente, suelen aprovechar la oportunidad y deciden patearlo sólo para saber qué se siente ser poderosos”. Ante tan brutal declaración pensé que iba a suceder algo, pero nada, todos los oyentes continuamos oyendo con atención. “Nunca seas la persona más correcta con tu pareja, pues las personas suelen buscar alguien que las maltrate y les cueste trabajo, revisen sus pasados y díganme si no es verdad. Aquel autor que busca inspiración en sus obras pasadas, se puede dar ya por muerto”. En ese momento descubrí que el profeta no sólo estaba amargado, sino que también plagiaba a Raymond Chandler. Entonces, aunque aceptaba que en algo tenía razón el profeta de las piedras, decidí no ser otro mineral y me fui de allí. Alguien me dijo que el profeta aún sigue predicando en algunos desiertos.

Trinidades en partes iguales

Confucio NO inventó la confusión, sólo le puso nombre. No esperes gran cosa de la aspirante a reina de belleza, más vacía que una aspiradora eficiente, aunque igual nos engaña, y su mente funciona a partir de las nueve. No esperes gran cosa del rey feo en el carnaval, que vale lo que la popularidad reintante le permite. Para el miércoles vuelve a ser el campanero despreciado sólo atractivo para quien tiene zoofila sifilítica. Profilaxis epiléptica sicalíptica. Aprender a vivir con uno mismo no es asunto sencillo, y se complica cuando se intenta convivir con todas aquellas personas que están fuera de la frontera de la propia piel. No hay caseta, ni puesto fronterizo, sólo cada quién por su cada cual. No es multiplicación, más que de obstáculos y problemas, pero a veces… A veces marean los malabares del “como creo que soy”, “cómo me perciben” y “lo que en realidad soy”. La verdad está formada de un poco de las tres. No soy un oso, ni un delfín ni un atún apestoso, en las orillas petroleras de un Golfo chamuscado. Quemar puentes y naves sólo es efectivo cuando de verdad sabes que ya no vas por ciertos rumbos. Pero te hace construir balsas endebles si la seguridad era sólo un espejismo, terminas dando tumbos en el fondo sin fondos. Ojalá no me hubiera deslumbrado en vano tantas veces, ni hubiera tantas veces, de manera innecesaria, disparado adioses. El oro no es pirita, y no todo lo dorado se debe adorar. No aspiro a la santidad, ni ningún polvo; pero tampoco quisiera hacer mal a nadie. Antes del mal, mejor la indiferencia o la invisibilidad. No quiero matar cabras con la mirada, ni espero que ningún cabrón me mate (aunque ganas no les han de faltar a dos o tres respetables participantes de la sociedad bien aceptada… si supieran que su intención ni caso tiene, y que con eso realmente aspiran más al suicidio que al homicidio). Tampoco es recomendable analizar hasta el cansancio cada paso que se va a dar, ni dudar a cada rato. Descartes a veces descartaba su corazón, y en la manga no tenía a la reina roja del palo mayor. Trato de romper el guión preescrito de mi vida, para proscribirlo, y reescribirlo día a día. T.S. lo dijo creo que en una P.S., el ayer ya no es, el mañana aún no llega, sólo tenemos el hoy. Tenemos la experiencia y los sueños, que igual deberíamos mezclar con la realidad. Soy parte mi padre, soy parte mi madre y parte yo. Todo está dicho. Adiós.

Hasta la vista, ¡baby!

De la pasividad que finge interés, a la indolencia completa, no hay mucha distancia. Uno se engaña tratando de convencerse de que los demás sí importan, pero en el fondo sabemos que son sólo palabras, que no pensamos en los más que en función de nosotros mismos, o por temor a que el mal que a otros aqueja, nos suceda también. Todo se me hizo más claro cuando, durante una misa, cuando pasaron a recolectar las limosnas, me llevé la mano a mi bolsillo para sacar dinero y me di cuenta que todo eso carecía de sentido. De repente fue absurdo estar en ese templo, siendo parte de una ceremonia que comprendía, pero que sentía totalmente vacía. Por ello me levanté de la banca y salí de allí, sin esperar a que culminara el ritual. Más de un piadoso católico, y más de una ferviente anciana me lanzaron miradas fulgurantes que me condenaban al rincón más apestoso del infierno por mi deleznable abandono. Yo sonreí pensando que igual y así se sintió Luzbel cuando lo desterraron, pensando: “Éste es sólo un asunto entre Dios y yo”. Salí del templo y miré al cielo, todo era de un tono triste y plomizo, respirándose una brisa que presagiaba tormenta. Miré hacia atrás y no me convertí en estatua de sal. Lo único que percibí fueron algunas miradas de los fieles, algunos ojos seguían lanzando mudos deseos condenatorios contra mí, y otros con cierto tinte de envidia por mi salida. En ese momento no sólo sonreí, sino que emití una sonora carcajada que me fue imposible reprimir. Del cielo surgió un rayo tan repentino como el amor verdadero. El estúpido fenómeno meteorológico no encontró mejor lugar dónde posarse que en mi persona. Fui víctima de toda su natural descarga. Sé que éstas son las últimas reflexiones que haré en mi vida, aquí mientras adolorido me carbonizo en el atrio. Me largo de este mundo, lleno de rabia, pues esta bola de beatos van a pensar que este accidente fue un castigo divino. ¡Pobres idiotas!