Letras

Letras, como si hubiera necesidad de presumir una nueva combinación de ellas. Como si de verdad pudieran reflejar los sentimientos, acercar junto a uno a la persona que más se quiere y alejar a quien ya no se desea ver más. A veces funcionan y son el conjuro correcto, pero no parecen ser efectivas para los inseguros, para los testarudos y para los que dudan (más allá que para comprobar que existen). Una correspondencia no correspondida e interrumpida porque ya no me importan las respuestas que se me puedan dar por la relación irreverente y totalmente carcomida. Olvidemos las palabras cuyo sentido está hoy extraviado. Letras, como si hubiera necesidad de enterarse de vidas ajenas, de imaginaciones de otras personas, de sueños de otros dueños o de ideas distintas a las de uno mismo. Palabras, sólo palabras, se habla y se las lleva el viento, se escribe y se cubren de olvido; así como les pasa a algunos sentimientos. Letras que no quedarán grabadas para siempre ni las de mi lápida, ni las de la tumba de nadie; al final todo está escrito en arena. Sin embargo nos empeñamos en hablar, en escribir, en presumir lo que pensamos, el mundo no cambia y este mal no tiene cura (ni sacerdote). Yo por eso te doy estas letras de cambio, para que cambiemos nuestras vidas, no por otras, sino que tomemos los rumbos que nos corresponden y que cada quien siga su destino, ya que juntos los caminos no hacen uno, debido a la incompatibilidad inherente e incoherente. Otra despedida, sin adiós, para nadie. Me quedo con las letras para describir fantasías privadas y exhibirlas en un aparador electrónico, como en una casa de cristal en la que no se revela nada realmente. Cierro las cartas abiertas y reabro la mezcla mágica de sonidos silenciosos en papel (o en pantalla).

Cuidadito

Jamás te enamores de un artista con convicción, porque lo más que serás es un segundo lugar en su vida. Jamás te hagas amigo de un ególatra, porque siempre quedarás en el papel secundario. Nunca caigas en las redes de una mujer fatal, porque no serás más que un accesorio. No es bueno ser el blanco de aquella que no tiene tino, o que lo tiene muy fijo, y compartido. Qué más, qué te puedo decir si no crees en la biblia ni en ninguna otra literatura sagrada, y menos crees en el sentido común. Todos tenemos cortos circuitos en la azotea. Todos tenemos la necesidad de ser reconocidos, y los que no, son sombras masificadas. No puedo decir muchas cosas en una noche de excesos moderados, no sé qué más opinar cuando esperas confesiones de quien sólo quiere salir. No te metas en el camino de quien sólo ve por sí mismo y únicamente le atrae lo nuevo, pues acabarás en un extravió peor que el de esa persona. Aquí ahora, y mañana en otro lado. No esperes de esa persona un puerto para las tormentas. De hecho no confíes en nadie. Confía en ti y en lo que brilla de verdad; la pirita no es oro, jamás.

mejor conservar el misterio

Dios ordenó que se hiciera la luz, y comenzaron los amaneceres, creados para recrearnos y hacernos sentir agradecidos. Pero hubo quien quiso explicarlos, no era suficiente admirarlos.Ahora que sé cómo suceden, creo que hubiera sido mejor conservar el misterio.

El viejo mago que durante años cosechó aplausos, accedió por fin, por una buena suma, revelar sus secretos. Ahora sé cómo se esconden conejos y cómo se parte en dos el corazón de una mujer. Preferiría haber seguido asombrado, creo que hubiese sido mejor preservar el misterio.

Me dijiste que era todo mejor cuando sólo sospechabas que yo te amaba, preferías un personaje de novela que se la vivía ignorándote y disimulando sus sentimientos. Pero eso para mí no puede estar en un cajón, el amor se nota como la tos. Antes pensaba yo que las películas eran realidades, que me metía en verdad en las vidas que veía. Pero alguien me habló de guionistas, camarógrafos y de directores. Ahora el cine sólo es una pantalla en donde se proyectan imágenes animadas; creo que hubiese sido mejor conservar el misterio.

Quise sumergirme hasta el fondo de tu alma, para conocer tus deseos más ocultos. Ofrecerte realidades en una bandeja de plata, esperando que mi boca fuera el único destino de tus besos. Pero en algún momento descubriste que soy otro más, creo que piensas que debí haber conservado el misterio.

Un perro

Estoy acostumbrado a ver perros atropellados en el periférico, prácticamente diario hay uno nuevo; y aunque duela admitirlo, eso es ya un panorama rutinario, lo único que varía es el perro y el lugar donde yacen sus restos. Pero conduciendo un sábado primero de noviembre cerca del toreo de cuatro caminos, temprano por la mañana, me llamó la atención el tamaño del perro arrollado, pues éste era tan grande que hasta supuse que bien pudo haber sido un lobo.

La adivina se asustó desde que le miró a los ojos; y no pudo reprimir cierto temblor cuando le leyó los posos del café. Lo más terrible es que, a pesar de que así es la mayoría de las veces sin que logremos acostumbrarnos, el destino no mostraba lógica. Las interpretaciones decían que él moriría violentamente y relacionado con un gran perro negro, o quizás un lobo, que a su vez aparecía arrollado por un auto y quedaba abandonado en el vado de un camino. Contraviniendo lo que supuestamente los adivinos deben ocultar, ella le dijo exactamente lo que vio. Él, supersticioso como cualquier fanático, tomó muy en serio la advertencia y juró a partir de ese día no conducir ningún vehículo. Así vendió su auto y mantuvo su juramento. Se convirtió en un usuario constante del transporte público o de la gentileza de sus conocidos con automóvil. Aunque su temor llegó hasta tal punto que jamás nadie logro que se volviera a poner al volante siquiera de un inofensivo carrito de feria.

Por otro lado, desde la visita con la adivina, él rehuía a los canes negros; sin importar que fueran chihuahueños o gran danés, siempre se alejaba inmediatamente a la vista de uno. Pero una noche, saliendo de un bar con una amiga, estaban a punto de abordar el auto de ésta cuando él le pidió unos minutos para satisfacer una necesidad apremiante de deshacerse de una cantidad considerable de la cerveza ingerida. Ella lo esperó paciente en el auto mientras él regresaba al bar. Tras salir del baño decidió ahorrar tiempo, según él, y salir por la puerta de emergencia que había cerca de la cocina del bar. Quizás estaba lo suficientemente borracho para no calcular que dicha puerta, lejos de conducir a la entrada principal del tugurio, llevaba a un callejón solitario. Eso lo notó demasiado tarde, justo cuando había salido y la puerta de emergencia se cerraba a sus espaldas, sin posibilidad de abrirse desde afuera. Simplemente se encogió de hombros y decidió rodear el edificio.

No había dado ni tres pasos cuando un gruñido grave y fuerte se escuchó desde atrás del gran contenedor de basura. Él tembló y sintió un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo. Y antes de que pudiera siquiera pensar en hacer algo, un animal negro y enorme, casi tan grande como una persona, se abalanzó hacia él dispuesto a atacarlo. Él simplemente perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos, estaba acostado en una cama de hospital, totalmente vendado y sentía ciertos dolores agudos en distintas partes del cuerpo, principalmente en los brazos y en el pecho. A la primera enfermera que vio le preguntó amablemente qué le había sucedido a él. Ella, nada amablemente, sino como realizando una rutina, le explicó que había sido conducido al hospital tras ser atacado por un animal en un callejón.

Más tarde, cuando fue visitado por familiares y amistades, logró enterarse que la historia había sido tal como la expresó escuetamente la enfermera, y que había estado dos días inconsciente en el hospital,  que ya no había nada de que preocuparse, ya le habían curado las heridas y puesto la vacuna antirrábica, y que dentro de poco sería dado de alta. Del perro, porque ahora que él les había dicho sus últimos recuerdos, todos asumían que debió tratarse de un gran can, nadie había sabido nada, pero que las autoridades lo estaban buscando por la zona.

Una vez dado de alta, él retomó su vida normal, con unas cuantas cicatrices nuevas. Casi al mes de su accidente, sus amigos decidieron darle una fiesta, para celebrar su total recuperación (vil pretexto para embriagarse y convivir, o convivir y embriagarse, no hay problema con el orden en este caso). Antes de la fiesta tenía una comida de negocios, afortunadamente muy cerca del lugar donde se realizaría la convivencia etílica en aras de la amistad; y por eso decidió alcanzar a sus compañeros tan  pronto terminase su comida.

En la comida de negocios, él decidió aplicar los consejos que alguna vez leyó en algún libro ‘para triunfadores’, en el que se recomendaba, para lograr una ‘empatía logística basada en El arte de la guerra (sic)’, beber lo mismo que el cliente, y en la misma cantidad. Razón por la cual, se vio bebiendo varias copas de whisky, bebida que él no asimilaba nada bien, en cantidades iguales a las de su cliente quien, más que hombre de negocios, parecía cosaco eufórico. La comida se prolongó hasta que casi iniciaba la noche. El se despidió educadamente en una mezcla de español y lengua muerta, y tras rechazar el taxi que el capitán de meseros le ofrecía, se perdió de la vista de todos haciendo ‘eses’ en su camino y doblando una esquina, eso era lo último que él medio recordaba de esa noche.

La siguiente imagen de su conciencia, era despertar en un lugar desconocido, vestido con ropas que no eran suyas, con muchos raspones en la cara, en los brazos y en los pies, y con un cansancio y dolor de cuerpo, tales como si hubiera recorrido el maratón de Nueva York y comido en una orgía digna de monjes medievales.

No tardó en aparecer uno de sus amigos, quien además de ser el dueño de las prendas y de la casa en donde ahora estaba, le explicó lo poco explicable de lo sucedido. Resulta que en la fiesta esperaron y esperaron, bebiendo para no sentir tanto el paso del tiempo, y así estaban alegres, como ciertos hombres de negocios que gustan del whisky, cuando alguien se percató tanto de la hora como de la ausencia del festejado. La preocupación cundió entre todos ellos como plaga bíblica, y decidieron salir a buscarlo. Después de una hora de búsqueda infructuosa, el mismo que se había percatado de la ausencia sugirió ir a la policía. Tras esto, los representantes de la ley se aplicaron, y ya había amanecido cuando encontraron al festejado de la frustrada fiesta, tirado inconsciente, y totalmente desnudo, con varios raspones y sangre, en un callejón. Todos coincidieron que había sido víctima de un asalto.

Los amigos hicieron los trámites necesarios y tras llevarlo al hospital -donde determinaron que no había sufrido mas lesiones que los raspones y unos golpes sin fracturas-, decidieron hacerse cargo de él. Sólo que en el hospital él despertó aterrorizado y tuvieron que sedarlo, por eso ahora despertaba a media tarde sin recordar gran cosa.

Él se preocupó por esas circunstancias, y culpando al alcohol, que había sido uno de los elementos comunes en el origen de sus dos desgracias, decidió dejar de beber, sin importar lo que digan los libros para triunfadores sobre la empatía.

Con más cicatrices y nada de alcohol, él retomó su vida. A casi un mes del segundo suceso, fue invitado a una fiesta de halloween a la que, naturalmente, tenía que ir disfrazado. A él le fascinaban estas fiestas, tanto que ya hasta tenía una señora que siempre le confeccionaba sus disfraces. Ella vivía por un campo militar, cercano al toreo de cuatro caminos. Pero ese año, había tenido más pedidos de disfraces que los años anteriores, por lo que le dijo a él que le tendría el disfraz listo el mero día de la fiesta.

Él decidió reírse un poco de las predicciones de la adivina, y se mandó hacer un disfraz de perro rabioso. Lo recogió poco antes del anochecer, se lo probó y quedó satisfecho. Tras decidir que llevárselo puesto de allí hasta la fiesta no sería correcto, pidió a la señora que se lo envolviera en una bolsa, y se despidió de ella. Esa fue la última vez que alguien lo vio.

Esa misma noche los policías encontraron, no muy lejos del toreo de cuatro caminos, el disfraz intacto en la bolsa. La luna llena facilitaba las investigaciones brindando una potente luz natural, por lo que no costó trabajo encontrar pedazos destrozados de la ropa que él vestía algunas horas antes. Jamás encontraron su cuerpo, y nadie relacionó la desaparición con el gran perro negro, que más parecía un lobo, el cual yacía atropellado en pleno periférico, a menos de 30 metros de las investigaciones policíacas.

Réquiem

La apuesta puesta en la mesa de patas chuecas, y que se tambalea. Demasiado bluff porque las cartas son tan bajas que no hacen juego, sólo juegan con nosotros. Las mangas vacías y las costillas rotas. Las promesas disueltas como la gota de tinta en el mar, todo claro pero nada se entiende. El absurdo en su máxima expresión que no expresa realmente nada. Peleles peleando. Sobre el ring, tras el derechazo infernal, se sueñan sandeces sobre la lona mientras alguien cuenta hasta 10. El tiempo es relativo. No sabes si los dados estaban cargados, incluyendo los tuyos, pero pesaban como plomo contradiciendo siempre tus predicciones. Ni para qué enojarse, está del carajo aceptar que pierdes. Pocos saben ser buenos ganadores, pero casi nadie sabe perder. Vil ego. No mirar bien, la cortedad de vista es un obstáculo hacia el horizonte, mayor que una obra de arte, incluyendo las de mármol y las de carne y hueso. Sublimes caricias en la piel, bellas palabras que tocaron el alma, después la calma rota y todos los reclamos recargados en el pasado. El presente es un mal libro de historia. Todo lo bueno que viste y viviste fue falso, de eso te tratas, y te tratan, de convencer, segundo canto del gallo que no puedes creer. No te creas los relatos de Pedro y el Pollito, ni viene el lobo, ni se cae el cielo, porque uno no llega si lo esperan y el otro se cae sin aviso. Los signos de los tiempos siempre son confusos, pero el que tenga ojos que vea, aunque no hay más ciego que aquel que se niega a ver. (Si no pregúntale al olvidado ciego de Buñuel, ¡piedad!, !piedad!). Miss Q y el que gusta de leer Star Wars, ¿o fue el que gusta de los deportes que tanto dice ella detestar?, ¿fue el antiguo melenudo que leía y leía y se sabía algo (ese que murió en el camino al Gólgota para sacrificarse a medias por un sueño ajeno)? ¿Habrá sido el compañero escolar que tenía físico pero no mente? ¿O era ese que siempre estuvo presente en su ausencia, escudada en cobardía torcida? El par que sea, no importa la combinación de caja débil, quisieron verse jodidos jodiendo a otros, y si no es cierto ¿para qué hicieron lo posible para hacerlo creer? Caretas de mal teatro, o engaños flojos, pasados de listos, para distraer, que flojera descubrir una verdad tan obvia, pero al final todo fue un autoengaño. La Ofelia de la obra hacía buches de 7up, mientras siete enanos anunciaban el fin desfilando de forma amarilla. No se puede tener todo en la vida, aunque valga la pena intentarlo, sólo que ojalá quienes lo intentan lo hicieran sin abusar de otros. Una complicación es cuando uno abusa sin darse cuenta, pero siempre se termina sabiendo cuando abusan de uno. Sembradío de cadáveres y pistas falsas, en la peor manera del peor narcotraficante. Reguero de cadáveres engañados, como en final de tragedia Shakespereana. No entiendo qué se gana al verle la cara a quienes actúan de buena fe, ni qué se gana al actuar de buena fe con quienes se confiesan tan cabrones. El Marqués baila en la Bastilla sin tomar, y antes de que ésta sea tomada. Tú huyes como Bonnie con el Clyde en turno, lo sé porque yo viví la misma película. Un Réquiem suena en la lejanía, ni idea de por quién doblan las campanas estiradas, le preguntaría al honesto Ernesto, pero se fue, “adelantándose” como dicen los eufemistas racistas, tras descubrir lo que había del otro lado del agujero de una escopeta. No fui ni el mejor, ni lo peor, pero esas hirientes comparaciones… siempre están de más. A veces es mejor agarrar las maletas y largarse, pero cuando se hace eso, se debe hacer de verdad. Las puertas no deben dejarse entreabiertas cuando se toma una ‘decisión final’. Pésima costumbre esa de terminar para volver a cada rato, las amenazas de despedida, entre más son, mayor el ridículo que inspiran. A cada vuelta, el infierno se cobra con creces la venganza al cielo cuando estoy contigo. No hay que volver si no tiene caso regresar,  porque así sólo se logra ofender y terminar muy mal, y si la cosa ya está mal, se alcanza la totalidad de lo peor. El cadaver dista mucho de ser exquisito y carcomido está, tal como lo retrató el viejo Baudelaire. Réquiem, y que Job se quede con su paciencia.

Soy muy feliz

Era delgada y pálida, sin embargo tenía un cuerpo sinuoso que resultaba demasiado agradable a cualquier vista. Era de estatura mediana, guapa y joven, en ella no se asomaba la vejez ni siquiera como un esbozo. Tenía el corazón roto, sin duda, pues tanta felicidad presumida no podía ser normal. Siempre reía y saltaba, como niña emocionada. Nos habíamos topado varias veces en la calle, sólo dos cuadras separaban nuestras viviendas, sin embargo, hasta esa noche, la lejanía que experimentábamos era como la dos galaxias, una a cada extremo del universo. Entré al McDonald’s de la esquina por cualquier cosa para aplacar el hambre. Ella estaba allí, jugando con su cajita feliz, no había nadie más, excepto dos empleados que gustaban de coquetear entre sí. Ella y yo nos saludamos con un levantamiento de cejas como suelen hacerlo los extraños desconocidos, pero algo familiares. Era casi medianoche. “Quiero sentirme una cerda”, me dijo cuando se acercó a mi mesa y le dio una mordida a su hamburguesa. Sonrió y se sentó junto a mí. No hablamos de nada, silencio absoluto por un buen rato. De repente me preguntó: “¿te gusta Fellini?” Yo no entendí su pregunta y sólo me limité a negar con la cabeza. Esa noche yo ansiaba compañía. Ella termino su hamburguesa y retiró mi comida para arrojarla a la basura. “Vamos”, me dijo y jalándome del saco me sacó de allí. Llovía a cántaros. Atravesamos la avenida y dimos vuelta en la esquina de su calle. Reía a carcajadas en lo que nos mojábamos y golpeaba mis costillas con la punta de sus dedos. Me dolía, sólo pudo arrancarme una sonrisa. Llegamos hasta la puerta del edificio donde ella vivía y me preguntó si me gustaba. Sólo asentí. Ella me besó, enredando su lengua con la mía. Después subimos por un viejo elevador hasta el séptimo piso, acariciándonos furtivamente, aunque no hubiera necesidad de ello. Llegamos a la entrada de su departamento, abrió la puerta y me jaló hacia dentro. Nuestro camino quedaba marcado por el agua que chorreábamos. Rió y me volvió a besar. Nos acariciamos un momento, de nuevo. Me quitó el sacó y yo le quité su suéter ensopado. Entré al baño, ella fue hacia la ventana, la abrió y miró a la calle. Yo observaba su reflejo en el espejo que cerraba al botiquín. “Soy muy feliz”, dijo mientras se arreglaba un poco el cabello y mantenía la vista fija en un anuncio de neón. Coca cola es la chispa de la vida. Cuando yo salía del baño la vi saltar sin hacer ruido. Me detuve hasta que el silencio fue interrumpido por un golpe seco en la lejanía. Tomé mi saco y salí de allí, cuidando de cerrar bien la puerta. Es obvio que no nos volvimos a ver nunca más.