Cavemos una tumba

Cavemos una tumba en la cual arrojar con rabia nuestros cuestionamientos, donde se vayan a sepultar nuestras dudas, donde se acabe de pudrir nuestra inteligencia; y liberados miremos hacia arriba donde siempre habrá un tipo listo al cual ofrecer nuestras existencias y que nos dirá qué hacer con tal que nos portemos bien. Cavemos una tumba para guardar allí nuestro empeño, que quede bien enterrada nuestra voluntad; pongamos la vista perdida en el horizonte y creamos que por arte de magia existe el “vivieron felices para siempre”. Conquistemos a alguien y quedémonos estáticos, llamemos a eso “amor”. Movámonos ya sólo cuando se nos ordene, siempre y cuando las órdenes estén barnizadas de libertad. Callémonos salvo en las ocasiones que nuestras ideas impropias sean las mismas de los demás. Cavemos una tumba bien profunda en la que sepultaremos el bien común, veamos sólo por nosotros, ignoremos a los demás, que cada quien se rasque ahora con sus propias uñas y fiémonos únicamente del gran hermano que nos protege y vigila. Cavemos una tumba que sea gruesa, para que al final también durmamos en ella; muy gruesa y profunda para que quepamos, pues nuestras tallas serán enormes gracias a tanta comida chatarra y vida sedentaria. Cavemos una tumba y arrojémonos de una vez allí, porque da lo mismo morir que estar muertos en vida.

Anuncios

“Ésta es mi película”

“Luces, cámara e inacción”… La película era suya, dirección y producción. Experimental porque se escribía sobre la marcha y a marchas semiforzadas. Esas cosas raras de la década de 1960 revividas 40 años después. “Es mi película, así que harás lo que diga”. Directora dictadora y con acentos fascistas. El resto del mundo fueron los personajes secundarios y toda la geografía global universal era el escenario. Monigotes entraban y salían, locaciones extravagantes, viajes desperdiciados. pasaportes sellados hasta la saciedad. El guión se iba creando de acuerdo con el humor que tuviera ese día. Improvisación ciega, visceral. A veces era un drama, lo que se filmaba, otras una comedia, las más de las veces era un amasijo amorfo, cada vez con menos amor, y todo pareció ser una montaña rusa sin sentido y que inspiraba náuseas. “Corte, se repite”. Va de nuevo, la escena que no funcionaba, y que cada vez que se repetía salía peor la cosa. Se ensayaba pero los errores fueron horrores y peores que las pruebas. Los extras desfilaban, y los protagónicos perdían fuerza, se quedaban por ese amor al arte, ya mentado, y desmontado, pero el cansancio fue alimentándoles el desamor. Los personajes se confundían, la víctima se mezclaba con la personalidad del verdugo y la verdura era más roca que fruta. “¡Aghhhh!”, era el grito de frustración. No hubo reemplazos mientras estuvo vigente el tácito contrato que nadie firmó. Todo había sido por amor, por ese amor que brillaba, pero por su ausencia. Ningún estudio quiso dar apoyo tras ver el fracaso asegurado y el abismo sin fondo en que se metió el último patrocinador que se ambarcó en el proyecto. “Corte y queda”, era la orden que menos se escuchaba durante los últimos días. Todos envejecieron y abandonaron el sueño. El resultado fueron kilómetros y kilómetros de pietaje enlatado en alguna bodega perdida. No hubo estreno ni alfombra roja, mucho menos osos en Berlín, desinfladeces de oro, palmas en Cannes ni Oscars en Hollywood. El orgullo se perdió. Nadie vio nada, ni lo verá. Otro gran proyecto enfrascado en el fracaso de lo que el cero representa.

Cómo ser un buen procrastinador (en cinco sencillos pasos)

Procrastinar es el arte de “postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables”. Sabemos que es algo que no se da bien a toda la gente y que requiere de ciertos elementos, que con la práctica constante, pueden adquirirse.

Con el fin de ayudar a las personas para las cuales la procrastinación es algo inalcanzable, un don natural del que sólo algunos gozan, hemos escrito cinco sencillos pasos para demostrarles lo fácil que es ser un buen procrastinador.

1. Usa tu cerebro
Dicen que muchas veces la procrastinación se debe a que no nos planteamos bien las tareas que estamos aplazando. Bueno ¿a quién le importa? El principio de cualquier buen procrastinador es saber desatar las riendas de la imaginación y dejar que ésta se desboque para que caiga en idílicos precipicios de distracciones. Regresar a ese paraíso del que fuimos expulsados por culpa de una insistencia y una manzana. ¿Tienes que estudiar para un examen?, pues igual enciende la TV y mira si no hay alguna caricatura divertida, o quizá un encuentro deportivo que no defina nada, pero en el que probablemente esté jugando alguien que será la estrella del momento en un año, siempre puede haber algo interesante en TV, y si no lo hay, el surfear con el control remoto te hará sentir que el tiempo vuela. ¿Tienes que hacer el reporte anual?, ¡nah!, deja salir al botánico clásico que llevas dentro y ponte a mirar el delicado crecimiento del césped o analiza por qué realmente no existe la mala yerba, sino que es sólo yerba en lugar equivocado o en el cigarro erróneo. ¿Qué es mejor: acabar tu declaración de impuestos o gozar el momento con cervezas y amigos? Recuerda, nadie tiene la vida asegurada, y los impuestos siempre estarán allí, los amigos quién sabe, por eso no hay que descuidarlos para no perderlos.

2. No estás obligado a hacer nada
Mientras no haya nadie apuntándote con un rifle Winchester 73 en la cabeza (o con cualquier tipo de arma de fuego… o quizá de agua), con un arma punzocortante cuya sola visión corta tu aliento, nadie te obliga a hacer nada. Y si es la vocesita de la conciencia la que fustiga tu alma sin cesar, haz lo que el Pinocho original y dale un zapatazo, o bien sube el volumen de la música o de la TV y listo. Adiós vocesita. Hazle honor a todos esos hombres ilustres de la historia que lucharon por que la esclavitud fuese abolida, no los defraudes, que su sangre no haya sido derramada en vano y que sus ideales vivan hasta el fin de los tiempos (Lincoln, ésta fue por ti).

3. Enfócate en comenzar
Trata de iniciar la tediosa labor que da génesis al procrastinamiento. Sólo de esa manera descubrirás por qué te opones a hacerla. Analiza el por qué te resulta tan incómoda. Anota en un papel la antipatía que le tienes, no sea que lo vayas a olvidar y luego quieras ponerte a trabajar. Recuerda, las cosas que nos disgustan suelen comenzar mal, y lo que mal empieza, mal acaba, entonces no te expongas a hacer nada malo y sal a dar un paseo.

4. Divide en pequeños etapas
Esta es la mejor manera de no hacer nada productivo sintiendo al final que hiciste algo, siquiera el esfuerzo por hacerlo. Elabora un poco de tu trabajo, digamos medio renglón, luego te pones a hacer algo urgente (revisar el largo de tus uñas, el diseño de tus huellas digitales, el largo de los colores de madera en su cajita de cartón, etc.). Si al terminar las nimiedades por algúna causa misteriosa te acuerdas de esa labor que aplazaste, realiza otro poquito de ésta, quizá un cuarto de renglón más, entonces ponte a escuchar esas canciones que te recuerdan el momento en que comiste tu primera pizza, a mirar las nubes para encontrar esas formas enigmáticas que esconden y que revelan sólo a los elegidos o a escribir esas divagaciones que llevas en la mente. Si acaso olvidas por completo el trabajo que estás procrastinando, no te apures, siempre habrá algo o alguien que te lo recuerde, entonces haz otro renglón y repite el proceso descrito en este punto desde el principio. Nadie te podrá decir que no lo intentaste.

5. Sé completamente perfeccionista
Ok, antes de desarrollar este punto, permítanme leer lo que puse arriba para verificar que el estilo y la forma de este escrito sean lo mejor que pueden ser…