Mucho y poco

Muchos hablan demasiado y de lo que hablan conocen demasiado poco; pocos identifican al amor en la primera vista, pocos son conscientes del momento en que están fabricando un recuerdo, casi nadie es lo que aparenta ser. Pocos son los amigos verdaderos, pocos los que se atreven a una entrega total, pocos tienen sentimientos sinceros, muchos se preguntan qué te pueden robar. Pocos aman a los otros como se aman a sí mismos, pocos saben utilizar el sarcasmo de manera que no sea un arma barata, pocos son amables con los caídos, muchos te estiman cuando quieren obtener algo de lo que tienes. Pocos ven más allá de sus narices, pocos cumplen lo que prometen, pocos son realmente libres, casi todos hacemos lo que más nos conviene. Pocos se resisten al dinero, pocos aplican las leyes de honor, pocos conocen la palabra eterno, muchos escupen a la cara del amor. Puedo estar aquí, sin estar presente, puedo simular que sigo la corriente, pero esto a la larga sería fingir, creer en una mentira que no puedo tragar.

Anuncios

Cuando falla el olvido

Como la nube de polvo que se levanta al bajar el ataúd, surgieron los recuerdos cuando se cayó el velo del olvido. Así sucede siempre. Cuando crees que por fin olvidaste, cuando haces consciente la desmemoria, ¡vuelves a acordarte! Quizás el rostro esté un poco borroso, quizás sólo acudan a ti los indefinidos restos de su perfume, igual y de la voz no quede ni rastro, ni quede el eco lejano de un murmullo; pero su esencia está en ti, asolándote como espíritu rebelde que no quiere dejar la vieja mansión, riéndose de los fallidos intentos de cualquier exorcismo. Así, como caracol, llevas a cuestas su lastre. El único orgullo que tienes de esta experiencia, es que fuiste quien tuvo la sensatez suficiente de dar por terminada la destructiva relación, ella se encargó de apagar la luz y clausurar definitivamente las puertas. Todo estaría bien si tú hubieses estado totalmente seguro antes de partir. Uno debe primero armarse de certidumbre y luego tomar el camino sin retorno. Tu orgullo se va reduciendo a la nada ahora que la vuelves a llamar, con un pretexto ridículo. Ella, triunfadora y con el ego rumbo a las estrellas, se niega a verte. Es duro descubrir que ella no te necesita, que ya no requiere ni de tu admiración. ¿Quién iba a pensar que tu partida era todo lo que necesitaba para convertirse en una verdadera mujer? Los días pasarán y su recuerdo tendrá más fuerza, cada vez más borroso, pero más intenso. Para ella serás sólo una experiencia, mientras que para ti será la derrota.

Es malo decir mentiras (todos los hombres son iguales)

Padre e hijo juegan en el parque. Soleado domingo en una mañana con claridad, de esa que odian los que tienen resaca. El pequeño viste con llamativos colores y en su pelota están impresos personajes de moda en la televisión. Para él, su papá es un héroe y en el mundo existe el bien, todo es correcto y los malos siempre pierden. Sabe que es malo decir mentiras, o al menos eso le han enseñado en su casa y en su escuela. Papá, ya algo maduro, viste a la moda, igual que mamá y el pequeño, usa ese tipo de loción cuyo precio de una botella de 150 mililitros podría alimentar a una familia indigente de siete durante sendo número de días. Pero papá no tiene la culpa de esas situaciones, lo que sí tiene es una gran resaca, pues anoche salió de parranda. Sólo que en vez de ir a jugar dominó con sus amigos, tal como le contó a mamá, fue a un bar de table y acabó gastando una buena suma en una rubia rumana más buena que el dinero. Papá le dice a su pequeño que es malo mentir. Mamá viste a la moda y se maquilla como dictan las revistas. Está pensando seriamente en ir con un cirujano plástico para que la plastifique y restire. Para que cumpla el sueño que esas cremas y lociones no le han cumplido. Mamá piensa que de todas las batallas que suelen perder las mujeres, la del tiempo es la más amarga. Ella sabe que papá miente y que gasta mucho dinero extra laboralmente en una secretaria muy joven, pero calla; no por sumisa, sino por conveniencia y resignación. Se miente tanto diciéndose a sí misma: “Total, todos los hombres son iguales”, tal como se lo decía su propia madre, que ya hasta se creyó la historia. Mamá enseña a su hijo que no hay que mentir. Papá abraza al niño con los mismos brazos que anoche ataban a un rubio elixir de la juventud traído de Rumania besa al niño con la boca que miente. Algún día el pequeño aprenderá a mentir bien, quizá hasta papá lo guíe orgulloso por el camino de la hombría falaz, y orgullosa también estará mamá pues “todos los hombres son iguales”.

Pies descalzos (tortura)

Medio día, el sol, cumpliendo su trabajo, en su máximo candor; perfecto para el duelo en el viejo Oeste o para que se insole locamente Van Gogh. Pero aquí es la playa. Gente adinerada, gente de moda, gente en desmanes y gays que sacan a sus perritos a conocer el mar. Después de caminar lo que serían treinta calles en la orilla del mar, dejando que el agua refresque mis pies, llegó un momento para el reposo. Me senté mirando al mar y a las muchas, muchísimas personas que no le tienen miedo y saben nadar. No las contemplo por mucho tiempo, tomo mi mochila y emprendo el regreso, descalzo hasta llegar a una banca en el andador, como acostumbro, para calzarme y vestirme.

La arena seca está en verdad caliente, me siento un faquir principiante, es soportable, sigo adelante. Llego hasta los siete escalones de madera donde inicia el andador, cinco pasos después de éstos está la banca, cubierta por un techito, fresca y sin ser tocada por el sol. La madera está mucho más caliente que la arena, al principio no lo siento, pero al quinto escalón… “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Cada paso siento mis plantas de los pies arder, un suplicio, Cuauhtémoc sin tesoro y sin un Cortés descortés que me ayude ni que me perjudique, obviamente para esto me basto solo. No me atrevo a mirar mis pies, capaz que hasta sale humo de lo abrasados que deben estar y yo con el hambre que tengo, no quiero verme tentado a comer mis propios pies. Que dolor… “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Un paso más y listo, estoy en la banca, donde están una señora, reprendiendo a sus dos hijos, una niña como de seis años y un bebé que al verme me dice: “¡papá!” La señora interrumpe su regaño y desmiente de inmediato al niño, mientras su hija me mira inquisidoramente, seguro trata de explicarse a que se debe el dolor que se dibuja en mi rostro.

Tan pronto me siento, miro mis pies, rojo carmesí, tono del color de labios de la mejor vampiresa de la época dorada del cine. La niña entiende ahora el porqué. De inmediato, por mi mismo camino recorrido, se aproxima un hombre descalzo que, como yo, parece decir: “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Viene cargando una sombrilla multicolor, una hielera y dos salvavidas. Al llegar a la sombra el bebé le dice: “¡papá!” En esta ocasión la madre no corrige, sino que reafirma la palabra del pequeño. El tipo se sienta en el espacio libre de la banca y se mira los pies, quienes compiten en rojura con los míos. La señora le dice al esposo: “te dije que trajeras chancletas”, ella tan orgullosa de tener la razón y usando el purgante tono de ‘te lo advertí’, que todos odiamos pero que, a pesar de ello, usamos con frecuencia, aún sin querer. Él la mira en silencio, pero su mirada dice más de mil palabras que están en el rango que va del ‘¡idiota!’ al ‘¿por qué no te metes las palabras por…?’

La señora, sin sentirse ni un poquito mal por la mirada de su marido, voltea a ver a su bebé, al que intenta vestir y le dice: “por favor, quieto, quieto, ¿es que nunca puedes estar un momento en paz?” Sin tomar aire le dice a la niña: “ponte al sol para que se seque tu bikini”, para luego dirigirse al marido: “siempre quieres ignorarme, te dije que trajeras tus chancletas [ahora al bebé] ya no te muevas tanto, ¿puedes estarte quieto? [a la niña] al sol, al sol, así nunca se te va a secar el bikini luego llegas al coche y lo mojas todo”. La mujer me mira de reojo, y al darse cuenta que no me puede decir nada porque no soy de su familia la toma de nuevo con el marido: “siempre es lo mismo contigo, nunca me haces caso, no te hubieras quemado los pies si hubieras traído tus chancletas [aquí aprovecha para mirarme y hacerme sentir también idiota], bien te lo dije en la mañana antes de que empacaras, pero no, jamás me haces caso, eso desde siempre, desde antes de casarnos, desde que éramos novios [al bebé] por favor ya deja de moverte, así no te puedo vestir [a la niña] pero bien al sol, ¿cómo crees que se te va a secar si no te vas al sol? [al esposo] ¿te arden mucho? ¿quieres crema? No te muevas sí ahí quédate hubieras traído tus chancletas…”

Yo ya he terminado de ponerme mi camiseta, mi pantalón y mis zapatos, me alejo de allí maravillado de que una persona pueda hablar tanto sin darse un respiro y mirando de reojo la mirada resignada de la hija y del marido. Me alejo, sin emitir ningún juicio, caminando como el viejo John Wayne.

La margarita y su respuesta

Una margarita nos puede revelar qué tanto nos quiere aquella persona que tanto queremos, pero pocos saben que las margaritas son mágicas y además tienen desde siempre la respuesta verdadera, cualidades especiales de estas flores que mueren hasta que se les arranca su último pétalo. Había una vez una margarita, creciendo en un lindo parque en el que salían a pasear los enamorados; ella daba gracias al cielo por los amaneceres, por la luna y por las estrellas; agradecía también por el sol y por la lluvia y porque sabía que, aunque difícil de encontrar, en este mundo existe el amor. Una tarde de primavera la margarita pensaba sobre la validez de una frase que le había escuchado a un hombre excéntrico que acudía al parque a leer y a conversar con los incautos que se dejaban, el hombre había dicho: “bien valen la pena muchos momentos de sufrimiento por un solo instante de amor”, y en eso pensaba cuando de repente fue arrancada a mitad de su tallo. La había arrancado un joven pálido con un rostro que mostraba gran pena e incertidumbre de su alma; la flor no se sintió mal, pues dicen que ellas consideran un honor ser arrancadas para que las consulten sobre cuestiones amorosas y esa era precisamente la intención del pálido individuo. “Me quiere mucho”, dijo él cuando tiró del primer pétalo de la flor, “me quiere poquito”, dijo al arrancar el segundo, “no me quiere nada”, expresó cuando arrancó el tercero y para el cuarto volvió a comenzar con “me quiere mucho…” La margarita, al conocer la verdad como todas las de su especie, sabía que la mujer en cuestión no sentía ni siquiera un afecto superficial y diplomático por este muchacho. Recuerda que las margaritas son mágicas, pues no importa con qué frase empieces a deshojarlas, ellas siempre se las arreglan para decirte lo que creen que te conviene, aunque siempre saben la verdad. Esta margarita era tan sentimental que mientras el joven le arrancaba el penúltimo pétalo diciendo “me quiere poquito”, hizo nacer un pétalo más en ella, sin que nadie en este mundo pudiera darse cuenta del truco, pensando: “vale más que conserve la ilusión de su amor y no que se le rompa el corazón al pobre”. El joven arrancó el pétalo mágico, el último de la flor, y jubiloso gritó: “¡me quiere mucho!”, y mientras el color y la esperanza volvían a su rostro, la margarita expiraba feliz por lo que había ocasionado. No se puede culpar a la margarita por su buena intención, pero si el joven hubiese sabido entonces la verdad, se hubiera ahorrado muchos tiempos de desdicha, pues pasaron varios meses antes de que su amada se armara de valor y le dijera la verdad con una frialdad aterradora. No todas las margaritas saben que es mejor saber la verdad antes que el globo de la ilusión sin sentido nos eleve demasiado.