Dudas algunas

¿Qué motiva a una mujer a ir a un café sola y leer un gran libro que le permita espiar con cierto disimulo a los hombres que acuden allí? ¿Por qué un hombre de lacio cabello decide aplicarle a éste un tratamiento que le proporcione rizos artificiales de dudoso valor estético? ¿Por qué la obesa obsesiva se resigna y come dos hamburguesas dobles antes de beber su malteada gigante? ¿Por qué una dulce mujer inteligente no se libera de las estúpidas cadenas invisibles que la atan al hombre que la maltrata? ¿Qué es lo que me seduce del éxito aún a sabiendas de que éste es caprichoso, adictivo y efímero? ¿Por qué le damos tanto valor a lo espiritual si aceptamos que en este mundo lo que realmente pesa es la materia? ¿Por qué le damos tanto valor a la materia cuando sabemos que no durará para siempre? ¿Qué nos induce a hacer preguntas cuyas respuestas conocemos pero nos negamos a aceptar? ¿Por qué seguimos poniéndonos de rodillas ante la belleza a pesar de que sabemos que dura lo mismo que un parpadeo? ¿Cómo es posible que sigamos cometiendo los mismos errores que la historia se empeña en recordarnos? ¿Por qué intentamos crear algo nuevo bajo el sol? Lo poco que quedaba de mi sonrisa se perdió mientras escribí esto.

La ruta a la verdad

“Sus días más oscuros son nuestros días más luminosos”, decía con grandes letras el panfleto impreso en fino papel, que también mostraba a Cristo crucificado en un monte, con dos ladrones a sus lados, de la misma forma castigados. Allí mismo otro texto decía que la cruz del calvario está vigente, y que mi cruz también, que soy (y todos lo somos) víctima y responsable del pecado que separa a Dios del hombre. Decía que si me va mal es por mi culpa y que si me va bien debo tener cuidado, porque debo pagar por ello (esto ya me lo había hecho saber el gobierno, antes de que leyera yo el panfleto). Tras esas palabras que buscaban comprometerme por medio del miedo, el panfleto terminaba diciendo que tenía que ir a Dios por mí mismo uniéndome a cierta iglesia (la que imprimía el panfleto, por supuesto). En anotaciones al margen venían citas bíblicas y me citaban también a un encuentro con Cristo, en una esquina aparecía una dirección, fechas y teléfonos. Volví a leer detenidamente el panfleto y en ningún lugar se mencionaba al amor. ¿No sería que el doctor que lo firmaba, y cuyo nombre me sonaba a filibustero embustero, sólo busca mi dinero que aún no me quita el gobierno? Si éste es el camino a mi salvación prefiero seguir andando para ver si encuentro otra encrucijada que me convenza.

El sabor de la soledad

Pasa, como las ciruelas que se arrugan, que sin aventuras la vida pierde su encanto, se estanca, varada como el barco sin tripulación que encalló en las arenas del tiempo que no perdona. Las palabras que no se dicen forman herrumbre y son el combustible que se echa a perder por falta de chispa, como la eterna novia amarilla, al final ya no hay nada que decir. No se ejercita el habla y se termina enmudecido, enmohecido. El abandono es un fardo que realmente no es fácil de soltar una vez que ha sido el compañero más constante. Si tienes la fortuna de tener con quién platicar, no lo dejes, aprovecha, pues no sabes cuándo se presentará la siguiente oportunidad. Sucede, como al sauce que llora, que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, y después del niño ahogado ya para qué tapar el pozo. Recomiendan que no es bueno guardar el mejor vino en cueros viejos, y no es bueno tampoco que los ancianos se encueren aunque estén demasiado envinados. Aquí me tienes, escribiendo a falta de oyentes y de hablantes, sacando lo poco que me queda, eso que tanto se parece a la nada. Haciendo caso omiso a la naturaleza, sin sumisión, salí en dirección equivocada, de alguna manera tengo que reencontrar el camino, la contramano o el sentido contrario y no el que es dado por sentado. Parado. Acontece, como al acólito alcoholizado, que todo pierde sentido y se eclipsa a Dios. Hasta luego o hasta nunca. El vacío es asomarse a la oscuridad infinita, sin estrellas, sin cariño, sólo aire enrarecido y las imágenes de recuerdos que se van deslavando como las telas al sol. Lo malo se olvida y lo bueno se magnifica. Se pierde el sentido a ser objetivo. Las fantasías se van empobreciendo y los cuatro muros se estrechan. Asfixia. El gris se va convirtiendo en el color reinante. Sólo queda esperar, quién sabe qué o a quién, pero esperar. A esto sabe la soledad.

Mujeres de negro (en Miami)

Estaba en el balcón del departamento donde vivo, en el buen edificio donde las puertas tienen cerradura, donde hay elevadores que siempre funcionan y hay un gimnasio y una alberca, donde la renta consume un cuarto de mi sueldo, no me quejo, quería paz y comodidad. No hago ejercicio ni sé nadar, pero estoy a tres cuadras de mi trabajo. Miraba las nubes, y vi volar tres caballos que por gracia del viento se convirtieron en caracoles (el domingo en la playa vi a Neptuno cayéndose de espaldas sobre los primeros avisos de una tormenta). Eran las 8:40, de la noche, y llegó frente a la puerta del edificio un auto deportivo, seguramente de modelo muy reciente, descapotado y conducido por un tipo con pinta de modelo de revista o de anuncio de televisión. Cada cabello en su sitio, una camisa de cara apariencia y, sin apagar el auto, saca su celular. Algo dice y en pocos minutos sale del edificio una rubia despampanante, vestida de negro, con un escote asesino y una falda cuyo borde casi le llega al ombligo, presumiendo orgullosa sus inflantes de silicona y las magias del cirujano. Aborda el auto y se van. El fulano no fue ni para abrirle la puerta. Y no sé por qué misteriosa razón recordé a la vagabunda de negro, de falda larga como los minutos en el dentista, que estaba en una de las esquinas de la fina avenida Miracle Mile (con Galiano). Ella vivía allí, en la calle, en unas bancas de madera, afuera de un banco, y su posesión era un carrito de supermercado en donde tenía muchas bolsas negras, como de basura, llenas hasta casi reventar. En este lugar hasta los vagabundos tienen posesiones de más. No sé de qué vivía, no sé siquiera si hablaba, siempre había una infinita tristeza en su mirada perdida, como añorando un pasado y teniendo completa indiferencia por el futuro. El presente era un punto intermedio entre esos dos tiempos, tal como lo es para todos, sin que nos demos cuenta. Ella estuvo allí desde el primer día que llegué a Miami, hace casi un año. Estuvo allí siempre, en el cambio de las cuatro estaciones sin Vivaldi, bajo el sol o bajo la lluvia, a cualquier hora. Ella estuvo allí hasta hace una semana, siempre con el mismo vestido y con la misma mirada, no la he vuelto a ver, y dudo volver a hacerlo. De ella sólo quedan muchas manchas de grasa en el piso y en las bancas, no en el banco. Vaya mente la mía que se pone a comparar carros y a mujeres que visten de negro en esta zona cara. Mejor me pongo a ver más nubes pasar.

Cómo me siento

Como una firma sobre el agua, el cazador en un museo, un soldado sin guerra o un hedonista austero. Sin importar sitio ni tiempo, tal como ellos me siento.

Un presidente intranquilo, el cristiano sin cruz, un pueblo sin habitantes o un místico sin luz. Un músico sin ritmo, el regalo por obligación, un cero a la izquierda o el poeta sin corazón.

Un gamberro con modales, la novia amarillenta, una anarquía con leyes, un moribundo que espera. La muerte entre los inmortales, un holgazán sin sueño. Perdiendo todo a cada momento, así es como me siento.

Como el líder sin carisma, un aparedor vacío, el gladiador sin fuerzas, como conductor sin rumbo fijo. Un camino sin viajeros, una adivina sin futuro, el pistolero lento, el sacerdote impuro.

Un fanfarrón sin habla, una duda en la verdad, una comida sin sabor, el hombre sin libertad. Inútil al cien por ciento, así es como me siento.