Mujeres de negro (en Miami)

Estaba en el balcón del departamento donde vivo, en el buen edificio donde las puertas tienen cerradura, donde hay elevadores que siempre funcionan y hay un gimnasio y una alberca, donde la renta consume un cuarto de mi sueldo, no me quejo, quería paz y comodidad. No hago ejercicio ni sé nadar, pero estoy a tres cuadras de mi trabajo. Miraba las nubes, y vi volar tres caballos que por gracia del viento se convirtieron en caracoles (el domingo en la playa vi a Neptuno cayéndose de espaldas sobre los primeros avisos de una tormenta). Eran las 8:40, de la noche, y llegó frente a la puerta del edificio un auto deportivo, seguramente de modelo muy reciente, descapotado y conducido por un tipo con pinta de modelo de revista o de anuncio de televisión. Cada cabello en su sitio, una camisa de cara apariencia y, sin apagar el auto, saca su celular. Algo dice y en pocos minutos sale del edificio una rubia despampanante, vestida de negro, con un escote asesino y una falda cuyo borde casi le llega al ombligo, presumiendo orgullosa sus inflantes de silicona y las magias del cirujano. Aborda el auto y se van. El fulano no fue ni para abrirle la puerta. Y no sé por qué misteriosa razón recordé a la vagabunda de negro, de falda larga como los minutos en el dentista, que estaba en una de las esquinas de la fina avenida Miracle Mile (con Galiano). Ella vivía allí, en la calle, en unas bancas de madera, afuera de un banco, y su posesión era un carrito de supermercado en donde tenía muchas bolsas negras, como de basura, llenas hasta casi reventar. En este lugar hasta los vagabundos tienen posesiones de más. No sé de qué vivía, no sé siquiera si hablaba, siempre había una infinita tristeza en su mirada perdida, como añorando un pasado y teniendo completa indiferencia por el futuro. El presente era un punto intermedio entre esos dos tiempos, tal como lo es para todos, sin que nos demos cuenta. Ella estuvo allí desde el primer día que llegué a Miami, hace casi un año. Estuvo allí siempre, en el cambio de las cuatro estaciones sin Vivaldi, bajo el sol o bajo la lluvia, a cualquier hora. Ella estuvo allí hasta hace una semana, siempre con el mismo vestido y con la misma mirada, no la he vuelto a ver, y dudo volver a hacerlo. De ella sólo quedan muchas manchas de grasa en el piso y en las bancas, no en el banco. Vaya mente la mía que se pone a comparar carros y a mujeres que visten de negro en esta zona cara. Mejor me pongo a ver más nubes pasar.

15 comentarios sobre “Mujeres de negro (en Miami)

  1. ¡hay tanta vida desgraciada que te preguntas de dónde saldría aquella vagabunda! nos asombraría saber cómo han llegado a ese estado de miseria, no todas son historias de pobreza, muchas son de desamor o simplemente de falta de energia. En ocasiones he visto programas en la tele que cuentan estas vidas y te alucina saber el porqué de este fin…incluso la rubia siliconada podría acabar así…un saludito cordial…

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    1. Así es Semilla, coincido contigo. No sabesmos el origen del estado miserable, y no siempre el tipo que vende su ferrari llega allí por gusto. Completamente de acuerdo contigo. Los giros del destino son raros.

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  2. es increíble como nuestra imaginación nos lleva a unir o enlazar cosas o personas que en principio aparente nada tienen en común… en este caso, un color, el color de los colores te lleva a pensar en dos mujeres opuestas… una indigente y una toda glamour, artificial

    me encanta lo de los “inflantes” de silicona… y “larga como los minutos en el dentista…

    a mí también me gusta construir historias a partir de un viandante, sin más.

    biquiños,

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    1. No, no es nuevo. Sacando a flote mi lado ecológico (a la vez que justifico una falta de creatividad en lo que las musas se fueron a la playa), estoy reciclando viejos textos, para que no queden sepultados. Muchas gracias (como siempre) Belén por tu comentario. Un abrazo acompañando mis agradecimientos.

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  3. es increíble como nuestra imaginación nos lleva a unir o enlazar cosas o personas que en principio aparente nada tienen en común… en este caso, un color, el color de los colores te lleva a pensar en dos mujeres opuestas… una indigente y una toda glamour, artificial
    me encanta lo de los “inflantes” de silicona… y “larga como los minutos en el dentista…
    a mí también me gusta construir historias a partir de un viandante, sin más.
    biquiños,

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  4. Divagando, dejando el pensamiento libre nos sorprendemos llegando a conclusiones inesperadas; encontrarnos en estados de ánimo insospechados o extrañamente lúcidos…
    Me ha gustado seguir tu hilo [y las pequeñas aclaraciones personales]

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