Ando y endo (sin ir a nungún lado)

Soñando, robando, mintiendo y diciendo la verdad. Huyendo, enterrando, añorando e inventando historias que jamás fueron. El cuentista termina engañado por sus propias invenciones, confundiendo el arriba con el abajo y el adentro con el ojalá fuera. Comprando, exigiendo, conservando, muriendo a cada momento. El almacenador de materias guarda mucho en su hogar, hasta quedar sepultado en sus colecciones, ya lo encontrarán cuando se note que no ha pagado sus impuestos en cinco años, mientras tanto nadie da nada de más por él, y nadie lo echa de menos. Construyendo, derribando, seduciendo y abandonando. El Don Juan pirado se sale con la suya hasta que alguien lo atrapa con las manos en la masa, mal sabor de boca tiene el ladrón cuando es capturado rogando. Conociendo, ignorando, pagando, a veces no de inmediato. El Karma no siempre es instantáneo, pero el equilibrio debe conservarse; todos sabemos que no sabemos nada, aunque nos cueste aceptarlo. Temiendo, temblando sintiendo hasta llegar a la anestesia total. Riendo, llorando, implorando y construyendo un orgullo de Babel. Pidiendo perdón sin perdonar, arrollando en el camino a todos los que se dejan. No es tristeza, sólo es realidad.

Sin…

Sin la bisutería color turquesa, sin el común aroma de tu perfume, sin esos zapatos con marca de nombre afamado, sin esos alimentos chatarra, sin esos programas de TV que resecan cerebros, sin esa religión que no es más que opio, sin esas necesidades creadas, sin el sexo tal y como lo venden, sin el sexo tal y como lo compro, sin esa pseudo excelencia laboral, sin ese centro comercial donde no hay relojes, sin el deseo por el auto del año, sin ese éxito al que todos aspiran esperando que les caiga del cielo o muriendo en el intento de alcanzarlo, sin la música comercial del momento, sin la película de moda, sin el despertador, sin las opiniones de los líderes, sin la cuenta bancaria, sin el anhelo de tener hijos sólo porque eso se dice que debe ser, sin esas playas abarrotadas en semana santa, sin desear los cinco minutos de fama, sin esas ansias por destacar, sin querer llamar la atención, sin algo que te permita ignorar tu propia voz…

Sin todo eso, ¿quién eres realmente?

Así fue

El peluquero afónico, que siempre quiso ser un delgado cantante de óperas místicas, barría los escasos cabellos que el calvo sin un clavo había dejado olvidados detrás de los olivos en un monte, mientras era observado por los pétreamente piadosos ojos de la Virgen de la Perversión, la cual desde su balcón se balanceaba en espera de que llegara la noche para comenzar su labor. Ella en el fondo era buena y se había iniciado en su profesión profiriendo que sólo lo hacía para no ser pobre y prefiriendo los clientes que la hacían olvidarse del dinero. Después se convenció que ejercía por mero amor al arte, aunque esto nunca lo aceptó del todo. El dinero era un vil pretexto, se arrepentía, sin embargo, de no haberles cobrado al primo que la inició y al novio con el que perdió tres años de su vida. Lo que siempre me llamó la atención de ella era que, a pesar de su experiencia y fama bien ganada, tenía intacto su orgullo de doncella. Por eso de cariño se le llamaba Virgen. Pero no hablemos de dinero ni de orgullos, y tampoco de fantasías, porque eso hoy me pone triste. Mejor imaginemos un poco que en el mundo hay justicia y que somos lo que siempre soñamos de niños. Que la verdad que exigimos no nos molesta y que coincidimos en que la ambición desmedida no es buena para nadie. Mejor despertemos o desesperaremos. Aún no era de noche y yo ya estaba soñando. Me hubiera gustado escribir que desde que soy indolente ya no tengo nada qué decir. El sonrosado cura venerealmente enfermo llegó a la peluquería y pidió cortésmente que se le hiciera el mismo corte de siempre. De reojo miró a la Virgen en el balcón y con pena recordó que ella se negaba a servirle, sin importar las ofrendas que él le hace. Aún no era de noche y todos, excepto el peluquero afónico, esperábamos que la luna impusiera su luminosa soledad en el reino de la oscuridad.

El ejército de puristas

Marcha el ejército de puristas, esos que se creen perfectos, pateando al cojo que no eligió su condición, sólo porque pueden andar en dos patas, pero jamás aceptan que ellos igual se tropiezan. Lanzan piedras, hasta formar una tupida lluvia mineral; construyen cruces para divertirse clavando gente en ellas, luego cuando se aburren instituyen mártires y así sienten que aplacan sus culpas. Critican lo que no entienden y sepultan hondo al que consideran ignorante (por lo general es aquel que no entiende la corriente absurda impuesta). Así marcha el ejército de puristas, apurado por llegar a ninguna parte. Cada elemento viviendo una terrible soledad interna, por eso marchan en grupo, es su manera de sentirse alguien, en la pertenencia de su malnacida manada. Apuntan sus dedos de jueces al que no va a su ritmo, critican, condenan y abusan, todo con el derecho que se otorgan a sí mismos, pues se sienten elegidos de Dios. Así se la vive el ejército de puristas, tan institucional, tan formal (dehido y devenido) conservando sus putrefactos cadáveres idolatrados, marchan asépticos y sintiéndose vacunados con todo lo que les parece ajeno. Tan perfectos, son serpientes que devoran su cola, para tener un ciclo de nunca acabar. En el fondo saben que su perfección es una mera fantasía, pero marchan juntos para convencerse de lo contrario. Son tantos, pero tantísimos, que igual por eso tienen el mango de la sartén. Todos terminaremos quemados, mientras tanto ellos sueñan marchando, rezando a un dios inventado, contagiando a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Perpetuando el ciclo… hasta que salga el puerquito a decir: “Eso es todo amigos”.

Camino a la perdición

Prometer no empobrece y tú pareces gobernante, la emperatriz del país del ‘puede ser’. Abres tu blusa, levantas tu falda y yo me quedo 40 días en un desierto sin Dios. El arca sale sobrando, no hay más animal que yo. Con estrategia acomodas silencios, con tierna voz los rompes para expresar tu cariño. Aunque sé que todo es falso y no conduce a ningún lado, como rata tras flautista encantador te sigo hacia mi perdición. En la lejanía todo me parece tan claro, pero en tu cercanía mis resoluciones se van al fondo del mar. No sé si es tu piel, tus ojos o tu perfume; quizá todo en conjunto provoca que yo deje de pensar. A pesar del daño te sigo queriendo mucho, a pesar del veneno quiero vivir por ti. Esto suena a viejo bolero, a dilema perpetuo de la humanidad. Si el mundo entero necesita al más tonto, no busquen más lejos y piensen en mí. Sólo podría ser rescatado si me traga una ballena, o si el barco donde viajo es llevado hasta el sol. ¿Cómo es posible estar tan consciente y correr hacia la perdición?

La fe mueve montañas

A pesar de pedir deseos cuando llueven estrellas, y de creer para alcanzar basta con decidirse, trato de esforzarme por importarte, trato de saber en qué sueles pensar. Pero todo se queda en vanos esfuerzos, en agua deshidratada en polvo, al final cada día para mí es la espera de un mañana. La fe puede mover montañas, pero no puede mover ni un poquito tu corazón. He creído en tu belleza interna y la externa convencería a los ojos del propio Santo Tomás, sobrio o tomado. He creído en la fuerza de la paciencia, en las jodas de Job, pero ¿qué hacer si no estás dispuesta a nada conmigo? Disfruto el tiempo que estoy contigo; por ti vendí casi toda mi alma, y Mefistófeles me sale con que no hay devolución ni garantía. La fe puede mover montañas, pero no puede mover ni un poquito tu corazón. De nada me sirvió la fe activa de los budistas, de menos me sirvió la ceguera de los cristianos. Poco pudieron hacer por mí las nuevas sectas y por llegar al final no pude ser parte de los iniciados; en vez de eso acabé terminado. Las flores que te di siempre estuvieron muertas, tus oídos sólo perciben tus propios lamentos; aunque ¿a quién le gusta disfrutar con lamentos ajenos? Ojalá pudiera decir que no te amo, pero en vez de olvidarte pienso en ti a cada rato. Dicen que las cosas por algo pasan y que la fe puede mover montañas, pero no pude mover ni un poquito tu corazón. Tu templo está bien cerrado para mí, echaste los cerrojos y perdiste la llave. No puedo más que compadecer al que te amó antes que yo, y también al que te ame después de mí. La fe puede hacer milagros, e incluso puede mover montañas, pero no puede mover ni un poquito tu corazón.