La boda que no fue

Eran las siete de la tarde. A la entrada de la gran Iglesia de inglesa arquitectura estaba un valet parking que bailaba desde las cinco el lago de los cisnes mientras castañeaba con los dientes el cascanueces. Súbitamente el valet perdió la concentración -el paso y el peso de su atolondrado cuerpo- por la brisa que dejó, en su frenética carrera hacia el altar, la novia ciega, conocida como ‘la novia que no veía’, y que realmente jamás vio llegar a su prometido, porque él, a las siete de esa tarde, se encontraba muy lejos, en altamar, buscando alguna ballena que fuera vacía. “Leven anclas”, decía el marinero prometido que nada tenía de cumplido, “leven anclas”, y su grumete, un mozalbete regordete, comía anclas de rana, sacadas de ranacerontes, de esos que abundaban cuando el Sáhara era un gran océano y de los que ahora sólo nos quédan fósiles difíciles de encontrar. El ajuar juar juar de la novia que no veía, consistía en muchos y muy finos regalos: costosas costillas de la costa, fragancias que la gente usa para fugar el olfato, ventajosas ventanas veteadas y otras curiosidades importadas. Los invitados a la ceremonia fallida eran gente de alcurnia y celebridades de revista para salón de belleza: había austeros astronautas australianos, banqueros argentinos que tenían sus bancos en el Río de la Plata, -pero que en la boda se la bancaban en una sola silla de arcilla (seguro que creíste que en un banquillo)-, eunucos enanos enamorados, modosos modistas marroquís (en realidad eran mauritanos), olvidadizos oligarcas adictos al aceite de oliva, Popeye, pringosos príncipes venidos a menos con un orgullo de más, un Lázaro rebosante de vida que lazaba lazarillos, presuntuosos presidentes de naciones esclavizadas que se presumen libres, sicofantes vestidos de elefantes, pedicuristas pedófilos pervertidos (cuyos lugares favoritos eran las zapaterías chinas o japonesas, y que suelen ser personas que suelen confundir los ojos con las cortinas rasgadas) y una princesa persa que perseguía persistente a parsimoniosos perdidos. El Obispo vestido de abeja iba avispado a oficiar la misa y, en lo que esperaba la llegada del novio, dejaba, con su rostro asqueado que combinaba bien con el morado de su atuendo, que los fieles desgastaran con oscuros ósculos los muchos anillos vaticanos de oro que tenía en los dedos de sus añejas manos. Esa fue una no boda, la ceremonia que no pudo ser, y que no fue. La novia que no veía tuvo que devolver todos los regalos y pedir disculpas al Obispo y a los invitados, sacando con regocijo el mayor provecho de la conmiseración popular. Jamás se supo si el prometido incumplido encontró la ballena vacía, pues nunca más se le volvió a ver. Igual y fue llevado más allá del horizonte, atado a un gran mamífero, mientras decía: “Y como ninguna de las dos cosas puede ser mía, quiero perecer en pos tuya, aunque sea atado a ti, maldita ballena. ¡Así entrego la lanza!”.

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7 comentarios en “La boda que no fue

  1. Parecía una boda del ¡HOLA! pero se quedó en nada. Yo he asistido a una de madrina en que la novia dijo que no…¡bestial! no lo olvidaré nunca, algún día escribiré una entrada sobre ello…

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    • UY, eso suena a que lo pensó bien y en el último minuto tomó su decisión. Bueno ésta boda que comenté fue más que de ¡HOLA!, de ¡ADIÓS! Saludos Semilla y buena semana. (Me alegra saber de ti de nuevo)

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  2. ¡que va! él dijo que sí y cuando le tocó a ella dijo que no porque según explicó luego, no estaba segura de él???????? está loca esa tía y lo demostró con el tiempo. Pronto escribiré sobre ello y sabrás toda la historia

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