El porqué de ciertas cosas

Un día despiertan en un basurero y se dicen cosas al estilo de: “Los días pasan monótonos, como las gotas de lluvia en el cristal de una ventana”. Después algo les impele a cumplir su destino.
El ritual realmente inicia cuando son desechados por sus dueños, arrojados a algún basurero.
Luego, cierta noche, antes de que sean mil y una en ese lugar, hacen de nuevo lo que hicieron la mayor parte de su vida productiva, pero esta vez sin transportar a nadie más que a su destino. Adelantándose alternando, uno y uno, hasta recorrer las distancias necesarias.
Marchan como lemmings en documental de Disney hasta las orillas de mares y ríos para realizar su acto final. Se arrojan con valentía y llegan hasta el fondo, para yacer en paz.
Pueden pasar los años y no ser molestados, pero ocasionalmente son sacados a la superficie por algún frustrado pescador, quien molesto los arroja de nuevo al agua.
Y si crees que las cosas no suceden así, explícame ¿cómo es que los pescadores suelen atrapar con frecuencia zapatos viejos?

(Basado en una foto que es prueba de lo que digo http://www.flickr.com/photos/mcarmen/2387761415/in/set-72157604389809423/)

 

Cuando las cosas se acaban

Es difícil cortar la cadena, casi umbilical de una rutina que sabe a muchos años. Es difícil aceptar la realidad y enfrentar el vacío que hay detrás del ‘todo acabó’. Al final, tenemos que sacar de algún lugar la dignidad y acordarse de cómo se expresa un ‘adiós’. ¿Para qué deambular entre las ruinas podridas con paredes de recuerdos endebles? No viene al caso empezar a preguntarse en qué momento se salió el carruaje de la autopista, cuándo se desbocaron los caballos, o quién olvidó darle cuerda al amor. No tiene sentido tratar de entrar en la mente de quien te acompañó tanto tiempo sin estar realmente contigo. No hay razón en buscar lógica a las situaciones absurdas del ayer. Necedad de necedades y pura necedad. Querer encontrar los restos de algo en un cajón completamente vacío, pintar montañas en donde sólo hay llanura, perseguir el viento y asir las sombras, con todo eso acabarás en la amargura. Nada en este Mundo es seguro ni eterno, nada es estable entre seres como tú y como yo, ¿cómo esperábamos vivir juntos eternamente y no imaginamos que de alguna de nuestras bocas surgiría el Adiós?

 

Mujeres de negro

Estaba en el balcón del departamento donde vivo, en el buen edificio donde las puertas tienen cerradura, donde hay elevadores que siempre funcionan y hay un gimnasio y una alberca, donde la renta consume un cuarto de mi sueldo, no me quejo, quería paz y comodidad. No hago ejercicio ni sé nadar, pero estoy a tres cuadras de mi trabajo. Miraba las nubes, y vi volar tres caballos que por gracia del viento se convirtieron en caracoles (el domingo en la playa vi a Neptuno cayéndose de espaldas sobre los primeros avisos de una tormenta). Eran las 8:40, de la noche, y llegó frente a la puerta del edificio un auto deportivo, seguramente de modelo muy reciente, descapotado y conducido por un tipo con pinta de modelo de revista o de anuncio de televisión. Cada cabello en su sitio, una camisa de cara apariencia y, sin apagar el auto, saca su celular. Algo dice y en pocos minutos sale del edificio una rubia despampanante, vestida de negro, con un escote asesino y una falda cuyo borde casi le llega al ombligo, presumiendo orgullosa sus inflantes de silicona y las magias del cirujano. Aborda el auto y se van. El fulano no fue ni para abrirle la puerta. Y no sé por qué misteriosa razón recordé a la vagabunda de negro, de falda larga como los minutos en el dentista, que estaba en una de las esquinas de la fina avenida Miracle Mile (con Galiano). Ella vivía allí, en la calle, en unas bancas de madera, afuera de un banco, y su posesión era un carrito de supermercado en donde tenía muchas bolsas negras, como de basura, llenas hasta casi reventar. En este lugar hasta los vagabundos tienen posesiones de más. No sé de qué vivía, no sé siquiera si hablaba, siempre había una infinita tristeza en su mirada perdida, como añorando un pasado y teniendo completa indiferencia por el futuro. El presente era un punto intermedio entre esos dos tiempos, tal como lo es para todos, sin que nos demos cuenta. Ella estuvo allí desde el primer día que llegué a Miami, hace casi un año. Estuvo allí siempre, en el cambio de las cuatro estaciones sin Vivaldi, bajo el sol o bajo la lluvia, a cualquier hora. Ella estuvo allí hasta hace una semana, siempre con el mismo vestido y con la misma mirada, no la he vuelto a ver, y dudo volver a hacerlo. De ella sólo quedan muchas manchas de grasa en el piso y en las bancas, no en el banco. Vaya mente la mía que se pone a comparar carros y a mujeres que visten de negro en esta zona cara. Mejor me pongo a ver más nubes pasar.

Encontrarse o irse

En los cambios de persona siempre hay engaños, en el fondo siempre serás lo mismo. Aunque la mona se vista, aunque la mona se desnude, el nudo del corazón, el cobre del alma, siguen allí. A veces puedes no estar, aunque aparentemente estés; otras veces puedes estar presente y permanecer, pero no serás nada mientras no te hayas encontrado a ti. Podrás flotar, pero la deriva deja de ser divertida después de cierto tiempo. Sólo queda regresar a algún lugar o despedirse como Sputnik en alguna órbita olvidada e ir a dar con tu chatarra en el vacío espacial, diseñado para los que no tienen nada de especiales. En el extravío perpetuo, el libro de la muerte de los faraones termina siendo una entretenida ficción.