Zapatos sucios

Si alguna vez miras mi zapatos, descubrirás que no suelen estar boleados (manera de decir en México que los zapatos están limpios y lustrosos). Este detalle, lejos de significar descuido u holgazanería(eso se nota en otros aspectos de mi persona y propiedades, pero no en mis zapatos), es muestra patente de una fobia: la fobia a los boleadores (personas dedicadas a limpiar el calzado).

Quisiera decir que dicha aversión se debe a que detesto la posición humillantemente ‘inferior’ que adoptan los boleros al desempeñar su trabajo (aclaro que ningún trabajo, como tal, es humillantes ni inferior en lo absoluto); pero espero no desilusionarte al confesar que mi fobia no tiene raíces humanistas. Ahora verás cómo se originó…

Fue hace ya muchos años, cuando yo tendría alrededor de siete u ocho de edad, y solía quedarme a dormir los fines de semana en casa de unas tías solteronas (eternamente enamoradas de esa vieja estrella de cine mexicano, galán cantante de reancheras en películas de blanco y negro, llamado Pedro Infante, lo cual en sí puede explicar otra de mis fobias, que no trataré hoy aquí).

No era sólo yo quien pernoctaba los fines de semana con ellas, sino también unos primos, no recuerdo qué tan numerosos éramos, más de ocho sin duda, sólo tengo memoria de la promiscuidad porcina en la que compartíamos las camas. También recuerdo el idiotismo de las tías solteronas, el cual me temo que haya sido contagioso, o bien que se trate de esas maldiciones genéticas que van dentro de nuestras personas.

El caso es que, como parte de la rutina, cada domingo, muy temprano, alguien tocaba a la puerta del departamento de mis tías. Se trataba de un hombre jorobado y sin una pierna, de arrugada piel curtida por la mugre y el sol (en ese orden), su boca estaba eternamente cubierta por bufanda deshilachada y sucia, usaba un viejo sombrero de paja, tan roto como el corazón de un desilusionado, y vestía un traje deslucido y brillante (con ese brillo que sólo se consigue con el desgaste constante y el uso perpetuo). El hombre apoyaba su cojera en una muleta, en cuyo soporte había cientos de bandas elásticas y unas cuantas bolsas de plástico.

El extraño personaje, cargaba siempre su caja de bolero, y puntual llegaba a limpiar los zapatos de todos los primos. Ignoro por qué mis tías nos despertaban para calzarnos e ir personalmente a que limpiaran nuestros zapatos en vez de dejarnos dormir y entregarle las prendas sin dueño al bolero cojo. De haber sido así, no tendría yo esta fobia que me tiene hoy escribiendo, pero ya mencioné que mis tías no se caracterizaban precisamente por una inteligencia ya no digamos superior, sino normal.

Así, sin bañarnos y a medio despertar, bostezando y quitando las lagañas de nuestros aún inocentes ojos, los primos hacíamos fila afuera del departamento, esperando a que llegara nuestro turno para la boleada de nuestros zapatos.

El ritual era poner el pie sobre la caja, y el anciano se agachaba, haciendo aún más visible su joroba, para comenzar su labor untando el zapato con grasa (o bola) –con esa grasa marca ‘el oso’ cuyo aroma aún me revuelve las entrañas y que me remite al viejo bolero y a las oficinas burocráticas de la Ciudad de México-, después lo cepillaba y luego le pasaba un trapo para acabar de darle brillo.

Una de esas ocasiones, me golpeó el pie con sus dedos índice y medio. Yo abstraído, como de costumbre, observando la inmensidad de su joroba y lo grasoso de sus canos cabellos llenos de copos de caspa (los cuales daban a sus hombros un aspecto de Señor Invierno), no empecé a notar lo que sucedía sino hasta como por el cuarto golpe a mi pie, y entonces le puse rostro de extrañeza (“¿Qué le pasa a éste?”, me preguntaba “¿querrá tocar música con mi pié?”).
El anciano, quien dudo que conociera algún idioma, comenzaba a bufar. Y esto lo aseguro, porque en ese entonces yo no estaba tan sordo como lo estoy actualmente. “HREFGGERHHHMMRFFF”, me decía el viejo a través de su bufanda. Yo seguía con mi rostro de niño atónito, sólo que ahora con el ceño fruncido.

“HREFGGERHHHMMRFFF”, repetía el viejo, ahora con un enfado mayor al que siempre traía. Yo seguía estupefacto, sólo que ahora sin el ceño fruncido, sino con el asombro nervioso pintado en mi cara. “HREFGGERHHHMMRFFF”, volvía a decir el viejo manoteando y clavando su dura mirada en mis intrigados ojos. Gruñó hasta que quizás pensó que yo era igual de idiota que mis tías y, con violenta desesperación, bajó mi pie de su caja para colocar el otro. Tratando de guardar el equilibrio tras brutal movimiento, intenté sostenerme en la vieja muleta, que estaba recargada en la pared junto a mí. Yo no caí, pero la muleta sí fue a dar estrepitosamente al suelo.
“FFFRMMHHHREGGFERH”, maldijo el anciano y se apresuró a terminar su labor conmigo.

Para entonces yo lo miraba molesto, como si se tratara de un energúmeno al que todo le parece mal y que no tiene la capacidad de expresarse. Al terminar la limpieza de mi calzado, yo me alejé de allí experimentando un resentimiento infantil ante el absurdo de los adultos (resentimiento que a la fecha, no me ha abandonado, aunque de repente suelo actuar como verdadero adulto).

Esa fue la última vez que el anciano boleó mis zapatos. No creo que en ese momento me haya propuesto que jamás me volverían a bolear los zapatos, ya fueran ancianos refunfuñones o jóvenes con periódicos que en sus páginas muestran exuberantes mujeres semidesnudas, pero lo que sí decidí es que a partir del fin de la semana siguiente a tal acontecimiento, yo comencé a ir a la casa de mis tías siempre con zapatos tenis.

Casi la capitulación

Bajo la luna llena, cuando la ciudad parece muerta, ella baila un vals con un extraño. A lo lejos corre un perro, en busca de su sustento, y ella sigue bailando con el hombre equivocado. Todo es quietud a esas horas y no hay ningún testigo; al final del viejo vals él le pide lo mismo que otros tantos le pedirían a una mujer tan hermosa. Ella con todo decoro se niega, mientras se sonroja. Él es paciente y sabe que aún tiene mucho tiempo por delante. La abraza con fuerza e intenta robarle un beso; ella se inquieta y, nerviosa, le empieza a seguir el juego. Aún faltan horas para que salga el sol, pero de algún lugar grita una gruesa voz: “¡Déjala cabrón!” Y el ensueño se rompe para esa noche, bajo la luna llena, cuando la ciudad parece muerta.

Despacio que voy de prisa

Wild Bill Hickok, famoso pistolero del viejo Oeste (¿o aquél?) tenía 39 años cuando murió. Era un hombre viejo para su época, y sinceramente creo que viejo para cualquier época. Supongo que Bill estaba cansado de vivir, de ser retado por cualquier pelmazo que tuviera un incipiente bigote y una bravuconería juvenil que quiere tragarse el mundo de un bocado. Creo que Wild Bill estaba de algún modo deseando la muerte, por eso aceptó sentarse de espaldas a la puerta (cosa que por costumbre jamás hacía) ese agosto de 1876.
En mi caminata matutina por el parque citadino pensé en eso cuando de frente a mí vi trotar a una especie de momia animada. El tipo tendría unos 70 y pico de años, bien vividos, o quizá tendría 52 muy desgastados, ya no se sabe; soy malo para calcular edades (y realmente querida me importa un bledo). El hombre trotaba con dificultad. El esfuerzo se reflejaba en su rostro de tortuga con lentes de grueso caparazón. Calvo en la mayor parte de su cráneo, con dos o tres pelos canosos cerca de las orejas, el viejom resoplaba como elefante moribundo atascado en un cráter de la luna (ajáaaa, no he ido a la luna, pero seguro así suena un paquidermo en tal situación). El hombre no podía mover bien los brazos, que llevaba doblados y con los codos pegados a sus costados. PUFF PUFF expelía y no tenía ni fuerzas para levantar la vista del suelo. Vestía una camiseta de algodón -ropa interior superior- y unos shorts negros, calcetas largas y oscuras que le llegaban casi a la rodilla, y zapatos deportivos oscuros; parecía el uniforme de alguna selección europea de futbol (no recuerdo si Alemania o Inglaterra).
PUF PUF PUFando el hombre, se siguió de largo, trotando, y yo continué en dirección contraria, pendejeando.
Y me dejó pensando. ¿Por qué esforzarse en trotar, si pierde tanto el porte y la compostura? ¿Por qué no mejor caminar, con elegancia y sin andar dejando el desgastado trasero por el camino? Supongo que eso le sería más estético para su edad, pero si supiera de estética estaría yo trabajando en Herpe’s Bazaar. La gente cree que correr es más saludable que caminar. Yo lo dudo. Correr significa más desgaste, termina jodiendo el corazón, o de menos las rodillas. Pero seguro me dirán que estoy equivocado. Puede ser, pero mi temor medieval no me lo quita nadie. Mi teoría es que igual mueren, a edades similares, los fumadores empedernidos que los deportistas de alto rendimiento. Aunque seguro se mueren antes los atletas de alto rendimiento que además son fumadores empedernidos.
Lo principal, ¿cuál es la prisa? ¿Qué caso tiene correr? Roma ha seguido ahí, e incluso hay más caminos para llegar a ella. No por correr se vive más (en cualquier sentido que se quiera tomar la frase). Está bien, mejor me silencio y respeto a los que encuentran placer corriendo. Pensé en que debería yo sentarme de espaldas a la puerta en algún Saloon, aunque ya tengo más de 39 años.

Al final de mi trayecto me volví a encontrar al viejo pufante, esta vez él iba caminando, no por elegancia, sino porque de plano ya apenas podía con su alma. En sus ojos noté el agotamiento, pero también la satisfacción de haber cumplido con su rutina del día, sudando y exigiendo ese extra a esa ruina que lleva por cuerpo. No pain no gain (masoquismo excelso). Y pensé que aunque no comparto su mentalidad, sí debo respetarla y admirar el valor que tiene para sacarla adelante. En fin, si sigo yendo a ese lugar a caminar, seguro me lo encontraré hasta que uno de los dos deje este valle de lágrimas, igual soy yo el que parte primero de aquí.

Ahora sólo me falta morir

Como sea parece que ya sólo me falta morir.
Me explico:
Ya sembré árboles (incluso ya derribé un par -ok, eran árboles muertos, no me atrevería a tirar un árbol vivo, y eso sí, planté otros nuevos en su lugar).
Ya escribí un libro (es para niños pequeños, pero libro al fin).
No quise tener hijos, entonces eso no cuenta.
Trabajé en empresas internacionales, viví incluso en el extranjero, viajé a diversas partes del mundo, hice amistades, rompí con amistades, fui muy querido y fui odiado, dije lo que pensé y pensé más de lo que dije, dejé de pensar, fui muy único y fui masa, fui religioso y luego no creí en ninguna religión, bebí como si fuera el fin del mundo y me hartó la embriaguez. Cometí errores y pedí disculpas sinceras. Las más de las veces dije la verdad.
Ahora también logré que me pagaran por cosas que escribo… hoy se lanzó una especie de revista femenina en internet, para la cual colaboro, y sí, en esta ocasión realizo algo que siempre deseé: que me pagaran por escribir.
Así pues parece que sólo me falta morir, aunque por el momento no hay mucha prisa para eso.
Les invito a pasar al blog donde colaboro (ajá, yo soy el Mauricio que escribe allí y en esta ocasión no escribo fingiendo ser mujer, como lo hice hace muchos, muchos años cuando fui editor de una revista femenina que no tenía escritores, pero esa es otra historia), por favor vayan, lean y comenten o critiquen sin tocarse el corazón.
I did it my Waaaaaaay…..
El sitio está en:
¡Gracias!

Orgullo

“Toc, toc”. Sonido de algo metálico contra metal. No oprimieron el botón del timbre, no jalaron la cuerda de una campana que suena gracias a su sano badajo. Simplemente alguien, encontrando la manera más segura de llamar la atención, golpeaba el buzón de la entrada con algo metálico, para que otro alguien saliera de la casa (léase ‘yo’, por ser la única persona presente en el hogar).

Al abrir la puerta me encuentro con un pordiosero en el penúltimo nivel de la miseria. El hombre no era más viejo que yo, no le faltaba ninguna parte de su cuerpo, vestía harapos, una gorra raída en su cabeza desgreñada y despedía un ‘aroma’ mezcla de suciedad añeja y agua de riñón concentrada, con un fijador que seguro envidiaría cualquier casa de finas frafancias de Francia.

El tipo, de piel curtida por el sol y con barbas de Robinsón Crusoe, me dice con una voz débil, apenas un susurro, en un tono sumiso, lastimero, cantarín y que inspira piedad: “¿no tiene agüita o comidita que me regale?”

Confieso carecer de un buen corazón, la piedad se me ha deslavado con el paso de los años, si es que alguna vez la tuve, por lo tanto ignoro qué fue lo que me pasó. Igual la culpa la tiene el inclemente sol del mediodía, o quizá el recordar que el agua no se le debe negar a nadie… el punto es que le respondo que me espere un momento, cierro la puerta y busco una botella de agua de litro y medio, de las que bebo yo, nueva y sellada para dársela al pobre hombre.

Con la botella en la mano voy a emular al buen samaritano, de manera modesta y mucho menos bíblica que la historia original. Salgo y le entrego la botella al pordiosero, quien sentado con comodidad en la acera la recibe y de inmediato me dice, con la misma voz y el mismo tono con el que me pidió el agua momentos antes: “¿No tiene dinerito o algo que me regale?”

“No, lo lamento, no tengo dinero”, le digo como quisiera responderle a la Secretaría de Hacienda cada que me obliga a pagar los ridículos impuestos que jamás veo reflejados en mi país, y preguntándome por qué en vez de algo no me pidió alguito.

El pordiosero, transformando su carácter, con una voz estentórea y potente, pero conservando su apariencia arruinada, en un tono de máximo emperador del mundo antiguo (igual es la reencarnación de Alejandro, o de Augusto) me dice con el mayor desdén que he presenciado en años: “¡Ah!, pues toma tu agua”, y me devuelve la botella.

Empapado de orgullo, el Luis XIV de la miseria, se pone de pie, recoge sus pertenencias y se retira con la frente en alto, paso majestuoso y sin mirar atrás.

Yo me quedo asombrado, pensando que maravilloso que aún existan seres tan seguros de sí y con la convicción de que si piden agua, la gente tiene la obligación de regalarles oro. Sintiéndome un insecto kafkiano, simplemente regreso a mi casa con mi botella de agua para reflexionar sobre la lección.

Un perro (historia para Halloween)

Estoy acostumbrado a ver perros atropellados en los carriles de alta velocidad en el periférico, prácticamente diario hay uno nuevo; y aunque duela admitirlo, eso es ya un panorama rutinario, lo único que varía es el perro y el lugar donde yacen sus restos. Pero conduciendo un sábado primero de noviembre cerca del toreo de cuatro caminos, temprano por la mañana, me llamó la atención el tamaño del perro arrollado, pues éste era tan grande que hasta supuse que bien pudo haber sido un lobo.

La adivina se asustó desde que le miró a los ojos; y no pudo reprimir cierto temblor cuando le leyó los posos del café. Lo más terrible es que, a pesar de que así es la mayoría de las veces sin que logremos acostumbrarnos, el destino no mostraba lógica. Las interpretaciones decían que él moriría violentamente y relacionado con un gran perro negro, o quizás un lobo, que a su vez aparecía arrollado por un auto y quedaba abandonado en el vado de un camino. Contraviniendo lo que supuestamente los adivinos deben ocultar, ella le dijo exactamente lo que vio. Él, supersticioso como cualquier fanático, tomó muy en serio la advertencia y juró a partir de ese día no conducir ningún vehículo. Así vendió su auto y mantuvo su juramento. Se convirtió en un usuario constante del transporte público o de la gentileza de sus conocidos con automóvil. Aunque su temor llegó hasta tal punto que jamás nadie logro que se volviera a poner al volante siquiera de un inofensivo carrito de feria.

Por otro lado, desde la visita con la adivina, él rehuía a los canes negros; sin importar que fueran chihuahueños o gran danés, siempre se alejaba inmediatamente a la vista de uno. Pero una noche, saliendo de un bar con una amiga, estaban a punto de abordar el auto de ésta cuando él le pidió unos minutos para satisfacer una necesidad apremiante de deshacerse de una cantidad considerable de la cerveza ingerida. Ella lo esperó paciente en el auto mientras él regresaba al bar. Tras salir del baño decidió ahorrar tiempo, según él, y salir por la puerta de emergencia que había cerca de la cocina del bar. Quizás estaba lo suficientemente borracho para no calcular que dicha puerta, lejos de conducir a la entrada principal del tugurio, llevaba a un callejón solitario. Eso lo notó demasiado tarde, justo cuando había salido y la puerta de emergencia se cerraba a sus espaldas, sin posibilidad de abrirse desde afuera. Simplemente se encogió de hombros y decidió rodear el edificio.

No había dado ni tres pasos cuando un gruñido grave y fuerte se escuchó desde atrás del gran contenedor de basura. Él tembló y sintió un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo. Y antes de que pudiera siquiera pensar en hacer algo, un animal negro y enorme, casi tan grande como una persona, se abalanzó hacia él dispuesto a atacarlo. Él simplemente perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos, estaba acostado en una cama de hospital, totalmente vendado y sentía ciertos dolores agudos en distintas partes del cuerpo, principalmente en los brazos y en el pecho. A la primera enfermera que vio le preguntó amablemente qué le había sucedido a él. Ella, nada amablemente, sino como realizando una rutina, le explicó que había sido conducido al hospital tras ser atacado por un animal en un callejón.

Más tarde, cuando fue visitado por familiares y amistades, logró enterarse que la historia había sido tal como la expresó escuetamente la enfermera, y que había estado dos días inconsciente en el hospital,  que ya no había nada de que preocuparse, ya le habían curado las heridas y puesto la vacuna antirrábica, y que dentro de poco sería dado de alta. Del perro, porque ahora que él les había dicho sus últimos recuerdos, todos asumían que debió tratarse de un gran can, nadie había sabido nada, pero que las autoridades lo estaban buscando por la zona.

Una vez dado de alta, él retomó su vida normal, con unas cuantas cicatrices nuevas. Casi al mes de su accidente, sus amigos decidieron darle una fiesta, para celebrar su total recuperación (vil pretexto para embriagarse y convivir, o convivir y embriagarse, no hay problema con el orden en este caso). Antes de la fiesta tenía una comida de negocios, afortunadamente muy cerca del lugar donde se realizaría la convivencia etílica en aras de la amistad; y por eso decidió alcanzar a sus compañeros tan  pronto terminase su comida.

En la comida de negocios, él decidió aplicar los consejos que alguna vez leyó en algún libro ‘para triunfadores’, en el que se recomendaba, para lograr una ‘empatía logística basada en El arte de la guerra (sic)’, beber lo mismo que el cliente, y en la misma cantidad. Razón por la cual, se vio bebiendo varias copas de whisky, bebida que él no asimilaba nada bien, en cantidades iguales a las de su cliente quien, más que hombre de negocios, parecía cosaco eufórico. La comida se prolongó hasta que casi iniciaba la noche. El se despidió educadamente en una mezcla de español y lengua muerta, y tras rechazar el taxi que el capitán de meseros le ofrecía, se perdió de la vista de todos haciendo ‘eses’ en su camino y doblando una esquina, eso era lo último que él medio recordaba de esa noche.

La siguiente imagen de su conciencia, era despertar en un lugar desconocido, vestido con ropas que no eran suyas, con muchos raspones en la cara, en los brazos y en los pies, y con un cansancio y dolor de cuerpo, tales como si hubiera recorrido el maratón de Nueva York y comido en una orgía digna de monjes medievales.

No tardó en aparecer uno de sus amigos, quien además de ser el dueño de las prendas y de la casa en donde ahora estaba, le explicó lo poco explicable de lo sucedido. Resulta que en la fiesta esperaron y esperaron, bebiendo para no sentir tanto el paso del tiempo, y así estaban alegres, como ciertos hombres de negocios que gustan del whisky, cuando alguien se percató tanto de la hora como de la ausencia del festejado. La preocupación cundió entre todos ellos como plaga bíblica, y decidieron salir a buscarlo. Después de una hora de búsqueda infructuosa, el mismo que se había percatado de la ausencia sugirió ir a la policía. Tras esto, los representantes de la ley se aplicaron, y ya había amanecido cuando encontraron al festejado de la frustrada fiesta, tirado inconsciente, y totalmente desnudo, con varios raspones y sangre, en un callejón. Todos coincidieron que había sido víctima de un asalto.

Los amigos hicieron los trámites necesarios y tras llevarlo al hospital -donde determinaron que no había sufrido mas lesiones que los raspones y unos golpes sin fracturas-, decidieron hacerse cargo de él. Sólo que en el hospital él despertó aterrorizado y tuvieron que sedarlo, por eso ahora despertaba a media tarde sin recordar gran cosa.

Él se preocupó por esas circunstancias, y culpando al alcohol, que había sido uno de los elementos comunes en el origen de sus dos desgracias, decidió dejar de beber, sin importar lo que digan los libros para triunfadores sobre la empatía.

Con más cicatrices y nada de alcohol, él retomó su vida. A casi un mes del segundo suceso, fue invitado a una fiesta de halloween a la que, naturalmente, tenía que ir disfrazado. A él le fascinaban estas fiestas, tanto que ya hasta tenía una señora que siempre le confeccionaba sus disfraces. Ella vivía por un campo militar, cercano al toreo de cuatro caminos. Pero ese año, había tenido más pedidos de disfraces que los años anteriores, por lo que le dijo a él que le tendría el disfraz listo el mero día de la fiesta.

Él decidió reírse un poco de las predicciones de la adivina, y se mandó hacer un disfraz de perro rabioso. Lo recogió poco antes del anochecer, se lo probó y quedó satisfecho. Tras decidir que llevárselo puesto de allí hasta la fiesta no sería correcto, pidió a la señora que se lo envolviera en una bolsa, y se despidió de ella. Esa fue la última vez que alguien lo vio.

Esa misma noche los policías encontraron, no muy lejos del toreo de cuatro caminos, el disfraz intacto en la bolsa. La luna llena facilitaba las investigaciones brindando una potente luz natural, por lo que no costó trabajo encontrar pedazos destrozados de la ropa que él vestía algunas horas antes. Jamás encontraron su cuerpo, y nadie relacionó la desaparición con el gran perro negro, que más parecía un lobo, el cual yacía atropellado en pleno periférico, a menos de 30 metros de las investigaciones policíacas.

Todo bajo control

Pocos sobrevivientes, números diezmados y no llegaban ni a diez. Napoleón en el fango, preguntando ¿qué fue lo que salió mal? El mago tratando de unir las piezas, pero la sierra usada dejó cerrada la posibilidad de rearmado, el mago leía en vano las instrucciones en un charco de sangre, tratando de encontrar lo que le faltó al acto. El plan se derritió, algo salió mal ¿será porque los muñecos de nieve no duran en la intemperie del mediodía en el Sahara? Cuando te topes con una contradicción revisa tus premisas, al menos una de ellas estará equivocada. Nos descubrimos mutuamente diferentes a lo que quisimos aparentar, y a lo que creímos. Así es la vida, en rosa y en cualquier color. Cuenta que llega a 10 en el quinto asalto, la inseguridad a veces sube al ring, el boxeador en la lona se pregunta dónde se equivocó mientras mira estrellas danzarinas más cerca de lo que las vio Galileo. Nadie es inocente cuando todos tienen culpa, dijo el juez severo a los doce en el patíbulo, quienes estrenando corbata de soga, y cayendo al vacío para bailar con los pies en el aire se preguntaban qué parte habían hecho mal. El problema a veces estriba en creer que los caminos son eternos, que la gente nunca cambia y que creemos conocer y conocernos. Lo único constante es el cambio, y hay veces que las cosas salen mal, aunque supongamos que todo está bajo control.

Lo que dijo la cabra que habla

La noticia salió en primera plana: nació una cabra que habla. Anunció más de tres cosas y menos de diez. Anunció cosas que aterran y que conviene saber. Que no valen las palabras sino el afecto sincero. Que nadie quisiera ser sobrino de Ricardo III. Que para ser inmortal en tus obras necesitas estar muerto y que no es tan feliz quien siempre parece contento. Que el final de nuestro idilio fue ayer y que el final del mundo será mañana, esas cosas predecía la cabra que hablaba. Y antes de morir dijo que solemos confundir el amor con los caprichos, que sólo la vida nos mantiene vivos, que no hay democracias, ni hay masas con cerebro y que debe estar siempre prohibido pensar en lo eterno.

cabra
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