Zapatos sucios

Si alguna vez miras mi zapatos, descubrirás que no suelen estar boleados (manera de decir en México que los zapatos están limpios y lustrosos). Este detalle, lejos de significar descuido u holgazanería(eso se nota en otros aspectos de mi persona y propiedades, pero no en mis zapatos), es muestra patente de una fobia: la fobia a los boleadores (personas dedicadas a limpiar el calzado).

Quisiera decir que dicha aversión se debe a que detesto la posición humillantemente ‘inferior’ que adoptan los boleros al desempeñar su trabajo (aclaro que ningún trabajo, como tal, es humillantes ni inferior en lo absoluto); pero espero no desilusionarte al confesar que mi fobia no tiene raíces humanistas. Ahora verás cómo se originó…

Fue hace ya muchos años, cuando yo tendría alrededor de siete u ocho de edad, y solía quedarme a dormir los fines de semana en casa de unas tías solteronas (eternamente enamoradas de esa vieja estrella de cine mexicano, galán cantante de reancheras en películas de blanco y negro, llamado Pedro Infante, lo cual en sí puede explicar otra de mis fobias, que no trataré hoy aquí).

No era sólo yo quien pernoctaba los fines de semana con ellas, sino también unos primos, no recuerdo qué tan numerosos éramos, más de ocho sin duda, sólo tengo memoria de la promiscuidad porcina en la que compartíamos las camas. También recuerdo el idiotismo de las tías solteronas, el cual me temo que haya sido contagioso, o bien que se trate de esas maldiciones genéticas que van dentro de nuestras personas.

El caso es que, como parte de la rutina, cada domingo, muy temprano, alguien tocaba a la puerta del departamento de mis tías. Se trataba de un hombre jorobado y sin una pierna, de arrugada piel curtida por la mugre y el sol (en ese orden), su boca estaba eternamente cubierta por bufanda deshilachada y sucia, usaba un viejo sombrero de paja, tan roto como el corazón de un desilusionado, y vestía un traje deslucido y brillante (con ese brillo que sólo se consigue con el desgaste constante y el uso perpetuo). El hombre apoyaba su cojera en una muleta, en cuyo soporte había cientos de bandas elásticas y unas cuantas bolsas de plástico.

El extraño personaje, cargaba siempre su caja de bolero, y puntual llegaba a limpiar los zapatos de todos los primos. Ignoro por qué mis tías nos despertaban para calzarnos e ir personalmente a que limpiaran nuestros zapatos en vez de dejarnos dormir y entregarle las prendas sin dueño al bolero cojo. De haber sido así, no tendría yo esta fobia que me tiene hoy escribiendo, pero ya mencioné que mis tías no se caracterizaban precisamente por una inteligencia ya no digamos superior, sino normal.

Así, sin bañarnos y a medio despertar, bostezando y quitando las lagañas de nuestros aún inocentes ojos, los primos hacíamos fila afuera del departamento, esperando a que llegara nuestro turno para la boleada de nuestros zapatos.

El ritual era poner el pie sobre la caja, y el anciano se agachaba, haciendo aún más visible su joroba, para comenzar su labor untando el zapato con grasa (o bola) –con esa grasa marca ‘el oso’ cuyo aroma aún me revuelve las entrañas y que me remite al viejo bolero y a las oficinas burocráticas de la Ciudad de México-, después lo cepillaba y luego le pasaba un trapo para acabar de darle brillo.

Una de esas ocasiones, me golpeó el pie con sus dedos índice y medio. Yo abstraído, como de costumbre, observando la inmensidad de su joroba y lo grasoso de sus canos cabellos llenos de copos de caspa (los cuales daban a sus hombros un aspecto de Señor Invierno), no empecé a notar lo que sucedía sino hasta como por el cuarto golpe a mi pie, y entonces le puse rostro de extrañeza (“¿Qué le pasa a éste?”, me preguntaba “¿querrá tocar música con mi pié?”).
El anciano, quien dudo que conociera algún idioma, comenzaba a bufar. Y esto lo aseguro, porque en ese entonces yo no estaba tan sordo como lo estoy actualmente. “HREFGGERHHHMMRFFF”, me decía el viejo a través de su bufanda. Yo seguía con mi rostro de niño atónito, sólo que ahora con el ceño fruncido.

“HREFGGERHHHMMRFFF”, repetía el viejo, ahora con un enfado mayor al que siempre traía. Yo seguía estupefacto, sólo que ahora sin el ceño fruncido, sino con el asombro nervioso pintado en mi cara. “HREFGGERHHHMMRFFF”, volvía a decir el viejo manoteando y clavando su dura mirada en mis intrigados ojos. Gruñó hasta que quizás pensó que yo era igual de idiota que mis tías y, con violenta desesperación, bajó mi pie de su caja para colocar el otro. Tratando de guardar el equilibrio tras brutal movimiento, intenté sostenerme en la vieja muleta, que estaba recargada en la pared junto a mí. Yo no caí, pero la muleta sí fue a dar estrepitosamente al suelo.
“FFFRMMHHHREGGFERH”, maldijo el anciano y se apresuró a terminar su labor conmigo.

Para entonces yo lo miraba molesto, como si se tratara de un energúmeno al que todo le parece mal y que no tiene la capacidad de expresarse. Al terminar la limpieza de mi calzado, yo me alejé de allí experimentando un resentimiento infantil ante el absurdo de los adultos (resentimiento que a la fecha, no me ha abandonado, aunque de repente suelo actuar como verdadero adulto).

Esa fue la última vez que el anciano boleó mis zapatos. No creo que en ese momento me haya propuesto que jamás me volverían a bolear los zapatos, ya fueran ancianos refunfuñones o jóvenes con periódicos que en sus páginas muestran exuberantes mujeres semidesnudas, pero lo que sí decidí es que a partir del fin de la semana siguiente a tal acontecimiento, yo comencé a ir a la casa de mis tías siempre con zapatos tenis.

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10 comentarios en “Zapatos sucios

  1. Me ha encantado tu vivencia. Tanta ternura…Siempre he tenido “unnosequé” por las personas que limpiaban los zapatos de otros, me gustaba verlos y oler el betún. Jamás lo sentí como cuentas. Una vez leído tu texto, mi visión sobre ellos ha cambiado.
    Me has transmitido con tus palabras ese momento de levantar el pie sobre el escabel para que el señor jorobado de bufanda deshilachada hiciera su trabajo. Me parece un texto especial.

    Un beso

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    • Gracias Milu, ese si es 100% vivencial. Hay varias historias de esa época y de mis tías solteras empedernidas enamoradas de un astro de cien muerto hacía muchos años. Quizá un día sea yo más disciplinado y las escriba. Un abrazo y gracias por tu comentario.

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  2. Veo en tus comentarios que tu trauma infantil no impide que te limpies tus propios zapatos.

    Según mi hija, soy maniática de la limpieza, yo creo, sinceramente, que no, pero sí que me gusta mucho y el orden. Y los zapatos son una de mis “manías”, necesito que estén impolutos, les doy mucha importancia, tanta que es una de las cosas en las que primero me fijo de una persona: los zapatos y luego sus dientes… si no pasan este primer examen… malo, malo.

    biquiños,

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