Antros

A la que conocí en un bar, todo a media luz, bebimos seis tequilas, palabras en alud, cuando desperté y la vi a mi lado, incluso pensé que me la habían cambiado.

A la que conocí en la disco, dijo que quería todo conmigo, aunque no me gusta bailar, en toda la noche no paramos de girar, a la mañana siguiente amanecí mareado, sentí que caminamos mucho sin llegar a ningún lado.

A la del restaurante, la creí buena persona, con su cara linda y su bolsa oscura, me dejó pagar la cuenta y me benefició con la duda, de ella no tengo queja pues resultó ser muy franca, por eso cuando me dejó regresé a las vacas flacas.

A la que conocí en el café le regalé 13 cigarros, cuando salimos de ahí, teníamos los ojos ahumados, con tanta tos no hicimos demasiado y entonces decidí dejar de buscar en los antros.

Recuérdame

No me olvides, porque yo sí me acuerdo de ti, aunque mi memoria sea mala.
No me olvides porque no me gusta que me dejen hablando solo, cuando lo que quería era hablar con alguien.
No me dejes esperando afuera, que hace frío y la lluvia es casi tan testaruda como yo.
No me olvides por favor, al menos mientras tengas el don de recordar.
Si no me recuerdan, no existo, a pesar de que respire; si no me piensan no soy, aunque digan que sea libre.
No me olvides por favor, porque se siente muy feo ser un recuerdo deslavado.
No me olvides, porque yo sí te recuerdo, y debemos hacer que este mundo sea un poco más equilibrado.

Olvido
Olvido

Las ruinas de la sorpresa

Princesa
La princesa fatalidad expresaba elegantemente sus insultos tornasolados. No decía malas palabras, sólo pulcros malos deseos. Muy al contrario de la jauría de perras, para quienes el lenguaje vulgar y carretonero era la única forma de expresión.
Solitario, en medio de la multitud, más frío que la lápida del que cayó de la gracia popular, decidí escribir lo que cabalgaba por mi mente, sólo para pasar el tiempo.
El Don Juan decadente sacaba del hueco en su cabeza los datos que con tanto esfuerzo había memorizado, sin analizarlos, para presumirlos a la primera oportunidad, deslumbrando a ignorantes y siendo ignorado por los indolentes.
La muñeca plástica de cabeza inflada sonreía de la manera mecánica que le enseñaron en la escuela de modelos.
El legislador sin ley no sabía qué dictar, sintiéndose como un déspota sin autoridad.
Los grises mal nacidos escondieron la llave de la persona que era el eje de sus envidias, ella tenía lo que ellos ni se atrevían a soñar para sí.
Todos puntuales salen a comer, pero siempre tardan más de la cuenta en regresar a trabajar.
No sé cuánto soportaré, escribiendo, cuando tengo que convivir con esta gente la mayor parte de las horas en que estoy despierto. Vigilia que trata de escapar hacia lejanas tierras, sin embargo para ir allá en realidad debo estar aquí. La maldición del bendito dinero.
Rutina absoluta, carente de sorpresas, todo comienza a la misma hora y a la hora de siempre termina, para al día siguiente volver a empezar.
¿Habrá sido la farsa igual antes de que la historia comenzase a ser registrada y contada? Horas de 60 minutos, jornadas de más de 10 horas.
Princesas, perras y juanes, legisladores, muñecas y demás. Agazapada tras el asombro y la novedad iniciales siempre está la costumbre.
Quisiera correr pero me da miedo vivir sin techo, además lo malo puede ponerse peor.
Mejor me quedo matando el tiempo en las ruinas de la sorpresa.

De aquí a la eternidad

Nadie sale vivo de aquí
Nadie sale vivo de aquí

Me estoy muriendo desde que nací. En algún lugar me creí la idea de que igual este es un lugar pasajero, o la sala de espera a la eternidad, o la prueba que decide para dónde va uno a parar después del supuesto final. El punto es que siempre me he sentido fuera de lugar. Ahora que ha pasado tanto tiempo, que llevo 11 años más allá de lo que pensé que sería mi límite, he tenido ocio suficiente para seguir pensando, lo que antes era impensable: ¿Y si después de esto, tampoco me hallo en lo que sea el más allá? Ojalá todo terminara cuando sale de este mundo por la puerta que sea (mutis por la derecha, salida de emergencia, trampa para la ropa sucia, o agujero de ratón), pero parece que no. Mientras unos dicen que si te portas bien puedes llegar a la eternidad para contemplar la Gracia del Señor (me cuesta pensar que un chiste pueda durar tanto tiempo) otros se empeñan en decir que es un constante volver a empezar (en niveles diversós, según tus acciones, o sea que en mi próxima vida puedo ser un perro de millonaria excéntrica, o un gusano en un cultivo de mezcal). Ninguna de esas opciones me atrae, ni siquiera un poco. Quisiera el Nirvana, la nada, la fuga completa y la desaparición total. No más YO en ningún plano. Pero por definición, si ese estado es un premio, por lo logrado en esta vida, seguro ya no me lo gané. Quisiera poder enfocarme al estar aquí y ahora, sacando lo más provechoso del asunto, pero me resulta tan difícil. Si vivir es fácil, a mis 44 no le he encontrado muy bien el modo. Ni modo. Vivir es el relleno con el que tenemos que embutir ese hueco que hay entre el nacimiento y el estreno de nuestra tumba. Seguiré buscando si hay algo más.

Entrevista de trabajo

El fulano llegó puntual a la cita. Vestimenta típica para una rutinaria entrevista de trabajo.
El entrevistador cumplió con su papel desde el principio. El fulano, no. Carente de sonrisa y la vista perdida la mayor parte del tiempo, el fulano llevaba un rictus de muerto, pero no de risa. Entregó el curriculum vitae, diciendo: “Esto debería llamarse mejor tedium vitae”. Trató de venderse de una manera en que nadie lo compraría:
“El trato es el siguiente”, dijo, “denme un lugar decorosamente humano para trabajar, exíjanme todas las tareas correspondientes a una sola persona, respeten mi tiempo libre como si fuera lo más sagrado para mí y páguenme en justa proporción a mi labor. Eso es todo. Creo que cumplo con los requisitos que buscan para el puesto. Por mi parte, les ofrezco trabajar con toda la ética posible y entregar un trabajo de la mejor calidad”.
El entrevistador, debido a la sorpresa, borró (por la centésima fracción de un segundo) la sonrisa obligada de su papel. Pero estaba bien entrenado y pronto se recuperó.
El entrevistador dijo, en el tono de siempre: “muchas gracias, nosotros nos pondremos en contacto con usted”.
Jamás llamaron al fulano.
Mefistófeles no se conforma sólo con lo aparente del contrato, Satanás lo quiere todo, además de tu alma te quiere quebrar la espalda, y exprimirte con el menor esfuerzo posible de su parte.
Si quieres comer tienes que firmar… ¿realmente tienes que firmar? Sigiloso silogismo sencillo.


1 de mayo de 2008