Porqué

Si fuera sólo por tus palabras o por la forma en que callas, estaría enamorado de un diccionario o de un muro.

Si fuera sólo por tu cuerpo o por tu aroma, amaría a una estatua florida.

Si únicamente fueran tus ideas o tu espíritu, conmigo me bastaría; pero no sólo por eso te amo… es por eso… y por mucho más.

Si fuera sólo por tus movimientos y por tu luz, amaría entonces al mar y a la luna.

Si se tratara únicamente de tu variedad y ocurrencias, querría a los circos y a cualquier reina de ocasión.

Si fuera sólo por tu compañía o porque me entiendes, estaría inscrito en un asilo de lujo; pero ya sabes que te amo por eso… y por mucho más.

Si te amara sólo por tu poesía y nuestra identificación me bastarían la naturaleza y dos espejos.

Si fueran sólo tus promesas y tu realidad, estaría con alguien ahogada en política o con una documentalista.

Si fuera sólo por la manera en que cocinas o por lo que a ambos nos gusta, seguro estaría con una mesera llamada Mesalina o Salomé; pero no… yo quiero seguir estando contigo.

Espero que te hayas hecho una idea de porque te amo.

Anuncios

Henny Penny

Cuento tradicional inglés
Traducido por Mobtomas

Hace mucho tiempo, una mañana soleada en una granja, una gallina muy responsable, ahorradora y cuidadosa de dar ante todos una imagen correcta, llamada Henny-penny, se dedicaba a raspar el suelo del patio en busca de maíz cuando ¡PUM!, una teja floja del gallinero cayó y la golpeó en la cabeza. “¡Pero qué desgracia!”, dijo sorprendida Henny-penny en un tono trágico al estilo del mayor drama teatral, mientras con un ala se sobaba la cabeza, “el cielo se está cayendo, debo correr a avisarle al rey”.

Y así, olvidando que dejaba sus responsabilidades de lado, y también su ecuanimidad, Henny-penny corriendo despavorida se dirigió a notificarle al rey de la desgracia.
Corría y corría hasta que en su camino se encontró a Cocky-locky, un gallo galante y elegante, siempre preocupado por lucir bien. “¿A dónde vas Henny-penny?”, le preguntó Cocky-locky con su bien timbrada voz y posando como si fueran a retratarlo. “Corro muy de prisa para avisarle al rey que el cielo se está cayendo”, le dijo sofocada Henny-penny. “¡CLOOOO!, ¡eso es muy grave!, ¿puedo acompañarte?”, le digo Cocky-locky, perdiendo su apostura y con una ya no tan bien timbrada voz. “¡Por supuesto!”, contestó Henny-penny. Así iban corriendo, aleteando y gritando, Henny-penny y Cocky-locky, para dar aviso al rey de que el cielo se estaba cayendo.

Corrieron y corrieron hasta que en un lugar del camino se encontraron a un pato muy serio, flemático y maduro llamado Ducky-daddles. “¿A dónde van Henny-penny y Cocky-locky?” les preguntó Ducky-daddles con su típica voz muy difícil de entender, pero eso sí, con su acostumbrada seriedad y sobriedad. “Corremos muy de prisa para avisarle al rey que el cielo se está cayendo”, le dijeron sofocados Henny-penny y Cocky-locky. “¡CUAAAAAC!, eso es grave. ¿Puedo ir con ustedes?”, gritó Ducky-daddles aterrado, histérico, temblando y olvidando por completo su seriedad. “¡Por supuesto!”, contestaron Henny-penny y Cocky-locky. Así se podían ver corriendo, gritando y aleteando, Henny-penny, Cocky-locky y Ducky-daddles a dar aviso al rey de que el cielo se estaba cayendo.

Corrieron, corrieron y corrieron hasta que en su camino se encontraron a un ganso desconfiado y muy incrédulo, llamado Goosey-poosey. “¿A dónde van Henny-penny, Cocky-locky y Ducky-daddles?” les preguntó Goosey-poosey con su habitual desconfianza. “Corremos muy de prisa para avisarle al rey que el cielo se está cayendo”, le dijeron alterados Henny-penny, Cocky-locky y Ducky-daddles. “¡JOOONK!, ¡qué horror!, ¿puedo ir con ustedes?”, dijo Goosey-poosey olvidando su desconfianza y creyendo completamente tan aterradora noticia. “¡Por supuesto!”, contestaron Henny-penny, Cocky-locky y Ducky-daddles. Así iban corriendo, gritando y aleteando, Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles y Goosey-poosey a dar aviso al rey de que el cielo se estaba cayendo.

Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-lurkey

Corrieron, corrieron y corrieron hasta que en su camino se encontraron a Turkey-lurkey, un pavo travieso y bromista, siempre al acecho en busca de nuevas víctimas para sus bromas. “¿A dónde van Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles y Goosey-poosey?”, les preguntó Turkey-lurkey curioso, tanteando el terreno para jugarles una broma. “Corremos muy de prisa para avisarle al rey que el cielo se está cayendo”, le dijeron alterados Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles y Goosey-poosey. “¡GLOOOO!, ¡pero qué desgracia!, ¿puedo ir con ustedes Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles y Goosey-poosey?” les preguntó Turkey-lurkey lleno de miedo y olvidando por completo las bromas. “¡Claro que sí Turkey-lurkey!”, dijeron al mismo tiempo Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles y Goosey-poosey . Así iban corriendo, gritando y aleteando, Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-lurkey a dar aviso al rey de que el cielo se estaba cayendo.

Corrieron, corrieron y corrieron hasta que en su camino se encontraron a un astuto zorro llamado Foxy-woxy. Foxy-woxy preguntó a Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-lurkey: “¿A dónde van Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-lurkey?” Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey poosey y Turkey-lurkey le respondieron a Foxy-woxy: “Corremos muy de prisa para avisarle al rey que el cielo se está cayendo”. “¡Vaya!, pero ese no es el camino para llegar hasta el rey, Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-lurkey”, les dijo Foxy-woxy, “yo conozco el camino correcto, ¿quieren que los guíe?”. “¡Por favor Foxy-woxy!”, dijeron al mismo tiempo Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-lurkey, olvidándose de todo en el mundo, excepto de su misión de notificar al rey que el cielo se estaba cayendo. Allí iban corriendo Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey, Turkey-lurkey y Foxy-woxy a dar aviso al rey de que el cielo se estaba cayendo.

Corrieron, corrieron y corrieron hasta que llegaron a un agujero muy oscuro y estrecho. Era la entrada a la madriguera de Foxy-woxy.
Foxy-woxy

Foxy-woxy les dijo a Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-lurkey: “Este es el mejor atajo para llegar más pronto al palacio del rey, así que síganme para darnos prisa. ¡Vamos Henny-penny, Cocky-locky, Ducky-daddles, Goosey-poosey y Turkey-turkey! No hay tiempo que perder.” “¡Claro que sí Foxy-woxy!, ¿por qué no?”, dijeron todos confiados y olvidando muchas cosas, incluyendo que las damas son primero, Turkey-lurkey, Goosey-poosey, Ducky-daddles, Cocky-locky y Henny-penny se dispuieron a seguir a Foxy-woxy adentro de la cueva.

Foxy-woxy entró primero y sin adentarse demasiado, cuando estaba en un sitio lo suficientemente oscuro, se detuvo a esperar a Turkey-lurkey, Goosey-poosey, Ducky-daddles, Cocky-locky y Henny-penny. Turkey-lurkey, al ser primero en entrar, pensó detenerse para asustar a sus amigos que venían detrás, pero era tanta su prisa por llegar a avisar al rey que olvidó su broma y siguió adelante confiando en que Foxy-woxy no estuviera muy lejos. Foxy-woxy no estaba nada lejos. De repente se oyó un ‘Hrumph’. Fue el seco sonido que produjo Foxy-woxy al arrancarle la cabeza a Turkey-lurkey y arrojar el cuerpo del pavo hacia un rincón de la madriguera. A continuación llegó confiadamente Goosey-poosey y… ‘Hrumph’, por allá fue a caer la cabeza del ganso, mientras su cuerpo era arrojado hacia donde estaba el de Turkey-lurkey. Sin formalidad llegó corriendo Ducky-daddles y… ‘Hrumph’, golpeó Foxy-woxy. Ducky-daddles perdió literalmente la cabeza y su cuerpo fue arrojado al rincón donde estaban los cuerpos de Turkey-lurkey y Goosey-poosey. Cocky-locky entro en la cueva, temblando y con un aspecto nada galante, pero no llegó muy lejos porque de repente se escuchó un ‘Hrumph’, Cocky-locky alcanzó a gritar: ‘¡KIKIRIQUÍ!’. De nuevo un ‘Hrumph’, seguido de un silencio y por fin Foxy-woxy descabezó a Cocky-locky, lanzando el cuerpo del gallo al lugar donde estaban los de Turkey-lurkey, Goosey-poosey y Ducky-daddles.

Afuera del agujero Henny-penny logró escuchar el grito aterrado y destemplado de Cocky-locky. “Es ya la madrugada”, se dijo la gallina, aunque no había dejado de ser la misma mañana soleada en la que cayó una teja en su cabeza, “debo poner mis huevos o se me hará tarde para luego contar mi dinero”. Entonces se dio media vuelta y se fue corriendo a casa, olvidando por completo su idea de que el cielo se estaba cayendo, y retomando su rutina diaria.

Henny-penny

Un martes 13

La reina del Blues se fue apagando con la noche, mientras que el poeta perdido ya no tuvo por quién escribir.

Los héroes de antaño se fueron rindiendo, uno a uno, pavimentando el desnivelado camino con sus viejas corazas, bastante oxidadas.

“¿En dónde están los valores?”, preguntó el iluso dormido. “De seguro bien guardados en la fría bóveda de un banco”, fue lo que respondió el exportador cínico, mientras que alguien se lavaba las manos en una pileta a la sombra.

Nada parecía cobrar dimensiones nuevas, todos estaban bien pagados de sí, las letras sólo se notaban en las letras de cambio; todas las mentiras eran verdades y las verdades sólo eran falsedades sinceras.

Lo que estaba arriba, bajó (excepto el oro); lo que estaba debajo se hizo a un lado (allí donde está el coro). La credibilidad se mezcló con la desesperanza, y el pelotón de Magdalenas lloraba por mera costumbre, sin una razón de peso, aunque el occiso era obeso.

La elefantástica amistad de dos adolescentes se desvaneció como vapor cuando se enfrentó a la primera adversidad de la mañana, y un cobarde decidió naufragar en el alcohol.

Los filósofos se fueron vendiendo poco a poco, ya sólo faltaba que el tiempo se dejara de contar, nadie podía detenerlo y a pesar de la incomodidad, nadie lo quería intentar.

“El mundo es de quien sabe vanagloriarse efectivamente de sus bajezas (sin importar que éstas sean ficticias)”, decía la pinta en la gran muralla china (¿dónde más cabría un mensaje tan largo?).

Un rayo cruzó el horizonte partiendo en dos el cielo, como si de un gran pastel azul se tratara o un nuevo Moisés confundiera el mar con el firmamento.

Todos se asustaron de repente, pero al asegurarse que nada pasaba, se encogieron de hombros, nada sanforizados, y retomaron sus actividades habituales.

Sólo era era martes, era 13, y el tiempo no dejó de contar.

Es mejor conservar el misterio

Dios ordenó que se hiciera la luz, y comenzaron los amaneceres, creados para recrearnos y hacernos sentir agradecidos. Pero hubo quien quiso explicarlos, no era suficiente admirarlos. Ahora que conozco el lado científico de la salida del sol, creo que hubiera sido mejor conservar el misterio.

El viejo mago que durante años cosechó aplausos accedió por fin, por una buena suma, a revelar sus secretos. Ahora sé cómo se esconden conejos y cómo se parte en dos el corazón de una mujer. Preferiría haber seguido asombrado, creo que hubiese sido mejor preservar el misterio.

Me dijiste que era todo mejor cuando sólo sospechabas que yo te amaba, preferías un personaje de novela, ajeno, que se la vivía ignorándote y disimulando sus sentimientos. Pero el amor no se puede dejar en un cajón, no se puede ocultar, le pasa lo mismo que a la tos.

Antes pensaba que las películas eran realidades, que me metía de verdad en las vidas que veía. Pero alguien me habló de guionistas, camarógrafos y de directores. Ahora el cine sólo es una pantalla en donde se proyectan imágenes animadas; creo que hubiese sido mejor conservar el misterio.

Quise sumergirme hasta el fondo de tu alma, para conocer tus deseos más ocultos. Ofrecerte realidades en una bandeja de plata, esperando que mi boca fuera el único destino de tus besos. Pero por esa razón descubriste que soy otro más, ni menos, creo que piensas que debí haber conservado el misterio.

breve divagación existencial

Con los ojos confundidos por la luz de engañosas religiones, los hermanos siameses se apuñalaban las espaldas. “¿Qué sentido tiene todo esto?”, se decía el cangrejo que avanzaba hacia atrás. Sentido carente en situaciones que de tener rostro serían caras duras, y por esa carencia presumían su dureza.

Perdona si ya no puedo regresar a tu rebaño, pero así fue desde que vi que seguían a un viejo lobo disfrazado. El amor pudiera ser deshojar una Margarita, no lo creo, pues la virginidad también es relativa y ¿qué pasa cuando se le acaban los pétalos a la señorita?

El hombre exitoso demuestra su triunfo hablando de su exclusivo club de golf, mientras la estrella emergente escribe canciones sinceras. Tras algunos años de aplausos y de discos de oro, terminará anestesiando su tedio en partidas de golf, y sus primeras canciones sonarán lejanas y añejas.

Aunque nadie sabe realmente a dónde va, o te mienten diciendo que ignoran que terminarán a algunos metros bajo suelo. La condesa dio su vida por la lucha, que terminó perdiendo cuando murió, ahora de ella sólo queda una estatua de mármol negro y casi nadie recuerda su nombre.

Algún día Sócrates será olvidado, si es que alguien más lo recuerda ahora, lo mismo sucederá a Shakespeare y a Cervantes, aunque a ellos les pase después de que todos hayan olvidado a la estrella que hoy juega golf. Al final de qué servirá creer que no seremos olvidados, para qué tantas espaldas apuñaladas y sonrisas fingidas.

Lo mejor será salir a mano con esta vida, haciendo algo que realmente llene tu tiempo.

Alto (el payaso de la luz roja)

alto
alto

Luz roja. Pie en el pedal del freno. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre casi calvo, el poco cabello que le queda revuelto de forma desagradable, pelo que parece quemado, mal oxigenado, Marilyn Monroe después de haber saltado del Hindenburg en llamas (fuego y no montada en un cuadrúpedo andino). El tipo tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente, en su boca un cigarrillo pirata que huele a neumático quemado. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un punto negro, del grosor de la punta de un dedo, en el centro de cada círculo. Parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa humeante cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.

El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es la Torre de Pisa arqueada, el arco de la derrota. Pasos cortos, cabeza gacha, la mirada que emana odio siempre viendo al frente. Es un frío día de diciembre, su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.

Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’, o lo que le permite su poca destreza en este negocio. Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos.

Esporádicamente aspira su cigarro, quizá para darle al acto un “factor de peligro”. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida, tácita torcida, entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A tres segundos de que la luz roja ceda el paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.

Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.