Cuarta de forros

Otra vez las mismas palabras que desembocan en la misma conclusión. Misma miseria, misma confusión.

Es necesario alterar nuestra historia a pesar de que eso sea doloroso. No eres libre, la costumbre te lo impide y si yo permanezco contigo me corono como el rey de los necios. ¡Larga vida al rey, en su ya necesaria necedad!

Ojalá pudiera decirte que te voy a esperar por siempre, pero eso es injusto si se ve desde el punto del que no se divierte, desde la posición del que vive teniendo siempre frío, del que tiene sobrepoblada la mente con mil y un delirios.

Es incorrecto tener a dos, o más, personas para que la suma de ellas sea tu sueño; tarde o temprano cualquiera de esos elementos deseará ser el único.

El tuyo es un juego que suele terminar mal, por mi parte creo que está cercano el final. Se ve cerca la contraportada, los créditos finales y el telón.

Ojalá pudiera decirte que no te amo, pero mi sentimiento por ti es muy grande, más que un Gulliver en esta tierra de liliputienses. Te busco en la gente y te miro hasta en el aire. Busco tu tacto, busco tu aroma, busco tu mirada aun en las sombras. Tu voz me resuena como un eco y lo que más quiero es que seas feliz.

Permanezco colgado del borde, aferrado con las uñas, tú sigues insistiendo en perpetuar esta situación.

Pero lamento decirte que hoy hice un descubrimiento importante: además de que te amo demasiado, también me amo yo. Al final todo pasa, hasta las pasas al darse la paz.

Adiós
Buen viaje
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Blandura

La decadencia de los seres humanos es blanda. Puedes constatarlo en el abdomen y en la cintura. Blanda como el colchón del éxito y de la estabilidad, cuando ya no hay gusto por correr, sino por atesorar.

El miedo al frío y a la soledad hace que la gente acepte casi cualquier cosa, provoca que votes por la indiferencia sobre la que solemos edificar nuestra paz privada, y muy personal. Así es como los antiguos revolucionarios se hacen burócratas, los poetas terminan trabajando en publicaciones comerciales de tercera y los soñadores se rinden para poder untar de mantequilla sus panes.

Con la decadencia el tiempo empieza a regirse de acuerdo a las fechas en que se pagan los salarios y en que se sale de vacaciones. Las voces se alzan sólo para hacerse notar en el mercado o para acusar a alguien de una competencia desleal. Tener, más que ser, y darle la vuelta a cualquier otro dilema existencial.

Consumir cultura prefabricada, escuchar música como se gastan pañuelos desechables. Ni cuenta te das cuando esta blandura te llega hasta el cuello y eres la sombra esféricamente caricaturesca de lo que fuiste. Igual y terminas siendo de los que hacen ejercicio, simplemente para canalizar tu consumo, y hacerte creer que haces por ti mismo algo que te hace sentirte competitivo para con los demás.

Lo que parecería la solución sencilla a esta blandura es botar todo y recuperar la libertad, pero es muy fácil decirlo y casi imposible realizarlo. La blandura conquista, la pereza seduce, la tranquilidad adormece y la estabilidad aturde. Todos queremos un camino fácil. El tiempo tampoco ayuda mucho y poco a poco tus huesos se niegan a alejarse del calor del hogar. Al final parecerá que todo fue una ilusión dentro de un círculo vicioso.

Quienes son fieles a sus sueños y se empeñan en no venderse, son glorificados por los blandos, pero siempre después de que son crucificados; suelen morir ‘jóvenes’.

Dudo que todo esto sea un fenómeno exclusivo de nuestros días.

Ciclo

Se despega el cigarro de la boca, lo arroja al suelo catapultándolo con el dedo índice que no indica nada, sólo empuja. El tabaco se apaga, como se extinguió el apego. El sueño se terminó. Decisión, simple decisión. No va más.
Levanta el cuello de la gabardina, se abriga mejor, sale de la esquina donde pensaba y entra en la lluvia. Camina mojado como sardina, decidido como misil. En la esquina abandonada se deja el extravío.
Camina a paso seguro por esas calles llenas de recuerdos, se encasqueta mejor el sombrero. La noche de diluvio mantiene a todos los animales dentro de sus arcas.
Hacia donde mire él, acecha un momento compartido. Allí, afuera de la panadería, fue donde comentó con ella las delicias de harina, allá en la curva cerrada de la avenida abierta se contaron cosas de sus familias, y en el cruce del semáforo tricolor se declararon amor, por siempre.
Pero la eternidad está muy lejos de los mortales. Las ilusiones se deslavaron por realidades. Nada resultó como lo idealizaron.
Transformaciones, cambios y luego infiernos.
Ya no más tormentos, no más tormentas internas, no más juramentos, no más ofensas, ni faltas ni necesidad de perdones. Pues él acaba de dejar el extravío en la esquina abandonada.
Se acerca a donde ella vive, él lleva el rompimiento bien establecido, practicado mientras fumó el último cigarrillo, mientras la lluvia caía, y la lluvia sigue cayendo.
Toca a la puerta, espera, espera.
La desesperación carcome, la decisión también, pero no hay lugar para las dudas.
Ella abre, él al ver sus ojos olvida su fortaleza, desmemoria el discurso, evapora la determinación, sólo exclama un dulce “hola”, y entra.
La puerta se cierra, un ciclo se abre.