¿A quién le importa?

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, cortó muchas noches y días el tiempo a través de Cortázar. Sacrificó demasiados viernes sociales por Verne. Leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta que llegó el momento que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y manteles desechables, que siempre guardó, después en hojas sueltas que conservó en carpetas, para después seguir anotando en libretas y cuadernos, de los cuales se fueron llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Siempre pensando en que un día lo publicaría. Todo lo guardó.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta acabar. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no era fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. No, tampoco fueron vendidos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos en este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras en una computadora, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y espacios virtuales. Mezcladas en enferma promiscuidad con esas frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves, inmediatos y pestilentes como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Al final sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano se traga el olvido. Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

10 comentarios en “¿A quién le importa?

    • Me pregunto cuántos no habrá así. De ahí salíó todo. Internet muestra que hay mucha gente que escribe, unos mejor que otros, otros de plano deben ser buenos carpinteros. A eso parece que se le sumó la idea de que no importa si te leen o no, todo se olvidará algún día. No importa cómo se diga, de viva voz, en papel o en medios electrónicos, a las palabras se las termina llevando el viento. Imagino que fue una mezcla de esas obsesiones mías, con tintes literarios pequeños y salpicados por allí y por allá. El café de Kerouac y de Balzac, el seguro terror que Dante tenía de quedarse mudo, las ideas raras de Cortázar, el nazismo y su bestial quema de libros, sí, imagino que éste escrito tenía que salir. Necesario para mí. Ojalá alguien lo disfrute. Gracias Vane y un abrazo.

  1. Mientras lo leía pensaba en los blos, me dije ¡pobre hombre si hubiera estado ahora podría abrir un blog!…podría ver sus pensamientos plasmados en algún lugar independientemente de que le leyeran o no. Tenemos esa necesidad de plasmarlo, de transmitirlo, de que nos oigan o nos lean, no por vanidad, simplemente porque sí…yo escribo en papeles de todo tipo, facturas, libretas, donde sea y luego lo plasmo, me gusta, lo necesito, no sería igual si lo guardara en un cajón, no me gustaría no poder transmitir lo que siento…me da pena

    • Hola Semilla, así es, el blog es la comprobación de la época democrática, medio caótica, que hay. La publicación está al alcance de todos, y la calidad se evapora. El lado bueno: todos pueden expresarse. El lado amargo: todos pueden expresarse. Creo que este escrito nació por el amor a las buenas lecturas, por el coraje que de a veces leer tanta basura por doquier (ok, yo me lo busco, ¿para qué me asomo a ciertos lugares?). Y sí, aunque sólo era una historia, al parecer es un búmeran que termina dándome fuerte y poniéndome el ojo morado. Es un buen medio terapéutico, expresar lo que uno lleva dentro. Un abrazo fuerte.

    • Así es, hemos llegado al triunfo de las masas (y al derecho de la expresión libre… hasta cierrto punto, como siempre). Sí, hay para todos los gustos, pero tanta oferta a veces sabe a caos. Un abrazo fuerte y qué buen año el de ’62.

  2. Está claro que necesitabas sacar todo esto. PLASMARLO. A las palabras termina por llevarlas el viento pero es cierto que esa necesidad de darle un lugar a las sensaciones, comocimiento…o lo que sea se hace necesaria. Totalmente de acuerdo con el final de tu entrada, pero no deja de ser triste.

    Un abrazo, mob

    • Hola Milu, siempre agradezco tus visitas y comentarios. Sí, a las palabras se las lleva el viento, a veces parece que hay demasiadas palabras. todos tenemos algo qué decir, unos lo dicen mejor que otros. Creo que se debió a esa saturación y a lo efímero. Pero mientras tanto algunas palabras quedan un poco antes de desvanecerse. Un abrazo y grecias (como siempre)

  3. Bueno, a veces uno pasa y lee sin decir nada, sin dejar un comentario, pero lo que leyó le llega profundo, lo deja pensando, lo desafia, lo alegra, etc., etc., y si eso sucede en la persona que lee, entonces las palabras no se las lleva el viento… permanecen de alguna forma en aire, en el tiempo…. en el eco…

    si, ya se que a veces peco de “romántica” o esas cosas, será que para mi hay cosas que leo que me quedan muy adentro y me gusta pensar que a otra gente le pasa lo mismo…

    Supongo que la historia es triste, aunque no sabemos que pensaba el escribidor… la necesidad de escribir es tan imperante a veces el impulso gana. Tal vez el no quería ni riqueza, ni fama, sólo escupir todas esas palabras atoradas en su pecho…. tal vez…

    Saludos, como siempre (aunque a veces desaparezco) es un placer leerte….

    • Hola Sandrine, pues siempre serás bienvenida a este espacio. Y agradecidos sinceramente todos tus comentarios. El escribidor, supongo que era compulsivo, imagino que en el fondo no le importaba tanto publicar (pero también creo que quien escribe en papel o en algún formato que no sea tiza o arena, siempre tiene el deseo de ser leído). No es triste, o quizá sí, al final lo que cuenta es lo que todos hacemos aquí y ahora, al olvido con la eternidad, que de todos modos a todos olvidará. Un abrazo y gracias por tus palabras.

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