La carta

La mano izquierda de David sostenía aún la carta. Su rostro tenía un gesto similar al que seguramente tuvo Henri de Toulouse-Lautrec al enterarse del suicidio de Vincent Van Gogh. David comenzó a experimentar la sensación de irrealidad que provoca una realidad que se presenta brutalmente. Él ahora comprendía muy bien esas frases que había escuchado en tantos programas de televisión y de bocas de algunos conocidos suyos: “No puede ser” y “esto no me puede estar sucediendo A MÍ”. Es justo mencionar que a David también podía aplicársele esa otra, excesivamente utilizada, frase que dice: “siento que no soy yo, es como si estuviese viendo una película”.

Hace tan sólo unos instantes que David se sentía bien. Su vida era normal y los segundos de su tiempo transcurrían con la misma monótona exactitud de siempre, sin que nada advirtiese del próximo desequilibrio de la cotidianidad.

Hace sólo unos instantes David iba rumbo a su oficina, como siempre. Como siempre salió del elevador, cruzó el oscuro pasillo del edificio donde habitaba. Mecánicamente volteó su mirada a su buzón y distinguió que en interior de éste se hallaba un gran sobre. Varias probabilidades cruzaron por su mente: “Debe ser el catálogo de algún almacén o la invitación a que participe  en el sorteo de alguna revista (tras comprar una suscripción, por supuesto). Recibos de pago o quizás sea una carta de mi amiga argentina felicitándome por mi cumpleaños (el cuál fue hace un mes y medio). Pero no, seguramente es la publicidad de algo”. Todo esto se decía David mientras con su mano izquierda sacaba el sobre del buzón.

Un intenso escalofrío recorrió la espalda de David cuando éste descubrió el emblema impreso en la esquina superior derecha del gran sobre.

Una encorvada anciana abrió repentinamente la puerta principal del edificio y penetró al oscuro pasillo. Con ella entró un fresco airecillo proveniente de la calle. La mujer olvidó cerrar la puerta tras de sí (descuido acostumbrado por el que la dama era famosa entre los vecinos). La anciana, que vivía en el departamento contiguo al de David, lanzó una breve mirada al misteriosamente pálido rostro del joven y, sin dedicarle ni el más mísero saludo, ignoró los buzones (ella nunca esperaba recibir nada) y caminó hacia el elevador.

David ni siquiera notó la esporádica presencia de la anciana. Abrió el sobre con gran nerviosismo y torpeza, nacidos ambos de la incertidumbre. Por fin sacó la carta. La impersonalidad del estilo con que estaba redactada la misiva hicieron que se estremeciera; en tanto que su contenido significó el tiro de gracia para su ya tambaleante estado anímico.

Al terminar la breve pero impactante lectura, David comenzó a maldecirse por su accidental negligencia y torpe descuido. Definitivamente el contaminado aire que provenía de la calle no ayudaba en nada para que su cerebro funcionara de manera óptima ante esta situación. El coraje del joven contra sí mismo y contra los que le enviaron la carta iba en aumento. Claro que todos nos sentiríamos como él en una situación similar. Aunque, por otro lado, no todos necesitamos de una carta emitida por el Departamento de Recaudación de Impuestos para enterarnos que no realizamos nuestra declaración a tiempo y que por ello somos acreedores a una increíblemente alta e insultante multa. ¡Bienvenido al mundo real David!

Guardando imagen

Guardar imagen. Por eso se dicen y se actúan mentiras. Exclamar: “ya no me importas” cuando aún se quiere con intereses más altos que los bancarios, es una vil mentira. La tasa de penalizaciones crece, incluidos sus posos de café.

Es mentira decir ya te olvidé, con tal de hacerse el fuerte, Fort Knox inexpugnable para los ataques apaches, decirlo y sin embargo recordar a esa persona hasta en los sueños de los sueños. Palabras sin dueño porque aunque las digo yo, seguro son sacos que cada quien se pondrá a su conveniencia. Quizás tengan para mí un fin, pero sospecho que todo está acabado.

Cada quien usará los elementos verbales a su favor, y el destino que se obtenga no será el buscado por nadie. Guardar imagen es hacerse el valiente cuando se está carcomido por el terror y la cobardía.

Decir “estoy superando tu recuerdo” cuando hasta en el juego de memoria se encuentra el retrato sonriente de quien se quiere olvidar, cuando cada esquina trae un momento del pasado, cuando hay pensamientos de esa persona aún en los lugares jamás visitados. El aroma de su piel en el aire, su tersura en la punta de los dedos. Y nada diré de los besos.

Suena a obsesión, pero es una obsesión obesa que pesa en la humanidad. Semilla de libros y obras que ya no se pueden contar, como las estrellas, como los granos de arena.  Parece que su persona se va, pero en realidad se queda. Sólo hace más dolorosa la ausencia.

Mentí muchas veces aún en contra mía, queriendo guardar imagen, pero borrándome en su vida.

Imagen

Revelaciones revueltas

El ego inflado como un globo de Cantoya, aboyado en alguno de sus lados, que a pesar de ser pesado se despega del suelo, inflado a veces por palabras gratas de una bella puertorriqueña, y sin embargo el ego tan grande muchas veces es símbolo de inseguridad.

Así es la vida, contradictoria hasta en sus contradicciones mismas.

Muchos dicen misa, lamento si esperabas que hablara ahora de salchichas. Decimos muchas veces adiós porque no queremos realmente irnos. Me despido y dejo todo en claro, arreglando las confusiones para que no me caiga el telón como dicen que va a llegar el final: como monja en prisión. El que mucho se despide pocas ganas tiene de irse. Yo me quería ir mucho antes de empezarme a despedir, a ese lugar adonde todos vamos, pero ni juntos ni revueltos, para descansar de este valle de lágrimas y risas, lamento si esperabas que hablara aquí de salchichas.

Embutidos en la existencia, como pasajeros del metro a la hora de salida, o de entrada laborales, pico de gallo humano, nos damos cuenta que por más que atesoremos no nos vamos a llevar nada. Nadie sale vivo de aquí. Yo intentaré llevar mi ego al vulcanizador porque vuelo, pero bien seguido me caigo, golpeándome feo, contra el suelo. Las cosas a veces se ponen color de hormiga, he visto hormigas tornasoladas y mujeres hermosas sonrojadas. Un ángel me saluda en mi camino a casa, me dice que aún no es momento y me dice hasta luego, en español. Mis pensamientos son demoníacos, porque en el fondo no me creo su santidad. Muchas veces las mujeres que aparentan dulzuras son las que gustan de decorar tu corazón con amargura, las decentes te dan las gracias, y gracias son las que las adornan.

Espero que no esperaras que hablara de comida, mucho menos de salchichas. A veces siento que entre más incoherencias aparentes digo, revelo más de mí que cuando mi discurso puede ser seguido, fluido y dizque lógico, no lo hago a menudo, ¿o sí? Si me has leído mucho podrás entenderme, y mereces aplicar para santo en el Vaticano. Qué paciencia, soportar mi insolencia verbal. Job no se compara a quien atraviesa este pantano de palabras, quizás buscando diamantes, sólo espero que hayas pasado un buen momento.

Yo sigo tratando de curar mi ego, que de tan enorme no me dejó admirar el paisaje. Fiel al vacío, me río, porque de lo contrario me pondría a llorar y la verdad ya me deshidraté. En mi impaciencia aprendí a ser paciente, en mi intolerancia terminé siendo indiferente. No me preguntes qué quise decir aquí, porque si me vuelves a ver lo más seguro es que lo haya olvidado. Un clavo saca a otro clavo, pero las personas no son de metal aunque se clavan muy profundamente. Siguiendo el ejemplo del quijote, al que no he leído ni creo leer, me embarco en proezas imposibles, en mundos increíbles, quizás para tener algo que decir o para presumir que yo también sufro.

El faquir barrigón que come tristezas para despertar simpatías. Se oye incluso un violín de fondo, y mientras un gato se hace pasar por el alcalde de Nueva York yo espero que regrese la persona que sabe alimentar mi ego y que me ayuda a levantarme del suelo. Doy gracias a Dios por las bendiciones y le pido perdón por las quejas. Me quedaré lo que tenga que quedarme, aunque, como les sucede a todos, cada día está más cerca el final. Revelaciones revueltas.

Resbalón de equilibrista
Resbalón de equilibrista

La Lucha que Algunas Personas Sostienen con el maligno. III y última

Parte I

Parte II

Parte III

De la casa de la piadosa mujer

Dos días después del exorcismo, el padre Francisco fue a visitar a Dolores al hospital. En ese sitio, trató de consolar a la pobre mujer intentando no mirar directamente hacia el morado y deformado rostro de ella (espectáculo por demás patético, sin mencionar los ojos inyectados de sangre y su brazo izquierdo enyesado) y procurando olvidar la macabra relación que tenía el nombre de esta mujer con sus vivencias actuales.

Dolores aún temblaba de miedo ante la más ligera mención a su esposo; esto sin importar que la habían convencido de que, por el momento, su marido se hallaba tras las rejas y ya nada podía hacerle él desde allí.

“Los primeros golpes fueron por el Bacardí”, rompía a llorar Dolores tratando de detallar su experiencia, “después me golpeó más feo por lo del patio… pero al entrar a la recámara…Ahhhh”, reinició Dolores los sollozos.

Tras hacer hasta lo imposible por reconfortar a la pobre mujer golpeada, el padre Francisco decidió ir a visitar a la ignorante responsable intelectual de la tragedia.

“Arca de la alianza, Bzz, Bzz, Bzz”, se encontraba diciendo Doña Lope cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta de su pequeña vivienda. Al abrirla se encontró cara a cara con el padre Francisco, quién sin esperar a que la anciana dijera ni media palabra entró a la casita y comenzó a responsabilizar a la anciana de todos los sucesos desencadenados tras la quema del viejo y bendito cuadro.

“¡Estás en un error Francisco! Lo que hice fue lo correcto, el diablo estaba en ese cuadro”, le gritó ofendida la vieja.

“¡Gaudencia estás loca!”, respondió el sacerdote mientras sus miradas furibundas pasaban del rostro de la anciana a las mesas, repisas y paredes, en donde entre tanta figura sacra y lámpara votiva no existían espacios libres mayores a un centímetro cuadrado. La atención del sacerdote siempre terminaba siendo atraída misteriosamente por las dos representaciones idénticas, hechas en madera tallada y que medían unos 50 cms. de altura cada una, de la Virgen de las Soluciones Milagrosas que se encontraban sobre la mesa del pequeño comedor.

“Tú la traes en mi contra Francisco”, decía la mujer temblando de ira al sacerdote, “primero me quitaste el catecismo de los niños…”

“Te los quité porque les golpeabas Gaudencia”, la interrumpió Francisco.

“Pues porque la Biblia santísima dice que la letra con sangre entra Francisco”.

“Eso no es lo importante ahora mujer, lo que quiero es que dejes de andarte con tus estupideces de vieja beata de una vez por todas”.

“¡Qué caramba contigo Francisco! Mira que hablarme así a mí, que tanto he hecho por la Santa Iglesia… lo que pasa es que el Diablo te poseyó, eres Mefistófeles y vienes a vengarte porque te saqué de la casa de Dolores”, y mientas gritaba, la anciana agarró la veladora más grande que encontró a su alcance (que por cierto tenía grabada la imagen de San Felipe Mártir) y la arrojó a la cabeza del sacerdote.

“¡Condenada vieja!”, gritó Francisco sumamente molesto y, tras esquivar el proyectil bendito, se lanzó en pos de la anciana que, como rata gorda en momento de naufragio, corrió hacia el comedor de su casa.

“¡AUXILIO! El diablo ha entrado en mi casa, ¡Santa Catalina de Parma [que por cierto es la santa patrona de los que son acusados injustamente] te ordeno que lo saques!, ¡AUXILIO!”, gritaba la mujer mostrando una agilidad que nadie le hubiese atribuido, pero que potencialmente estaba en ese pequeño cuerpo esperando una buena carga de adrenalina para ser liberada.

Gaudencia corría alrededor de la mesa del comedor y arrojaba al suelo todo lo que se encontraba a su paso con el fin de entorpecer el paso de su perseguidor. Así volaron carteles, estampitas, milagritos y rosarios. Imágenes y veladoras que tenían la figura de más santos que aquellos oficialmente registrados en el martirologio. Entre esas imágenes podemos mencionar: la Muerte Santa, el Niño Pinolo, el Padre Con, la Madre Sin, el Arcángel Tino y del Indio Pedro Lorenzo. La anciana corría y gritaba con desesperación:

“¡AUXILIO!, ¡San Tancredo de Pádua [santo patrono de los que son perseguidos en su propia casa, cuyo equivalente hindú es Pravanavna, dios de los que estando en su casa son perseguidos] sálvame de este salvaje!, ¡San Gonzalo Zurcidor [santo patrono de lo que son perseguidos en su propia casa y que corren en o con rumbo al comedor. Su equivalente hindú es Mahavirishni, dios de los que de manera afligida corren en o con rumbo a la parte de la casa-habitación donde se acostumbran consumir los alimentos] líbrame de este loco!”

La persecución fue por un instante seguida por la mirada de un retrato tridimensional y movible (de esos que abren y cierran los ojos dependiendo del sitio en el que el espectador se encuentre) del rostro de un hombre moreno, flaco y barbudo que simulaba ser Cristo crucificado.

“Ay Virgencita del Continente, haz que Armando Ramiro me quiera”, decía la TV encendida en el cuarto de Doña Lope, donde estaba sintonizado un canal que transmitía Telenovelas las 24 horas del día y que en ese momento presentaba una emotiva escena de la afamada historia titulada “María Sarita de los Sueños, favorita de la virgen”.

El clérigo y la anciana corrían y corrían, tan concentrados estaban en su persecución que ninguno se percató del momento en que, debido quizá a tanto movimiento, las cortinas de la sala comenzaron a arder, dando lugar al nacimiento de grandes llamas que velozmente consumieron toda la casa, y que de manera progresiva fueron acorralando a la perseguida y a su perseguidor en la recámara.

Afuera, en la calle, una multitud de curiosos fue haciéndose paulatinamente mayor. De esa multitud, y por extraño que pueda parecer, hubo alguien que dejó de admirar el infernal espectáculo y fue a llamar a los bomberos.

Parte IV.

De lo que se debe escribir para que el autor tenga paz interior.

Hoy el sacerdote Francisco se encuentra internado en el mismo hospital que Dolores. El día que sea dado de alta, el padre Francisco saldrá acompañado de cicatrices que le recordarán el resto de sus días la ardiente experiencia que vivió con Doña Lope en una pequeña y humilde casa. El viejo Justiniano sigue en el templo, contando su vida a quien se deja atrapar. El oficinista barrigudo murió el mes pasado de un ataque al corazón. Dolores vive en su casa con su marido (quién salió pronto de la cárcel) y, como mujer cristiana que acepta su cruz, vive sin emitir ningún tipo de queja sobre su actual, violenta y adulterada situación.

Por último, aunque el tamalero sigue vendiendo sus productos afuera de las oficinas y cada año sale de vacaciones con su numerosa familia a Acapulco, él ya no tiene a quién saludar por las mañanas durante su camino hacia las mentadas oficinas, pues Doña Lope se encuentra sosteniendo jugosas e inacabables conversaciones, con ángeles y demonios por igual, no en el purgatorio, sino en un manicomio de la populosa ciudad que la vio nacer. Así es como terminan las luchas que algunas personas sostienen con el Maligno.

La Lucha que Algunas Personas Sostienen con el maligno. II

Parte I

Parte II.

De la lucha de la piadosa mujer en contra del Maligno.

“Santa Rosa Purísima…” decía Doña Lope salpicando de agua bendita todo lo que podía a su paso, ya en el interior de la casa de Dolores.

“Ruega por nosotros…”, respondía llorando a todo pulmón la afligida Dolores –parecía que le hacía cierto honor a su nombre- siguiendo de cerca a la vieja.

“Santa Teresita descalza de Bogotá te imploro que junto con la Virgen de las Culpas Remotas Sin Mácula y con Santa Catarina Bicolor de la Sagrada Hondonada, bendigan esta casa con el poder que me dan…”, continuaba la anciana.

De esta manera, ambas mujeres bendecían cada habitación por la que pasaban: la entrada, la cocina y la pequeña sala (incluyendo el televisor). Este monótono proceso fue detenido de inmediato cuando, al llegar a la recámara principal, Doña Lope palideció y se detuvo llena de terror al descubrir un gran cuadro que colgaba de una de las descarapeladas paredes del cuarto.

“¡Allí! ¡Allí! ¡Allí está Satanás!”, gritó de repente la anciana abriendo desmesuradamente sus siempre expresivos ojos y señalando con su trémula mano el cuadro, “¡Allí está el enemigo!”.

“¡Pero si es una imagen del Santo Niño de la Santa Paz en Beatífica Quietud!”, exclamó sorprendida Dolores mirando el gran cuadro de marco dorado.

En efecto, el cuadro era la reproducción casi perfecta de una de las múltiples presentaciones de un Niño Dios. No se trataba del Santo Niño de la Paz, ni del Santo Niño Pacífico, ni del Santo Niño del Amor Tranquilo, ni mucho menos del Niño Santo de la Quietud; el cuadro en cuestión era una inmejorable imagen antigua del Santo Niño de la Santa Paz en Beatífica Quietud con todo dulce mirada, pequeña capa morada, báculo dorado y boina negra.

“¡Tenemos que quemar ese cuadro maldito!”, ordenó la anciana con una autoridad mayor a la de Benito Mussolini.

“Pero Doña Lope, ese cuadro está bendito; además es una antigüedad de la familia de mi esposo; se lo han pasado de padres a hijos y de estos a sus hijos, y así desde su tatarabuelo. ¡Doña Lope este cuadro es lo que más quiere mi marid…”

“¡Con un carajo mujer! Yo te digo que ahí está el diablo”, interrumpió la anciana con ojos llameantes, y temblando de rabia, en tanto arrojaba chorros de agua bendita a Dolores, “o ¿es que Satanás te está convenciendo con sus mentiras? Vadre reto Satanás, Vadre reto”.

“No, No, No, Doña Lope, no se enoje. No me moje por favor. ‘Orita quemamos el cuadro, ‘orita lo quemamos”, y mientras esto decía, la afligida víctima de adulterio descolgó el gran cuadro de la pared y lo sacó al patio de la casa.

“Es el mismísimo Mefistófeles, enemigo del Señor y Señor de los Infiernos”, gritaba Doña Lope sin dejar de arrojar lo poco que quedaba de agua bendita al cuadro y otorgando a Mefistófeles el máximo rango infernal. “¡Virgen del Arroyo de las Santas Penurias te ordeno que mandes a éste al infierno al que pertenece, Santa Torre de la Sabiduría dame el poder de vencer a Satanás, Santísimo… Bzz, Bzz, Bzz…”.

Doña Lope pareció caer en un trance religioso al comenzar sus oraciones, que sólo interrumpió cuando le pidió una botella de alcohol a Dolores.

Lo primero que encontró la atribulada Dolores fue una botella adulterada de Bacardí blanco, apreciada propiedad de su violento marido. Entregó la botella a la anciana, quien dando órdenes al cielo, arrojó el contenido etílico sobre el cuadro y trató de encenderlo con un fósforo.

La escuálida llama fue efímera y no sirvió de gran cosa, pues con toda el agua bendita allí regada, era difícil que prendiera un buen fuego.

“¡El enemigo se niega a irse!”, gritó la anciana a punto de desgarrar sus pulmones, “no te quedes ahí parada mujer, ¡trae gasolina o algo!, antes de que nos gane el maldito”.

Dolores era ahora una completa autómata esclavizada, obediente únicamente a los mandatos de la santa vieja. Como de milagro, Dolores encontró en ese mismo patio un bote con gasolina, a un lado de una botella de refresco de toronja que en realidad contenía cloro.

Doña Lope vació el bote de gasolina y encendió el charco que se formó. Una inmensa llama anaranjada, llena de calor, se elevó unos cuantos metros arriba de las cabezas de las mujeres, consumiendo en su totalidad el techo de plástico que protegía de las inclemencias del tiempo al oxidado tanque de gas.

“¡AAAHHHHH! Nos quiere mataaaar”, gritó aterrada Doña Lope, “¡AAAHHHHH!”

Dolores, iluminada repentinamente por la Providencia, arrojó al fuego la tierra de todas las macetas que allí tenía, después corrió hacia donde había una manguera, abrió la llave del agua y con dificultad apagó el incendio.

Del techo de plástico sólo quedaron piezas carbonizadas y una gran mancha negra en la pared. Negro y enlodado había quedado también el tanque de gas. Del cuadro que representaba al Santo Niño de la Santa Paz en Beatífica Quietud, sólo quedaron cenizas y trozos ahumados de vidrio.

“Se ha ido mujer”, dijo la vieja sin aliento, de inmediato tomó sus pertenencias y abandonó la casa de Dolores con un andar majestuoso.

“¡Gracias Doña Lope! ¡Gracias!”, dijo Dolores medio extenuada y medio emocionada al ver alejarse la enjuta figura de la anciana.

Fin de la Parte II

Parte III y conclusión

La Lucha que Algunas Personas Sostienen con el maligno. I

Parte I

De la exposición del problema en el interior de un templo.

Eran las 5:30 de la mañana; por lo menos así lo indicaba el siempre puntual reloj de pared con carátula del Sagrado Corazón de Jesús ubicado en el estrecho pasillo de la vieja casita. El peculiar instrumento de medición cronológica del pasillo estaba siempre en perfecta sincronía con el reloj del comedor, en cuya carátula se podía apreciar una barata reproducción de la última cena (iluminada con colores tan brillantes como chillones, baste mencionar el insultante color verde neón de las ropas del apóstol Juan o el amarillo huevo de los cabellos de Pedro); reloj que a su vez estaba sincronizado con aquel de carátula decorada con la Oración de los Olivos, que se hallaba colgado en una pared de la recámara naftalinicamente perfumada, justo al lado de una estampa-mini póster del Arcángel san Miguel.

La paz del pasillo principal, que de manera permanente olía a una mezcla de incienso y cera de velas consumiéndose, fue repentinamente interrumpida por un enjuto y encorvado cuerpo envuelto en ropas negras que pasó zumbando como abeja humana. Aquel oscuro cuerpecillo fugaz, que a su paso iba dejando un olor a humanidad rancia, aderezado con aroma de madera de banca de templo antiguo, era delicadamente iluminado por los destellos de las múltiples veladoras y lámparas votivas que permanecían encendidas las 24 horas del día, para honrar a algún santo o alguna imagen sagrada de las miles que literalmente tapizaban la pequeña casa.

“Santa Virgen de la Olvidada Bzzz, Bzzz, Bzzz…”, decía el zumbido salido de una boca de arrugados labios pertenecientes a Gaudencia López, nombre con el que había sido bautizada la poseedora terrenal del encorvado cuerpecillo oscuro.

Gaudencia, había nacido en un, ya lejano, 30 de agosto, razón por la cual tuvo la desgracia de arrastrar consigo ese pintoresco nombre por el resto de su vida; pero debido al respeto y cariño que le profesaban quienes la conocían (además de lo molesta que se ponía la anciana cuando la llamaban por su verdadero nombre), era conocida simplemente como Doña Lope.

“Torre de Marfil, Bzz, Bzz, Bzz…” zumbaba la anciana mientras buscaba las veladoras que se hubiesen extinguido completamente, para sustituirlas por unas nuevas cuya vida funcional comenzaba de inmediato. La automática letanía de la mujer sólo era interrumpida cuando sus fruncidos labios soplaban para apagar cada fósforo utilizado durante su dedicada tarea o cuando, en medio de sus oraciones, maldecía a alguna persona que no le simpatizaba y cuyo recuerdo la sorprendía en medio de su rezo.

Tras el cambio de las veladoras y decir el último amén en el interior de su vivienda, la devota señorita añeja se envolvió en un chal de estambre negro, tomó uno de sus rosarios misioneros (esos que son multicolores, de un color por continente) y salió a la calle para tomar el rumbo acostumbrado.

“Buenos días Doña Lope”, le gritó el vendedor de tamales que se dirigía a ofrecer sus productos a las afueras de un gran edificio de oficinas donde laboraban numerosas hordas de empleados hambrientos (edificio en el que no faltaba el empleado de voluminoso abdomen que se echaba la corbata a sus espaldas – a manera de bufanda – para comer sus dos tortas de tamal y su atole salvaguardando la limpieza de su corbata de seda comprada en el mercado negro).

“Santa Lucrecia martir, Bzz, Bzz, Bzz…”, respondió la negra figura apenas dirigiéndole la mirada al cortés tamalero y pensando: “Condenado viejo libidinoso, siempre mirándome con sus ojos lujuriosos”.

El vendedor siguió su marcha, sin sorprenderse por la aparente falta de atención a su saludo y sin poder evitar la comparación del rostro de Doña Lope con el de una iguana desfigurada. Esta escena se repetía todos los días a la misma hora, excepto los fines de semana y durante las vacaciones de Semana Santa en que el buen tamalero acostumbraba llevar a toda su familia (que incluía a su esposa, sus ocho hijos, su abuelita, sus cuatro tías solteronas admiradoras de Pedro Infante, su suegra y su madre) a las bullentes playas de Acapulco.

Las campanas del templo comenzaron a repiquetear a las 5:55, invitando a los feligreses a la Misa de seis. Ya para ese momento, Doña Lope se encontraba sentada cómodamente en su banca de costumbre dentro del templo, zumbando y zumbando con la dura mirada fija al altar (muy cerca de una de las bocinas amarradas a las columnas del interior del templo, para así poder escuchar mejor lo que decía el ‘padrecito’).

Poco a poco fueron llegando al templo otras devotas mujeres que, con Doña Lope, acostumbraban asistir a tan temprana ceremonia religiosa. Claro que no podía faltar el buen Justiniano, un encorvado viejecito que una vez terminados los oficios religiosos gustaba de contar los repetidos pasajes de su vida al incauto que cometía el error de prestarle una mínima cantidad de atención. Las pícaras anécdotas de Justiniano culminaban siempre con la frase: “Yo fui como el diablo, pero ‘ora ya estoy cerquita de Dios”.

Un minuto antes que diera inicio la ceremonia, Dolores Robledo, mujer de unos treinta y tres años de edad, se le acercó respetuosamente a Doña Lope para susurrarle con una preocupación poco disimulada y nada contenida:

“¡Ay Doña Lope, necesito hablar con usted, estoy en un verdadero apuro!”

“Estrella de David,…”, rezaba la anciana y, visiblemente molesta por la interrupción, le respondió con autoridad severa a la apurada mujer: “cuando termine la misa vemos lo que te pasa Dolores”.

Dolores tomó asiento junto a Doña Lope, mientras el sacerdote hizo acto de aparición. El oficio religioso transcurrió sin novedad, terminando exactamente 30 minutos después de haber comenzado; el fin de la ceremonia marcó el inicio a una nerviosa palpitación en el corazón de Dolores; originada por ese temor que muchos experimentamos al encontrarnos frente a frente con un ser que creemos superior.

“Ahora sí mujer”, gritó la anciana, tal y como si se hallase en medio de un mercado abarrotado donde fuese necesario alzar exageradamente la voz debido al bullicio, mientras volteaba su canosa cabeza y comenzaba a clavar su estricta mirada en el rostro de Dolores: “dime qué te pasa”.

Algunas mujeres que se encontraban realizando oraciones personales dentro del templo fingieron no inmutarse ante el poco respeto que la añeja ‘santa’ les mostraba y continuaron orando (o por lo menos lo trataron de hacer), pero la mayoría de ellas interrumpió su labor divina y decidió para oreja a las palabras de la popular Doña Lope.

“Mi marido me engaña Doña Lope, mi marido tiene otra mujer”, comenzó a decir Dolores en voz baja, tratando de ahogar el llanto y haciendo cómicas gesticulaciones debido a su sobrehumano esfuerzo por contenerse.

“Te lo advertí mujer”, vociferó la vieja con rabiosa furia, “te dije que teníamos que bendecir tu casa y tú no me hiciste caso, ‘ora ve lo que te buscaste. ‘Ora ve lo que te pasa…”

“Sí, Sí, lo sé. Le pido perdón Doña Lope”, lloraba Dolores, “pero es que mi esposo me dijo que no quiere que usted…”, se interrumpió descubriendo demasiado tarde lo que sus palabras producirían en la vieja, “… no quiere que usted ponga ni un pie en mi casa; todo desde esa vez que usted le dijo tantas cosas feas…”.

“¡Ay condenado! Serán para él cosas feas, pero son ciertas. Yo siempre he sabido que tu marido es débil ante las enseñanzas de nuestra madre Iglesia y que prefiere los caminos de Satanás en vez de nuestro camino recto. A ver, ¿por qué a pesar de que lo regañé tantas veces el muy tarugo no arrancó las fotos de todas esas viejas encueradas que tiene por todas las paredes de su mugroso taller? ¿Eh? Es un cochino, puerco que nomás piensa en ‘eso’… Pero bueno, él está perdido y no tiene perdón de la Iglesia, pero tú debiste hacerme caso y dejar que sacara los demonios de tu casa desde antes de que esto te pasara”.

“La verdá tuve miedo a que me pegara mi marido nomás si se enteraba que usted había ido a mi casa…”, decía Dolores sin intentar contener ya sus lágrimas.

“Te lo dije, te lo dije Dolores. ‘Ora que el muy sinvergüenza ya anda con otra mujer ya me haces caso y vienes a buscarme ¿verdá?”, enfatizó a todo pulmón la anciana como para asegurarse de ser escuchada hasta en el último rincón del templo.

“Sí, sí. Perdóneme, ¿’ora qué hago?”, imploró Dolores frotándose desesperadamente las manos (que por cierto olían a blanqueador de ropa).

“Tengo que ir a tu casa, porque el diablo ya vive allí, yo lo sé. Con el poder de la Virgen tengo que sacar al diablo de tu casa y que se regrese a su infierno. Pero, ¿verdá que yo tenía razón Dolores?”

“Sí es verdá Doña Lope, es verdá… ¿cuándo puede ir a mi casa?”, imploraba Dolores.

“’Orita mismo mujer. Cuando el diablo anda haciendo de las suyas es mejor hacer las cosas de prisa”.

En ese momento Francisco, el sacerdote titular de esa parroquia, se acercó a la anciana para pedirle que bajara el tono de su voz por respeto a los demás asistentes…

“¡Déjame en paz Francisco!”, le respondió la anciana mientras con la ayuda de Dolores se ponía de pie, “a veces pienso que si tú te dedicaras a hacer todo lo que debes de hacer, yo podría tener más tiempo para mi devoción y no me estaría metiendo en estas cosas que son tu deber”.

“Dolores, te aconsejo que te andes con cuidado con Lope…”, dijo el sacerdote un poco preocupado, pues sabía de sobra que seguir hablando con la anciana era tan efectivo como discutir cualquier tema con un burócrata.

“No le hagas caso a Francisco, mujer”, dijo enfadada la anciana jalando de la manga a Dolores, “vámonos ya”.

Y de esta manera, tras llenar con agua bendita un bote plástico que se encontraron abandonado en la oficina de la parroquia, ambas mujeres se retiraron del templo. Mientras tanto, en el atrio, Justiniano relataba a un barrendero su historia de todo lo que, en sus tiempos, se podía hacer para mantener a una esposa y tres amantes al mismo tiempo.

Fin de la Parte I

Parte II