La carta

La mano izquierda de David sostenía aún la carta. Su rostro tenía un gesto similar al que seguramente tuvo Henri de Toulouse-Lautrec al enterarse del suicidio de Vincent Van Gogh. David comenzó a experimentar la sensación de irrealidad que provoca una realidad que se presenta brutalmente. Él ahora comprendía muy bien esas frases que había escuchado en tantos programas de televisión y de bocas de algunos conocidos suyos: “No puede ser” y “esto no me puede estar sucediendo A MÍ”. Es justo mencionar que a David también podía aplicársele esa otra, excesivamente utilizada, frase que dice: “siento que no soy yo, es como si estuviese viendo una película”.

Hace tan sólo unos instantes que David se sentía bien. Su vida era normal y los segundos de su tiempo transcurrían con la misma monótona exactitud de siempre, sin que nada advirtiese del próximo desequilibrio de la cotidianidad.

Hace sólo unos instantes David iba rumbo a su oficina, como siempre. Como siempre salió del elevador, cruzó el oscuro pasillo del edificio donde habitaba. Mecánicamente volteó su mirada a su buzón y distinguió que en interior de éste se hallaba un gran sobre. Varias probabilidades cruzaron por su mente: “Debe ser el catálogo de algún almacén o la invitación a que participe  en el sorteo de alguna revista (tras comprar una suscripción, por supuesto). Recibos de pago o quizás sea una carta de mi amiga argentina felicitándome por mi cumpleaños (el cuál fue hace un mes y medio). Pero no, seguramente es la publicidad de algo”. Todo esto se decía David mientras con su mano izquierda sacaba el sobre del buzón.

Un intenso escalofrío recorrió la espalda de David cuando éste descubrió el emblema impreso en la esquina superior derecha del gran sobre.

Una encorvada anciana abrió repentinamente la puerta principal del edificio y penetró al oscuro pasillo. Con ella entró un fresco airecillo proveniente de la calle. La mujer olvidó cerrar la puerta tras de sí (descuido acostumbrado por el que la dama era famosa entre los vecinos). La anciana, que vivía en el departamento contiguo al de David, lanzó una breve mirada al misteriosamente pálido rostro del joven y, sin dedicarle ni el más mísero saludo, ignoró los buzones (ella nunca esperaba recibir nada) y caminó hacia el elevador.

David ni siquiera notó la esporádica presencia de la anciana. Abrió el sobre con gran nerviosismo y torpeza, nacidos ambos de la incertidumbre. Por fin sacó la carta. La impersonalidad del estilo con que estaba redactada la misiva hicieron que se estremeciera; en tanto que su contenido significó el tiro de gracia para su ya tambaleante estado anímico.

Al terminar la breve pero impactante lectura, David comenzó a maldecirse por su accidental negligencia y torpe descuido. Definitivamente el contaminado aire que provenía de la calle no ayudaba en nada para que su cerebro funcionara de manera óptima ante esta situación. El coraje del joven contra sí mismo y contra los que le enviaron la carta iba en aumento. Claro que todos nos sentiríamos como él en una situación similar. Aunque, por otro lado, no todos necesitamos de una carta emitida por el Departamento de Recaudación de Impuestos para enterarnos que no realizamos nuestra declaración a tiempo y que por ello somos acreedores a una increíblemente alta e insultante multa. ¡Bienvenido al mundo real David!

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4 comentarios en “La carta

    • Así es Aldabra. Lo peor de todo es que está basado en una historia real. Es que mi contador jamás me avisó que tenía que hacer declaraciones en 0 cuando no ganaba nada. En fin jajja. Y no son excusas. Un abrazo

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