Bumerán

Viernes, exactamente a las 8:45 pm. No es una noche estrellada, y tampoco hay árboles. Es una noche en una esquina de la ciudad, allí donde se encuentra ubicada una lujosa tienda de regalos; en una banca de carcomida pintura está sentado un joven llamado Bruno, sobándose la pierna derecha. Es un espectáculo extraño mirarlo en pleno siglo XXI con sus 25 años de edad y vestido como si estuviese viviendo el clímax de la moda de la década de 1970. Bruno mira su reloj y entonces su paciencia termina. Está claro que su amigo Abraham, de 26 años, quien a pesar de su nombre no cuenta siquiera con una gota judía en sus venas, acaba de rebasar los 20 minutos de tolerancia que Bruno otorga a la espera de cualquier persona para que el retraso de ésta sea razonable. Por eso, Bruno se pone de pie y comienza a alejarse por el lado izquierdo de la acera, cojeando de la pierna derecha. Durante su retirada, es sorprendido por un avioncito de papel que pasa volando muy cerca de su cabeza. Antonio, un niño vagabundo, “de la calle” (o en “situación de calle” como dicen los adoradores del dios del eufemismo), corre a recoger su avioncito cada que éste aterriza para echarlo a volar de nueva cuenta.

El pequeño Antonio encuentra una especial fascinación en jugar con aviones de papel cada que termina sus ‘jornadas laborales’ (las cuales consisten en la venta de chicles que, acomodados en una caja multicolor, su tía – una mujer que a pesar de hacerse llamar así carece de lazos familiares con Antonio – le entrega todas la mañanas). Antonio es el niño más feliz en muchos kilómetros a la redonda cuando juega con sus aviones; entonces olvida las violentas escenas que tiene que presenciar casi a diario. Escenas que llevan como protagonistas principales a su tía y al hombre en turno con quien ella vive (hombres que invariablemente serán tan borrachos como su propia tía); escenas que comienzan generalmente con gritos y terminan invariablemente en golpes. Antonio sólo es feliz cuando juega con sus aviones, claro que esta felicidad se la debe en gran parte a Lorena, la atractiva señorita que trabaja como contadora en una de las oficinas ubicadas en el edificio que está a un costado del hospital, enfrente de la esquina donde Antonio vende sus chicles; pues fue precisamente Lorena quien, con una paciencia piadosa y una destreza contagiosa, enseñó a Antonio la técnica correcta para elaborar los mejores aviones de papel.

Si miramos al edificio donde trabaja Lorena, alcanzaremos a notar que casi todas sus ventanas muestran ya sus interiores a oscuras; pues como es sabido, la mayoría de los obreros de cuello blanco creen en la leyenda que dice que los viernes, al caer la noche, todas las oficinas son visitadas por espectros malignos capaces de llevarse al infierno a todo aquel inconsciente que encuentren laborando a esas horas.

Observando detenidamente el edificio descubriremos que de entre las pocas ventanas cuyo interior está todavía iluminado, se encuentra precisamente la de Lorena. Ella sigue en ese momento en su oficina, que aún huele un poco a una reconocida marca juvenil de fina fragancia masculina, y que está decorado en un estilo colonial mexicano que contrasta un poco con la música de fondo, en este momento se trata de George Michael cantando a dúo con Mary J. Blige el tema “As”. Los que laboran allí están ya cansados de escuchar al “maldito George Michael” (estrella apagada de finales del siglo XX) todos los “malditos días” y a todas “las malditas horas”, desde hace unos “malditos meses”, pero qué se le va a hacer; si el “maldito jefe” así lo dispone, así tiene que ser, pues le gusta y es el jefe.

Lorena se encuentra absorta en sus cuentas y sumamente preocupada, pues no pudo confesarle toda la verdad a su jefe, quien acaba de despedirse de ella hace apenas unos segundos. Lorena trata ahora de elaborar una especie de guión convincente para explicarle el siguiente lunes el motivo de un considerable faltante en las ganancias de la semana que acaba de terminar. En verdad reza por que su jefe tome en cuenta que ella es una madre soltera que tiene que ver ante todo por su hija y que una situación desesperada, como la enfermedad de su pequeña, debe ser considerada como atenuante para el castigo merecido por las acciones que cometió (específicamente: haber tomado en secreto de la compañía una suma que para este viernes había esperado reponer, sin que nadie lo hubiese notado. Pero las cosas casi nunca resultan de la manera en que se planearon y Lorena no pudo reponer nada para hoy). Una vez que Lorena haya confesado todo el lunes, le prometerá a su jefe la reposición de la cantidad tan pronto y le sea posible. Ahora sólo ruega que su jefe, el licenciado Goicochea, al que tanto le gusta recientemente la música de George Michael, sea clemente con ella. Existe una luz de esperanza para Lorena, pues el licenciado, al despedirse hace unos instantes de ella, estaba radiante de una alegría que casi podía considerarse euforia. “¡Ojalá que la alegría le dure hasta la próxima semana!”, suspiró Lorena.

Cuando el licenciado llegó hasta el escritorio de Lorena para anunciarle, con una voz musical y cantarina, que deseaba los totales de la semana a primera hora el próximo lunes y despedirse deseándole un buen fin de semana; en la mente de él todavía sonaba la angelical voz de Mariana. ¡Ahh Mariana!, esa jovencita de 23 años capaz de devolverle al cincuentón Goicochea todas esas energías que él creía perdidas tras tantos años de matrimonio con una mujer que ahora sólo le inspiraba tedio. ¡Qué bien sonaban las promesas para esa noche que le había hecho su Mariana, con su virginal boquita tan sensual y experta, a través del teléfono privado de Goicochea!, y ¡con qué facilidad logró el adúltero maduro – inmediatamente después de escuchar las eróticas promesas – convencer a su mujer de que tenía de nuevo otra cena de negocios con un cliente extranjero al que se veía obligado de enseñarle la vida nocturna de la ciudad! “Puede que llegue más tarde de lo acostumbrado querida”, dijo Goicochea al despedirse de su mujer por teléfono con un besito sonoro y rutinario, mientras se rociaba el rostro con una fina loción juvenil con la que pretendía agradar esa noche a Mariana, escuchando aún el eco de la voz de su joven amante resonando en su mente.

Tras hacer una candente promesa telefónica de pasión futura a su maduro amante, Mariana colgó el auricular y procedió a golpear tan cariñosa como coquetamente, a manera de juguetón reproche tardío, la mollera de Juan, que estaba al lado de ella. Juan, completamente desnudo en el lecho de Mariana; y que durante la conversación telefónica de ésta con el tal Goicochea se divirtió haciendo cosquillas en el bien formado cuerpo de Mariana. La joven de 23 años sale de la cama, igual de desnuda que Juan, y va rumbo a la regadera pensando en qué le va a contestar a Juan tras la pregunta que él acaba de formularle. Ella ama a Juan, un joven aventurero con más que demasiadas energías sexuales, pero Goicochea es algo más seguro y, sobre todo, redituable para ella. Por más que Juan la quiera, éste no podrá jamás regalarle algo ni remotamente comparado con los obsequios de su maduro licenciado. Cómo desearía Mariana que Juan no hubiese vuelto a ponerla en el umbral de la decisión definitiva. “Lo siento”, piensa Mariana, “pero si debo escoger entre Juanito y el viejito, terminaré optando por el segundo, por lo menos durante unos meses más”.

Mariana entra en la regadera (cantando una de las canciones de su cantante favorito: “One More Try”, de George Michael) y en ese instante se cumple una de las leyes universales más invariables que puedan existir: su teléfono suena. A Juan le enerva la prohibición de contestar el aparato cuando está de visita en el lujoso departamento de Mariana; por eso, para calmar sus nervios, se levanta de la cama y traslada su completa desnudez hacia la ocupada regadera. El teléfono continúa sonando y, en medio de las altas muestras de afinidad sexual que ocurren en la regadera, Mariana toma la decisión de mandar al Diablo al licenciado Goicochea y quedarse con Juan a partir de esta misma noche.

“Mugre Mariana, sé que estás allí. Contesta por favor…”, dice la distraída Gabriela, joven de 25 años, sosteniendo el auricular de su sofisticado teléfono y mirando la hora en su bello reloj de oro, “¿porqué de entre todas mis amigas a escoger, me tuvo que tocar ser la madrina de bocadillos para la boda de mañana a la desobligada, impuntual, irresponsable e inconsciente de Mariana? La muy idiota siempre se anda comprometiendo a todo y cuando se le necesita… ni rastro de la infeliz”. Y con un nerviosismo in crescendo, Gabriela se sigue preguntando lo mismo mientras espera a que Mariana se digne a contestar la llamada: “¿De qué tamaño debo comprar la bandeja? Mariana dijo que la bandeja tenía que ser grande, pero quién demonios sabe cuántas clases de bandejas grandes existen. Mi nana seguro sabría de qué tamaño debe ser la bandeja, ¡Ay porqué se tuvo que morir mi nana! Aunque…, pensándolo bien, les voy a demostrar a todos que yo sí puedo hacer algo por mí misma. Voy a ir solita a comprar la bandeja. ¡Ay, y si no me voy ahora mismo, no llego al cine a la función del cuarto para las nueve! No creo que Johnny me vuelva a perdonar otra llegada tarde al cine. Ahorita me voy de volada a comprar la charola grande y de allí me lanzo al cine… Joseeeeé ¿estás listo?”, grita Gabriela llamando a su chofer mientras cuelga el auricular.

José SIEMPRE está listo. Es por eso que él mismo se considera uno de los mejores choferes de la sobrepoblada ciudad (algo no muy difícil de lograr si se toma en cuenta que hay mucho más número de pobres que de ricos en esta metrópolis y por ende muy pocos choferes), y por qué no, hasta del mundo (aquí puede que José cometa el pecado de la exageración). A pesar de su reciente distracción, José está listo para llevar velozmente a la “hijita” de su patrón a cualquier sitio que ella le pida. Es más, José ya ni repara en los constantes regresos a casa por algo que la descuidada Gabriela olvida. José suele tener una broma privada con respecto a la eterna distracción de su patrona, dice que no se sorprendería que Gabriela hubiese olvidado la virginidad en vez de perderla. Y hablando de gente descuidada, José se ha enterado hace unos momentos, por medio de una llamada de su tía Candelaria, acerca del accidente recién sufrido por su primo Nepomuceno. “¡Cómo es posible que un carpintero tan experimentado como Nepomuceno perdiera su mano por una distracción tan idiota!”, piensa José mientras echa a andar el automóvil y Gabriela lo aborda presurosa, “‘Ora voy a tenerme que hacer cargo de la tía Candelaria, pues es mi responsabilidad. Mi padre (Don Justo) siempre veló por Candelaria y su hijo. Desde que ella enviudó y hasta que mi padre falleció. Pos ni modo, hay que apechugar. Ora me toca la responsabilidad a mí. Cuidar a la candelaria con todo y su Nepu”. A las tres calles de distancia, Gabriela pide a José que regrese a la casa, porque se le olvidó la tarjeta de crédito junto al teléfono. José vira el carro en U violenta y no puede dejar de pensar en la desgracia de Nepomuceno.

Nepomuceno perdió su mano izquierda en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quién iba a pensar que voltear a mirar a esa súper güera de la telenovela de las 8:00 le fuera a costar tan caro? Todo por culpa de ese chamaco tarugo que trabaja como ayudante, siempre empeñado en ver esas cosas en la tele del taller. Ni modo, ya lo decía Pedro el quince uñas: “con la sierra eléctrica haz lo mismo que con tu mujer: no les quites el ojo ni tantito porque sino terminas como yo. Solo y dependiendo de una sola mano“. Nepomuceno aún no está casado, pero a partir de hoy va a ser manco, tan quince uñas como su amigo Pedro. Por fortuna la ambulancia de la cruz roja ha llegado rápido y transporta velozmente a Nepomuceno al hospital.

Una anciana pierde el control de su gran automóvil blanco debido a la ambulancia de la cruz roja que la rebasa presurosa por el lado derecho. La anciana termina invadiendo bruscamente los otros dos carriles de la vía, golpeando un viejo Ford azul que, a pesar de sus años, luce impecable. La ambulancia no se detiene, sino que acelera con rumbo al hospital, hay que evitar cualquier riesgo extra al hombre manco que transporta.

Abraham baja de su auto azul y siente una gran frustración. El Ford Mustang era su mayor orgullo existencial. Se puede decir sin mentir que Abraham (quien por cierto no tenía ni una gota de sangre judía en su organismo, a pesar de su nombre) trabajaba básicamente para mantener su bello Ford azul. Un auto que los coleccionistas envidian, y al modesto Abraham, como a cualquiera de nosotros, le gusta ser envidiado, aunque sea sólo por su auto. Por eso ahora Abraham maldice a la ambulancia que se aleja presurosa (pues es la responsable del percance) y, a pesar de sus esfuerzos, no se puede contener y comienza a gritarle a la pobre anciana (cuyo auto blanco salió peor librado del percance que el fuerte Ford azul), quien enmudecida por completo sólo tiembla como gelatina de pasas. Con su violenta actitud, Abraham se ha ganado la antipatía de los curiosos y de seguro le será también odioso al agente de policía que hace su arribo al lugar de los hechos. Ahora es imposible que Abraham llegue a la cita que tenía con su amigo Bruno.

“Mire nomás a ese patán”, dice Roberto al conductor del taxi que lo conduce al hospital, justo cuando el taxi pasa a un lado de un accidente automovilístico entre una bello Ford clásico y un moderno carro blanco, “gritándole así a una pobre anciana… si no tuviera prisa me bajaría a romperle la cara a ese miserable bruto… Señor por favor acelere que se me hace tarde…”El taxista obedece imprimiéndole la máxima velocidad posible a su taxi (que por cierto estaba decorado con peluche en el techo, una cara de payaso triste – hecha de plástico – incrustada en la antena del radio, y foquitos que se encendían y apagaban intermitentemente al ritmo de las cumbias que tocaba la estación que el conductor llevaba sintonizada).

La prisa de Roberto por llegar al hospital lo antes posible se debe a que allí está Rosa, su esposa, esperándolo para que juntos vean las primeras imágenes por ultrasonido de su hijo. ¿O será hija? ¡Qué emoción para Roberto, poder ver por primera vez a ese ser que él y su mujer traerán al mundo en unos meses más y que posiblemente significará la permanencia de ellos después de que mueran! La vida de Roberto cambió desde el instante que su mujer confirmó su embarazo. Va pensando que el taxi no va lo suficientemente rápido. “De tener yo patas de pulga”, se imagina Roberto, “llegaría al hospital en dos saltos…” El taxi llega por fin a la esquina de la calle en donde se encuentra el hospital y deteniéndose afuera de una lujosa tienda de regalos, atrás de un gran automóvil último modelo custodiado por un chofer con cara de abstracción nacida de la preocupación, el taxista le dice a Roberto: “la calle es sentido contrario y este carro que está aquí estacionado no me permite avanzar hasta el hospital, ¿quiere que le dé la vuelta a la cuadra para que lo deje en las puertas del hospital?…”. “No, no. Olvídelo, aquí me bajo”, respondiendo tal cosa Roberto baja presuroso del taxi y tras pagar al conductor inicia una desbocada carrera por la acera.

Roberto no se fija bien por dónde va y choca con una joven que lleva cargando una gran bandeja plateada. La joven grita y la enorme bandeja, tras el impacto inicial, sale disparada hasta llegar a golpear secamente la rodilla derecha de un individuo de unos 25 años que estaba parado en esa esquina, esperando, cerca de una banca de pintura carcomida. Roberto expresa una breve disculpa y reemprende su carrera. El chofer que aguardaba en el interior de un auto último modelo en sentido contrario se apresura a ayudar a la joven. La joven observa la bandeja y tras asegurarse de que no le pasó nada (gracias a que la caída de ésta fue amortiguada por la rodilla del hombre que está allí sentado en la banca doliéndose de ese encuentro) mira su reloj y dice: “¡Ay José mire qué hora es, Johnny me va a suicidar! ¡Vámonos ya, vámonos ya! ¡Lléveme a los multicinemas pero pronto!” Ambos abordan el auto último modelo que está allí estacionado y, tal como el Llanero Solitario, desaparecen en un abrir y cerrar de ojos, sin decir gracias, adiós o de nada. El joven de 25 años también consulta su propio reloj.

Roberto cruza la calle y, justo en la entrada del edificio vecino al hospital, vuelve a estar a punto de chocar con alguien. En esta ocasión la persona con quien casi choca Roberto es un elegante hombre maduro, rebosante de felicidad, que despide un fuerte aroma a fina fragancia juvenil y que va tarareando una canción de George Michael. Roberto se disculpa con el sonriente caballero, para quien todo gira alrededor del amor y que piensa para sí: “Debe ser otro enamorado en pos de su querida”. Roberto corre hasta entrar al hospital y, sin esperar al elevador, utiliza las escaleras hasta llegar al sexto piso. Allí entra al consultorio del doctor Arriaga y junto con su esposa Rosa presencia las primeras imágenes de su hija. Es viernes y son exactamente las 8:45 pm, en la calle hay un niño feliz llamado Antonio que juega con su avioncito de papel.

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