Recuerdos

Cuando en noches despejadas de noviembre miro al cielo y todas las estrellas brillan, me acuerdo de los reyes magos y de mi papá. Cuando entro en un templo católico siento los ecos de la fe que perdí cuando trabajé para el Vaticano. Cuando voy conduciendo por ciertas avenidas añoro las caricias furtivas de quien rompió mi corazón. Cuando leo de nuevo las aventuras de Alicia digo que el mundo sería mejor si no presumiera tanto su razón. Cuando en las mañanas soleadas me siento a escribir, regreso un poquito a los días en que tenía algo que decir. Cuando entro a la rutina del trabajo para ganarme el pan y el cobijo, es el momento en que mi vida se concentra en un profundo olvido.

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Una mañana en la vida de un “moderno” empleado

De repente fue despertar.

Sonó la alarma del reloj como ha sonado siempre, sólo que ahora costaba más trabajo levantarse. Noches de insomnio debido a pensamientos recurrentes, preocupaciones laborales y existenciales, salud y conflictos en la oficina.

Jornadas de trabajo de casi doce horas, sin ser velador o vigilante, simplemente un obrero de cuello blanco, aunque ahora, con la informalidad de la falsa igualdad entre la gente, son obreros de camiseta de marca.

Años y años y todo bajo dominio. Horarios fijos, a veces horas extras pero sólo de vez en cuando. Ahora las jornadas extendidas, el trabajo que te persigue hasta cuando estás descansando o cagando, es lo común, es el diario. Los ‘gadgets’ que te encadenan, te los vendieron haciéndote pensar en la comodidad de estar siempre alerta. Pobre pendejo, esclavo gustoso. Al carajo olvido se fueron las leyes y los recuerdos de los mártires que dieron su vida por leyes que protegían a los empelados. No falta mucho para que la mano de obra sean de nuevo los niños explotados.

Es cosa de todos los días, de todos lados. Los tercermundistas micos del amo imperial, creen que lo que sale en las películas es primer mundo. Que dar la existencia en el trabajo es vivir. Olvidaron que el trabajo es el medio, no el fin. Que estar siempre preocupado, estresado es ser un éxito en la vida. Que todo se hace para tragarse un jodido café en el Starbucks. Eso es el éxito.

No es un manifiesto lo que busco, simplemente trato de plasmar en palabras el abrupto despertar a una realidad. Es como si un arcángel de flamígera espada te expulsara del Paraiso. Ahora eres como los demás, Luzbel caido, el hombre del bombín de Magritte, el Mr. Jones de Dylan. Tocas a las Puertas del Cielo pero no te abren, y no tardarás en olvidar la dirección de San Pedro.

Abriste los ojos, ¿qué pasó? ¿te carcomió la ambición? ¿O será que estés pagando todos los años de buenaventura y por fin eres como los demás? ¿Es este agotamiento, cáncer de preocupaciones y temores el Pan nuestro de Todos los días? Jodida la vida, cuando no hay tiempo para detenerse y oler las rosas.

¡Que cosas!

Despertar y volver a engranarse sin aceite en la gran maquinaria, o morir. El miedo que tenemos de perder la cobija nos obliga a continuar… ¿y si se nos quitara el temor? No, al parecer ya todos viven temiendo y miando.

Despertar y a trabajar, no hay tiempo para pensar. A seguir lo que dictan los imbéciles gurús del neoliberalismo. Trabajar, trabajar, ahora la tecnologíea es maravillosa, todos estamos interconectados en jornadas de 24/7 los 365. ¿Dónde está la maravilla de esa mierda explotadora? Que se los crea su reputa madre, tanto estrés, tanta preocupación, tan mala alimentación sólo conduce a enfermedades cardiovasculares y a males del estómago. No son pocos los que por todo esto sufren sufren infartos antes de los 40.

Despertar y a trabajar. Olvida lo que dije y de nuevo lánzate a la vorágine de la locura macroeconómica. Y Forbres no cambiará mucho su lista. Ya no hay listos, simple bola de borregos encandilados marchando insomnes al matadero, creyendo que estoo es el futuro, el bien que la tecnología ha dejado. Y unos cuantos son los que se benefician de la sangre de tantos, tantísimos.

Deja de pensar, abre tu correo electrónico institucional y ponte los grilletes de la jornada, que tu alma se la has vendido a Satanás sin darte cuenta.

Y todo se olvida con el tsunami de preocupaciones diarias.

El moderno empleado se parece mucho al de finales del siglo XIX, con la única diferencia de que el actual cuenta con Internet.

Cosas de la vida.

Fuerza y pensamiento

Ejercicio físico con nulo ejercio mental. Ejercicio mental sin ninguna actividad física. Son dos extremos que se tocan de alguna manera. Desequilibrio completo en las puntas de la cuerda. Toda la fuerza muscular sin una neurona despierta, es ser parte de un rebaño que jala hacia los intreses de un líder (que tiende a pensar sólo en él). Toda la mente despierta en un cuerpo que se pudre en vida por la inactividad absoluta, es un pensamiento que se apaga como vela en el vendabal, un grito en la profundidad de una cueva, escuchado sólo por uno que otro ratón. El equilibrio es difícil de conseguir entre los hombres, y las mujeres; por eso la naturaleza misma nos deja ser hasta que se cansa y lo impone, ajusta la balanza de la vida de un solo golpe. Aunque ese golpe dure siglo o incluso miles de años. Para la naturaleza no hay tiempo, no lleva relojes, espera y sólo hace que todo suceda. El atleta de banqueta y el filósofo de salón pasarán al olvido antes de que la naturaleza imponga de nuevo su equilibrio.

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Camino al trabajo (y camino desde el trabajo)

Para un conductor mexicano de transporte público la palabra “atajo” significa encontrar la manera de hacer más largo el trayecto entre dos puntos. Si a eso le sumamos el caótico tránsito estático de la gran área metropolitana de la capital mexicana, tenemos como resultado perder horas de tu vida inútilmente, si no llevas un libro. Aunque lo lleves, ir a bordo de esas apestosidades carcachientas -muchas de ellas armadas con pedacería chatarrera, monstruos de Frankenstein con ruedas- significa escuchar la insulsa estupidez de las estaciones de radio, en la mañana o en la tarde, locutores compiten entre ellos para ver quién demuestra ser más imbécil. Igual te toca un conductor que va escuchando reggaeton al máximo volumen, manchando tu mente con idiotas rimas salpicadas de referencias POP obtenidas de la seudocultura de la televisión. Y de repente sube al vehículo un payaso, el choferpor respeto al acto, baja el volumen de la radio. La nueva moda de mendigar es pintarse la cara y contar chistes tan idiotas como las mentes de los locutores de radio. Sube el payaso obeso, sucio y con el zipper del pantalón a medio abrir (no sé si esto último es parte de su acto, o simplemente un descuido… quizá sólo sea un rasgo de la pobreza y de lo viejo de sus pantalones). Cuenta sus chistes (ya he visto varios payasos y los dos chistes que todos cuentan es el de la “familia acomodada” y el de que en su familia “todos comen a la carta”… siempre se ríen de su desgracia). Los pasajeros hacen pausa de su tedio y dibujan una tenue sonrisa, más imperceptible que la de Monalisa, y le dan dinero por pena. El payaso baja del microbús contando la calderilla reunida y se va con su carga de insulso humor a otro vehículo. Así pasan los días, así se va mi vida, presenciando semejantes horrores en la corte de los miserables. Miserable de mí, que paso a formar parte de la corte mentada. Al final vuelvo a sentir que no dije nada.

No estaba muerto, ni de parranda.

Me roban el aparato este, la conexión esa y muero en la web. Me roban el desordenado ordenador, la puta computadora y con ella se llevaron la captura de mis escritos. Se fueron mis comprobantes de hacienda, pruebas de mis impuestos. Se llevan mi ocio casero. Allí fueron mis palabras plasmadas. El programa de 400 USD con el que trabajaba las traducciones que me dieron de comer durante mi desempleo. Tradicionales traiciones temporales del destino. Por esto tanto silencio. No es lamento. Así pasa, y mientras salve el pellejo todo bien. No es un buen fin tener el último acto de la vida luchando con un ladrón que irrumpe en casa, para robar lo que pueda. Que se lleve lo que se llevó y a él que se lo lleve el carajo (que igual a mí también me trasladó de lugar). Así pasa. Y si un día ves a alguien conduciendo una vieja minivan, con un letrero de show de payasos y una foto de un fulano que se gana la vida maquillándose los fines de semana para animar sin ánimos las fiestas infantiles de pudientes pequeños pendencieros… pues no soy yo, no podría ganarme la vida trabajando en lo que detesto. Ya me las ingeniaré de algún otro modo.