Adivinanza

Escape, gula, desesperación, esperanza, joyería falsa, comida de segunda, promociones, mucho humo de cigarro, manteles individuales de papel, un murmullo elevado similar al de un mercado, olores de finas fragancias de buena marca entremezclados en el aire, meseras cansadas, personas que vienen a este sitio para hablar de negocios, otras lo usan como confesionario, sin faltar aquella cuya vida es una dulce mentira porque su verdad es amarga, obesas tratando de olvidar la culpa que tendrán una vez que acaben la gran rebanada de pastel que ordenaron como postre, enamorados que sienten que el mundo es color de rosa, jóvenes que se creen poderosos e inmortales, algunos inmorales, aspirante a escritor que no se cansa de manchar la pureza de las hojas de papel, aros de diversos líquidos en las superficies de las mesas, vaivén de las jarras de café, campanadas ocasionales de caja registradora, choques metálicos de cubiertos en los platos, una sonora carcajada de Santa Claus en pleno verano, satisfacción de estar a salvo de una lluvia torrencial, ojos que miran relojes, niños aburridos, tintinear de llaves, futbol en la televisión, de fondo una música que hace años era considerada contestataria, en unos años se oirá aquí de fondo la música que hoy sólo escuchan los jóvenes rebeldes, fumadores pasivos en el área de no fumar, el tiempo corre aquí implacablemente tal y como lo hace en cualquier otro lugar, míseras propinas, sonrisas mecánicas, cortesías obligadas, responsabilidad laboral, billetes y sumas, sumisión pagada, resignación superficial, una caricia furtiva y subida de tono, vejigas aliviadas en un apartado detrás de una puerta rotulada, azúcar disolviéndose en un líquido oscuro, discursos e ideales, indiferencia, rutina, brillantes pasados opacándose con el presente, prisas, asesinos de los minutos, ¡ah!, y también sueño.

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El recuerdo

Los fuertes golpes sin ritmo que castigaban la madera de la puerta pusieron al doctor prejuiciosamente en contra de quien los producía. Todo ese día había sido infernal para él, demasiadas consultas y poca su paciencia, además se había enterado de las persecuciones desatadas desde que explotó la violencia; y sin embargo, en lo referente a los disturbios, estaba tranquilo, pues su consultorio se encontraba muy lejos de ese rojo huracán de fuerzas políticas que comenzaban a disputarse el poder.

 

Los ruidosos golpes se intensificaron con desesperación. Con tanta insistencia la gruesa y sólida puerta terminaría siendo derribada, si es que el doctor no la hubiera abierto.

Apenas una abertura de milímetros bastó para que de inmediato se desatara una fuerza animal que permitió que se precipitaran al interior del consultorio dos hombres de humilde aspecto. Uno de ellos con rostro gobernado por la adrenalina, y con una pistola en la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía a su compañero, un hombre que además de encontrarse embarrado de excremento sangraba profusamente del costado izquierdo.

“Doctor, tiene que ayudar a mi hermano”, dijo el de la pistola, apuntándola, junto con su mirada, a los ojos del galeno, “al cobarde le dispararon y hasta se cagó del miedo”.

Al doctor no le impresionó la pistola, ni la mirada, ni el herido, ni la hediondez, lo que le impresionó es que “esos malditos indios” no sólo entraban en su consultorio, sino que se atrevían además a darle órdenes. ¡A él!, que era el famoso médico de la alta sociedad y del sector adinerado de la baja suciedad que se conoce como ‘políticos’. Era el prestigiado médico de la ‘gente bien’. ¡Venir a darle órdenes a él que tanto había estudiado y tanto se había esforzado por alejarse de la ‘gente como ésta’! Indios que llegaban de repente a su consultorio como ‘malditos mensajeros del pasado’. No necesitó del prejuicio nacido de los golpes a la puerta para odiarlos.

“Yo no puedo curar este tipo de heridas”, dijo fríamente el médico mientras que con un rápido vistazo vio que la herida no era de gravedad.

“Usted lo va a curar porque lo va a curar doctorcito”, dijo amenazante con cólera contenida el hombre de la pistola, mientras ésta emitía un metálico clic que anunciaba un potencial disparo fatal.

Ante un argumento tan contundente e irrebatible el doctor dijo: “está bien, lo haré, pero deja de apuntarme con tu pinche pistola. ¡Anda, o se te muere tu hermano!”

El tipo armado dejó la pistola sobre una lujosa cómoda, incómoda hasta para alegrar la vista, y el médico le dio unas toallas para que fuera a limpiar a su hermano en el sanitario. El individuo armado decidió no perder de vista al doctor y tomando las toallas limpió a su hermano allí mismo, mientras el médico preparaba sus instrumentos para la intervención.

El doctor observaba con asco la piel cobriza de los otros dos que, a juzgar por sus huaraches y sus cicatrices, eran campesinos. Preparó todo y cuando se acercó al herido comprobó que su primer diagnóstico había sido por demás acertado. “Esto no es grave”, pensó.

Extrajo la bala con facilidad e hizo la sutura, pero entre ambas acciones decidió romper su juramento hipocrático una vez más, sólo que esta vez no por dinero, sino para vengarse de lo que percibía como una de las peores ofensas que había sufrido en su vida. Durante la ‘curación’, metió cuidadosamente el bisturí, que al igual que los otros instrumentos no había esterilizado, e hizo varias incisiones en el colon del herido. “Con esto cabrón saldrás de aquí, pero no durarás mucho”, pensó el médico al terminar los cortes.

Mientras duró la intervención, el tipo de la pistola dio al doctor un discurso sobre la injusticia. “Pos sí doctorcito, usted seguro ni se imaginaba que esto pasaría. Tan lejos de donde ‘orita está la matadera, usté en su casita, en un lugar tan bonito. Pero ‘ire así de fácil como llegamos aquí, vamos a llegar al gobierno. Y ‘ora sí se acabaron las injusticias, se acabaron los pobres. Ya verá cómo los ricos nos van a rogar a nosotros cuando séamos el gobierno. Pero yo a usté no lo voy a olvidar por lo de hoy”.

El médico no decía nada, simulando estar concentrado en su labor, pero pensó: “seguro te vas a acordar de mí, hijo de tu chingada madre, seguro te vas a acordar”. Al final, cuando dijo que la operación había concluido, el revolucionario de la pistola decidió irse de allí inmediatamente con su convaleciente hermano.

“Gracias doctor”, dijo el de la pistola como despedida, “siempre me acordaré de usté”. El doctor no dijo nada y los vio escaparse en su auto de lujo último modelo que había comprado con las curaciones que le hizo a un secretario de Estado.

El herido no vivió por mucho tiempo.

El doctor no fue testigo presencial del triunfo de la revolución pues, al igual que todos los demás ricos, huyó a tiempo del país mientras los pobres seguían siendo pobres, viendo cómo unos cuantos indigentes ocupaban los lugares del gobierno que los adinerados habían abandonado, y poco a poco empezaban a cometer las mismas faltas que sus antecesores.

El doctor huyó a los EEUU, desde donde se desentendió por completo de los sucesos de su país. No tardó en ser una persona destacada en la comunidad de inmigrantes latinoamericanos. Siempre presente en los mejores eventos y requerido con frecuencia en conferencias. Seguía siendo el médico de la gente bien, sólo que ahora de la gente bien exiliada.

Tanta fue su fama y su reputación, que el doctor fue uno de los invitados de honor en una recepción, a la que también asistiría el actual Ministro de salud del país del que el famoso galeno había emigrado. La lujosa recepción se llevaría a cabo en Chicago y el médico no dudó en asistir, no por envanecerse, sino para ir a mofarse de sus compatriotas.

“Ya me imagino la clase de indio pendejo que debe ser el ministrucho ese”, seguía pensando el doctor en su lujosa habitación de hotel en Chicago, antes de volver a ensayar el discurso que daría esa noche en la recepción. Pero alguien tocó a la puerta de su cuarto, delicada y rítmicamente, interrumpiendo el plan ensayístico del médico. Él fue a abrir y su sonrisa se desdibujó cuando dos hombres entraron violentamente en la habitación.

“Buenas noches doctor, soy el Ministro de salud…”, dijo uno de los dos recién llegados, quien tenía una pistola muy desgastada en su mano derecha, la cual medio cubría con una almohada. “A que no me recuerda. Pinche doctorcito, no estoy aquí pa’ contar historias, sino pa’ que vea que yo sí me acuerdo de usté”, dijo y de inmediato disparó a la cabeza del doctor, quien cayó muerto como si fuera un bulto de papas arrojado de un camión.

El acompañante del Ministro, un pandillero en ropa elegante, tomó el arma que le ofrecía el asesino mientras éste le decía: “Dale otros tres disparos y ya sabes, nunca me conociste. Si me fallas cabrón, no sólo no le va a ir bien a tu familia, sino que primero te carga la chingada a ti y luego se los carga a todos ellos”.

“No, no le fallaré Ministro, y créame que siempre me acordaré de usted”, dijo el pandillero en disfraz de elegancia mientras propinaba otros dos balazos al cadáver y el Ministro de salud desaparecía por el elevador.

Tan ajeno

Con la cultura en el culo (donde muchos creen que debe estar), las sombras flotan sin huella y sin sentido. Todo prefabricado. En serie, no bromeo, a distintas medidas, pero los mismos patrones y ellos, casi todos esclavos, que se creen muy libres. La rebeldía domada, empaquetada, emparentada y apadrinada. La crítica sólo sirve para hablar de intrascendentes cosas que escupe la televisión, o de futbol. Amarrados al tiempo, la moda y la productividad. Sedientos de necesidades creadas. Las mismas opiniones de sus líderes, sólo se cuestionan qué regalar en navidad y en san Valentín. Miran al extraño como si éste fuera de otro mundo, ese extraño que siguiéndoles la corriente les dice: “mi reino no es de este mundo”, que inmundo. Hoy probablemente lo clavarían en una antena que sirviera para transmitir futbol. Y ahora sí somos uno, haciéndonos creer que somos únicos. Todo empaquetado, comunicaciones al alcance de la mano, para ya no decir nada diciéndolo todo. Porque no participas dicen que te sientes patológicamente superior. El pato Donald en el mundo de las matemáticas tenía más razón. Sé que el Reino no es de este mundo, pero entonces no tengo ni idea de dónde puede estar. No veo señales ni rutas que me lleven a él. Me siento también extraño en el lugar donde nací y no soy profeta ni en el extranjero.

Encuentro cercano del tercer tipo

Sergio del Muro López -un supuesto cirujano plástico mexicano que se había ido a los EEUU a buscar fortuna- y Barney Hill -en ese entonces alcalde del condado de San Miguelito, California- se encontraban cerca del río Crucitas, de esa localidad, la noche del 10 de octubre de 2008, cuando interrumpieron abruptamente la conversación que mantenían al ver cómo cerca de ellos aterrizaba un objeto brillante en forma de salchicha vienesa de 7.55 metros de largo.
Mientras Sergio y Barney comentaban las diversas connotaciones que el objeto despertó en sus imaginaciones, del interior de éste salieron, avanzando hacia donde estaban ellos, cuatro criaturas de 75 centímetros de altura cada una.
“No caminaban, flotaban, y pensé en mi disfraz de Blancanieves cuando los vi, pero faltaban tres y no llevaban gorritos”, dijo Sergio en su primera declaración después del suceso.
Ambos hombres coincidieron en que los extraños seres carecían de cuello, que eran de color azul verdoso, que de sus brazos se desprendían espinas, que sus extremidades inferiores parecían ‘monociclos cuadrados’, agregando que probablemente por todas estas causas, o por algunas de ellas, ellos (Barney y Sergio) no se sintieron apenados de sus propias desnudeces.
Barney dijo que se desmayó de inmediato y Sergio se abstrajo en sus propias ideas, pensando en lo lucrativo que resultaría si convencía a las criaturas de llevar con él un tratamiento de rejuvenecimiento.
Uno de los extraños entes tomó de la mano a Sergio y lo condujo flotando al interior del OVNI. Una vez dentro, Sergio notó con sorpresa que su compañero, aún desvanecido, yacía desnudo en el centro de un salón oval.
Los dos empezaron a ser examinados por una esfera que flotaba y que se asemejaba a un “ojo de cíclope con conjuntivitis”. Sergio dijo que el ojo parpadeaba cada vez que miraba los rubios cabellos de Barney. Ninguno supo cuánto tiempo transcurrió durante tal examen, pero de repente ambos hombres salieron flotando de la nave y fueron depositados en un arbusto. Fue entonces que Sergio también perdió el conocimiento. Cerca de la madrugada del 12 de octubre los dos hombres fueron encontrados desnudos y dormidos a orillas del río Crucitas por el alguacil de la localidad. No había rastros de sus ropas, de sus pertenencias… ni del OVNI. Tras algunas dudas, y mientras consumían una considerable cantidad de la dotación de Whisky que el alguacil guardaba en su oficina para casos de emergencia, Sergio y Barney realizaron su declaración. Ninguno de los dos quiso someterse a hipnosis para que se obtuvieran más detalles de su extraordinaria experiencia.
“En un principio creí que era un flagrante caso de faltas a la moral, pues los encontre abrazados, desnudos, tendidos en la intemperie”, dijo el representante de la ley, “pero hubo detalles en su historia que me hicieron descartar eso y concentrarme en lo que verdaderamente pasó”.
Astutamente el alguacil –un reconocido experto en el fenómeno OVNI- logró armar el originalmente inconexo relato para al menos hacerlo cronológicamente coherente.
Durante las declaraciones, el policía se enteró que Sergio era un ilegal en los EEUU. El trámite de deportación de Sergio dio comienzo tan pronto abrieron sus puertas las oficinas correspondientes el lunes 13 de octubre, y fue deportado a México en menos de una semana.
Tras la deportación de Sergio, Barney renunció a su cargo y se fue a vivir a México, al parecer ninguno de ellos volvió a vivir un encuentro cercano del tercer tipo.

(Publicado en la “Enciclopedia universal de los OVNIS”, Volumen 4, páginas 240-265, de Jorge Von Buren. Usted puede cada uno de los 25 volúmenes de esa valiosa enciclopedia por sólo $149.99 USD, más $399.99 USD por gastos de envío, si llama ahora al 1-800-VEO-OVNIS. Recuerde que el costo por llamada es de $42.99 USD el minuto. ¡No espere más! ¡Llame ahora!).

Bienvenido a la Nada

“Bienvenido a la nada”, le dijo el agradable anciano de túnica blanca, beatíficas facciones y llaves en el cinto, quien abrió la gran puerta dorada, ubicada en medio de la intensidad vacía de color negro perpetuo.

“Gracias, ¿pero dónde estoy?”, preguntó el recién llegado, algo atolondrado y gelatinosamente temblando, tratando de recuperar sus recuerdos más recientes.

“En la Nada”, le dijo el viejo de bonachona estampa, cerrando la gran puerta con una de sus muchas llaves.

“Pero no entiendo”, dijo el extraño, “lo último que recuerdo es ir rumbo a la sala de operaciones en una camilla y sintiendo cómo la anestesia surtía efecto…”

Y se interrumpió. Empezó a atar cabos. La operación, según le habían dicho, era complicada, pocas probabilidades de éxito, pero necesaria. El seguro no cubría nada, y su familia naufragaría en las deudas después de eso. Sin embargo, era necesaria para que él pudiera vivir más de sus 72 años, no hace mucho cumplidos.

“No hay nada que entender”, dijo el viejo de la túnica blanca haciendo tintinear sus llaves con algarabía domada. “Estás en la nada, el lugar al que todas las almas llegan, sin importar su comportamiento ni sus acciones en la Tierra. Esto es la aternidad, vivir en la inmensa negrura sin tiempo, sin principio ni final, sin menos y sin más.

“¿Y la Gloria?, ¿Y el infierno? ¿Dónde están las demás almas?”, dijo el recién llegado, preguntando con la preocupación que nace del temor a la sentencia adivinada.

“Gloria fue una mujer, el Infierno un cuento, el resto fue una especie de sueño del que ahora estás despierto”, contestó el portero de la túnica blanca dejando de mover las llaves y desvancecindose poco a poco a la vista del recién llegado, “y los demás están por ahí, pero nadie ve a nadie, ni siquiera se presienten, cada quien permanece aislado en su propia dimensión oscura, una isla sin límites, enclavada en el cero absoluto, sin arriba, sin abajo, sin compañía; pero eso sí, con tu individualidad tan querida por siempre jamás. No hay nada además de la nada”.

El de la túnica blanca desapareció por completo, y la puerta también. El recién llegado se quedó solo, completamente abandonado, varado en la nada, sintiendo que todo había sido un timo.

Anticredo

Me siento de otra generación, de una época lejana, perdida y olvidada. Ahora sólo pido el olvido, divino. No entiendo la conexión umbilical con el cable y con los aparatos descableados, no entiendo el reportar a cada momento cada insignificante acontecimiento. No me va el ir perdiendo la memoria, entregando lo poco que sé a un aparato enredado con miles de aparatos más. No me convencen las declaraciones de amor en pixeles ni en alta definición, me parece tan bajo, tan poco humano. Hay cosas buenas en el presente, como las ha habido siempre. Pero ahora somos tan dependientes de nuestras propias creaciones. Adoramos al monstruo de Frankenstein que algún día, no muy lejano, nos hará arrodillarnos, humillándonos por los tornillos que hoy nos faltan. No creo en el sexo virtual, en el tener a la mano la oficina. No creo en el estrés como pan nuestro de cada día. A nadie sorprenda que una mañana desaparezca. Y de mi sombra nadie pueda dar razón.

El amor de los mayores

El amor de los mayores es como la era del hielo. Tranquilo y frío.

La pasión se queda en la primavera, de veras.

La locura de la pasión suele extinguirse con los años, baja el recuento de daños.

La responsabilidad de los vástagos, el pensamiento de que la recta final es una curva en bajada, todo hace que se considere de nuevo la existencia de Dios.

En el amor de los mayores las manos ya no sudan, se acaban las travesuras; a veces se comenten, pero es mera costumbre, pilóto automático sin sabor.

Besos de mármol, cariño atado. La necesidad versa más en esa tonada que trata de ser un encanto contra la soledad del final.

Es amistad, es costumbre, no es fuego ni pérdida de la razón.

El amor de los mayores es tan extraño como el de los jóvenes. El amor siempre es un misterio.

Una de café

Música ambiental de fondo: melodías que hace diez años eran totalmente innovadoras o revolucionarias en ciertos aspectos y que ahora se utilizan para matar el sepulcral silencio en oficinas y restaurantes. Todo con el fin de evitar que la gente se enfrente a ese terrorífico monstruo llamado ‘uno mismo’.

Cuatro femeninas sonrisas que se interrumpen por otro sorbo a sendas tazas de café. Afortunadamente todos esos labios están recubiertos por los intensos colores de ese lápiz REVLON que permanece en donde se supone que debe quedarse, sin andar dejando por doquier rastros de la boca coquetamente maquillada.

Los ocho zapatos de tacón alto rozan el suelo alfombrado. Un suelo que originalmente fue parte de un bosque y que gracias a la ‘civilización’ es ahora un restaurante de segunda que permanece abierto las 24 horas del día.

Esto ocurre en esa mesa ocupada por cuatro ‘entrañables’ amigas.

La Orgullosa Viajera saca de su bolso imitación GUCCI otro gordo paquete de fotografías. La amiga del Eterno Cigarro maldice en lo más íntimo de su pensamiento al inventor de la cámara fotográfica mientras mira las imágenes que su amiga le va pasando con rapidez. La del Eterno Cigarro finge interés con una calidad histriónica convincente (de esas que sólo se logran con la práctica constante). La más Joven del Cuarteto (que no fuma, no viaja, ni es tan idiota) observa las fotos sonriendo tratando así de encubrir su envidia. Además, su molestia general se agrava paulatinamente al ritmo en que sus medias y sostén se dedican a sacar mudas protestas a su cuerpo.

La más Joven del Cuarteto pregunta a Orgullosa Viajera señalando una fotografía con la bien barnizada uña de su índice derecho: “¿Y aquí, qué tal se la pasaron?”

La del Eterno Cigarro piensa con una voz mental casi tan cavernosa como su voz real: “¿Y a quién diablos le importa cómo fregados se la pasaron?”.

La Idiotita (quien tampoco fuma ni viaja, ni es joven, pero sí muy idiota) es siempre la última en ver las fotos. Ella en verdad está feliz del viaje de Orgullosa Viajera y gusta de admirar cómo se pasó su amiga las vacaciones en París. Pero, por alguna razón, a nadie de las allí presentes parece importarle la opinión de Idiotita. Por eso Idiotita sólo sonríe y se concentra en decir de vez en cuando alguna frase como: “Qué bonito” o “Hay qué divino” (sí, también creyó oportuna la ocurrencia de expresar esa frase que le oyó la semana pasada a su hija: “¡Qué bonito es casi todo!”).

La Orgullosa Viajera se siente satisfecha. Ahora es el momento en que cosecha los verdaderos objetivos de su viaje (tal y como lo hace cada año), es el momento de saborear los productos de aquella actividad que le otorga sentido a su vida. Para Orgullosa Viajera no hay nada como la presunción legítima, con pruebas fehacientes de su veracidad, de hechos que la mayoría de sus conocidas (o conocidos) no pueden realizar.

Orgullosa Viajera sólo recuerda del Louvre que contenía muchas pinturas preciosísimas, de Notre Dame que era una iglesia vieja, hermosísima y grandota, del Seine que era un río romántico con muchos puentes bonitos, de Champs Elysées que era una avenida grandísima con grandes tiendas y exclusivísimos escaparates; en realidad cuando estuvo en todos esos lugares, Orgullosa Viajera estaba más concentrada en lo que iba a contarle a sus amigas que en vivir el momento. “Gracias al cielo que existen las fotos”, solía pensar Orgullosa Viajera, “de lo contrario jamás sabría en dónde he estado”.

La del Eterno Cigarro conoce muy bien los fines de Orgullosa Viajera y piensa: “A esta reverenda imbécil no le importa tragar solamente frijoles a lo largo de un año con tal de viajar para luego venir a presumirnos en dónde ha estado”. A pesar de todo, Orgullosa Viajera no cambiaría por nada del mundo estos momentos de presunción ante sus amigas.

La del Cigarro Eterno desearía estar en cualquier otro lado que no fuera este restaurante de segunda; pero para su desgracia no tiene ni la fuerza ni la voluntad necesarias para realizar sus deseos. Por eso enciende un cigarro nuevo con lo poco que le queda al viejo y sigue mirando fotos que no le interesan. La más Joven del Cuarteto se esmera en elogios y en sonrisas, en tanto su interior arde como pecaminoso carbón del anafre de Satanás y su cuerpo se irrita por causas puramente físicas.

La Idiotita es quien pone el punto final a la reunión; pues tiene que ir a ver el capítulo de hoy de la telenovela de las siete. No esperarás que Idiotita intercambie la realidad de la TV por una reunión tan insulsa como ésta que, a diferencia de su telenovela, se repetirá aproximadamente en 365 días. ¿O sí?

Por eso, a partir de este preciso instante inicia el rito del adiós: cuenta, pago, besos de costumbre, abrazos de compromiso y despedida (curiosamente de fondo se escucha la antigua canción “The wayward wind” de Patsy Cline). Las cuatro amigas creen que se volverán a ver, fingiendo emoción y felicidad, al regreso del próximo periplo de la Orgullosa Viajera; pero eso no será, pues el próximo divorcio de Orgullosa Viajera –que iniciará en el momento en que descubra que su esposo tiene dos jóvenes amantes, por separado– le robará todo deseo y posibilidades económicas de traspasar las fronteras de su tercermundista país. Pero eso sí, ‘lo viajado nadie se lo podrá quitar’.

Las ropas de la ausencia

La dolorosa ausencia tiene dos ropajes favoritos, que usa cuando visita a sus víctimas (quienes curiosamente suelen ser las mismas): el de cualquier noche y el de domingo por la tarde. Cuando la dolorosa ausencia se viste de domingo por la tarde, hace que el tiempo se sienta inútil y que la espera sea amarga, todo a pesar del sol. Pero tiene una promesa: la rutina próxima del lunes. Cuando la dolorosa ausencia se viste de noche, ataca a sus víctimas con mayor virulencia y además les niega la calidez del sol. El tiempo transcurre lento y su promesa es el amanecer. De las dos vestimentas de dolorosa ausencia no prefiero ninguna, además tengo mis fórmulas para eludirla, sin importar sus ropajes. Los domingos por la tarde suelo escaparme físicamente a los sitios donde el tiempo adquiere su dimensión correcta. Cuando se viste de noche, escapo mentalmente a reinos de otras épocas o de otras dimensiones, o mejor construyo mis propios reinos, donde el tiempo adquiere toda dimensión. A veces parece que soy un escapista de la realidad.

Ánima bendita

Allí estaba la mujer en llamas, sufriendo tranquilamente, arriba de la puerta. Enmarcada, en un marco oscuro del cual no salían las llamas, ni sonaban sus cadenas, sólo se percibía su mudo lamento, con cierta esperanza. Sufrimiento sin mucho dolor, no se notaba en su rostro, sino en sus brazos, levantados como implorando, sus ojos esperando.

La conocí antes de saber quién era Juana de Arco. Ella, como yo, estaba en la casa de mis tías solteronas, esas mismas que me sacaban a lustrar mis zapatos, conmigo calzándolos, los domingos por la mañana. Una vez les pregunté a las tías que quién era esa señora y por qué se estaba quemando. Ellas, con la condescendencia que un idiota tiene con un niño de cinco años que pregunta de más, sólo medijeron que era un ánima bendita del purgatorio. Ninguna otra explicación.

Para mí el purgatorio fue entonces sinónimo de infierno, ¿acaso no había fuego en ambos, y también sufrimiento? Así me quede con ese pensamiento hasta que en una escuela de mormones, años después, me mostraron una imagen del Juicio Final, con personas aterradas y desfiguradas por el espanto, huyendo en grandes ciudades donde caía una lluvia de llamas no peruanas, sino de combustión. La próxima vez no será agua, sino fuego. No más diluvios Noé.Entonces pensé que el Juicio Final era el verdadero infierno, y la estampa de aquella señora representaba un lugar intermedio, pero eso sí, de sufrimiento.

Ahora pienso que el fin es todos los días, que el jucio final siempre se esta llevando a cabo, que el último round es invariablemente personal.

Ahora creo que el infierno y el purgatorio son estas tierras al Este del Edén. Son estar uno conciente de tanta estupidez, propia y de los semejantes, y pedir el perdón personal sin pensar en los demás.

Ahora sé que la bella mujer encadenada, entre unas llamas anaranjadas, no era una estampa, sino un espejo de la situación existencial. Ella miraba al cielo, suplicante, y con algún dejo de esperanza. Sin derramar una lágrima. Espartana era el ánima, aunque a mí me dejo muy poco animado para el resto de mis días.

Es probable que allí, con esa mujer, empezara la crisis religiosa que me ha acompañado por tantos años.