Ánima bendita

Allí estaba la mujer en llamas, sufriendo tranquilamente, arriba de la puerta. Enmarcada, en un marco oscuro del cual no salían las llamas, ni sonaban sus cadenas, sólo se percibía su mudo lamento, con cierta esperanza. Sufrimiento sin mucho dolor, no se notaba en su rostro, sino en sus brazos, levantados como implorando, sus ojos esperando.

La conocí antes de saber quién era Juana de Arco. Ella, como yo, estaba en la casa de mis tías solteronas, esas mismas que me sacaban a lustrar mis zapatos, conmigo calzándolos, los domingos por la mañana. Una vez les pregunté a las tías que quién era esa señora y por qué se estaba quemando. Ellas, con la condescendencia que un idiota tiene con un niño de cinco años que pregunta de más, sólo medijeron que era un ánima bendita del purgatorio. Ninguna otra explicación.

Para mí el purgatorio fue entonces sinónimo de infierno, ¿acaso no había fuego en ambos, y también sufrimiento? Así me quede con ese pensamiento hasta que en una escuela de mormones, años después, me mostraron una imagen del Juicio Final, con personas aterradas y desfiguradas por el espanto, huyendo en grandes ciudades donde caía una lluvia de llamas no peruanas, sino de combustión. La próxima vez no será agua, sino fuego. No más diluvios Noé.Entonces pensé que el Juicio Final era el verdadero infierno, y la estampa de aquella señora representaba un lugar intermedio, pero eso sí, de sufrimiento.

Ahora pienso que el fin es todos los días, que el jucio final siempre se esta llevando a cabo, que el último round es invariablemente personal.

Ahora creo que el infierno y el purgatorio son estas tierras al Este del Edén. Son estar uno conciente de tanta estupidez, propia y de los semejantes, y pedir el perdón personal sin pensar en los demás.

Ahora sé que la bella mujer encadenada, entre unas llamas anaranjadas, no era una estampa, sino un espejo de la situación existencial. Ella miraba al cielo, suplicante, y con algún dejo de esperanza. Sin derramar una lágrima. Espartana era el ánima, aunque a mí me dejo muy poco animado para el resto de mis días.

Es probable que allí, con esa mujer, empezara la crisis religiosa que me ha acompañado por tantos años.

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