Una de café

Música ambiental de fondo: melodías que hace diez años eran totalmente innovadoras o revolucionarias en ciertos aspectos y que ahora se utilizan para matar el sepulcral silencio en oficinas y restaurantes. Todo con el fin de evitar que la gente se enfrente a ese terrorífico monstruo llamado ‘uno mismo’.

Cuatro femeninas sonrisas que se interrumpen por otro sorbo a sendas tazas de café. Afortunadamente todos esos labios están recubiertos por los intensos colores de ese lápiz REVLON que permanece en donde se supone que debe quedarse, sin andar dejando por doquier rastros de la boca coquetamente maquillada.

Los ocho zapatos de tacón alto rozan el suelo alfombrado. Un suelo que originalmente fue parte de un bosque y que gracias a la ‘civilización’ es ahora un restaurante de segunda que permanece abierto las 24 horas del día.

Esto ocurre en esa mesa ocupada por cuatro ‘entrañables’ amigas.

La Orgullosa Viajera saca de su bolso imitación GUCCI otro gordo paquete de fotografías. La amiga del Eterno Cigarro maldice en lo más íntimo de su pensamiento al inventor de la cámara fotográfica mientras mira las imágenes que su amiga le va pasando con rapidez. La del Eterno Cigarro finge interés con una calidad histriónica convincente (de esas que sólo se logran con la práctica constante). La más Joven del Cuarteto (que no fuma, no viaja, ni es tan idiota) observa las fotos sonriendo tratando así de encubrir su envidia. Además, su molestia general se agrava paulatinamente al ritmo en que sus medias y sostén se dedican a sacar mudas protestas a su cuerpo.

La más Joven del Cuarteto pregunta a Orgullosa Viajera señalando una fotografía con la bien barnizada uña de su índice derecho: “¿Y aquí, qué tal se la pasaron?”

La del Eterno Cigarro piensa con una voz mental casi tan cavernosa como su voz real: “¿Y a quién diablos le importa cómo fregados se la pasaron?”.

La Idiotita (quien tampoco fuma ni viaja, ni es joven, pero sí muy idiota) es siempre la última en ver las fotos. Ella en verdad está feliz del viaje de Orgullosa Viajera y gusta de admirar cómo se pasó su amiga las vacaciones en París. Pero, por alguna razón, a nadie de las allí presentes parece importarle la opinión de Idiotita. Por eso Idiotita sólo sonríe y se concentra en decir de vez en cuando alguna frase como: “Qué bonito” o “Hay qué divino” (sí, también creyó oportuna la ocurrencia de expresar esa frase que le oyó la semana pasada a su hija: “¡Qué bonito es casi todo!”).

La Orgullosa Viajera se siente satisfecha. Ahora es el momento en que cosecha los verdaderos objetivos de su viaje (tal y como lo hace cada año), es el momento de saborear los productos de aquella actividad que le otorga sentido a su vida. Para Orgullosa Viajera no hay nada como la presunción legítima, con pruebas fehacientes de su veracidad, de hechos que la mayoría de sus conocidas (o conocidos) no pueden realizar.

Orgullosa Viajera sólo recuerda del Louvre que contenía muchas pinturas preciosísimas, de Notre Dame que era una iglesia vieja, hermosísima y grandota, del Seine que era un río romántico con muchos puentes bonitos, de Champs Elysées que era una avenida grandísima con grandes tiendas y exclusivísimos escaparates; en realidad cuando estuvo en todos esos lugares, Orgullosa Viajera estaba más concentrada en lo que iba a contarle a sus amigas que en vivir el momento. “Gracias al cielo que existen las fotos”, solía pensar Orgullosa Viajera, “de lo contrario jamás sabría en dónde he estado”.

La del Eterno Cigarro conoce muy bien los fines de Orgullosa Viajera y piensa: “A esta reverenda imbécil no le importa tragar solamente frijoles a lo largo de un año con tal de viajar para luego venir a presumirnos en dónde ha estado”. A pesar de todo, Orgullosa Viajera no cambiaría por nada del mundo estos momentos de presunción ante sus amigas.

La del Cigarro Eterno desearía estar en cualquier otro lado que no fuera este restaurante de segunda; pero para su desgracia no tiene ni la fuerza ni la voluntad necesarias para realizar sus deseos. Por eso enciende un cigarro nuevo con lo poco que le queda al viejo y sigue mirando fotos que no le interesan. La más Joven del Cuarteto se esmera en elogios y en sonrisas, en tanto su interior arde como pecaminoso carbón del anafre de Satanás y su cuerpo se irrita por causas puramente físicas.

La Idiotita es quien pone el punto final a la reunión; pues tiene que ir a ver el capítulo de hoy de la telenovela de las siete. No esperarás que Idiotita intercambie la realidad de la TV por una reunión tan insulsa como ésta que, a diferencia de su telenovela, se repetirá aproximadamente en 365 días. ¿O sí?

Por eso, a partir de este preciso instante inicia el rito del adiós: cuenta, pago, besos de costumbre, abrazos de compromiso y despedida (curiosamente de fondo se escucha la antigua canción “The wayward wind” de Patsy Cline). Las cuatro amigas creen que se volverán a ver, fingiendo emoción y felicidad, al regreso del próximo periplo de la Orgullosa Viajera; pero eso no será, pues el próximo divorcio de Orgullosa Viajera –que iniciará en el momento en que descubra que su esposo tiene dos jóvenes amantes, por separado– le robará todo deseo y posibilidades económicas de traspasar las fronteras de su tercermundista país. Pero eso sí, ‘lo viajado nadie se lo podrá quitar’.

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