La voz interna

Niños no jueguen con fuego si les da miedo el ardor. No se vale escribir cosas lindas, poemas y pensamientos, si no acompañan las palabras con acciones. No olviden a los fariseos. Tampoco crean que algo es para siempre, porque “siempre” y “nunca” son conceptos que nos sobrepasan, pobres mortales. No apuesten contra el tiempo, porque el tiempo siempre gana. No crean que porque se les rompe el corazón ya no pueden vivir, ni crean que una sola persona puede ser el centro del universo. No prolonguen las tristezas más allá del momento de reconstrucción. La tristeza perpetua es un desperdicio de vida. La felicidad eterna una vil ilusión. Todo momento es buen momento para recomenzar. No es correcto rogar. Esfuércense hasta los límites que impone la dignidad, ir más allá no es lindo. Te lo digo. Nadie que consideren especial les debe resultar nocivo. Y si les ponen pinta una mejilla, lo mejor es ignorar, tomar las maletas e irse, total… el mundo está lleno de gente.

Se acaba un amor apache

Al principio sólo palabras disparadas como flechas envenenadas hacia la cabeza del alma. Después acciones que alebrestan la furia. Para terminar con golpes que van lastimando al cuerpo. Todo para que al final ambos se pidieran perdón.

Dicen que la paz se valora más en los tiempos de guerra, pero no es válido pelear sólo para valorar la paz. Por desgracia la violencia parece ser la constante de tu vida, cuando faltan los golpes no crees que sea amor.

Vueltas sobre el mismo eje, un mareo con sabor a impotencia. ¿Eso es tu forma de vivir o es una mala costumbre? ¡Y me dices creer en un Dios de amor y paz!

De nuevo la rutina en la mañana y una dosis de recriminaciones por la tarde; para alcanzar, a  veces, una tregua nocturna. Al salir el sol volver a empezar, una vez más.

Para amar, como supuestamente se debe, se necesitan al menos dos, lo mismo pasa, curiosamente, si lo que se quiere es pelear. Por favor no te pongas el vestido de víctima y me salgas con que la situación se agotó. Cada quién gira en donde quiere.

El cerrojo fue echado por última vez, cada uno dando la espalda a sendas caras opuestas de la puerta.

Llorar

Lágrimas.

El cocodrilo en el Nilo llora, pero no puede dejar de sonreír.

Es curioso que se pueda llorar de tristeza, de felicidad, de rabia, de impotencia, de emoción o por conmoción. Llorar hasta por picar una cebolla para el pico de gallo degollado.

Derramar ríos por los ojos, aguas que forman océanos por los que se escapa el amante para no volver (ni el estómago).

Llorar como ratón lo que no se defendió como león.

Llorar como hombre golpeado por la feminazi del fin del milenio.

Llora cierta “dama” por el hombre que la ama sólo cuando la golpea.

Lubricación de ojos oportuna mientras se desahoga el alma.

El hombre fuerte con los sentimiento bien dominados no llora, sino como Don Gato, sólo se quita basuritas de los ojos.

Al final, ante la desgracia total y absoluta, ya ni llorar es bueno.

walrus

Soy muy feliz

Era delgada y pálida, sin embargo tenía un cuerpo sinuoso que resultaba demasiado agradable a cualquier vista. Vestida con moderada elegancia y pasable estilo. Era de estatura mediana, guapa y joven, en ella no se asomaba la vejez ni siquiera como un esbozo. Tenía el corazón roto, sin duda, pues tanta felicidad presumida no podía ser normal. Siempre reía y saltaba, como niña emocionada. Júbilo y algarabía constantes, nada natural, nadie puede estar tan alegre durante tanto tiempo.

Nos habíamos topado varias veces en la calle, sólo dos cuadras separaban nuestras respectivas viviendas, sin embargo, hasta esa noche, la lejanía que experimentábamos era como la dos galaxias, una a cada extremo del universo. Entré al McDonald’s de la esquina por cualquier cosa para aplacar el hambre. Más allá del payaso delgado que invita a ser obeso y del aparador con juguetes baratos hechos en Taiwán la descubrí.

Ella estaba allí, jugando con su cajita feliz, no había nadie más, excepto dos empleados, varones por naturaleza, femeninos por inclinación, que gustaban de coquetear entre sí. Ella y yo nos saludamos con un levantamiento de cejas como suelen hacerlo los extraños desconocidos, pero que tienen una lejana familiaridad. Era casi medianoche.

“Quiero sentirme una cerda”, me dijo cuando se acercó a mi mesa y le dio una mordida salvaje a su hamburguesa. Sonrió y se sentó junto a mí, limpiando con la lengua el catsup embarrado en sus labios. No hablamos de nada, silencio absoluto por un buen rato. De repente me preguntó: “¿te gusta Fellini?” Yo no entendí su pregunta y sólo me limité a negar con la cabeza, no conozco nada de muebles ni de arquitectura argentina. Esa noche yo ansiaba compañía.

Ella termino su hamburguesa y retiró con arrebato insolente la charola de mi comida para arrojarla a la basura. “Vamos”, me dijo y jalándome del saco me sacó de allí.

Llovía a cántaros, raudales vomitados por el cielo oscuro. Atravesamos la avenida y dimos vuelta en la esquina de su calle. Reía a carcajadas en lo que nos mojábamos, y golpeaba duramente mis costillas con la punta de sus dedos. Me dolían sus violentas cosquillas, sólo pudo arrancarme una sonrisa.

Llegamos hasta la puerta del edificio donde ella vivía y me preguntó si consideraba que ella era atractiva. Sólo asentí. Me besó, enredando su lengua con la mía. Después subimos por un viejo elevador hasta el séptimo piso, acariciándonos furtivamente, aunque no hubiera necesidad de ocultar nada ante la carencia absoluta de testigos.

Llegamos a la entrada de su departamento, abrió la puerta y me jaló hacia dentro. Nuestro camino quedaba marcado por el agua que chorreábamos. Rió y me volvió a besar. Nos acariciamos un momento, de nuevo. Me quitó el sacó y yo le quité su suéter empapado.

Entré al baño, ella fue hacia la ventana, la abrió y miró a la calle. Yo observaba su reflejo en el espejo que cerraba al botiquín.

“Soy muy feliz”, dijo mientras se arreglaba un poco el cabello y mantenía la vista fija en un viejo anuncio de neón. Coca-cola es la chispa de la vida.

En el instante en que yo salía del baño la vi saltar hacia el exterior sin hacer ruido. La ventana carecía de cornisa, fachada lisa como tabla sin clavos.

Me detuve hasta que el silencio reinante fue interrumpido por un anarquista golpe seco en la lejanía. Sonó como un costal estampándose contra el suelo.

Tomé mi saco y salí de allí, cuidando de cerrar bien la puerta. Es obvio que no nos volvimos a ver nunca más.

Sigo nadando en la nada

¿Ser tan realista ante tanto absurdo me convierte en cínico o sólo en desilusionado? No soy optimista, eso me queda claro. Con Camus, ¿fue influencia o identificación?, sin tanto cerebro, claro. QUe estirado y arrugado a la vez. Claro. Clara ni la rubia de ojos azules y virginal rostro, detrás del cual era la sodomita más experta de Saló, desde los tiempos terremotos del salón de clases. Clara ni el agua, ni la parte menos amarilla de los huevos. Nuevos o usados, los pensamientos y los libros reciclados, encapsulados en ondas, bits y pixeles para leerse en tablas de picar cebolla que parecen de cristal, interactivo. El nuevo milenio es tu amigo, y ni tan nuevo. Sigues conmigo en la lejanía distante de la frialdad, separados por kilómetros, unidos por tecnología de punta de lanza clavada en el costado. Gozosos mártires sin principios, pero con muchos finales, inacabados aún. La última esperanza de taxi con compañía, rumbo al desierto, se me fue, por beber como beriberi en reservación nativa americana. Ahora solo, vacío previo al vacio total, nada argentino. Mal tino, pésima puntería, misma historia reciclada, ¿será por la eufemística ecología de moda y sin relleno?. Otra vez dije todo, sin decir realmente nada.