Soy muy feliz

Era delgada y pálida, sin embargo tenía un cuerpo sinuoso que resultaba demasiado agradable a cualquier vista. Vestida con moderada elegancia y pasable estilo. Era de estatura mediana, guapa y joven, en ella no se asomaba la vejez ni siquiera como un esbozo. Tenía el corazón roto, sin duda, pues tanta felicidad presumida no podía ser normal. Siempre reía y saltaba, como niña emocionada. Júbilo y algarabía constantes, nada natural, nadie puede estar tan alegre durante tanto tiempo.

Nos habíamos topado varias veces en la calle, sólo dos cuadras separaban nuestras respectivas viviendas, sin embargo, hasta esa noche, la lejanía que experimentábamos era como la dos galaxias, una a cada extremo del universo. Entré al McDonald’s de la esquina por cualquier cosa para aplacar el hambre. Más allá del payaso delgado que invita a ser obeso y del aparador con juguetes baratos hechos en Taiwán la descubrí.

Ella estaba allí, jugando con su cajita feliz, no había nadie más, excepto dos empleados, varones por naturaleza, femeninos por inclinación, que gustaban de coquetear entre sí. Ella y yo nos saludamos con un levantamiento de cejas como suelen hacerlo los extraños desconocidos, pero que tienen una lejana familiaridad. Era casi medianoche.

“Quiero sentirme una cerda”, me dijo cuando se acercó a mi mesa y le dio una mordida salvaje a su hamburguesa. Sonrió y se sentó junto a mí, limpiando con la lengua el catsup embarrado en sus labios. No hablamos de nada, silencio absoluto por un buen rato. De repente me preguntó: “¿te gusta Fellini?” Yo no entendí su pregunta y sólo me limité a negar con la cabeza, no conozco nada de muebles ni de arquitectura argentina. Esa noche yo ansiaba compañía.

Ella termino su hamburguesa y retiró con arrebato insolente la charola de mi comida para arrojarla a la basura. “Vamos”, me dijo y jalándome del saco me sacó de allí.

Llovía a cántaros, raudales vomitados por el cielo oscuro. Atravesamos la avenida y dimos vuelta en la esquina de su calle. Reía a carcajadas en lo que nos mojábamos, y golpeaba duramente mis costillas con la punta de sus dedos. Me dolían sus violentas cosquillas, sólo pudo arrancarme una sonrisa.

Llegamos hasta la puerta del edificio donde ella vivía y me preguntó si consideraba que ella era atractiva. Sólo asentí. Me besó, enredando su lengua con la mía. Después subimos por un viejo elevador hasta el séptimo piso, acariciándonos furtivamente, aunque no hubiera necesidad de ocultar nada ante la carencia absoluta de testigos.

Llegamos a la entrada de su departamento, abrió la puerta y me jaló hacia dentro. Nuestro camino quedaba marcado por el agua que chorreábamos. Rió y me volvió a besar. Nos acariciamos un momento, de nuevo. Me quitó el sacó y yo le quité su suéter empapado.

Entré al baño, ella fue hacia la ventana, la abrió y miró a la calle. Yo observaba su reflejo en el espejo que cerraba al botiquín.

“Soy muy feliz”, dijo mientras se arreglaba un poco el cabello y mantenía la vista fija en un viejo anuncio de neón. Coca-cola es la chispa de la vida.

En el instante en que yo salía del baño la vi saltar hacia el exterior sin hacer ruido. La ventana carecía de cornisa, fachada lisa como tabla sin clavos.

Me detuve hasta que el silencio reinante fue interrumpido por un anarquista golpe seco en la lejanía. Sonó como un costal estampándose contra el suelo.

Tomé mi saco y salí de allí, cuidando de cerrar bien la puerta. Es obvio que no nos volvimos a ver nunca más.

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8 comentarios en “Soy muy feliz

  1. Bueno, escritor…esta vez, me tumbaste de la silla con el final!
    Y no sé que comentar!!! Ufff!!!

    Plato de difícil degustación, pese a lo dinámico de tu narración!!!
    Siempre es difícil entender un suicidio, más difícil, la necesidad de compañía en ese momento…esta vez, sí que explotaste en imaginación jajajaja!!!!

    Besossssssss

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    • Hmmm, no había pensado en eso Gizz. De hecho creo que no pienso cuando escribo 😀 Las historias salen así. Estaba la mujer esta, hubo un encuentro, no sé por qué MCDonalds. Sólo sé que se arrojó de la ventana. Eso quizá porque los cuentos que yo cuento, similares a los de Sabina, siempre terminan mal. Puede ser. Pero no había otro final. Lo que más me gusta es que aunque no sea lindo, la gente se quede pensando. Hmmm, ya reflexionando un poco a lo mejor se le ocurrió suicidarse así, de repente. Creo que la chica era más de impulsos que nada. Y se le antojó arrojarse, y se arrojó. Puede ser. Un abrazo

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    • Hola Aldabra. Difiero un poco contigo, creo que es demasiado realista, bueno sí es imaginado, en gran parte, conozco gente así, que aunque no se ha arrojado de ventanas (bueno eso creo, hace mucho que no sé de ellos) si se comportan así. El final también me mediosorprendió cuando lo escribí. Pero a veces me temo que todos mis cuentos terminan así. Un fuerte abrazo. Aunque agregaré que concuerdo porque ahora que lo leo sí tiene sabor de sueño.

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