Palabra cumplida

Solemos temer a “las enfermedades mortales”, olvidando que al nacer contraemos una, irreversible e irremediable, llamada vejez y provocada por el tiempo.

Eso lo olvidó también él al ver los resultados de sus exámenes médicos.

Por curiosidades de la vida, producto de la mala costumbre o de las fantasías metafísicas románticas, él al mirar esos resultados esperó la llamada de ella; pero el teléfono permaneció mudo. No hubo llamadas de parte de ella, ni visitas, ni mensajes, ni recados enviados por mediación de terceros o cuartos, vamos ni una miserable postal.
Es cierto que hacía ya muchos años no estaban en contacto, no sabía una del otro, ni viceversa. Pero…

Ella y él se conocieron hacía ya demasiado tiempo, ya había computadoras y teléfonos móviles, pero aún no existía la teletransportación ni se había extinguido la hambruna en África. Se conocieron hace ya mucho tiempo.
No sé si fue amor a primera vista, pero en ese primer encuentro, accidental, tan pronto se miraron, fue como si se hubieran conocido desde hacía ya tres vidas y media. Click y química. Las conversaciones sin sentido entre ellos tenían toda la razón del mundo, mismo lenguaje y similares gustos. Presentían cuando a uno le pasaba algo, o cuando a una le invadía la melancolía, entonces era inmediata la llamada, la charla y el aplacamiento de los feos sentimientos y el exilio de los temores. Eran la mitad platónica hecha realidad, cuajando como gelatina fina.
Romance breve, compromiso casi inmediato, cohabitación y alegría.

Pero un día, pasados 10 meses después del año, a ella le dejaron de hacer gracias las tonterías de el (que antes la mataban de risa), a él ella dejó de parecerle tan dulce y comezó a hacérsele posesiva, poco después los besos le sabían a él menos de lo que sabe besar un papel. Comenzaron a aparecer más silencios entre ellos, ni siquiera comentaban las películas que veían, cada vez más frecuentemente de manera separada.

Decidieron cumplir el acuerdo que establecieron poco después de enamorarse: “cuando sientas que no me amas, sólo dímelo, y sin drama nos separamos”. Quien dio el primer paso fue ella, y él, con el hercúleo trabajo que cuesta romper la costumbre (“¿vamos a dejar así como si nada lo vivido?”, pensaba él aferrándose a lo compartido), cumplió con su palabra y no rogó por la oportunidad.

La separación no ocurrió en un puente medieval con faroles tristes y un viejo saxofón sonando a la distancia; fue en su casa, ella le tenía las maletas preparadas, él las recogió, se dieron el doloroso beso que se le da en la mejilla a quien se solía besar en la boca, y se dijeron adiós. Esa fue la última palabra.

Así pasaron los años, cada quien su vida, por su lado. Él pensaba constantemente en ella, no la comparaba con las mujeres, cuantas fueran, que vinieron después; además a éstas las olvidaba al poco tiempo. A ella siempre la llevaba incrustada en la memoria. Sólo que ¿para qué contactarla? El contrato verbal de alejamiento y silencio se mantuvo.

El día reciente en que él miró los resultados de sus análisis, impacto de la sentencia de muerte vía médica, en la libertad de una calle insensible, ella no le llamó.

Ella no le llamó las semanas siguientes ni los meses que le restaron a él de vida.

Él, firme dentro del convenio tampoco hizo nada por buscarla. Sólo la recordó.

Ella no visitó su tumba ni fue a saludarlo el día del Juicio Final.

Hay gente que cumple su palabra para siempre.

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Hay ay allá

“Hay ay allá”, dicen ángeles y querubines, céfiro y malandrines (redimidos) desde el Cielo.
Asomados en el borde de una nube de límites dorados, los seres alados y espirituales miran a la Tierra.
El Valle de lágrimas es un mundo azul, mares y océanos salados productos oculares de las penas perpetuas.
“Hay ay allá”, dicen de nuevo lamentando que el humano por más que experimenta jamás aprende.

Injusticias, desgobierno y mucho inmundo lodo, ¿qué más se puede decir si en cambalache ya se dice todo?
“Hay ay allá”, cantan llorando en el Cielo, por las penas que les inpira tanta estupidez estancada acá abajo.
Nadie se pone de acuerdo, unos quieren su pedazo de gobierno, y la mayoría, como reses al matadero.
El pobre se queda más pobre, el rico se enriquece más, con tanto absurdo ¿hasta dónde vamos a llegar?

“Hay ay allá”, sigue el lamento por el caso perdido, por las causas podridas y por el mal utilizado libre albedrío.
Aunque hay también cosas buenas, como el arte y la belleza de la naturaleza, al final todo parece eclipsado por las penas.
“Habrá más ay allá”, anuncia el ángel que rompe el séptimo sello, las Revelaciones están por cumplirse,
comenzará pronto a llover fuego.

N-O

“No”, dos letras que juntas, en ese orden, son como la luz roja en el crucero de autos, como la señal que te dice que no intentes ganarle al tren expreso, es la palabra que te niega siquiera un beso, la versión simplificada del “ciérrate sésamo”.
“No”, cuando se expresa es el muro límite cuyo traspaso debe evitarse, la autoridad que impide continuar, el botón rojo que aborta la misión, a partir del no, lo correcto es regresar con la nave a casa.
“No”, debe ser la contundencia de un punto final, cierre de historia, ninguna histeria.
Pero lamentablemente la teoría rara vez se transforma en práctica en el mundo real.
Necios navegando idiotamente en el océano de la necedad.
¡Cuántos problemas se evitarían si todos respetáramos tan sencilla negativa!

no

Conocí a mi verdadero amor

Dicen que la verdad estuvo en Belén alguna vez, ¿si ya no está allí por qué no buscarla donde ahora se encuentra?

Yo conocí a mi verdadero amor en una funeraria, y entonces noté que siempre llego tarde, hasta para encontrar pareja.

Todos jugamos a soñar y terminamos soñando que vivimos, ambicionamos quimeras y atesoramos sin medida las monedas. Al final todo es oscuridad y, según dicen, despertamos, pero de eso nadie está seguro porque de allí nadie ha regresado.

Yo tenía prisa por muchas cosas, y el tiempo me sorprendió vacío; en el ayer quedaron las rosas, la alegría, las mujeres y el vino.

Hoy ya nadie me cree capaz de nada, soy completamente inofensivo; un anciano en muy poco se diferencia del recién nacido. Las tareas afanosas terminan siendo naimposibles cuando la vida llega a su término; las cartas y las promesas de amor suelen ser lo que se marchita primero.

Sólo me acompañó la costumbre en los últimos días de mi vida, al menos es lo que medio recuerda mi memoria perdida.

Supongo que la verdadera verdad nos será revelada, pocos momentos después de que ‘efectuemos el último suspiro’.

Yo conocí a mi amor verdadero en una funeraria, llegando tarde hasta para encontrar el afecto.

De nada sirvió creer que algo podría cambiar, de nada sirvió luchar por cambiar ese algo; todo pareció una ocupación obligada para rellenar los huecos hasta el final no anunciado.

Aprendí a conducir un auto, que ahora no me lleva a ningún lado. Aprendí muchos idiomas que hoy me sirven para un carajo.

Con nada llegué y nada me llevo, pero lo que más me duele es haber conocido a mi amor verdadero en una funeraria.

 

El hombre del traje azul

Mesita de metal, de 55 por 55 centímetros, un cuadrado imperfecto, por los golpes y abolladuras.
Mantel de plástico, con mangos y naranjas desibujados (cuando es mes de la independencia lo cambian por el mantel estampado por héroes, y cuando es navidad por uno que tiene muñecos de nieve con sonrisas cannabicas y bendiciones santaclosas).
Es la mesa en la fonda de comida corrida (que más debiera llamarse “corriente”). El ambiente incluye música de banda y moscas que vuelan como en orgía aérea.
Ante la mesa un hombre, vestido de traje, comprado en la barata ínfima de la tienda del ahorro proletario (que lamentablemente se traduce como: a los obreros, las sobras). Un obrero rara vez goza de lo que él produce, pero eso, queridos, es otra histeria. Enfoquémonos en el hombre que come, que no es obrero, sino burócrata de quinta categoría.
El hombre del traje económico, traje de azulado tono pastel, merengue de panadería, chambelán de XV primaveras, es un fulanito entrado en carnes y en años.
El sístole y el diástole de su corazón son un trabajo mayor, grasa pegada en las arterias, tabaco en placas venosas, la sangre no corre como debiera, y es más negra que su conciencia. De azul, sólo el traje.
Come con gusto endemoniado el plato de grasa caldosa (supuestamente de cerdo, nada kosher, pues el tipo es cristiano y cree que todos los judíos son malos, porque clavaron a Dios en la cruz), acompañado el platillo de pan, mucho pan, de la canastita mosqueada sobre la mesa metálica y abollada.
Los zapatitos del hombre, parecen de juguete, calza un número bajo, y tienen los tacones desgastados y chuecos, pero eso sí, muy lustrosos, siempre: “como te ven te tratan”, acostumbra decir muy ufano el fulano que ahora come. Y sinceramente lo tratan como el carajo, de hecho lo que la gente tiene con él no es un trato, sino un maltrato. Así vistiera como el príncipe de Inglaterra, me temo que lo tratarían igual de mal.
Pero no te vayas por el lado equivocado, el tipo se gana bien la enemistad de todos a pulso. ganador indiscutible de la medalla de oro en antipatía.
El fulano es un burócrata, que a lo largo de 25 años ha ocupado con poco orgullo y mucha vileza la ventanilla de pensiones en el Instituto de Seguridad Social, haciéndole la vida difícil, hasta la cuasi imposibilidad, a los jubilados que tuvieron la mala suerte de vivir más años que su vida laboral.
El tipejo de traje azul, abusa del poder que le confiere estar en el ventanuco maldito. Ríe y piensa en futbol, en vez de atender a la gente. Come tortas de jamón y hace como que piensa, sin pensar. Le gusta decir que regresen otro día a los ancianos tras hacerlos esperar hora y media en la sala de la desesperación dantesca, allí, donde todo es dolor y rechinar de dientes. Un completo hijo de puta el tipo del traje azul.
Se acaba su caldo en el restaurante fonda de mala muerte. Ahora viene el bisté a la mexicana. Un vil huarache sin ataduras, con un puñado -de enano- de verduras. Tan grasoso es el pedazo de dizque carne que podría mantener bien lubricado el engranaje completo de un trasatlántico por lo menos durante 367 días.
El burócrata es de cara redonda, mitad rana y mitad cabeza olmeca reducida, con un rictus perpetuo como de haber pisado excremento canino en la calle, tiene como única señal de inteligencia un par de gafas, pero no te vuelvas a ir por el mal camino de los prejuicios, las gafas son erróneamente asociadas al intelecto, pero está científicamente comprobado que el 90% de los cuatro-ojos no leen más que las noticias deportivas (y eso sólo los encabezados), y que su coeficiente intelectual es la justificación perfecta para la invención de los números negativos.
El tipo masca con dificultad, tiene los dientes picados, y sigue consumiendo su trozo de carne de dudosa procedencia (aunque todos supongan que es de res, no diré de qué es).
Éste podría ser un cuento infamil, como los que acostumbro escribir, pero no, tampoco te equivoques con eso. Al tipo nefando que describo no le va a dar un infarto ante esta mesa, como si se tratara de un acto de justicia divina quitarle la vida a un ser tan negativo. No, él terminará de comer, y seguirá con su rutina por mucho tiempo, desatendiendo ancianos, haciéndoles la vida imposible, día tras día y semana tras semana.
Así, hasta que un día él sea otro jodido jubilado más y tenga que soportar lo mismo que a otros hizo sufrir.
Moraleja: hay cuentos infamiles que no terminan con la muerte, sino karmáticamente con mucha vida (y éstos, querida, son los peores finales).

De amores y visiones

“Creo en el amor a primera vista”, confesó el miope sentimental, más por costumbre que por experiencia.

La reina de corazones usa binoculares, bifocales y microscopio para evitar los errores del miope (de todas maneras ella prefiere los oídos a los ojos, y los odios a los rojos).

“El destino es misterioso”, dijo aquel que no supo leer los signos de los tiempos y que prestó oídos a las jazzísticas trompetas de los querubines que atestiguaban la apertura del séptimo sello, ese que se abre antes de la octava entrada y al final del tercer tercio.

“Hay maneras menos originales de perderse”, expresó el hombre que se había fundido con su sillón frente a la televisión mientras veía un documental sobre un zorrillo que caminaba con su cabeza metida en una lata de jugo de zarzamora.

Y esto fue un documental, que me muera si no es verdad (espero que me visites antes de que esté en mi tumba).

Fácil y Difícil

Es fácil hacer promesas, lo difícil es cumplirlas;

es bien sencillo decir ‘para siempre’ y ‘nunca’, tan sencillo como decir cosas bonitas cuando ardes con pasión, a menos que seas Juana de Arco.

Lo difícil es seguir siendo tú y mantener vivos tus sueños.

Es fácil hacer amigos, lo difícil es conservarlos;

es sencillo ver una estrella, pero imposible alcanzarla, pues no es más que el eco luminoso de algo que fue un sol, ahora muerto, desaparecido mucho antes de que se inventaran las mentiras.

Es fácil amar y odiar, esos no son más que sentimientos hermanados que seguido experimentamos. Es bien sencillo juzgar y condenar, así como es difícil soportar ser juzgados.

Es fácil sentirse casi perfecto, lo difícil viene cuando redescubres los colores de la realidad.

Es fácil creer en Dios, lo arduo es tratar de conocerlo; es muy duro aceptar que una divinidad no es de uso personal. Es bien fácil embriagarse con la ceguera de la fe, lo difícil es soportar su resaca.

Fácil es decir que eres fuerte, complicado es tener que demostrarlo; igual cuando presumes ser inteligente, es difícil no quedar ante todos como tarado.

Puede ser fácil convencer a los demás de que eres un líder, un ser superior, pues las masas suelen tener mucho apetito de quimeras y utopías; lo difícil es descubrirte mortal y sentir cerca tu último día.

Las redes antisociales

En un café de la colonia Condesa (condenada a un perpetuo tránsito vehicular). Ella, ante su mesa, parecía interesada en la plática. Al menos eso intentaba mostrar con su rostro. Él, su acompañante, maestro, pero no amante, hablaba y hablaba, y era interesante lo que decía, al menos para ella, pues eran las claves para que ella escribiera una tesis impecable. Pero… Discretamente ella miraba de reojo su teléfono rojo (que nada tenía que ver con Mr. President de la blanca casa ni con Batman de la oscura cueva) con una constancia condenable. El teléfono, cuyo timbre había sido deshabilitado “en atención”, y para no interrumpir, al que hablaba, estaba sobre la mesa, junto al florero, no estaba apagado y vibraba a cada momento, cual artilugio de ninfómana crónica. Y ella, con cada vibración del aparatito perdía el hilo del rosario de ideas que él exponía allí en el café. Era tan interesante lo que él le decía, pero… Con trabajos empezó la joven a entender el discurso por contexto, casi lo logró cuando otra vibración del rojo la hizo caer de nuevo en el limbo mental. Él, sintiendo ofensiva la inestable atención que ella le ponía a sus palabras, para él tan sagradas, pidió la cuenta, se arrancó las ideas de la lengua y las volvió a meter en su cráneo y le dijo a ella que se verían en otra ocasión. El ego del académico era titánico, y jamás daba segundas oportunidades a nadie (salvo a su esposa que le había puesto el cuerno unas 13 veces); así que la ocasión mentada jamás se presentaría a esta joven, por puro orgullo del maestro. Mal se levantó él de su silla y dio la media vuelta para largarse, cuando ella, silenciosa y desesperada, tomó su teléfono rojo, y miró la pantalla. Las vibraciones habían sido por 103 alertas de twitter, las más de ellas ocasionadas por tuits de un fulano al que seguía sin motivo alguno, quien repetidamente posteaba que odiaba a Yoda, esa mañana su odio por el sensei  jedi verde estaba en su apogeo, y por eso el fulano tuiteaba tantas cosas que ni a él mismo le importaban. Ella sólo dijo “carajo”. Reactivó el timbre de su teléfono rojo y abandonó también el café de la condenada Condesa.