El hombre del traje azul

Mesita de metal, de 55 por 55 centímetros, un cuadrado imperfecto, por los golpes y abolladuras.
Mantel de plástico, con mangos y naranjas desibujados (cuando es mes de la independencia lo cambian por el mantel estampado por héroes, y cuando es navidad por uno que tiene muñecos de nieve con sonrisas cannabicas y bendiciones santaclosas).
Es la mesa en la fonda de comida corrida (que más debiera llamarse “corriente”). El ambiente incluye música de banda y moscas que vuelan como en orgía aérea.
Ante la mesa un hombre, vestido de traje, comprado en la barata ínfima de la tienda del ahorro proletario (que lamentablemente se traduce como: a los obreros, las sobras). Un obrero rara vez goza de lo que él produce, pero eso, queridos, es otra histeria. Enfoquémonos en el hombre que come, que no es obrero, sino burócrata de quinta categoría.
El hombre del traje económico, traje de azulado tono pastel, merengue de panadería, chambelán de XV primaveras, es un fulanito entrado en carnes y en años.
El sístole y el diástole de su corazón son un trabajo mayor, grasa pegada en las arterias, tabaco en placas venosas, la sangre no corre como debiera, y es más negra que su conciencia. De azul, sólo el traje.
Come con gusto endemoniado el plato de grasa caldosa (supuestamente de cerdo, nada kosher, pues el tipo es cristiano y cree que todos los judíos son malos, porque clavaron a Dios en la cruz), acompañado el platillo de pan, mucho pan, de la canastita mosqueada sobre la mesa metálica y abollada.
Los zapatitos del hombre, parecen de juguete, calza un número bajo, y tienen los tacones desgastados y chuecos, pero eso sí, muy lustrosos, siempre: “como te ven te tratan”, acostumbra decir muy ufano el fulano que ahora come. Y sinceramente lo tratan como el carajo, de hecho lo que la gente tiene con él no es un trato, sino un maltrato. Así vistiera como el príncipe de Inglaterra, me temo que lo tratarían igual de mal.
Pero no te vayas por el lado equivocado, el tipo se gana bien la enemistad de todos a pulso. ganador indiscutible de la medalla de oro en antipatía.
El fulano es un burócrata, que a lo largo de 25 años ha ocupado con poco orgullo y mucha vileza la ventanilla de pensiones en el Instituto de Seguridad Social, haciéndole la vida difícil, hasta la cuasi imposibilidad, a los jubilados que tuvieron la mala suerte de vivir más años que su vida laboral.
El tipejo de traje azul, abusa del poder que le confiere estar en el ventanuco maldito. Ríe y piensa en futbol, en vez de atender a la gente. Come tortas de jamón y hace como que piensa, sin pensar. Le gusta decir que regresen otro día a los ancianos tras hacerlos esperar hora y media en la sala de la desesperación dantesca, allí, donde todo es dolor y rechinar de dientes. Un completo hijo de puta el tipo del traje azul.
Se acaba su caldo en el restaurante fonda de mala muerte. Ahora viene el bisté a la mexicana. Un vil huarache sin ataduras, con un puñado -de enano- de verduras. Tan grasoso es el pedazo de dizque carne que podría mantener bien lubricado el engranaje completo de un trasatlántico por lo menos durante 367 días.
El burócrata es de cara redonda, mitad rana y mitad cabeza olmeca reducida, con un rictus perpetuo como de haber pisado excremento canino en la calle, tiene como única señal de inteligencia un par de gafas, pero no te vuelvas a ir por el mal camino de los prejuicios, las gafas son erróneamente asociadas al intelecto, pero está científicamente comprobado que el 90% de los cuatro-ojos no leen más que las noticias deportivas (y eso sólo los encabezados), y que su coeficiente intelectual es la justificación perfecta para la invención de los números negativos.
El tipo masca con dificultad, tiene los dientes picados, y sigue consumiendo su trozo de carne de dudosa procedencia (aunque todos supongan que es de res, no diré de qué es).
Éste podría ser un cuento infamil, como los que acostumbro escribir, pero no, tampoco te equivoques con eso. Al tipo nefando que describo no le va a dar un infarto ante esta mesa, como si se tratara de un acto de justicia divina quitarle la vida a un ser tan negativo. No, él terminará de comer, y seguirá con su rutina por mucho tiempo, desatendiendo ancianos, haciéndoles la vida imposible, día tras día y semana tras semana.
Así, hasta que un día él sea otro jodido jubilado más y tenga que soportar lo mismo que a otros hizo sufrir.
Moraleja: hay cuentos infamiles que no terminan con la muerte, sino karmáticamente con mucha vida (y éstos, querida, son los peores finales).

2 comentarios en “El hombre del traje azul

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