En el reino de los ciegos

“En el reino de los ciegos el tuerto es rey”, no dijo, pero lo pensaba a diario, el rey de la Corte de los Milagros.
Salomónicamente reflexionando que todo es vanidad, observando mentalmente el absurdo constante en el cual nadamos y también respiramos, es curioso notar como estamos tan juntos y a la vez vivimos tan aislados.
Los bufones dan menos gracia cuando son conscientes de sus bufonadas, que cuando se toman en serio o cuando no hacen nada.
Las palabras pueden llegar a ser importantes, cambiar vidas o destruirlas, aunque a la mayoría se las lleve el viento, sin dejar huella y careciendo de valor. Mero aire escupido por la boca.
Hay sustancias de evasión que en vez de permitir el escape, te exponen más a tus errores, y muchas veces se convierten en problemas mayores por sí mismas.
Quizá el verdadero sentido sea renunciar a buscar lógica a todo y vivir siendo uno, sin romper rabiosamente molinos de viento ni querer cambiar a la gente.
Alguien silbó en la cercanía, a manera de saludo vulgar y ruidoso, sacando al tuerto de sus meditaciones sin rumbo, y adentrándolo a la rutina de la jornada.
Al final tanto pensamiento quedó en el olvido.

Vida y sentido (pésame)

Sepultada en la exasperante espera de una ilusión, frente al teléfono mientras escucha una vieja balada, mucho de lo que ella siente ahora lo sienten demasiados en el mundo, desde Asunción hasta la India, pasando por la Gran Muralla. Unas soportan el tedio imaginando futuros de opio, otros deshojan margaritas intentando encontrar respuestas. Algunas leen la Biblia en busca de un Dios personal que les indique cómo arreglar sus problemas privados y otras se la viven leyendo cartas ajenas. Yo ya pasé por allí y estoy cansado de tratar de descubrir el amor y ser por alguien amado. Eso no es algo que brote de la tierra, si uno no siembra antes la semilla correcta. Lo dado no siempre tiene seis caras. El tiempo continúa su marcha inexorable, y ya es tarde. Los que hoy nacen cometerán mañana nuestros mismos errores. A pesar de eso hay quienes se preguntan por qué existen siempre los mismos males. La libertad es sólo una estatua y el triunfo un arco. Quien trata de encontrar la verdad es visto como bicho raro. Yo ya siento que vi lo que tenía que ver, y me siento cansado, pero parece que aún estaré por aquí durante un buen rato. Unos esperan el cumplimiento de su misión en las tabernas y otros lo hacen leyendo malas novelas, unos viven vidas demasiado inspiradas sin acción y otros llevan una existencia empaquetada en serie, todos esos ya cumplieron completamente su objetivo: haber nacido siendo nada y vivir siendo la nada.

No es bueno tentar a la suerte

El amanecer de ese jueves sólo era distinto por las nubes, que eran de un color rojo sangre, así como por el rostro de Don Catarino, que lucía más triste que de costumbre; por lo demás, las rutinas del día y de ese hombre eran las de siempre.

Seis de la mañana y el hombre bajito, melancólico e insignificante salía a barrer la acera que estaba afuera de su peluquería. Un lugar tradicional, un elemento del pasado naufragando en el presente. Afuera decía Peluquería Don Catarino, con letras que de seguro estuvieron de moda hace más de 70 años. El actual Catarino había heredado el local y el oficio de dos Catarinos anteriores (su padre y su abuelo), pero el cuarto (su hijo) había decidido romper con la tradición yéndose a buscar trabajo a los EE.UU.

A un lado del letrero de la peluquería había un cilindro giratorio con líneas espirales (roja, blanca y azul) que parecían caer a perpetuidad. Era el símbolo medieval de su profesión (ese que simbolizaba sangre, vendas y venas, cuando los peluqueros eran también los médicos de los poblados), y que actualmente sólo nos indica que allí trabaja un peluquero tradicional.

Adentro del local todo era antiguo: tres asientos fabricados en 1929, en Chicago Illinois, según rezaban sus respectivas las placas que servían para que los clientes reposaran en ellas allí los pies con tal de no dejarlos colgados como los de una marioneta sentada al borde del escenario. Había también tres grandes espejos que en conjunto reflejaban una repetición infinita del local. En los pocos espacios de muro que los espejos dejaban libres, los tres Catarinos habían optado por colgar imágenes de su pasión taurina, fotos ahora en tonos amarillos de papel que ha sobrevivido por mucho la época útil para la que fue creado. En realidad había un solo elemento moderno en la peluquería: la colección de revistas para caballeros que se apilaba en uno de los asientos (el central), cuyo fin era el esparcimiento libidinoso de los clientes.

Los pocos clientes que tenía Catarino eran casi tan fieles como la mala suerte. Durante años habían ido allí a acicalarse y no cambiarían la ‘buena mano’ del Fígaro por nada del mundo. Incluso había unos creían deberle al peluquero las soluciones a dilemas personales, éticos, morales y existenciales. Por ejemplo el viejo Don Cuco (cuyo nombre real era, en efecto, Refugio) estaba totalmente convencido de que seguía casado gracias a los sabios consejos de Don Catarino; aunque realmente éste jamás proporcionó consejos, pues se limitaba a asentir y escuchar durante los largos monólogos de Don Cuco. Otro de sus clientes más asiduos era Don Juan, quién hacía honor a su mítico nombre y presumía, sin incurrir a la mentira, de haber conquistado a más mujeres de las que su memoria podía recordar. “Catarino, eres el secreto de mi éxito”, le decía Don Juan al peluquero en cada una de sus visitas semanales, y antes de empezar a platicarle de su nueva conquista.

A pesar de la fidelidad de sus clientes, Catarino no podía dejar de sentirse una especie en extinción. Desde que su hijo había optado por irse a los EE.UU. rechazando su herencia de oficio, Catarino había contratado a decenas de ayudantes, uno a la vez claro está, los cuales no duraban ni dos meses en el trabajo. Unos se cansaban de la rutina de Catarino, otros se aburrían de los pocos clientes (quienes solían dejarse cortar “sólo por el maestro”), pero los más se iban porque, al igual que Catarino, no veían futuro alguno es ese lugar repleto de pasado.

Nada consolaba a Don Catarino de la proliferación en aumento de las estéticas unisex (adónde acababan trabajando todos sus ex-ayudantes), ni siquiera estar casado con una hermosa y joven mujer, segundo matrimonio del peluquero, quién había enviudado poco después de haber nacido su hijo. Con frecuencia el peluquero se quedaba varios minutos contemplando los surcos circulares alrededor de los asientos, que años y años de calzado rodeando a los clientes en turno habían dejados grabados en el piso. Esos asientos hechos en Chicago, Illinois, curiosamente el lugar al que su hijo se había ido a probar fortuna. “Todo se paga en la vida”, se decía Catarino al pensar en la coincidencia.

A las siete en punto de esa mañana de rojas nubes, Don Catarino abrió como de costumbre su local. El primero en llegar fue Don Cipriano, un calvo de 70 años que parecía tener 110. Catarino solía imaginar aves carroñeras alrededor de este cliente siempre que lo veía entrar en la peluquería; pero no esta mañana, pues Catarino estaba allí físicamente, pero el resto de su persona estaba en algún otro lado.

Aunque Cipriano carecía de cabello se negaba a aceptar el hecho y acudía a que el maestro le arreglara los tres pelos de su cabeza, tras lo cual salía de allí tan agradecido como satisfecho por el trabajo. Cabe mencionar que Don Catarino, en aras de la vieja amistad que los unía, no cobraba ni un centavo a Cipriano por su mímica de trabajo.

Tras hora y media de tristeza y pensamientos en solitario, a las nueve en punto, como todos los jueves, llegó Don Juan. Llenando el local con su característica loción fina, fuerte y masculina, mostrando una sonrisa radiante y seductora y con ese porte envidiado hasta por los jóvenes. Don Juan se sentó y el corte comenzó como de costumbre; no así la charla. En vez de empezar a hablar de su última conquista, Don Juan tomó una revista y comentó con Catarino las curvas femeninas que veía impresas en el papel couché. Don Catarino, de manera automática, cortaba, asentía y peinaba, a veces miraba caer al suelo pedazos de esos grises cabellos que las mujeres juzgaban parte del interés que en ellas despertaba el maduro galán.

Como siempre, Don Juan se fue interesando más en su propia plática y por eso no fue capaz de notar un ligerísimo temblor en las manos de Catarino. Tampoco se percató cuando el peluquero casi dejó caer al suelo la toalla caliente que sacó de la vieja máquina metálica. Ni cuenta se dio de que la mirada de Catarino era extraña en el momento en que le aplicaba espuma en el rostro, ni la excesiva fuerza poco habitual con que el Fígaro afiló la navaja.

Lo que sí notó Don Juan fue cuando Don Catarino en vez de deslizar con destreza el filo de la navaja sobre su bronceada mejilla para alcanzar la afeitada perfecta, decidió clavar el filo profundamente en su carne, justo debajo del huesito curvo que está detrás del lóbulo de la oreja izquierda, para después deslizar con fuerza la navaja por el rumbo del cuello, para hacer un profundo surco que acabó justo debajo del huesito curvo que está debajo de la oreja derecha. Eso lo notó Don Juan y, como era de esperarse, fue casi lo último que notó y sintió en su vida.

Antes de quedarse completamente quieto, Don Juan emitió los típicos sonidos que hace cualquier persona que se ve sorprendida cuando le están cortando el cogote. Catarino pensó que este acto significaba el fin de una era, de su era, y que a la vez la concluía con justicia. Quizá por esto se sentía cansado, muy cansado, o quizá su agotamiento también se debía a que la noche anterior no había podido dormir por los ecos olfativos de la característica loción de Don Juan que había descubierto en su propio lecho.

Al enterrador se le ocurrió poner como epitafio en la tumba de Don Juan: “No es bueno tentar a la suerte”. Nadie le aceptó la idea, porque la consideraban macabra. Al enterrador no se le ocurrió ningún epitafio para la joven esposa del peluquero, pues hasta él se sorprendió de lo feo que puede ser el cadáver de una bella mujer asfixiada.

Peluquero

Inútil

Un arlequín veneciano bailando en miércoles de ceniza,
Un ateo comulgando sin fe en una basílica perdida,
La lluvia que inunda el Sahara haciendo a un lado la sequía,
La tragedia que de tan triste dibuja en los rostros sonrisas.
El puente sin sentido que no cruza ningún lado,
El tesoro que aún guarda en su soledad un moribundo avaro,
La función completa de circo que nadie presencia,
Vivir sin corazón haciendo sólo caso a la ciencia.
La espera en la estación por la que ya no pasan más trenes,
El golpe a un cadáver en la zona que más duele,
El arcón de los secretos que a nadie importan realmente,
El hombre que predica verdades, asesinado por la gente.
Una pintura encerrada, olvidada en un sótano oscuro,
La prédica en el desierto, la lágrima de un cocodrilo,
El bello amanecer del último día, el viejo Egipto sin el Nilo.
Tan inútil me siento cuando leo ciertas cartas tuyas,
Que me gustaría escapar al lado oscuro de la luna.
Y olvidarme de todo lo que sucede, y dejar de soñar, si es que se puede.
Todo eso no tanto por ti, sino porque es lo que yo mismo elegí.

Libro no autorizado

Me sentí con suerte al encontrar disponible la única banca del reducido parque. Se hallaba lo suficientemente lejos del bullicio de los niños que jugaban futbol. Saque de la mochila el libro que tanto trabajo m había costado conseguir y comencé a leerlo.
No había llegado a la mitad de la primera página cuando frente a mí se detuvo un policía y sin más preámbulo me ordenó: “dame ese libro”.
Miré al oficial y le pregunté por qué. Simplemente respondió: “no es de los libros autorizados”.
“Por favor”, le dije en un tono medio en broma, pero con tintes de incipiente molestia, “es ‘Moby Dick’, ¿cómo que no está autorizado?”
“No sé, no es un libro autorizado. Los colores de la portada no son los correctos”.
Yo lo sabía, pero ¿qué de malo había en leer un clásico, que no hacía mucho era obligatorio leer en las escuelas? Los libros autorizados a los que se refería el policía, eran un puñado de títulos, que versaban sobre moral, civismo, buenas costumbres y autoayuda, escritos por el monopolio de medios de comunicación en conjunción con el Gobierno. Todos tenían el mismo diseño en sus cubiertas, sólo variaban los colores, dependiendo del tema. Otros libros autorizados eran los de ficción, de cubierta púrpura, pero que se limitaban a una serie de vampiros adolescente, una de un mago infantil y otra de porno suave y comercial (siempre dentro de las buenas costumbres). Ningún clásico, ningún otro título de hecho, estaba incluido en la lista de autorizados.
Yo pensé que leer un libro “no autorizado”, en caso de conseguirlo, no estaría prohibido, ni llamaría la atención, pues creí que a nadie le importaría ya que casi nadie lee en este país.
“Dame ese libro”, dijo el policía arrebatándome el volumen de las manos mientras desenfundaba su pistola. Arrojó el libro al suelo y le disparó, deshaciéndolo y haciendo volar las páginas en pedacitos tras cada disparo. Los niños que jugaban se tiraron automáticamente pecho tierra. Al ver que el oficial había terminado de disparar, reanudaron el partido como si nada hubiera pasado. Ya nadie se asustaba de los disparos, a menos que el arma te apuntara a ti.
“Voy a registrar la falta”, decía el policía mientras escaneaba la identificación que tenía yo colgada de una cadena. “La multa te llegará por electrónicamente y si la pagas antes de una semana te sale más barata”, me explicó.
El oficial se dio media vuelta y de alejó diciendo algo a través de su radio transmisor: “El infractor ha sido registrado, no hay para remitirlo a los separos”.
Yo no entendí, ¿cómo habíamos llegado a esto? No entendí nada y lentamente me alejé de ahí en sentido contrario a la dirección tomada por el policía.
Ciudad de México 2027