Libro no autorizado

Me sentí con suerte al encontrar disponible la única banca del reducido parque. Se hallaba lo suficientemente lejos del bullicio de los niños que jugaban futbol. Saque de la mochila el libro que tanto trabajo m había costado conseguir y comencé a leerlo.
No había llegado a la mitad de la primera página cuando frente a mí se detuvo un policía y sin más preámbulo me ordenó: “dame ese libro”.
Miré al oficial y le pregunté por qué. Simplemente respondió: “no es de los libros autorizados”.
“Por favor”, le dije en un tono medio en broma, pero con tintes de incipiente molestia, “es ‘Moby Dick’, ¿cómo que no está autorizado?”
“No sé, no es un libro autorizado. Los colores de la portada no son los correctos”.
Yo lo sabía, pero ¿qué de malo había en leer un clásico, que no hacía mucho era obligatorio leer en las escuelas? Los libros autorizados a los que se refería el policía, eran un puñado de títulos, que versaban sobre moral, civismo, buenas costumbres y autoayuda, escritos por el monopolio de medios de comunicación en conjunción con el Gobierno. Todos tenían el mismo diseño en sus cubiertas, sólo variaban los colores, dependiendo del tema. Otros libros autorizados eran los de ficción, de cubierta púrpura, pero que se limitaban a una serie de vampiros adolescente, una de un mago infantil y otra de porno suave y comercial (siempre dentro de las buenas costumbres). Ningún clásico, ningún otro título de hecho, estaba incluido en la lista de autorizados.
Yo pensé que leer un libro “no autorizado”, en caso de conseguirlo, no estaría prohibido, ni llamaría la atención, pues creí que a nadie le importaría ya que casi nadie lee en este país.
“Dame ese libro”, dijo el policía arrebatándome el volumen de las manos mientras desenfundaba su pistola. Arrojó el libro al suelo y le disparó, deshaciéndolo y haciendo volar las páginas en pedacitos tras cada disparo. Los niños que jugaban se tiraron automáticamente pecho tierra. Al ver que el oficial había terminado de disparar, reanudaron el partido como si nada hubiera pasado. Ya nadie se asustaba de los disparos, a menos que el arma te apuntara a ti.
“Voy a registrar la falta”, decía el policía mientras escaneaba la identificación que tenía yo colgada de una cadena. “La multa te llegará por electrónicamente y si la pagas antes de una semana te sale más barata”, me explicó.
El oficial se dio media vuelta y de alejó diciendo algo a través de su radio transmisor: “El infractor ha sido registrado, no hay para remitirlo a los separos”.
Yo no entendí, ¿cómo habíamos llegado a esto? No entendí nada y lentamente me alejé de ahí en sentido contrario a la dirección tomada por el policía.
Ciudad de México 2027

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