No es bueno esperar sin esperanza

El marinero se puso los motines en las manos, hacía mucho frío en la ciudad, y como cuidado extra envolvió su cuello en una bufanda de lana. Calzó su gruesas batas y salió a la calle que exige silencio.
Allí afuera, el desafiante desfile de personas impersonales no tenía ni fin ni finalidad, todos parecían andar sin rumbo fijo; pero no importa hacia dónde vayas, siempre llegarás a algún destino, esté escrito o no.
El marinero encendió un cigarrillo con el calor de insultos y provocaciones, luego decidió sentarse en una taza de café, al lado de un pavo real que lucía orgulloso sus estilográficas.
Sonó el teléfono inteligente con retraso mental del marinero, sonó y sonó, y tras quitarle toda mucosidad contestó. “Aló mejor ¿quién es?”, preguntó con voz de barítono carente de tono y recibió una respuesta sin pregunta específica de nadie en realidad, o por lo menos alguien que no importa ni exporta.
Molesto el marinero, sacó de una bolsa de su abrigo de intemperie un zumo cuidado al que tenía demasiado cariño, y mientras bebía, contemplaba a la gente sin temple que desfilaba ante él.
“¡Cómo me gustaría verla de nuevo!”, pensó el marinero respecto a un viejo amor del pasado remoto sin control, “y saber cómo lucirá en el futuro la mujer que ahora elija”.
En lo que apuraba sin prisa su zumo cuidado, sacó el marinero de su cartera una carta de aquel viejo amor en que iba adjunta, pero separada, una foto sin luz.
Suspiró sin darse respiro y regresó esa memoria que no moría.
“No es bueno esperar sin esperanza”, se dijo para luego ponerse de pie y desfilar ente las impersonales personas y encontrar lo que declaradamente decía no buscar.
El viento del Norte, como de costumbre, siguió soplando hacia el Sur.

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Mal y de malas (los bienaventurados del más allá)

rachas de mala suerte.
años de desgracias por espejos rotos, por gatos negros que cruzaron en sus caminos.
corazones en pedazos regados por los suelos.
lágrimas que corren formando océanos
lluvia de escupitajos caída del cielo.
el rostro de Dios completamente negado.
sin poder ver tampoco la sonrisa del Diablo.
blues citadinos o campiranos de profundo sentimiento.
el alcohol corriendo, bajando y bajándolos hacia el infierno.
para ellos el Sermón de la Montaña.
según esto todo estará bien “mañana”.
mientras tanto prisiones de desgracia, condenas de cadena perpetua.
gente que no ve nacer el sol y sólo se carcome en lluviosos mediodías.
no hay melodías que llenen sus vidas vacías.
por el momento sólo es aquí y ahora.
y hay quienes preguntan por qué lloran.
Job no estaba tan jodido, ni Jonás tan perdido.
edificios grises con muchas personas adentro.
soledades hacinadas, multitudes sofocadas, asesinos potenciados.
depresiones presionantes. niños armados.
vejez prematura en primaveras perdidas.
los dados nunca suelen favorecerles con números.
la generosidad es un término abstracto.
todo es izquierdo, todo es negro.
rachas de mala suerte que no acaban.
ahí ni rezar es bueno.

Dios vomita a los tibios (Apocalipsis 3:16)

Intenté ser bueno como lo exige el Libro, pero al parecer no supe leer. También ser malo como lo alaba la gente, sin ganar nada y perdiendo la razón en el intento.
Traté de caminar por el lodo sin ensuciarme, aunque dicen que la suciedad ya la tenía desde antes de nacer. ¡Qué original!
Probé enlodar mi alma en el fango social, pero jamás me manché lo suficiente como para producir aplausos.
Intenté ser la manzana que no daña a las demás. Luego intenté ser una mala influencia. No conseguí ni una ni la segunda.
Uno propone y Dios dispone. No fui ni para adelante ni hacia atrás en la recta numérica de la moral. Cero absoluto en cualquier dirección.
Traté de andar por el camino de los justos, pero las casetas de cobro no tenían cambio para mí.
Corrí por los caminos de la perdición pero siempre me faltó velocidad.
Hice lo que pude, me aferré al pedazo de plomo en el naufragio. Y no flotó, como no flotan los plátanos.
Me até entonces una piedra de molino al cuello y me hizo volar hasta dejarme varado en la playa sin turismo.
Quise terminar pronto mis tareas, acelerando el final, pero nadie se va de aquí antes de tiempo. Nadie, ni los suicidas.
Así que con poca paciencia espero.
Como no pude ser bueno, ni me interesa ya ser malo, soy la nulidad, la sombra que flota. El aire que no se respira, la tibieza maldecida.
Sin ser seducido por el Diablo, sin ser convencido por Dios, vago como el judío errante, marcado con el hierro gris que no quema.
Espero sin celebrar nada religioso, sin cometer el error de alegrarme por el cumpleaños de Newton.
No apoyo nada ni me opongo a nada. No creo en lo que veo, y tampoco en lo que dicen que hay que ver.
No me contagian los optimistas, y no quiero la medalla de oro de los pesimistas.
Me voy por mi camino, sin compañía ni consejo.
Así es como uno se hace realmente viejo.
Esperando a que llegue mi momento. Siendo vomitado por Dios todo este tiempo.

Regalo navideño

El sol apenas despuntaba, eran dos horas antes de su acostumbrado despertar cuando iba a la escuela, pero Navidad siempre es especial, siempre merece una desmañanada.
Se había portado bien, casi todo el año (en lenguaje infantil esto significa las tres semanas previas al 25 de diciembre).
En la carta a santa Claus había sido muy claro: el un videojuego de la violenta película exitosa, el dinosaurio violeta y los duendes no violados, o sea de marca, (esos duendes que estaban de moda y que eran más dulces que la kriptonita de un supermán diabético).
Saltó de la cama y corrió a la sala en donde estaba el árbol decorado. Al llegar, la emoción se le desbarrancó por completo de la carretera del Júbilo, y la emoción ya no dio signos vitales, pues allí no había ni un videojuego, duende ni dinosaurio morado, sólo había un auto rojo a control remoto.
Papá también había despertado ya, bajó con la bata que la noche anterior le regaló la tía amarga, esa que había que tratar muy bien, pero sólo porque tiene mucho dinero.
“Salgamos a probarlo”, dijo papá respecto al juguete. Papá siempre deseó en su infancia un auto a control remoto, y si era rojo ¡mejor!, así que vio muy oportuno que santa le trajera ese regalo al pequeño.
Ambos en pijamas, a mitad de la calle observaban al auto avanzar, retroceder, detenerse y ponerse en marcha, obedeciendo fielmente las órdenes de papá, quien tenía en sus manos el control sin visos de querer soltarlo.
“¡Cómo nos divertimos!, ¿verdad hijo?”, dijo el hombre mientras en el rostro del niño no había ningún rastro de emoción, simplemente imaginaba cómo se estaría divirtiendo él si santa le hubiera traído lo que le pidió.
Papá feliz, y tanto que ignoraba a su hijo, olvidaba también la dura situación en el trabajo, borraba momentáneamente de su memoria la espada de Damocles del desempleo que desde hacía meses pendía sobre su cabeza, colgada de la crin con urzuela de un caballo anémico.
El hijo quiso resignarse y se acercó a papá para pedirle un momento el control de ‘su’ juguete nuevo.
Papá se negó y siguió controlando el auto.
Papá se entretuvo hasta que se le acabó la batería al aparatito. “¿Te gustó hijo?, ¿verdad que es divertido?”
La Navidad es definitivamente un día especial para marcarte de por vida, agradable o desagradablemente, pero sin duda siempre hay una que recordarás por el resto de tu vida.

Santa llegó a la ciudad
Santa llegó a la ciudad

Non credo

No creas en el hombre tierno y dulce, que no mata moscas. Es un dragón vestido de abeja sin aguijón, que tiene miedo de perderte y que cobrará a precio de lujo sus humildades.
No creas en cadáver que conduce tu auto, no es un chofer, es Adán a los pies de la cruz, más perdido que Hansel y Gretel en el bosque sin pan; sólo te conducirá a un lugar (al que no quieres ir ahora).
No creas en la princesa de virginal apariencia, a mayor dulzura y aparente inocencia, mayores suelen ser sus dotes histrionicas; ojalá la escucharas hablar con Jaegger encima.
No creas en el amigo que alaba, que sabe prometer y convencer, que parece tan bueno que te hace creer, en la amistad y en que el mundo es un arcoiris con todo y enano de oro al final.
No creas en el líder que con dulce música te encanta y telleva con tu familia y amigos a un lugar apartado para que dejes de molestar.
No creas en las sociedades humanitaias cuyo fin es estar debajo de un reflector y pedirte dinero, para dizque hacer el bien.
No creas en los que juran, prometen y tampoco en los que no envejecen.
No creas en tus sueños y mucho menos en los ajenos.
No creas en lo que tienes, porque así, de repente, todo puede desaparecer.
No creas en la profecías de periódico a colores, ni en las canciones que se usan para anunciar condones.
No creas en las religiones, no creas en la política, ni creas en los entrenadores.
No creas en los seguros, ni en las garantías existenciales.
No creas que ya cumpliste cuando llegaste a la cima, porque ahora enfrentarás lo más dífícil.
No creas que le interesas a alguien cuando nadie te importa.
No creas en los colores de tu pantalla, en las frases apantalladoras ni en los peces atrapados en las redes.
No creas que el Mundo se acaba nomás por la capicúa de los números o porque tres imbéciles lo dicen.
No creas entonces en nada de lo que recién dije.

Clarísimo para quien lo haya vivido

“Noc noc”. Nudillos desnudos tocan a la puerta.
Se abre de inmediato, como si quien estaba la otro lado estuviera allí esperando su entrada a la obra.
KO, knock out, en la lona del autocontrol.
Knocking on Heaven’s Door.
Llamando a la puerta, como la mascota que recuerda que ya es hora de comida. El perro de la lluvia que despierta.
Impacto visual absoluto, contundente, una vez que los goznes graznaron como patos salvajes, que estarán afónicos muy pronto, cuando el conserje matutino les aplique el 3 en 1. Pero eso será mañana…
Los ojos expectantes de quien tocaba y nada esperaba, recibieron la imagen de una Madonna rubia, que nada tiene que ver con descartables reinas de pop desechable, ni con vírgenes que el viento se lleva aunque mañana sea otro día y tampoco con retratos icónicos maternales.
Madonna de la belleza y con inteligencia.
El que nada esperaba encontró lo que había renunciado buscar por considerarlo inexistente y utópico. La mujer que vio tras la puerta recién abierta superó cualquiera de las máximas ilusiones de él.
La realidad siempre supera a la fantasía que supuramos.
Madonna sin religión ni postura política, subjetiva como cualquiera pero justa como pocas.
La respuesta que sorprende en la puerta que uno pensaba incorrecta.
El que nada esperaba pidió una gracia, le fue concedida. Pero tuvo que luchar por ella. El camino del héroe es una ruta muy transitada y trillada.
Hubieron laberintos, monstruos, alas de cera y el sol que derritió todo. Pruebas conquistadas.
Blues oda de quien lo logra.
La vida siguió su curso. Mucho influyó ese momento en el resto de las dos vidas, al grado de cambiar sus mentes y buscar superaciones.
La historia compartida terminó hasta que la muerte hizo acto de separación entre ellos.
Nunca hubo altar de por medio.
Moraleja: los tesoros importantes son aquellos que suelen sorprender, y no los que buscamos con afán.

corazón de madera

En la Tierra de la Libertad

“Lamento decirle que está en un error”, me dijo el hombre de las gafas baratas, diciendo lamentar algo que generalmente nadie lamenta, pues suele producirnos placer o gusto descubrir que alguien está equivocado, y hacérselo notar.
“Entonces está en un problema, mi amigo, ya que el nombre de su empresa induce al equívoco, y exijo una satisfacción”, le dije al fulano, que era un vil desconocido para mí, usando la abaratada palabra “amigo” para demostrarle superioridad de posición a través de una falsa igualdad y familiaridad. Así le anuncié mi intención.
“Es absurdo, muy absurdo”, me dijo el fulano y daba indicios de que empezaba a perder la paciencia, “lárguese de aquí, no puedo perder un minuto más con usted”.
“Mala cosa, recuerde que: el que se enoja, pierde”, expresé con tranquilidad, “y si su empresa no puede proveerme de médicos, abogados, arquitectos e ingenieros de cuyas vidas pueda disponer para mis experimentos…”
“¡PERO ES ABSURDO!”, gritó el fulano.
“… lamento decirle que el nombre de su empresa es en sí mismo un gran fraude que me ha hecho venir hasta Orangeburg, NY, en vano. He perdido tiempo y dinero, y mi proyecto se desploma por culpa suya. Mis abogados se pondrán en contacto con usted”, concluí dando por terminada mi visita, sin prestar atención al grito del jadeante fulano de baratas gafas que no creía nada de lo que había ocurrido durante nuestra entrevista.
La batalla legal no se prolongó demasiado. Por cuestiones irrebatibles, sustentadas en mi absurdo, fue que gané el fallo del juicio, y con él una considerable cantidad de dólares en cifras de seis ceros. La empresa, productora de artículos descartables para higiene personal, tuvo que cambiar su nombre de Professional Disposables Inc. (Descartables profesionales) por el de Personal Hygene Disposables Inc. (descartables para higiene personal), tras engrosar mi cuenta bancaria, y la de mis abogados, claro está.

Cena en la corte

Carcajadas por todos lados.
“Pero si sólo son células sin vida”, dijo a Madame el Filósofo, tratando de sepultar con lógica el absurdo grito que acababa de escuchar.
“No importa”, respondió ella con un tono en el que no disminuía la ira, y recalcó como si de esa manera alcanzara un triunfo: “además no son MIS células”.
Los demás asistentes liberaron más carcajadas que corrieron hacia cada espacio del Gran Salón.
El Médico quiso contribuir con su ingenio, para justificar la estima que se le tenía en la corte; sin que realmente la mereciera: “una vez sin vida, esas células son como cualquier otra…”
El Filósofo interrumpió con brusquedad al Galeno: “sí, ellas viven en su muerte una democracia que nosotros nunca lograremos”.
Se escuchó otra exploción de carcajadas, y además aplausos, por parte del resto de los invitados. El Filósofo se hacía con esto acreedor a la palma de oro del ingenio.
El Médico aclaró su garganta, para mostrar que no le agradó la interrupción (aunque lo que le disgustaba en realidad era la derrota que acababa de sufrir), y retomó su diserción: “… células sin vida como las ‘uñas’ que con frecuencia muerde usted Madame”.
El barniz de elegancia que quiso poner el Médico sólo consiguió silencio y una mirada de reproche y sin recato por parte de Madame.
El Obispo, dueño de un abdomen que colgaba con dirección a sus rodillas, decidió poner fin a tanta tontería, tan alejada del espíritu, y cortar de tajo la costumbre que tienen las masas de hablar hasta la saciedad de un suceso que sorprende, y dijo: “pasemos a otro tema, la ocurrencia sin intención de Madame ya dio todo lo que tenía que dar. Mejor hablemos de cualquier otra de sus picardías”.
Así, la conversación tomó tonos color rojo y los asistentes a la cena disfrutaron de una velada de confesiones y sexo.
Y el origen de todo fue porque Madame gritó sin dignidad que había un pelo en su sopa, cuando todos sabían que no había miembro en el Gran Salón que no hubiese estado dentro de la boca de Madame Felatio en algún momento u otro de la historia.
corte

uUUUuuuuUUUUUuuuuuUUUUuuuUUU (Blues de la ambulancia)

La sirena a mucha velocidad.
No importa que te tapes los oídos con cera, aunque no tengas eso jamás te seducirá.
Llora más fuerte cuando entra de repente al embotellamiento de hora pico. Pico de ave de mal agüero.
El enfermo dentro de la ambulancia con la ruidosa sirena, nada serena, respira cada vez menos.
Los paramédicos preocupados.
Más rápido que la ambulancia anda una tortuga con las patas amputadas.
¡Puta madre!, dice quien conduce el vehículo de emergencias.
Los conductores de los demás autos se estresan cada vez más, al ver que la ambulancia no tiene por donde pasar.
Sirena a todo pulmón canta su jodida canción.
Los conductores se preocupan porque no saben hacia dónde moverse, sin pensar que no hay espacios vacíos para dónde hacerse.
Las ventas de autos este año se han incrementado, las facilidades para hacerse de uno son más sencillas que la ninfómana sin moral con mucha comezón, o que el adicto al sexo que no pone reparos mientras se descompone. Hay necesidades de todo tipo en este mundo.
Todo mundo tiene un auto, pero cada vez hay menos lugares para usarlo, para estacionarlo. Deberían inventar unos que quepan en el hoyo trasero de quienes permiten la sobreproducción.
¡Puta madre!, parece que es lo único que sabe decir quien conduce la ambulancia. La sirena grita y grita.
Como milagro del Cielo, -enviado de repente al mundo de los neumáticos de hule, del CO2 de escapes, del combustible quemado que hará que los polos sean cada vez más calientes y las parejas cada vez más indiferentes, de los rosados pulmones de todos que al respirar en esta ciudad se hacen negros como el carbón o como el cabrón que se armó de valor y comenzó la rebelión Zulu…-, como enviado del Cielo aparece frente a la ambulancia un hueco por el cual pasar.
Breve resquicio, entre tanta bestial máquina, por el cual la ambulancia puede pasar Y pasó, pero también lo hizo el impaciente paciente.
La ambulancia pudo avanzar, pasó entre los demás autos. El paciente mientras tanto, dando su último suspiro, pasó, pero a mejor vida.

Cautivado

Fue una especie de amor a primera vista, por lo menos para él.
Al mirarla, todo en ella le causó una gran impresión.
No es que no hubiese oído hablar de ella desde antes, pues había escuchado, y mucho, pero eso no fue importante desde el instante en que la vio cruzar el umbral.
Distinta a cualquiera, ella era lo más cercano posible a una diosa, tan distinta de las demás mujeres. Nada de falda corta, escote pronunciado ni ropa ajustada, muy al contrario, sus ropas sólo le dejaban la cabeza y las manos al descubierto, no permitían adivinar siquiera el contorno de su cuerpo.
Esas ropas de numerosos pliegues, como salidas de otra época, y a la vez sin tiempo.
Esas manos que en su tersura aparente inspiraban ternura, paz y quizá hasta piedad.
Esos cabellos, a los cuales no podía desacomodar ningún huracán por fuerte que éste fuera.
Su estatura correcta, ni muy alta ni muy baja.
Todo en ella había hecho un efecto en el corazón de él, pero realmente lo que más le impresionó, lo que de inmediato lo convirtió en su esclavo fiel, fue el rostro, esos ojos que evocaban sitios más allá de este mundo, más allá de esta vida. Sus mejillas parecían tener una suavidad etérea y la simple idea de besarlas lo estremeció, como si eso fuera una especie de herejía, a pesar de que el beso tuviera las intenciones más castas posibles.
Pero los ojos, esos ojos que parecían mirar más lejos que cualquier materia, más allá de cualquier horizonte, lo femenino y lo materno mezclados con lo eterno.
La mirada fue el tiro de gracia y por eso cayó él de rodillas ante ella.
Él acostumbraba limpiar una vez al día esa habitación, a partir de entonces fue a limpiarla más de tres veces al día, con tal de ver a esa mujer divina, la única para quien tuvo ojos desde la primera vez que la vio.
La visitó hasta el último día de su vida.
Mi ignorancia acerca de las múltiples imágenes de la Virgen María me impide decirte cuál era exactamente la representada en aquella figura de yeso que lo cautivó.