La última vez que vi a mi tía abuela (Zacatepec)

La calle sin pavimentar. Tierra seca que se levanta con el lento rodar de los neumáticos, que hacen ese ruido tan particular del hule aplastando piedras sueltas. El sol del mediodía, con su luz amarillenta de finales de primavera. El cielo azul, ninguna nube cercana y dos pigmeas blancas a la distancia.

Vas a visitar a tu tía abuela, desearías haberte quedado en casa. Tras horas de carretera por fin llegas a Zacatepec.

Las casas de arquitectura anárquica, construidas como se les fue ocurriendo a los propietarios de los terrenos. Perros, caballos y gallinas. Autos viejos estacionados. Tedio de domingo. Todos los locales cerrados, menos la pequeña tienda de abarrotes, con anuncios de cerveza pintados en su pared principal.

Llegan por fin a la casa de tu tío. Único hijo de tu tía abuela. Fruto de su amor con un tahúr legendario, gallero de pueblo en pueblo, que al final la abandonó con su vástago. Ella hizo lo posible por seguirle el paso al hombre que amó. Pero no corrió lo suficiente. De ahí que supiera tantos dichos y tuviera su lenguaje tan florido. Hace un par de años que no la ves, desde que se fue a vivir con su hijo.

El hijo, tu tío, es ya un hombre viejo, de pelo cano y rostro arrugado. Ella casi tiene ya 80 años.

La casa, quieta, dominguera, donde el sonido reinante es una mezcla del canto de los pajaritos enjaulados y el televisor de bulbos, que sintoniza en monoaural un partido de futbol. El comentarista grita emocionado hasta cuando el balón no avanza más allá de la media cancha. Esos partidos son como la misa: obligados en el día del Señor.

Las paredes de la casa son de color verde pistache, adornos baratos por doquier, una foto de tu tía abuela joven cargando a su hijo de bebé. No es blanco y negro, es sepia y amarillo.

Hay sillas tejidas, con tiras delgadas de plástico rojo. Mantelitos tejidos a mano, flores frescas -lo único fresco en ese lugar además de las cervezas- bien acomodadas en el florero.

Ves a tu tía abuela, en tan sólo dos años parece que su mente está perdida y su vista, quizá por las cataratas, glaucoma de diabética, extraviada en una distancia más allá de cualquier número de kilómetros. Te reconoce, pero ya casi no habla; no es que no pueda, sino que siente que ya no tiene mucho qué decir.

Te decepciona un poco. ¿Tanto viaje para esto?

Aún la quieres mucho, pero algo te inspira sorpresa. A tus padres les sucede algo similar, lo percibes. La visita se hace incómoda, y eso la hace corta. Mamá, la sobrina directa, ha cumplido. Es hora de irnos.

Decimos adió, abordamos el auto y salimos de Zacatepec, de nuevo a la carretera, de vuelta a casa.

Fue la última vez que vi a mi tía abuela, una mujer antes tan llena de vida, la vi casi muerta.

En ese entonces tendría yo como 13 años. No estoy seguro si fue ese día cuando comencé a tener conciencia de la vejez, y empecé a temerla. No lo sé, pero sí sé que aún me inspira temor.

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