Más de 33 y la literatura salvadora

La “crisis de edad” me pegó a los 33, y no ha dejado de doler desde entonces. Y no es que duela tanto, simplemente no se me quita. Han pasado 12 años desde entonces, 12 años de “tiempo extra” es mucho tiempo.

Quizá me explique mejor si digo que por alguna razón siempre pensé que moriría a los 33. “Santo impostor Batman”, no era por delirios mesiánicos, simplemente cuadraba todo: 1967-2000, 33 años, buena edad para morir, sin una cruz de por medio. Sólo liberación nirvánica, buena suerte y hasta luego. Desde niño, entonces mi única referencia de muerte digna y a tiempo (aunque la forma en que sucedió fue indigna y cruel) era Jesucristo. Aún no había oído hablar del club de los 27, y aunque hubiese sabido, 1994 no suena a gloria (disculpen quienes hayan nacido entonces).

Nunca me cuestioné qué iba a estudiar en la universidad, la carrera que me preparara para competir en el laberinto de ratones que es la productividad, ¿para qué desperdiciar tiempo pensando en una profesión, si no la iba a aplicar? En cuanto a vocación, por ese entonces no había nada. Medio dibujaba caricaturas (lo más popular a lo que llegué en la secundaria fue que a algunas personas le gustaban mis dibujos), medio hacia historietas caseras (nunca fueron novelas gráficas, término acuñado por los que necesitan dibujitos para sobrellevar su fobia a las letras). Quizá pensé que en lo que moría podía obtener un trabajo en un estudio de animación, Disney o Hanna-Barbera, pero no era mi vocación porque ese pensamiento se esfumó muy rápido.

En la preparatoria comencé a leer, gracias a una colección de novela de aventuras que semanalmente sacaba a la venta un título. Creo que fue mi papá quien pensó que eso atraería a su adolescente primogénito a lecturas más serias que los cómics y decidió comprarme los dos volúmenes iniciales de la colección. “Oferta de lanzamiento, compre el 1 y llévese gratis el dos”, así me hice de Miguel Strogoff y de la Isla del tesoro, Verne y Stevenson, al 2×1.

Nunca fui fan de Verne, ni lo seré, pero debo confesar que en especial esa novela me atrapó. Sí, su estilo enciclopédico aburrido está ahí, pero igual es la más emotiva de sus obras. Y la isla del tesoro, pues tenía piratas.

Mi fascinación por los piratas data de mi muy lejana ternura infantil. De esa época en que mi carne era suave y tierna, tanto que de haber sido atrapado por una tribu de caníbales (“personas con gustos culinarios diferentes”, como se les llamaría ahora en el despreciablemente hipócrita eufemismo reinante y vomitivo), ellos no hubieran tenido necesidad de meterme en una olla gigante para cocerme y cocinarme, ya estaba yo “al dente”. El disco (de vinil, claro está, 33 rpm, negro como afroamericano de orígenes congoleses) primero que recuerdo era uno de cuentos de Disney, en donde se narraba en el lado A la película de Peter Pan y en el lado B la historia de Bambi (de nuevo el 2X1 en mis iniciaciones existenciales, curioso que no haya yo notado antes este hecho). En la portada, dividida en dos, aparecían en la parte superior Pan y el Capitán Garfio luchando. Ah que niño tan encantado y maravillado por la presencia del capitán. Tan elegante, tan pirata. Desde entonces data mi fascinación por esos salvajes del mar. Y sí, siempre me cayó mal Pan.
Regresando a mi adolescencia, seguí comprando la colección de novelas, aún la tengo, que me condujo a leer grandes autores como Dickens, Dumas y Twain (que me desagrada, debo confesarlo). De esa colección pasé a otra de crimen y misterio y se inició mi pasión por Agatha Christie y Connan Doyle (de quien años después leí un excelente libro de narraciones de piratas, no todo en Connan Doyle es Sherlock Holmes, ténganlo siempre en cuenta).
Por esos años descubrí el Rock. Springsteen y U2 me condujeron a Dylan. Ahí comencé a tratar de escribir canciones, en inglés. Mono imitador, emulador de ecos. Pero Dylan me dio un extra: referencias literarias. Sus canciones siempre me han invitado a leer más, a querer saber más, antes con el afán de comprender las canciones de Dylan, después porque Dylan es como un explorador que habla de lugares que quise visitar, y muchas veces he visitado.
Por ese tiempo leí los 100 años de soledad, y a la mitad del libro, igual por la página 127, me puse a pensar, “si éste hombre escribe así, entonces es libre de crear mundos”. Revelación que me condujo a lo más cercano a una “vocación” que he tenido en mi vida.
Traté de escribir entonces las historias que se me ocurrían cuando caminaba por la calle, cuando miraba a la gente, cuando viajaba en transporte público. Así comencé a llenar libretas, desistiendo de querer escribir malas canciones en inglés.

Un día, conversando con una amiga (que de alguna manera convertí en interés romántico) salió el tema de que a veces yo, cuando iba a tomar una decisión, miraba “signos” a mi alrededor para que me dijeran si la debía tomar o no. Ese había sido un tema de uno de los pequeños relatos que había escrito. Yo creí que esa forma de pensar y decidir era exclusiva mía, pero resultó que mi amiga (que jamás fue novia mía), ¡hacia algo parecido! Buscaba signos. Esa coincidencia me dio valor para mostrarle el relato que había escrito. El que a ella le gustara y me hiciera saber que le había parecido interesante, fue lo que me armó de valor para empezar a mostrar mis escritos.

Bueno ahora saben a quién culpar por recibir tantas palabras mías.

El punto original de esto era la crisis de edad. No sé, también recuerdo que desde pequeño he pensado que la muerte está en nosotros. No me refiero a celebraciones mexicanas como el día de muertos. De nuevo fue Disney quien creo que dejó en mi cabeza la conciencia de la muerte. Bambi es la primera película que recuerdo haber visto, y la escena más gravada en mi cerebro es al padre de Bambi diciéndole a éste que su mamá murió, o al menos le dice que no va a regresar (imagino que mis padres me lo tuvieron que explicar).

Siempre he pensado que todos vamos a morir. Ahora si a eso le sumamos la Jolly Roger de los piratas, tenemos como resultado una fascinación por las calaveras.

Realmente no sé para dónde iba cuando empecé a escribir esto hoy, ni siquiera siento que no sea algo que haya comentado anteriormente. Creo que sólo era cuestión de decir algo, sin ir realmente a ningún lado.

Post data: ese primer relato exhibido se terminó titulando “de Chabacano a General Anaya

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