En un restaurante clasemediero

En un restaurante clasemediero, ‘de conveniencia’ como algunos burgueses hamburgueseros le llaman, de esos que son lo suficientemente populares para que el lumpen cuasimendicante acuda a él en ocasiones ‘especiales’, sin ser demasiado baratos como para que la gente de clase media lo frecuente en demasía y la clase alta lo llegue a usar en situaciones de emergencia.

En un restaurante así, donde puedes ordenar un café americano y pasar horas ante la mesa sin que los meseros te lancen indirectas de que llevas mucho tiempo, o directas pidiéndote cortésmente que te largues de allí, pues ya llevas mucho tiempo; en un lugar así donde jóvenes profesionistas llevan sus computadoras y por el módico precio de una taza de café, hacen del restaurante su oficina. En un lugar de esos que tienen promociones de buffet, tipo: “come todo lo que quieras, cerveza libre incluida”, y que cuentan con un perpetuo fondo musical de temas que estuvieron muy de moda hace tres décadas, fue que un hombre llegó con su computadora y se sentó en un gabinete.

El recién llegado tendría aproximadamente 46 años, bien parecido, de aspecto incluso gallardo. Inmaculado y vestido a la moda, con ropa de marcas que se anuncian en buenas revistas donde se habla de los adelantos de la tecnología, de las finanzas o del cotilleo de princesas y reyes reales, tan populares en una época democrática que ya no cree en la monarquía.

El recién llegado decidió ordenar el buffet para su comida, elección apropiada por ser entonces las dos de la tarde. Encendió su computadora portátil y de inmediato fue a servirse comida de la abundante barra llena de alimentos insípidos en raciones pigmeas. El tipo también agarró de un recipiente con hielos una cerveza más muerta que el mar donde en 1947 se encontró el Libro de Tobías, que hoy forma parte de algunas Biblias.

A ritmo de esa música que fue la que el tipo cantaba, coreaba y adoraba en su juventud, el fulano deglutía sus alimentos con troglodita apetito. También consumía cervezas como dios pagano ávido de sacrificios etílicos. Comiendo como el señor Creosote, más de un mesero pensó que el tipo reventaría. Bebiendo como un cosaco, más de tres meseros sospecharon que el fulano tenía problemas con el alcohol.

En su séptima visita a la barra, el tipo ya no regresó a su lugar con abundante alimento y se limitó a retornar con su séptima botella de cerveza. Ya en su mesa, la bebía con rapidez, miraba algo en su computadora, hacía el sonido de chasquido con su boca, se mesaba la barbilla, como analizando la bolsa de desvalores de NY, o la situación de refugiados somalís, daba otro trago y dejando seca la botella, se levantaba a por otra bien hidratada. Esta acción la repitió cinco veces.

Entonces miraba su computadora sin ver nada en concreto, coreaba alguna vieja balada pop que se escuchaba en el sonido ambiental y se perdía en un horizonte desconocido. Daba tres tragos a su botella, e iba por otra nueva, exhibiendo una torpeza que iba en incremento cada que se ponía de pie.

Tres idas y venidas después, llegó hasta su gabinete con otra cerveza nueva. Tambaleándose levemente, se asió del asiento de su lugar como náufrago desesperado que encuentra el salvavidas bendito en medio de la tormenta furiosa. Palpando el plástico que forraba el gabinete, confirmó que éste era firme y se sentó. Dio dos largos tragos que vaciaron la mitad la botella de cerveza, dejó ésta en la mesa, miró su computadora, bajó la cabeza y se quedó profundamente dormido.

A las cinco de la tarde yo tuve que apagar mi computadora y abandonar el restaurante que por esa tarde fue mi oficina, dejando al tipo que aparentemente tiene mi misma edad, durmiendo el sueño de los evasores. No puedo dejar de pensar que eso bien pudo ser un reflejo de mi vida en los últimos años, mostrado por ese espejo que solemos llamar casualidad.

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