Capoeira del capo (un domingo de liderazgo)

Cerca de la entrada del parque, durante muchos domingos han estado ahí, y estarán. Capoeira, deduzco que es una especie de baile. Unos individuos dicen practicarla, tocan con sus instrumentos de percusión un ritmo monótono hasta el cansancio, mientras dos de su grupo bailan simulando una pelea como debajo del agua. Lenta, leeeennnnttttaaaaaaa. No sé si el capoeira, o la capoeira, ignoro el sexo, soy virgen en ese aspecto, no sé si el/la zumba sea así, leeeennnnttttaaaaaamenteeeee ejecutada, pero esa es la manera que lo realizan estos chicos en este parque grande, de los pocos que hay, en el Estado de México, estado de podredumbre y corrupción vil. Estado en descomposición.

Pero regresemos a el/la capoeira. El grupo lo conforman aproximadamente 10 jóvenes contar más allá del tres me produce pereza). Como en cualquier otra gavilla o reunión, en este grupo también hay un líder. Se trata de un musculoso brasileño, exiliado quizá de alguna favela miserable en los alrededores de Río, donde matar o morir es el dilema (en cualquier sentido) de todos los días. Cabello largo, atado en una cola de caballo, equino que al parecer se sentó en un barril de aceite para auto, de alta densidad. El líder de seboso cabello es quien lleva el ritmo principal, gurú sensei de los aztecas que quieren ser karatecas cariocas a ritmos hipnóticos. El líder toca, y mira con beatífica pedantería a los súbditos que bailan-pelean, éstos los hacen con la gracia y el dinamismo de una tortuga con sobredosis de opio.

Tump-tump-tum suena el tambor, cling-cling-cling dice el pandero, clic-clic-clic unas campanillas, ooo-ooo-ooo cantana ritmo formando un coro simiesco. Tump-tump-tum, cling-cling-cling, clic-clic-clic, ooo-ooo-ooo, tump-tump-tum, cling-cling-cling, clic-clic-clic, ooo-ooo-ooo. Así pasan una, dos, tres horas. Los paseantes domingueros que llegan al parque miran con curiosidad descarada a los capoeirantes, capoeiroso o como sea que Adán les haya puesto cuando puso nombre a las cosas y seres del mundo inmundo, cuando era puro. Los miran un momento y se van. Yo tengo tiempo de sobra, paciencia de desempleado, y cerca del grupo estoy sentado leyendo la historia de la esclavitud en los Estados Unidos (te aterraría saber lo que pasaba en algo llamado The Middle Passage). Leo y observo.

Así desfilan, miran un momento a los capoeiros y siguen su caminos, las familias que llegan a tener un día de unión, los gordos que deciden salir a sudar un poco (para romper su posición de budas arterioesclerosos, posición sentada que difícilmente rompen en todos los demás días de la semana), enamorados de bolsillos huecos, y ociosos indecisos. Todos en algún momento prestamos una delgada parte de nuestra atención a los chicos con aspiraciones bailadoluchadoras.

A la cuarta hora se rompe el encanto. Los chicos exhaustos de su actividad monótona descansan.El líder se sienta en una banca del parque, en pedante posición “soy-el-emperador-del-mundo”, mientras los demás lo rodean (excepto la chica de las campanillas, que se coloca atrás de él para juguetear con el grasiento cabello del “rei”), y embelesados lo miran con toda la atención para recibir los trozos de sabiduría que el líder tanga a bien arrojarles. Hay un ser, ¿el macho Beta? ¡Así se le dice al que quiere destronar al engreído Alfa? Hay un ser de gafas, que trata de llamar la atención de los presentes complementando lo que el líder dice. Pero el líder no necesita complementos, de su boca sólo salen dogmas. El Beta se alebresta ante las miradas silenciadoras que el líder le dispara y contradice al supremo ser. Los peones se miran con extrañeza “¿cómo se atreve?” El líder calla, no contesta, se acomoda en su banca-trono, cruza una pierna y sonríe sarcásticamente sardónico, mirando en dirección del Beta, como diciéndole “cállate, chango, come tu banana (de aire)”, y como si no hubiese existido un interrupción Y contradicción del silenciado con silencio, el líder retoma su prédica. Su chica, con los dedos ahora ya grasientos de tanto jugar con el pelo del jefazo, experimenta un tintineo capoeiroso entre las piernas. Experimenta la constatación de la hembra que ha elegido bien a su macho. El líder lo sabe, en su mente se relame los bigotes que no tiene, como gato gozoso, y acelera su sermón para disfrutar más rápido del cuerpo de su chica, ahora que está al dente y rendida.

Se cierra la sesión de este domingo. El líder omite la sección de preguntas de su prole (que suele consistir de alabanzas, más que de dudas que tienen los iniciados), toma sus pertenencias y toma de la mano a su chica, y se dispone presuroso a llevarla a practicar con ella el órgano en un domingo cualquiera.

Así son las sesiones dominicales de capoeira en el parque del estado en descomposición.

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