Tiempo

El tiempo te va quitando la ilusión, te va curando de desamores y te va mermando la salud.

El tiempo es héroe y villano, es bueno y malo, tal como somos los humanos.

Es el alimento de la experiencia y el asesino de la belleza. Es la eficaz dieta de los calendarios y la justificación de la memoria.

El tiempo es relativo, pero curiosamente es absoluto en nuestras mentes y en nuestros achaques.

Hay tiempo para todo, según dice la Biblia; no hay tiempo para nada dice la ley del dinero y la productividad.

El capitalismo tiene, literalmente, el tiempo contado, aunque pronto se inventará algo que siga explotando a los demás.

Pocas cosas hay tan sólidas y a la vez tan escurridizas como el tiempo.

Aliado y enemigo, bendito y maldito. Curiosa cosa es el mentado tiempo.

El artista que vive más de lo debido

Triste
el tiempo nos va deslavando, haciéndonos víctimas de la decadencia, y el artista no está excento
pues él se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas
los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban
esos viejos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, valen menos ahora que un grano de arroz
los aplausos se apagan, los clubes de seguidores se van cerrando poco a poco
si aún existieran enciclopedias impresas, por fin aparecería allí el nombre del artista
se le nombraría como se nombra al pájaro dodo o al T-Rex, como una cosa que hizo algo… siempre en pasado
así se va poniendo gris todo
hasta el día de la muerte del creador, antes tan admirado
cuando llega su muerte verdadera (no la primera, esa que experimentó mientras vivía y era olvidado), empezarán los homenajes
el último adiós, como el que hace cualquiera para obtener el perdón por la desmemoria
un minuto de silencio, el primer instante de lo callado que será el resto del tiempo
Todo pasa, todo se olvida

Algunos y la mayoría

Algunos son buenos,
La mayoría son simplemente grises.
Algunos son bosques,
La mayoría son viles planicies.
Algunos son interesantes,
La mayoría son hechos en serie
como Fords modelo T, como programas de TV.

Algunos tienen ideas,
La mayoría las recicla.
Algunos saben crear,
La mayoría sólo consume y compra,
tragando cualquier porquería porque les dicen que es buena.

La mayoría somos sombras pasajeras,
Algunos dejan su huella.
La mayoría vamos a la deriva,
Algunos sólo se enfocan en sacar lo máximo de cada día
Es gracias a esos algunos por lo que otros podemos sobrevivir a la mayoría.

Dedicación

“Preferiría estar en cualquier otro lugar”, pensó Daniel, “pero era mi amigo”. Aunque no conocía a nadie en ese lugar, aunque nadie lo conocía a él, Daniel, amigo cercano de la época estudiantil del finado, esperaba cumplir el suficiente tiempo de presencia para largarse del velorio de alguien con quien no había hablado en 35 años. Calculaba que una hora de estancia en esos ritos es la cuota cronológica mínima. Cómo hubiese querido estar él en otro lado, pero la sociedad obliga.

La esposa del velado, ahora viuda oficialmente hablando, no podía dejar de pensar: “¿Sabría lo que pasó o sólo estaba bluffeando? Con lo que le gustaba el póker”. Ella hablaba de la vez en que le fue infiel, con el vecino de Raquel, ese que conoció en la boda de esta sobrina con nombre judío. El ahora occiso en esa ocasión, una de las poquísimas veces en que acudió a un acontecimiento social, presintió que el vecino de Raquel y su esposa se habían gustado. Maldito sexto sentido, suele funcionar cuando menos debe hacerlo. La esposa temblaba ahora al recordar  que meses después de esa boda, hubo vario encuentros furtivos con el vecino de la sobrina, reuniones de pieles y ombligos, que casi es lo mismo; así vivió en un jolgorio hasta una madrugada en que el marido le dijo: “si estás poniéndome el cuerno durante mis ausencias, más te vale que dejes de hacerlo, si llego a enterarme, a tener la certeza de tu ligereza [frase que sin duda había oído decir a alguien], lo mato, te mato y tomate [así era su extraño sentido del humor cuando más serio necesitaba estar]. Y si muero primero que tú, te asolaré en espíritu hasta el último día que vivas en esta maldita Tierra”. Tras esa amenaza ella dejó de engañarlo, y fue la esposa más fiel desde entonces, matando con TV, rompecabezas y cotilleos telefónicos el tiempo de su abandono. Así, intranquila, estresada y empastillada vivió hasta ahora que el marido yacía en ese féretro gris. ¿Habrá sabido la verdad? ¿La sabrá ahora que estaba en el lugar donde todo se sabe? ¿Cumpliría su palabra? Ella al menos había obedecido, pero ¿la perdonaría?

Dos amigos del póker, que tenían intenciones sexosas con la viuda salerosa, hacían lo posible por darle un confort y ayudarla a no dormir en una cama fría (cosa a la que ella estaba más que acostumbrada), pues lucía muy preocupada. Con el fin de ‘soportar’ el dolor, uno de ellos había llevado una botella de vodka, para convertir el café de la funeraria en caldo del diablo. La pequeña botella de Karloff, envuelta en papel de estraza, a punto estaba de quedar más seca que el Sáhara. Pero la viuda, sumida en sus penosos pensamientos, seguía sin encontrar alivio, inútil era el apoyo de los ludópatas alcohólicos, quienes verían frustrado su objetivo copulativo.

Seis compañeros y compañeras de trabajo del contador que estaba allí, frío y sin respiración, lamentaban la pérdida de su jefe, tan jodidamente cruel e impositivo, tan jodidamente absurdo en lo que pedía, y tan jodidísimamente rastrero y servil con todo aquel que estuviese arriba de él en el organigrama. Sin embargo, es bien visto que los subordinados vayan al velorio de su jefe y allí estaban, velando a quien odiaban, aunque en realidad esperaban la llegada de la directora de la empresa, para que ella notara que ellos hasta el final cumplían. Dos de ellas lloraban como Magdalenas trozando cebolla con los dientes.

El hijo menor de occiso, estaba en el mismo estado que el amigo Daniel, sólo que sentía que aunque la carne fría que allí veía era la de su padre, eso no le hacía cambiar la idea de que era realmente un desconocido. “¿Qué diablos hago aquí? El tipo me dio la vida, pero yo ni lo conocía. Además ni que fuera yo el único”. A muchos kilómetros de allí, en ese preciso instante, el hijo mayor del occiso tuvo un ataque de risa, y no supo explicarse el porqué.

El muerto había dedicado la vida a su trabajo. A hacer política rastrera, porque de su puesto no sabía ni un carajo. Lamiendo botas, con absoluta entrega y cero repugnancia, se esforzó todos los días,  ganando varias veces el título de “Empleado del mes”, hasta hacerse acreedor de  la dirección de Contabilidad de una prestigiada trasnacional, especializada en la explotación voraz del Tercer Mundo. Cuando vivía, el muerto llegaba a la oficina a las 7 am y se iba de allí a la media noche, también ‘sacrificaba’ sus fines de semana para ir a trabajar. Pero en realidad no era la productividad el motor que lo impulsaba, él necesitaba estar en la oficina, pues fuera de ella se sentía nada, ese don nadie del que todos hablan, pero sin conocer ni remotamente el vacío que es serlo en realidad. Sólo en la oficina era algo. Lo único personal en su vida, eran las noches de póker, cada jueves a las 10 pm y acudir a una boda una vez al año. El tipo no era viejo, pero la mala alimentación y el exceso de preocupaciones, tragarse las humillaciones y sonreír cada que recibía una, lo consumieron 30 años antes de lo debido. Curiosamente hacía mucho tiempo, y quizá ésta era la primera vez, que no había tanta gente pensando en él de manera simultánea como ahora, en su velorio. Es probable que eso nos pase a todos, pero no lo sabremos, porque como el muerto, para ese entonces no sabremos nada, no podremos decir nada y ni siquiera estaremos allí.

Y la directora de la gran empresa jamás llegó, se contentó con pedirle a su asistente que enviara un tardío arreglo floral, tras lo cual se puso a ver los reportes del mes y analizar la fidelidad de los posibles candidatos para cubrir el reciente hueco de contabilidad.